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Una historia sobre un muchacho cuyo idólatra amor derivó en enfermiza obsesión.
Era la mía una existencia aburrida y vacía hasta que llegó él. Por aquel entonces, pensaba mucho en la muerte, más concretamente en mi propia muerte; se me antojaba el único camino para escapar en busca de algo que me atrajese, que me fascinase y diera sentido a mi inútil vida. O bien podía ser el fin de todo, lo cual, dadas las circunstancias, no era temible sino esperanzador.
Pero entonces apareció él, como un ángel salvador, alumbrando el mundo con su sola presencia. Cabello de oro brillante; ojos azules y mirada penetrante; rostro casi anciano, serio; gigantesca figura; fuerte, musculoso; manos enormes, desproporcionadas, rozando lo grotesco. A pesar de su carácter de adulto, o tal vez a causa de ello, las chicas le rondaban constantemente, reclamando su atención. Él, en cambio, parecía poco interesado en ellas y prestaba mayor atención a los compañeros de clase. Al poco tiempo, prácticamente toda la clase, tanto ellas como ellos, lo idolatraban, y, aunque me irritase admitirlo, yo no era una excepción. Su nombre, Rashlo, se oía en todas las conversaciones y se apoderó de las carpetas de las chicas de medio instituto, incluso de las de algunas estudiantes de clases superiores. Sospecho que muchas no reconocieron en público su atractivo por vergüenza, pero, en secreto, también le deseaban.
Algo similar me sucedió a mí. Yo no había sentido nunca semejante fascinación por una persona, y menos aún de mi mismo sexo. Cualquier alumno del instituto que me conociera me evitaba, y aquéllos que no me conocían personalmente habían oído suficientes rumores sobre mí como para rehuirme también. Aquel rechazo se debía más al temor y el odio que al simple desagrado. Es decir, la ruptura con aquellos que me rodeaban no había sido, por decirlo de alguna manera, cordial, sino un enfrentamiento feroz y cruel, tras el cual me había ganado la medalla a "cabrón del instituto".
En un principio, recibí algunas palizas, pero mis venganzas fueron bastante sádicas y astutas como para garantizar una tregua; suscitada por el temor a las represalias y algo hostil, pero una tregua al fin y al cabo. Durante un par de años, viví al margen de la vida social del instituto y aprobar no suponía un problema dada la facilidad de los exámenes. Sin embargo, no por librarme de aquella realidad tan gris, tan sosa y aburrida, tan decepcionante y banal, pude llenar la mía. De todas maneras, debía seguir pasando ocho horas, aproximadamente, allí cada día. Menudo suplicio. Y fuera no era distinto.
Las cosas cambiaron a la llegada de Rashlo. Él se convirtió en el centro de mi mundo; todo giraba a su alrededor. Era como el sol, dando luz y vida a quienes orbitaban a su alrededor, a quienes dependían de su benevolencia. Durante mucho tiempo, no me acerqué a él por temor a que los otros muchachos se percatasen de que esa vez yo era una oveja más del rebaño, un fiel seguidor de aquel Mesías que había aparecido de la nada para traer paz y sabiduría a nuestro mundo. No deseaba que supieran que, por una vez, yo no era diferente. Actué como lo había hecho siempre; me aislé, permanecí alejado, expectante, fingiendo indiferencia; pero el poder de atracción de Rashlo era tan grande que no pude soportar aquella situación mucho tiempo.
Sin embargo, también surgían dudas. Si él era tan especial, ¿por qué no hablaba conmigo? Si realmente era tan distinto al resto debía percibir que yo no era una amenaza para él, sino un devoto más, una persona vulgar eclipsada por su magnificencia. ¿Era miedo o desinterés lo que sentía Rashlo hacia mí? Y si era esto último, ¿qué veía en los otros chicos que yo no poseyera? Jamás en mi corta vida había dudado tanto; nunca una pregunta me había causado tanta inquietud. Cual moribundo, los días transcurrían sin que yo pudiera detenerlos ni cambiar las cosas, en eterna espera de la agonía final, del día en que me desvanecería y mi cuerpo quedaría vacío, muerto, arrancada el alma de él.
Un día decidí poner fin a la tortura. Al salir del instituto, seguí a Rashlo de camino a su casa. Mientras atravesaba el parque, y una vez me hube asegurado de que nadie me seguía ni podía vernos, me coloqué delante de él, y dije, con una voz sorprendentemente débil, tímida:
-Quiero hablar contigo -fui más bien antipático, supongo que debido a la costumbre. Hacía años que no me mostraba amable con nadie. Ni siquiera con mis padres.
-Pensé que no me detendrías nunca. Hace casi veinte minutos que he notado que me seguías. Tuve que dar un rodeo.
Casi no pude soportar la humillación. Se estaba burlando de mí.
-Vayamos tras esos arbustos.
Me acompañó en silencio y sin hacer preguntas. Eso me gustó; los otros chicos de mi edad eran impacientes, nerviosos. No sabían cuándo debían hablar y cuándo debían callar.
-Este lugar no es seguro. Podríamos quedar mañana. Cerca del río hay una cabaña; algunos de los chicos la construyeron en los días de colegio. Hoy ya no va nadie; podremos hablar. ¿Vendrás?
-Claro.
Me fui tan silenciosa y secretamente como pude, asegurándome primero de que nadie me viese.
Aquella noche me fue imposible conciliar el sueño. No dejaba de pensar en lo estúpido que había sido. ¿Por qué había tenido que ir a ver a Rashlo? Lo más probable es que al día siguiente, al llegar a clase, él ya se lo hubiese contado a todo el instituto, sin omitir detalles. Todos sabrían que iba detrás de él como una colegiala estúpida; les habría dicho lo ridículo que estaba con la gorra casi cubriéndome el rostro entero, caminando de manera silenciosa, por fuera del sendero, entre los arbustos, temiendo ser prendido. Y reirían, pues, a pesar de todas mis precauciones ridículas, Rashlo era un semidiós
entre personas vulgares y me había descubierto con facilidad, porque yo no era sino otra más de esas personas vulgares que él despreciaba por saberse superior, y todo el temeroso respeto que mi nombre provocaba se desvanecería. Sería el bufón, el hazmerreír de todos.
¿Por qué... por qué tuve que hacerlo? Tenía que haber permanecido en la sombra, cual prisionero en su celda cuyo haz de esperanza se filtra por entre los barrotes captores; agonizante, desesperado, pero no hundido del todo en la oscuridad. Ahora, en cambio, se avecinaba el horror del cambio, de la humillación y la vergüenza. ¿Qué pensaría él de mí? Que no era más que un pobre infeliz, uno más de esos seres inferiores a él, vulgar, invisible para el mundo, un idólatra más al que ignorar. Un ignorante adorador de su
figura que no comprendía las fuerzas que rigen el mundo y cuyo único propósito era humillarse, sumiso, y suplicar, apelando a su generosidad, a su infinita paciencia de padre comprensivo.
Al día siguiente, me demoré a causa de la indecisión. Poco faltó para que no acudiese al instituto, y cuando lo hice no me paseé por los pasillos con mi habitual aire de arrogancia y desprecio, sino con la cabeza gacha, temeroso; sentía miradas crueles clavarse en mí, derretirme, pedazo de carne putrefacta. Pero no sucedió nada.
Rashlo se sentó en las mesas de delante, igual que todos los días, y los compañeros me ignoraron, como siempre, y todo transcurrió como cualquier otro martes por la mañana, excepto para mí. Mis sentidos estaban alerta, atentos al mínimo gesto de hostilidad o burla, escrutando la sala con miradas de odio y rencor, dirigidas contra nadie y contra todos. Vigilé, en especial, a mi héroe, casi deseando que se volviese y me diese algún indicio de que, en efecto, lo había hecho; de que había revelado al resto, demonios disfrazados, nuestro secreto. Así al menos cesaría el suplicio.
Mas no ocurrió. Terminó la jornada lectiva sin ningún incidente extraordinario. Llegada la tarde, me percaté de que un problema más urgente requería mi atención. Con el temor de las últimas horas, había olvidado que, según lo previsto, dentro de poco debía enfrentarme al reto más grande de mi insignificante vida, y no creía estar preparado para ello. Pensé en no ir a la cabaña, donde habíamos concertado la cita, pero las consecuencias de tal decisión podían ser nefastas.
Finalmente, acudí al lugar del encuentro con una hora de antelación para planear la escena. La cabaña solitaria; el penetrante silencio; el lento y arrullador discurrir de las aguas fluviales; la serenidad y belleza que emanaban del menguante bosque; el cielo brillante, con incipientes luces, indicio de próximo anochecer; el hipnotizante crepitar de la pequeña hoguera. Perfección hecha realidad. Reflejo paradisíaco de un mundo perdido del que yo era los despojos. ¿Acaso había un lugar mejor para nuestro encuentro?
Acudió puntual, exhibiendo su deslumbrante belleza física y espiritual, esa grandiosidad que despedía todo su ser, que todo él gritaba en cada movimiento, en cada expresión de su maduro rostro. De nuevo, al igual que todo aquel tiempo de mal disimulada y detenida observación en las clases, me sentí encoger frente a él. Y lo que es peor, estoy convencido de que se percató de ello. Tan seguro de sí mismo, ¿cómo no iba a ser consciente de su manifiesta superioridad?
-Ya estás aquí -su voz era dulce, amable, melódica. Muestra de elevado espíritu, de perfecto control y consciente excelsitud.
-Te estaba esperando -respondí yo, tosco, vulgar, desagradable.
-Y, bien, dime. ¿Qué quieres de mí?
-Yo...
-¿Quieres ser mi amigo?
-Sí. Eso.
-¿Por qué?
-No entiendo...
-Sí, ¿por qué te interesa ser mi amigo? Tú no eres amigo de nadie; evitas a todo el mundo. ¿Qué has visto en mí?
¿Acaso se estaba burlando de mí?. Él era consciente de su superioridad, de su semidivinidad, de su majestuosidad... ¿por qué, entonces, aquella pregunta? ¿Y si todo aquello no era más que una broma pesada para reírse de mí? Sin embargo, también era posible...
-Porque eres la persona más extraordinaria que he conocido.
Risas. Manos al estómago. Carcajadas. Por alguna razón, mi respuesta pareció divertirlo. Al ver mi expresión de perplejidad, rozando la vergüenza, pareció recordar que yo estaba allí, y se serenó. Era más jovial de lo que daba a entender su acostumbrada seriedad. Más infantil, pensé. Pero enseguida alejé ese absurdo pensamiento de mi cabeza.
-Perdona. No me reía de ti. Es que me ha sorprendido tu respuesta; sólo es eso.
-¿Por qué no les has contado a los otros lo que hice ayer?
Demonios. Me había jurado que no le haría esa pregunta. Maldita estupidez. Descontrol emocional. Desmoronamiento.
-¿Por qué habría de hacerlo? Eso es algo entre tú y yo.
¡Entre él y yo! ¿Significaba eso que me tenía en más alta estima que al resto de compañeros de clase? Que yo supiera, con ellos no compartía secretos, y a mí no se me escapaba nada.
-Sí, entre tú y yo -repetí estúpidamente, sin saber qué decir.
Fingió no percatarse de mi evidente timidez, de mi inseguridad; sentimientos que nunca antes había sentido, pero que junto a él eran tan normales como respirar. Rashlo llevó el peso de la conversación, que se prolongó durante horas. Cuando dimos por terminado el encuentro, tenía la sensación, extraña e inesperada, de que lo conocía de toda la vida. Casi parecía un viejo amigo de la infancia más remota, pero ese sentimiento de veneración, ahora incluso mayor, que llameaba en mi interior... sabía que eso no era un sentimiento de amigo, sino de algo más, de ídolo, más poderoso que la figura paterna en la infancia. Nunca alguien había despertado en mí tales pasiones.
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