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Ésta es una de las partes en que escribo sobre una batalla por el bosque de Athel Loren. He tardado mucho en escribirla, pero he quedado contento con el resultado. Espero que os guste.
Los hombres bestia amenazan incluso con conquistar el más sagrado bosque del viejo mundo. Han penetrado profundamente en él y se disponen a destruir toda civilización.
¿Dejarás que te lo cuenten?
El jinete de halcón luchaba por mantenerse en pie en su montura. Estaba herida y su vuelo era muy irregular. Ya casi habían llegado a su destino. El elfo estaba nervioso y excitado a partes iguales. No podía esperar ni descansar, tenía que dar la noticia.
-Vamos, sólo un poco más –le susurró suavemente a su majestuosa montura.
Andiel esperaba fervientemente poder llegar con su montura herida hasta el asentamiento más cercano. Era preciso enviar emisarios por todo el bosque de Loren. Malas nuevas aguardaban. Se había divisado una poderosa hueste de bestias de camino hacia su hogar. La intención que les movía era algo más que quemar, violar, emborracharse o destruir. A las bestias les importaba algo más fuerte e inquietante que el simple saqueo. La sangre de elfo.
En caso de no poder pedir ayuda sólo se contaban con algunas decenas de elfos para contener una marea de pelaje sucio y abominable. Se habían visto enormes monstruos como minotauros o trolls en la horrible horda que se avecinaba. Un forestal incluso había divisado una partida en otro lado del bosque que incluía un monstruoso Shaggoth, una de las criaturas deformadas por el Caos más terribles imaginables.
En un ataque preventivo hacia una partida, la unidad de Andiel había sido destruida y su montura herida por la magia maligna de un chamán de los hombres bestia; ahora la montura estaba exhausta. Había estado volando toda la noche y las plumas estaban empapadas de sudor: sólo la férrea determinación de complacer a su jinete lo movía a hacer un esfuerzo aún más hercúleo.
El poderoso chamán hombre bestia estaba entre los árboles de Loren con su acólito viendo cómo el jinete y su montura se habían recuperado del hechizo de su advenedizo. Era un principiante. Le pidió atención a su pupilo, enseñándole cómo se manipulaba el torrente de magia oscura que los Dioses del Caos le habían concedido.
Alzó una mano susurrando palabras arcanas y, durante un segundo, no sucedió nada, pero de repente una esfera de energía oscura pura apareció de la nada. Rayos azulados relampagueaban a su alrededor. A los pocos instantes, lanzó la poderosa bola de energía negra hacia el jinete de halcón. La esfera fue lanzada a una velocidad pasmosa, cruzando la distancia que los separaba en un abrir y cerrar de ojos. Andiel no supo de la existencia del hechizo hasta que los pelos de la nuca se le erizaron y se atrevió a girar la cabeza, momento en que el gesto de sorpresa hizo su aparición. Alaridos de elfo y bestia llenaron el ambiente.
No quedó nada de ambos.
Los rayos del Sol apenas habían llegado a bañar el rocío de las hojas de Loren, cuando los ejércitos se disponían para a batalla. Parecía que un horizonte de seres adoradores del Caos se había unido ante la causa común de destruir el más sagrado hogar que los errantes elfos silvanos conocían. Un mar de pelaje sucio y fétido inundaba la entrada al bosque. Los monolitos construidos en tiempos pretéritos por los elfos habían sido destruidos. Los robles ancianos que los custodiaban, quemados. La marea de oscuridad que se cernía sobre los elfos parecía insaciable de sangre y destrucción. Varias avanzadillas enviadas a destruir pequeños asentamientos en ataques relámpago habían sido literalmente aplastadas bajo el peso de la horda de los hombres bestia, criaturas bípedas con malevolencia y astucia bestial, seres deformados y maltratados por los mismos poderes a los que servían. Ahora pretendían conquistar los alrededores al monolito de Anchilyl, desde donde podrían atrincherarse y pensar en crear una fortaleza permanente desde donde atacar a los elfos durante el invierno, apenas unas semanas más tarde de este aciago día.
Varias unidades de elfos eran conscientes de la verdadera naturaleza del peligro al que se enfrentaban. Los nobles de innumerables estirpes habían enviado a todos los miembros de sus familias que podían luchar a la defensa de su pueblo. Filas y filas de disciplinados lanceros, silenciosos miembros de la guardia eterna, élite de las unidades elfas, formada por los hijos de las más nobles familias, estaban allí. Habían llegado bandas errantes de bailarines para combatir al mal en estado puro. Incluso Orión había enviado a su guardia personal, los mortíferos jinetes de kournous a la batalla, aun sabedor que sus poderes no estaban en su punto álgido en estas épocas antes del invierno.
Entre una docena de elfos semidesnudos cubiertos de tatuajes destacaba la poderosa figura de Elrohir. La brisa otoñal penetraba entre sus finos caballos rubios y los mecía a la voluntad del viento. Era alto incluso para los estándares elfos, desde pequeño había demostrado ser un gran maestro de la danza y las acrobacias. Cuando se escapó de casa debido a su fuerte carácter, anduvo varios años como un guerrero errante por el bosque. Un día pudo ver cómo unos bailarines guerreros celebraban una de sus danzas secretas oculto a los ojos de los protagonistas. Fue descubierto y condenado a muerte por su descaro, pero Elrohir se fugó haciendo gala de una agilidad extraordinaria y, aunque fue capturado de nuevo, el líder de la banda, un poderoso elfo llamado Heia se fijó en cada unos de los gestos del joven y en su talento innato para la danza. Se le ofreció la posibilidad de ingresar en la banda, y así lo hizo.
Durante más de medio siglo aprendió todos los secretos de los bailarines, llegando a ser uno de los más poderosos. Cuando Heia murió en un ataque contra orcos, la propia trouppe le pidió a Elrohir por votación unánime que los dirigiese como lo había hecho antes Heia. El joven elfo no pudo rechazar un honor como ése y formó su trouppe. De eso hacía más de cien años y aún lo recordaba como si hubiese ocurrido la pasada primavera.
Elrohir sacudió la cabeza y se concentró en los movimientos del enemigo. Era vital anticiparse a ellos y cogerlos por sorpresa. Pudo ver que los elfos ya estaban vaciando sus carcajs y regando con flechas de muerte a las primeras filas de hombres bestia y demás engendros del Caos. Entre toda la multitud observó cómo un grupo de minotauros estaba tratando de ocultarse entre la vegetación y de eliminar las dotaciones de mortíferos arqueros atacándoles por sorpresa. Hubiesen pasado desapercibidos ante los ojos de muchos elfos, pero, para los sobreentrenados sentidos de Elrohir, eran tan visibles como un faro en una noche despejada. Ordenó moverse con precaución pero deprisa, y marcharon en pos de ellos.
Las abominaciones de la naturaleza se encontraban ya muy cerca. Elrohir casi podía sentir su fétido aliento recorriendo sus fosas nasales, infectándolas. Criaturas blasfemas, híbridos mitad hombre, mitad toro, pero mucho más fuertes que ambos. Éstos eran aún más grandes de lo que acostumbraba a ver el elfo, estaban protegidos por pecheras oxidadas que les cubrían gran parte del tórax y el estómago. En sus manos grandes armas prometían derramamiento de sangre, algunas de ellas ya estaban empapadas de la valiosa sangre Asrai, y Elrohir se lamentó por no haber podido llegar a tiempo para impedir la matanza. Sintió una súbita sensación de odio y resentimiento hacia las criaturas que osaban tratar de conquistar el sagrado bosque, sentía que iba a matarlas a todas. Tal osadía no podía ser consentida.
Ordenó a su unidad acelerar el paso, la batalla le llamaba. Quizá fuera impresión suya, pero a Elrohir le pareció que sus pinturas de guerra relumbraban con luz propia cuanto más cerca estaba de sus enemigos. Los minotauros estaban llegando a un trote veloz, y hasta ahora los bailarines iban a velocidad rápida para ojos mortales, pero eso se acabó. Moviéndose a una velocidad muy superior a la normal, los bailarines cayeron sobre sus enemigos con implacable furia, el tamaño de sus armas importaba poco. Elrohir saltó por encima de la cabeza de los minotauros y por la propia inercia del salto, degolló en la subida a su primera bestia, mientras se revolvía en el aire y haciendo un torbellino con las espadas, cayó golpeando con ambas armas a modo de puñales sobre el pecho de un desafortunado engendro carnudo.
El resto de bailarines se movían lo más rápido que podían, pero bastaba la voluminosa masa muscular de las bestias para arrollar a muchos de ellos, quiénes apenas podían infringir heridas mortales a tamañas bestias, dotadas con una antinatural resistencia. Elrohir vio al ser que dirigía a aquellas monstruosidades asesinando con dos hachas a muchos de sus mejores bailarines; de hecho, al último lo partió literalmente por la mitad con un poderoso golpe de su arma. Esto fue demasiado. Evitando los torpes golpes enemigos, se situó frente al asesino de su raza. De cerca la bestia parecía incluso más monstruosa de lo que se había imaginado, Elrohir pudo ver el disfrute y la locura de esa bestia por la sangre enemiga, que ni siquiera reparó en que Elrohir era mucho mejor guerrero de lo que él estaba acostumbrado a matar.
Se abalanzaron el uno contra el otro. Elrohir propinaba golpes a diestro y siniestro, mientras que la bestia se limitaba a atacar con la fiereza de un animal sediento de sangre. Elrohir le provocó cortes profundos en brazos, piernas y tórax con una velocidad pasmosa, tanto que al poco tiempo de comenzar el combate, éste ya estaba decido. El elfo siguió presionando con fiereza hasta que en un despliegue de habilidad con las espadas, hirió la carne maldita del minotauro en cuello, cabeza y abdomen, momento en el que el monstruo se tambaleó, con la cabeza hacia atrás: parecía a punto de derrumbarse, muerto por las heridas infinitas que Elrohir le había producido. El bailarín esperaba con cierto grado de satisfacción el movimiento hacia abajo del minotauro, que parecía caer lentamente, como si todo fuera con una lentitud superior. Dentro de un segundo la bestia caería, los cuernos casi tocaban la musculosa espalda del monstruo, debido a que tenía la cabeza doblada hacia atrás. Dejó caer sus pesadas armas al suelo.
Justo cuando el bailarín esperaba que cayese, el ser volvió a subir la cabeza hacia arriba, mirando con locura a su verdugo. Esto cogió a Elrohir de sorpresa, quién apenas pudo ver cómo el minotauro utilizaba la inercia de su movimiento para golpearle con su poderoso puño, golpe que el espadachín elfo no había previsto, y que tan sólo pudo interponer sus espadas en forma de cruz, para que el monstruo no destrozase su frágil cuerpo.
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