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¿Qué ocurría si una mañana te levantases y te dieses cuenta de que tú no eres tú? ¿Qué ocurriría si de tanto tropezar vieses que tu vida es un angustioso teatro? ¿Qué pasaría si lo odiases todo y a todos?
Me senté en una mesa debajo de los arcos y deposité el tubo y la botella sobre la misma, también dejé en la mesa algunas monedas que llevaba en el bolsillo. Entre todas no debían sumar más de cinco euros.
Al poco apareció un camarero joven, demasiado joven, debía ser novato en el negocio. Se acercó con la intención de tomarme nota y pude ver que su rostro estaba marcado por pequeños granitos, lo que confirmó mis sospecha, no debía tener más de diecinueve años.
Se notaba en su rostro que, aunque intentaba disimular, estaba sorprendido por ver a alguien sentado en una terraza a esas horas y con ese tiempo, pero la cara terminó de desencajársele cuando vio la botella empezada sobre la mesa.
Pedí un café solo. No tardó mucho en servirme. Aliñé la taza con un buen chorro de whisky y me lo bebí de dos largos sorbos.
Comencé a observar a los policías. Parecían estar bastante desocupados.
Esa misma tarde, un especialista en filología inglesa procedente de Londres iba a dar una charla en la facultad de filología situada en la Plaza de Anaya.
El tipo debía ser alguien importante dentro de la universidad inglesa.
Había leído en el periódico local, ése que la gente de a pie utiliza para ver cuándo nuestro amado ayuntamiento nos cambia las rutas de los autobuses por obras, que sería recogido por dos distinguidos integrantes de la policía local a primera hora de la mañana en la plaza Mayor. Los agentes debían mostrarle los principales lugares de interés arquitectónico y cultural, luego comería con el alcalde y concejales y a eso de las cinco de la tarde daría comienzo la susodicha charla.
Esos agentes que tenía enfrente debían ser los que harían de guías turísticos para el “guiri”.
Desde mi asiento no podía diferenciarlos bien, uno parecía algo más alto que el otro, alrededor de diez centímetros, pero la niebla no me dejaba apreciar mucho más.
Parecían estar charlando, apostaría cualquier cosa a que el tema de conversación era el fútbol.
Fútbol... el opio del pueblo. El único deporte que no reduce la obesidad, pues el noventa y nueve por ciento de la gente relacionada con este deporte mantiene esa relación sentada en el sofá.
Quizás yo siempre he buscado lo exclusivo, hacer eso que sólo hacían una minoría, y por eso nunca me gustó el fútbol, aunque debo reconocer que sí tiene algo bueno. Ese poder de evasión que tiene, la capacidad de abstraer a tantos millones de personas durante algo más de noventa minutos y hacer que se olviden de sus preocupaciones durante un tiempo es algo que se puede tildar de mágico.
Terminé el café y durante un rato me quedé extasiado, como en trance, observando los objetos de la mesa: la botella, la taza, el tubo, las monedas...
Estaba meditando mi próximo paso, el decisivo y último, si daba un paso más ya no podría retroceder.
Decidí hacerlo, me convencí de ello. Tenía que demostrarme que durante un momento yo podía pisar a la sociedad y no a la inversa.
Me levanté y recogí las monedas, dejando alrededor de dos euros para pagar el café. Quizás ésa no era mi mayor preocupación en ese instante, pero donde iba no necesitaba el dinero, y puede que el propietario del bar lo echase de menos a final de mes.
Puse el tubo en mi espalda y comencé a caminar en dirección a los policías, dejando tras de mí la terraza y mi botella de whisky encima de la mesa.
Los agentes no parecían apreciarme, estaban de espaldas a mí, refugiados al lado de una de las columnas de la arcada para guarecerse del penetrante y helador aire.
Me acerque con paso decidido y firme a ellos hasta situarme a unos ocho metros de distancia en línea recta a sus espaldas.
Estaba despreocupado, no creía posible que me viesen, me sentía seguro entre la niebla.
Descolgué el tubo de mi espalda, le quité el tapón y extrayendo únicamente la empuñadura de la katana volví a colgarme el tubo, pero esta vez del revés, pasándolo por debajo de mi brazo izquierdo, perfectamente colocado para dejar la vaina oculta dentro del tubo y poder desenfundar la espada sin problemas.
Sujeté la empuñadura con la mano izquierda para que no se saliese de dentro del transportador de planos y me dirigí a los policías con intención de sorprenderles por la espalda y que así no tuviesen oportunidad de huir de mi ataque... huir de su muerte.
Me preparé a conciencia y continué avanzando, observando a mi objetivo.
De repente una imagen asaltó mi cabeza. Lo que estaba a punto de hacer era lo que cada noche se sucedía en calles y parques de las grandes ciudades: cacerías de negros por parte de Neonazis, esos a los que critico y deseo su muerte en manos de alguien como ellos.
¡No! Ellos mataban por xenofobia y racismo, y yo lo haría por supervivencia, mi supervivencia ante la sociedad que poco a poco nos mata. Lo que yo iba ha hacer no era lo mismo que hacían ellos... ¿O sí?
Esta imagen me había descolocado. Me detuve, parecía que la locura transitoria, que más tarde alegaría mi abogado, había terminado. No podía hacerlo. Si lo hacía me convertiría en todo lo que odio.
En ese momento volví a fijarme en los policías. Estaban a unos escasos tres metros de mí, podía verlos perfectamente y hubo algo que me sorprendió. Uno de los policías tenía coleta, algo muy “heavy” para un madero.
Lo observé con más detenimiento hasta que giró ligeramente su rostro y mis sospechas se confirmaron: Era una mujer, una mujer policía de unos veintisiete años, pelo castaño y alrededor de un metro setenta de altura.
Ése fue el último factor que extrajo la locura de mi cabeza. No quería ser recordado como un asesino de mujeres, no podía matarla, eran lo único bello que había habido en mi ruinosa vida. Ellas, todas las mujeres que habían pasado por mi vida eran lo único que había dado luz a mi locura. Su amor, el saber que ella estaba ahí, hacía más fácil el día a día.
Un ser bello y perfecto, sí, eso son para mí.
De pequeño, bueno, no tan pequeño, tendría eso de quince años, leí un artículo que trataba sobre los Manuscritos del Mar Muerto, los Evangelios Apócrifos y esos temas, algo que en aquel entonces me parecía interesante.
En el artículo que se dictaba una creación de Eva distinta de la dada por el Vaticano en la Biblia. El texto se basaba en un Génesis supuestamente extraído de los Pergaminos del Mar Muerto y en evangelios pertenecientes a evangelistas no reconocidos por la Iglesia ni aceptados por la misma, al contrario que San Mateos, San Lucas, San Marcos y San Juan.
Según los autores y algunos estudiosos del tema, Dios, el Dios cristiano creó a tres mujeres para Adán.
La primera mujer que creó Dios no se llamaba Eva, sino Lilith. Lilith no fue creada a partir de Adán, sino que fue creada del mismo barro que él y, por lo tanto, ambos eran iguales y dado esto Lilith se negó a obedecer a Adán como si fuese un ser inferior, llegando al punto de que se situaba encima de él durante el acto sexual como un símbolo de igualdad, o incluso de superioridad.
Dios no consintió tal acción y envió a sus ángeles a advertirle de que si no cesaba en sus actos sus hijos nacerían sin alma, en conclusión, sin vida. Lilith siguió desobedeciendo y escapó del paraíso dirigiéndose al infierno, donde se enamoró y casó con Lucifer, el ángel caído, y se convirtió en la primera de sus esposas y en su favorita.
Tras este fracaso Dios creo a una segunda mujer, esta sí, llamada Eva. Pero fue creada ante los ojos de Adán, y éste quedó tan repugnado ante la creación que la repudió y Eva tuvo que marcharse del paraíso, y, finalmente, Dios creo a la segunda Eva, la Eva que conocemos por la Biblia.
Lo que yo deseaba explicar con esto es la perfección de las mujeres. Para mí no son descendientes de Eva, sino de Lilith, bellas y llenas de luz. Tan perfectas que son capaces de retar a un dios para mantener su perfección e incluso alzarse por encima del hombre, del ser masculino.
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