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El Juego


Terror y Supense

22-06-2006 09:36
Por: Dersu

La historia de un hombre adicto al juego que deberá enfrentarse a sus demonios interiores para poder ganar su apuesta más importante.


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Hacía un mes Mi Amigo y yo habíamos hecho una apuesta: él aseguró que era incapaz de reprimir mi obsesión por las apuestas, yo afirmé rotundamente que podía dejar tan reprochable vicio cuando quisiera. En caso de que él tuviera razón, debía pagarle un euro; por el contrario, si estaba yo en lo cierto, sería yo quien recibiría el dinero. La apuesta era válida hasta pasada la noche del treinta y uno de octubre; eso es, Halloween, la prueba definitiva de que era capaz de controlarme. Mi Amigo sabía mejor que yo mismo que iba a requerir un gran esfuerzo por mi parte el rehusar participar en la apuesta más fascinante de todo el año, preparada, únicamente para aquella macabra noche por un grupo de adictos a lo que llamábamos El Juego. Éste consistía en elegir a uno de nosotros, por sorteo; el afortunado estaba obligado a asesinar al primer niño que llamara a nuestra puerta. El reto era acertar si se atrevería o no a hacerlo.

No entiendo muy bien qué pretendía mi amigo con aquello. ¿Vencer al vicio por medio del vicio? No sé. A mí se me antojaba muy extraño, pero nunca se me ha dado muy bien pensar. Él era más inteligente que yo, siempre lo había sido, y a menudo lo había usado en mi contra; mas no se lo reproché en ninguna ocasión. Éramos un equipo; él la cabeza, yo el cuerpo. La razón y la fuerza.

Como es lógico, acepté la apuesta. Con tal de ganarla y conseguir el preciado euro de premio recurrí al eficaz método de abandonarme a los vicios para olvidar mi obsesión. Me entregué al tabaco, al alcohol y, para contrarrestar con un poco de ejercicio los efectos nocivos de los citados vicios, también me aficioné a los burdeles. Dejarme dominar por esos vicios, o placeres, según se mire, era fácil, pero no estimulante; gozoso, mas breve; perseguía yo un ritmo de vida alocado, basado en la simplicidad y la fugacidad del momento. No obstante, me acosaba constantemente la necesidad de ponerme a prueba, de excitarme y apasionarme como sólo era capaz apostando.

Emborracharme era, sin duda, el mejor modo de huir de esa exigencia. Cuando bebía podía evadirme y no pensar en mi anhelo profundo. El tabaco, por el contrario, no funcionaba. No me relajaba ni servía como fuga, ni siquiera me causaba placer, sino que su olor me resultaba molesto y me provocaba irritación, induciéndome a un proceder mezquino y violento. Poco faltó para que me enzarzara en una pelea con mi amigo cuando vino a visitarme; quería persuadirme para que faltara a mi palabra, por lo que mi reacción no fue precisamente modélica. Antes no perdía así los nervios. Yo, en verdad, era una persona muy tranquila y pacífica. El asesinato sólo me estimulaba si había apuestas de por medio; si no era así, escapaba a mi comprensión los motivos que impulsaban al crimen, no entendía el por qué de ese acto de locura y desesperación.

El otro vicio que escogí como sedante para mi ansia, los prostíbulos, también cumplieron su función, al menos durante un cierto tiempo. El sexo me agotaba. Además, siempre quedaba en la recámara el recurso de hablar con las prostitutas, actividad que me proporcionó horas de agradable evasión y me ayudó a comprender que las penalidades que estaba sufriendo no respondían al capricho del destino sino a una necesidad lógica, fortalecedora. Compartir mi tiempo con otras personas marginadas por la sociedad me aproximaba a la comprensión: ellos eran los enfermos, los adictos, no nosotros. Nosotros dependíamos de nuestros placenteros vicios, ellos de sus represoras leyes. ¿Quién necesita la felicidad de una vida controlada por otros y de fingido orden pudiendo someterse a la banalidad del placer fugaz y adictivo?

Una de las prostitutas con las que me relacioné me narró una breve historia que ilustra a la perfección esta idea de la liberación e independencia del repudiado. Mientras ella y una compañera buscaban clientes, pasó por su lado una mujer gorda, vestida con elegantes ropajes y suntuosas joyas, y acompañada, o más bien escoltada, por dos hombres jóvenes y apuestos. La oronda mujer le dirigió una mirada de repugnancia y reproche, se aferró con fuerza a sus acompañantes y huyó de allí tan rápido como sus pesadas carnes le permitieron. Esto es algo que nunca podría sucederme a mí, porque yo no dependo de ellos ni me preocupo por causarles una buena impresión; sin embargo, ellos, la gente acomodada e integrada, viven siempre de la apariencia, de cara a la vida pública. Y dependen mucho de nosotros; los hay incluso que sienten compasión por los solitarios lobos de las cloacas. Este pensamiento alentador se convirtió en mi Biblia durante las dos primeras semanas del suplicio.

Una noche vino a verme uno de los adictos a El Juego: Jorge, el llorón, con quien personalmente nunca trabé mucha amistad. Se puede decir que había cierta tensión entre nosotros, acentuada por lo reducido de nuestro grupo; de ser posible, evitábamos pedirnos favores. Su actitud débil y sumisa me irritaba; se refugiaba siempre tras alguien fuerte que pudiera protegerlo, como un perro fiel a su amo, a diferencia de que su fidelidad no resultaba ser tal. Mi mayor temor era que, en un momento de descuido, encontrara a alguien más útil para satisfacer sus necesidades y nos diera la puñalada trapera. Llegué incluso a instar a Mi Amigo para que se deshiciera de él, pero éste, como un padre atento, era quien ejercía de señor y protector de la débil criatura; en ocasiones también Andrés desempeñaba esa función, mas, como en él se podía confiar aún menos, el llorón solía buscar cobijo en Mi Amigo.

Mantenía aventuras sexuales, que él llamaba romances, con prostitutas y millonarias sin sentir aparente predilección por ninguna de ambas clases de mujeres, aunque yo siempre intuí que con las ricas podía interpretar mejor su papel de llorón sumiso y complaciente. De estas relaciones, una vez terminadas, surgía la tragedia en forma de llanto descontrolado y repulsivo, propio de un culebrón televisivo. Un chico insoportable.

El caso es que el llorón debió pensar que aquella era la oportunidad idónea para olvidar nuestras diferencias y decidió llevarme a conocer a unas "amigas suyas", a las que, según sus propias palabras, tenía en alta estima. Vagabundeamos gran parte de la noche hasta encontrarlas y realmente lamenté que finalmente lo lográsemos. Traté de hablarles sobre mi teoría de la marginación y las adicciones, pero no parecían comprender ni una palabra; y cuando al fin conseguí que comprendiesen, tuvieron la osadía de decirme que no compartían mis ideas. Es más, convencidas de que intentaba justificar mis vicios, me preguntaron si era "yonqui". Esta acusación, pues tal ofensa sólo puede considerarse como tal, me irritó profundamente y me marché sin importarme la sorpresa de las dos mujerzuelas. El llorón me suplicó que me quedara, viendo cómo su posibilidad de enredarme fracasaba; pero le ignoré. De camino a casa, me poseyó la necesidad de enterrar en el olvido la humillación que acababa de sufrir, y sentí un ansia terrible de apostar.

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Sin embargo, y aunque no desee admitirlo, tal vez aquellas duras palabras provocaron un efecto inesperado en mí, pues a la mañana siguiente desperté con la horrible sensación de que mi vida andaba desencaminada. Se apoderó de mí un vago sentimiento de terror, que, conforme transcurría el día, se fue concretando en una sensación de desamparo y soledad. Me percaté de que apenas podía controlar mis ansias de apostar y, como iluminado por una nueva luz que me guiaba, deseché las reflexiones de las anteriores semanas y me prometí convertirme en un hombre recto, con un trabajo decente, amante de mi hermana, la humanidad, y solidario con los necesitados. Debía predicar el amor al prójimo.

Salí a la calle y sentí que me embargaba la euforia de un hombre contento y feliz porque sabe que va a prestar ayuda de manera incondicional y está en armonía consigo mismo. Me sentía renovado por un insólito optimismo. En el parque, entre el griterío de niños revoloteando, joviales, vislumbré una figura que se paseaba repartiendo amor, conversando con éste o con aquél, inculcando en sus mentes el bien del virtuoso y la palabra de Dios. Al acercarme al buen cura, el hombre me miró con desconfianza, debido, supongo, a mi mezquino aspecto; pero, puesto que hice gala de buenos modales, suavizó la expresión de su rostro y se mostró afable.

-Luego vendrás a confesarte, hijo mío -le dijo a un niño.- Ahora ve a crear lazos de amistad con los buenos cristianos.

Los curas, como los perros, tienen un olfato muy desarrollado para detectar los problemas y distinguir a los hombres perdidos en la senda del pecado. A ello, probablemente, debo atribuir el moralizante y enérgico sermón con que tuvo a bien obsequiarme. No obstante, allí delante del que, en teoría, era un modelo a seguir en esta nueva y virtuosa vida que me proponía llevar, me comenzó a inquietar la dura tiranía del aburrimiento y el hastío; poco a poco, retornaron a mí las reflexiones del día anterior y sentí que estaba siendo engañado por aquel falso santo. Decidí cortar por lo sano:

-Yo peco mucho, padre.

-Pero aún estás a tiempo de arrepentirte y entregarte a Dios. Él predica el perdón. Además, que estés aquí, que te hayas presentado ante mí para que poder acercarte a Él dice mucho en tu favor.

-¿Usted cree que nos observa?

-Él siempre vela por nosotros.

-Entonces le envidio, padre. Violaciones, asesinatos, guerras... Dios se lo debe pasar de puta madre en el cielo.

No le debí caer simpático, pues dio media vuelta y se alejó por donde había venido, murmurando no sé qué perorata religiosa. Una cosa de muy mal gusto. Costumbre de los perros de Dios.

Cuando se marchaba, por poco tropezó con un niño afanado en entretener a su perro. El chiquillo parecía haberse confabulado con el cura para amargarme la mañana: se arrastraba por el suelo; profería gritos dañinos para los tímpanos; gesticulaba de manera exagerada; y reía falsa y tontamente; todo ello, como piezas de un mismo puzzle, componía un cuadro vergonzoso que ponía de manifiesto un carácter de una debilidad alarmante y cómico hasta el ridículo. Resultaba irritante, por lo que me vi obligado a huir de aquel lugar antes de decirle cuatro verdades al mocoso. Yo de niño no era así.

¿Y ahora qué? Sentía crecer el ansia en mi interior; había fracasado el intento de abandonarme a los vicios y había fracasado, también, el de escapar de los ambientes sórdidos por los que solía remolonear. Era como si el destino me empujara hacia lo inevitable. Cuanto más intentaba dominarme, más hondo caía, más negro se hacía el agujero en que me hallaba inmerso. Cada método por el que apostaba, me conducía al hastío y me sumergía de nuevo, y con mayor intensidad, en el pozo del deseo.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Interesante pero le falta algo
02-08-2006 00:17
El relato está bien estructurado, con personajes complejos y una trama completa, pero creo que falla en su premisa. El Juego y la apuesta de un euro se me antojan ridículas y le quitan verosimilitud al relato.

   Buenos puntos
22-06-2006 09:43
Creo que la historia en sí ha ganado ahora que la has ampliado, considerablemente. El carácter perturbado del protagonista está mucho más claro, el grupo de amigos es muy sugerente y están muy bien caracterizados, el desarrollo de la historia gana al ser más pausado...

El caso es que creo que, a pesar de ello, no has conseguido plasmar la sensación de desesperación, de "mono", del protagonista. Tal vez sea porque sus reflexiones sobre la sociedad son demasiado claras, demasiado bien expuesta. Algo más confuso, dentro de la rabia que debería sentir, creo que hubiera perfilado mejor el retrato.

En cualquier caso, un buen relato, muy interesante y con puntos muy buenos

   RE: Buenos puntos
23-06-2006 20:50
Gracias por pasarte Akhul. Me alegro de que te haya parecido interesante el relato y tendré en cuenta lo que me señalas.

Un saludo, compañero.

   ;)
24-06-2006 18:31
Me parece un buen relato, como ya te apuntó Akhul. Aunque quizá se me hizo algo largo y desde el principio era obvio lo que ibas a contar, está todo claro y conciso, bien explicado, sin profundizar mucho pero dejando al lector, que conoce bastante bien el tema del vicio que a tantos humanos atrapa, y muchas veces de cerca, y que asome así chispas que le haga ver que es real, y que en muchas ocasiones es peligroso. Es un tema bien tratado, además original, ya que la gente no suele escribir sobre esos temas.

Buen relato, nos leemos.



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