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La Casita Blanca (quinta parte)


Relatos de Fantasía

23-06-2006 17:27
Por: Dersu

El regreso al hogar después de lo sucedido en La Casita Blanca. Quedan atrás días felices, esperanzadoras visiones del futuro y terribles tragedias del pasado.

Ya estaba de vuelta, en casa. Los días transcurridos en La Casita Blanca quedaron grabados a fuego en mi memoria, y eran recuerdos felices. Antes de partir, el cowboy me encomendó una misión: escribir un libro en el que narrara mis vivencias y las de mis compañeros, a los que aún no tenía el placer de conocer, en aquella mágica tierra. Ellos sabrían encontrarme, me dijo, así que esperé hasta que alguno visitase mi morada.

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Era inevitable rememorar la visión que tuve en La Casita Blanca, cuando ante mí aparecieron mi mujer y mis hijos y observé mi propia gloria materializada en las enormes estatuas que se alzaban a mi alrededor. No dejaba de pensar que aquella visión tal vez fuese un augurio y en los tiempos venideros realmente me convertiría en ese famoso escritor, el autor de la novela "La Casita Blanca".

Puesto que ninguno de mis compañeros de viaje vino a verme en los días que siguieron a mi retorno, decidí comenzar el libro narrando mi propia historia, desde aquel día en que, desesperado, acudí a mi hermano en busca de ayuda económica y subí al misterioso bus que me condujo a un lugar desconocido y fascinante, hasta el regreso al hogar y el encargo de escribir la novela. Había vivido dos semanas en aquel paraíso perdido, pero en la superficie apenas supuso un suspiro. Acomodado ahora en mi sucia casa, más acogedora y segura que nunca, los sucesos parecían cobrar auténtica vida. Ni siquiera me planteé su veracidad; es más, el sólo hecho de pensar en ello como una alucinación o un sueño se me antojaba ridículo. ¿Cómo podría serlo?

Rápidamente, la novela comenzó a tomar forma, las páginas en blanco se llenaban como por arte de magia, devoradas por mi ansia creativa. La necesidad de volcar en el papel mis experiencias me impulsaba a escribir con una urgencia que jamás había sentido y lo hacía con una perfección formal de la que ni yo mismo me crecía capaz, como tocado por una musa. Esa musa, pensé, era La Casita Blanca. Toda su magia estaba siendo escupida en aquellos insignificantes trozos de papel; todo su legado; su pasado, su presente y su futuro... todo estaba en mis manos. Este pensamiento hacía que me sintiera poderoso.

Por fin, un día como otro cualquiera, me percaté de que había terminado. Ni tan siquiera sentía la necesidad de revisar lo escrito; sabía que cada letra estaba en su sitio, nada faltaba y nada sobraba, como si las palabras hubieran sido arrancadas de mi interior y depositadas en el papel, fieles al más mínimo detalle. De pronto, me asaltó una inquietud. Desde mi regreso, no había tenido noticia de aquellos que, según el cowboy, debían compartir sus historias conmigo; y tampoco tuve noticia alguna en la siguiente semana. Comencé a inquietarme por su bienestar; cabía la posibilidad de que, presas del pánico, hubieran renunciado a La Casita Blanca; bien por temor; bien por desesperación; bien porque, en un ataque de racionalidad, hubieran optado por considerar lo acontecido en La Casita Blanca como producto de su mente atormentada.

En cualquier caso, el involuntario e indeseado aislamiento provocó en mí las reacciones más diversas y descabelladas. El profundo deseo de proseguir con la historia pugnaba en mi interior, pero la realidad me obligaba a permanecer inactivo. Un día, completamente desesperado, abandoné mi casa y me dirigí a la parada de autobuses donde en su momento me recogió el cowboy; pero esta vez el conductor era un hombre viejo, con gafas y calvo, de lo más repelente, que hablaba de forma extraña e inconexa. Sin duda, pensé, ese hombre pertenecía a La Casita Blanca; ningún humano tenía semejante aspecto. Lo acribillé a preguntas sobre el cowboy y sus planes, y el hombre, tomándome por un enfermo mental y rogándome que no le importunará, me bajó del vehículo y se marchó.

Tras este estúpido intento de obtener información, volví de nuevo a mi hogar, y aguardé. Después de dos o tres días, me calmé y, para matar el tiempo, releí lo que había escrito. Durante estos últimos días de angustia, parte de los acontecimientos parecían haberse borrado de mi memoria, pero, aunque el tiempo hubiera distorsionado levemente la historia, podía revivirla con sólo leer aquellas páginas que reproducían con exactitud cada detalle. Hallé cierto placer en esa lectura. Era la única manera de aplacar mi ansia y encontrar paz entre la vorágine de incomprensibles, maravillosos e irrepetibles acontecimientos que se sucedían, uno tras otro, como una explosión de deseos reprimidos.

Fue por aquella época cuando comenzaron las visiones. Allí estaba él, el muchacho cuyo rostro conocía tan bien como si fuera el mío propio, el mismo que, cual monstruo de pesadilla, había provocado el desmoronamiento de un mundo perfecto: Nevado, el destructor. Al principio sus apariciones eran fugaces, repentinas, apenas un instante antes de desvanecerse, por lo que les resté importancia y las atribuí a mi estado de excitación; pero con el tiempo se hizo evidente que no eran el simple producto de una mente alterada, sino un hecho extraordinario e insólito que ni los más poderosos magos de La Casita Blanca pudieron prever.

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Sin embargo, sucedió algo que me hizo olvidarme, durante un breve período de tiempo, del espectro de Nevado. Al fin, tras la larga espera, llegó a mi casa uno de los compañeros de viaje que tanto ansiaba conocer y cuyas historias estaba impaciente por relatar. Tenía unos cuarenta años y era un hombre de aspecto abatido, apático, parco en palabras, reservado. No se comportó así conmigo, obviamente, o no al menos a la hora de narrar sus vivencias, pues el resto del tiempo adoptaba ese proceder frío y distante que lo caracterizaba. Pero cuando se trataba de algo concerniente a La Casita Blanca se desnudaba ante mí y podía ver realmente en su interior; sus miedos y anhelos más profundos me eran revelados. Lamentablemente, no puedo decir que le respondí de igual manera. No le oculté nada al principio, mas, cuando llegamos a las visiones sobre el futuro y el pasado de La Casita Blanca, advertí yo una similitud total entre su narración y la mía, ya no sólo en lo percibido a través de los sentidos, sino también en el pensar. Y me asusté. Parecía imposible, pero así era. Antes de que él hablara, ya sabía yo lo que debía escribir, porque lo había hecho antes, al narrar mi propia historia. Me sentí aliviado cuando al fin terminé de escribir su parte de la novela. No me veía capaz de seguir ocultando la verdad mucho tiempo, incluso temí que él me pidiese leer lo que había escrito sobre mí, pero no lo hizo. Al día siguiente de finalizar su historia, ya no vino a mi casa, ni siquiera quiso despedirse. Simplemente, desapareció. Y yo me alegré de ello.

Solo de nuevo, sentí un renovado interés por mis extrañas visiones sobre Nevado, y esta vez no me preguntaba por qué aquel muchacho había aparecido en mi vida de aquella manera, sino por qué había llegado a existir. Los hechos, antes tan claros, carecían ahora de sentido. La existencia del muchacho ya era de por sí un enigma. Creo que entonces intuí (si no en su totalidad, sí en parte) lo que después se me reveló con entera claridad; sin embargo, quizá por falta de información, las piezas no terminaban de encajar.

Mientras deliberaba sobre este asunto, pocos días después de la marcha del otro hombre, se presentó en mi puerta una muchacha muy bella, que decía tener dieciséis años. Resultó ser otro de los humanos que me acompañaron a La Casita Blanca. A la chica no la recibí con tanta alegría, tan abiertamente, sino que fui reservado y distante, reduciendo nuestras charlas a lo esencial, sin intentar trabar amistad como hice con el otro. Ella no pareció molestarse; al contrario, me habló con total sinceridad, sin omitir ni los más escabrosos detalles. De nuevo, como ya ocurrió con el anterior visitante, sentí que aquella muchacha me pertenecía y que su destino dependía de mí. No era una sensación agradable; tenía algo de perverso y de obsceno el oírla relatar sus deseos y temores, y escribir sobre aspectos de su vida tan terribles y violentos, y otros tan bellos y felices. Pero me sentía obligado a hacerlo y, sobre todo, me intrigaba, a la vez que me asustaba, lo que tenía que contarme acerca de las visiones de nuestro propio futuro y del pasado, de Nevado y Alba, y de su tragedia, que en cierto modo también era la nuestra. Y, finalmente, cuando llegamos a esa parte de la historia sucedió lo mismo; todo cuanto ella había visto y pensado coincidía con total exactitud con mis propios recuerdos y los del otro hombre.

Fue una prueba aún más dura que la anterior el proseguir con la novela, al mismo tiempo que procuraba no levantar sospechas sobre mi propio dilema interior. No sé por qué, pero tenía la certeza de que revelar el secreto hubiera sido una traición contra La Casita Blanca y podía desmoronarse el futuro por el que durante tanto tiempo habían esperado, un destino que sería también el mío, alejado de la infelicidad que ahora gobernaba mi vida. Sentía que era mi obligación proteger aquel secreto. Y así lo hice.

Cuando al fin pusimos punto y final a este nuevo episodio de la novela, de nuevo se rompió la conexión que se había establecido entre nosotros en aquellos momentos de intimidad, y de nuevo, al igual que el otro, ella se marchó sin mediar palabra. Simplemente, desapareció. Y otra vez volví a quedarme a solas con mis pensamientos y con Nevado, o su espectro, o lo que fuera que representara aquella réplica del auténtico Nevado. Ahora incluso manteníamos largas conversaciones, cual si fuésemos dos amigos de la infancia con mucho que contarse tras un feliz reencuentro; él me hablaba de su hermana y de lo mucho que la quería, y de los unicornios traicioneros, y me informaba de sus investigaciones y avances en lo referente a los colores y a los secretos del universo. Por mi parte, le hablaba de la novela, y de mis compañeros, y le leía pasajes enteros, y entusiasmado le contaba mis planes de futuro, y le describía la nueva sociedad, más perfecta, más feliz, que íbamos a crear. Pero él no aprobaba estos proyectos y los consideraba producto de una sociedad enferma y mentirosa, dispuesta a todo, incluso a cometer actos deleznables, para lograr sus objetivos. "El drama empieza otra vez", solía decir, pero cuando yo insistía en que me explicase qué significaba eso callaba, sonreía y comenzaba a hablar de nuevo sobre su hermana y lo mucho que la quería.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Los cabos se van atando
31-07-2006 00:10
Pero un poco tarde. La entrega me ha gustado pero sigo sin verle la temática al relato.

   Magistral
23-06-2006 17:31
Sencillamente magistral. Hemos llegado a esta entrega con algunos altibajos, como te he comentado, pero sin duda ha merecido la pena.

El capítulo es sólido, está bien redactado, y empieza a dar una consistencia al puzzle insospechada y fascinante. Genial, me ha encantado, tanto a nivel narrativo como a nivel de redacción.

Genial. A pesar del tiempo pasado, no he necesitado releer nada para continuar con la historia y ésta me ha llenado. Enhorabuena, compañero.

   RE: Magistral
23-06-2006 20:59
Vaya, no me esperaba una acogida tan entusiasta. Fue un capítulo muy difícil de escribir, pero a la vez gratificante. Tenía un poco de miedo de que, con tanto retraso, fuese difícil de seguir, así que me alegro de que te haya gustado tanto.

Dentro de poco mandaré la próxima, y definitiva, entrega.

Gracias por el apoyo, compañero. Nos vemos.



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