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Demeter Express


Batallitas

02-07-2006 12:44
Por: Trysler

Un viaje en tren lleno de divertidas violaciones de la Mascarada hasta sus últimas consecuencias.

Tras los caóticos sucesos, consecuencia de nuestras andanzas por Stalingrado para conseguir ayuda en la lucha contra los nazis y la Camarilla, que podéis ver pinchando aquí, regresábamos a Transilvania, nuestra tierra natal, y, como ya dije al final del articulo anterior, teníamos que realizar un “tranquilo y apacible” viaje en tren.

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Preparamos todo concienzudamente, nos hicimos de unos cajones con espacio suficiente para nosotros, y nuestro arsenal de armas alemanas (granadas, pistolas, rifles, ametralladoras, municiones...) que irían en el vagón de equipajes como una mercancía más, y sólo saldríamos de ellos de noche, tiempo durante el cual era muy poco probable que alguien se presentase en ese vagón. Hasta aquí todo era normal, o no, porque aquello que fuimos a realizar a Stalingrado, lo conseguimos hacer dejando bastante de lado la Mascarada, y eso tiene consecuencias, consecuencias que se presentaron en forma de un grupo de cazadores en el vagón en el que dormíamos, el de equipajes. Por lo visto, sabiendo que íbamos a viajar en ese tren, compraron billetes como siete pasajeros más. Llegaron al mediodía, para poder cogernos dormidos en nuestros cajones, pero sólo sirvieron para hacernos gastar sangre, y decorar el interior del vagón con un precioso tono rojo agravados, yo no pude intervenir, ya que mientras sucedían estos violentos hechos, a metro y medio mío, dormía tranquilamente en el cajón, pero al despertar pude ver el panorama, así que los demás me contaron estos hechos, y como se habían librado de los cadáveres y trozos arrojándolos a la cuneta en marcha. Por precaución tuvimos que cambiar nuestros cajones al vagón de equipajes contiguo.

El viaje prosiguió, pero existía un serio problema, el tren apenas hacía paradas, y en él viajábamos cinco vampiros, los que hayáis leído el anterior artículo de esta parodia de una partida de Vampiro la Mascarada diréis: ¿Pero, no eran cuatro?, Lady Beatriz, Udo, Marcus y Huter. Pues no, éramos cinco, sólo que el que me faltaba es el chiquillo de Lady Beatriz, Wilhelm, que como es un poco vegetativo, se me olvidó contarle, pero os garantizo que esta vez va a hacer algo brutalmente gracioso. Pues, como iba diciendo, el tren no paraba el tiempo suficiente tiempo para bajarse y buscar gente a la que dejar seca, así que tuvimos que acudir a los viajeros.

Yo estaba bastante bien de sangre, puesto que no había tenido que mover ni un dedo cuando acudieron los cazadores, pero Lady Beatriz en concreto no, así que decidió ir a buscarse una presa.

Salió a darse una vuelta por el estrecho pasillo del tren, buscando a alguien, pero claro, todo el mundo dormía apaciblemente dentro de los compartimentos, por lo que decidió buscarse uno donde hubiese una persona sola. Tuvo éxito y encontró uno donde sólo había un solo hombre; parecía dormir tan tranquilo hasta que le despertó el chirriar de la puerta, y cuando abrió los ojos se encontró con una mujer que lo miraba de la misma forma que él miraría a un bocata de jamón:

-Oiga, ¿usted que hace aquí? Creo que se ha equivocado de cuarto.

-(Lady Beatriz poco inspirada y haciendo como que se ponía lasciva para ver si el tipo picaba) no, es que, en el mío me sentía muy sola, y...

-Óigame señorita, mañana tengo una reunión importante, y tengo que madrugar bastante temprano, así que váyase a su compartimiento y déjeme dormir en paz.

-Bueno, y no quiere un poco de compañía para ir relajado a esa reunión que tiene.

-Si no se va y me deja tranquilo llamaré al revisor.

-No hace falta que se ponga así, yo sólo quiero hacerle un poco de compañía.

-Ahora mismo lo que quiero es dormir solo.

-Pero esp...

En ese momento el hombre, ya harto y con ganas de dormir, se levantó, se puso los zapatos y se fue hacia la parte delantera del tren donde estaba el revisor.

En lo que tardaba en llegar el mosqueado viajero con el revisor, Lady Beatriz, pensando que tenía tiempo de sobra para buscarse otra presa, siguió deambulando por los vagones, hasta que al fin encontró a una anciana durmiendo sola a la que hincarle el diente, cuando terminó de beber los tres puntos de sangre a los que están limitados aquéllos con una humanidad media-alta, salió a por más, pero se encontró con el revisor, que ya venía prevenido:

-Señorita, me temo que tengo que pedirle que vuelva a su compartimiento, y no moleste a los demás pasajeros.

-Sólo estaba dando una vuelta, es que no podía dormir.

-Eso no es lo que me ha dicho cierto caballero con el que se encontró antes.

-Sólo fue un pequeño malentendido.

-Pues que no pase otra vez, o me veré obligado a pedirle que se baje del tren.

-Tranquilo, no volverá a pasar.

-Por cierto, ¿me podría mostrar su billete?

-Es que... verá (que sea lo que Dios quiera)... Tengo el billete en el compartimiento, y si me pongo a buscarle ahora despertaré a todos los que viajan conmigo.

-Ah, comprendo, en ese caso vuelva a su cuarto y trate de dormir, buenas noches.

-Buenas noches.

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Casi la pillan, no podía arriesgarse a cazar otra vez esa misma noche, pensaba mientras regresaba al vagón de equipajes, alguien la podría ver y su comportamiento despertaba bastantes sospechas, por suerte aquella anciana de la que se alimentó podría pasar por dormida, y la debilidad propia de la falta de sangre por enfermedad, que las personas mayores ya se sabe. Lo que si daba que pensar eran las marcas de colmillos que se había olvidado de borrar cuando terminó de beber, y que recordó justamente cuando entró al vagón.

El viaje prosiguió mas o menos apaciblemente, salvo por alguna que otra violación de la Mascarada (más “reses” marcadas, como empezamos a llamar a los que dejábamos con un mordisco en el cuello) provocadas por descuido. Cuando llegamos a Budapest, ciudad en la que se acababa la línea de tren, y a partir de la cual tendríamos que continuar el viaje por otros medios, lo que menos esperábamos encontrar era todo un despliegue de policías y ambulancias, con médicos y encargados corriendo de un lado a otro, la estación había sido convertida en una especie de hospital de campaña, ya que por lo visto alguien, posiblemente el revisor, había informado de los extraños sucesos ocurridos en ese tren, y que nos comunicaron a los pasajeros (entre los que salíamos mezclados):

“Señores, es nuestra obligación retenerles un tiempo aquí hasta que se les hagan unos análisis para comprobar que están sanos, ya que sospechamos que en el tren en que viajaban había ratas infectadas de algún tipo de enfermedad, puesto que han aparecido varias personas enfermas con unas heridas de extraña naturaleza en el cuello, presuntamente hechas por estos animales. También se nos ha informado de la desaparición de siete de los pasajeros que viajaban a bordo, es por ello por lo que espero que sepan ser pacientes y se vayan colocando en fila para los correspondientes análisis”

Era prácticamente imposible salir de allí, por las buenas..., ya que la policía y los encargados vigilaban que nadie saliese de la estación sin antes haber sido examinado, y eso iba a ser un problema, el medico desde luego iba a alucinar cuando nos encontrase clínicamente muertos. No podíamos romper la Mascarada de nuevo, debíamos actuar rápidamente, por lo que ideamos un plan: sálvese quien pueda. Salimos cada uno por un lado del tren, Udo y yo, tras cargar con las armas del arsenal que menos llamaban la atención (yo conseguí colar una metralleta, una MP, en una maleta que encontré) optamos por ir siguiendo la vía ocultos entre los trenes, mientras que Lady Beatriz, Marcus y el vegetativo Wilhelm trataron de salir mezclándose entre la gente, pero tras unos pasos Lady Beatriz recordó se olvidaban su parte del arsenal, y lo que no pudimos llevar Udo y yo, así que, “para que no llamase aquello la atención demasiado” lo tiró todo por el retrete del tren. Obviamente todo aquello que cae por el retrete de un tren va a parar a la vía, así que tras tirar varias veces de la cadena se fue tan feliz ignorando el húmedo montón de armas que dejaba debajo del tren, que por suerte quedó oculto por las ruedas.

Udo y yo conseguimos salir como si el dispositivo policial no fuese con nosotros, él ofuscado y yo a la vieja usanza, pero los otros tendrían más problemas. Para empezar, el nivel de seguridad aumentó súbitamente cuando la policía encontró un vagón lleno de sangre reseca, y ya no hubo forma de salir de allí. Les cogieron a todos, por una parte Lady Beatriz optó por hacerse el reconocimiento médico, puesto que con gastar un poco de sangre ya dejaba de parecer un cadáver y volvería a tener pulso, le salió más o menos bien y pudo salir de la estación. Wilhelm y Marcus o no podían permitirse el lujo de gastar sangre, o no se les pasó por la cabeza, ya que en cuanto les llamaron la atención salieron corriendo a esconderse en los baños de la estación, no ocurriéndosele mejor idea a Marcus que llamarme a mí mediante Presencia para que les pusiese una cara diferente; dejé a medias la conversación que mantenía con Udo, puesto que me entraron tantas ganas de ir a los servicios que arrollé a alguna persona en la loca carrera por llegar cuanto antes. Tras pasárseme el enfado y soltar unos cuantos tacos me puse manos a la obra, comencé mi labor, el caso es que con la Visicitud soy tan diestro como un niño de dos años con plastilina. La cara de Marcus ahora tenía una extraña semejanza a la de un Nosferatu con síndrome de Down... y, al no haber sangre, no tenía remedio.
Tras despedirme y salir corriendo casi más rápido de lo que vine (antes de que Marcus me pudiese reventar a puñetazos; en el anden no levantaría sospechas, todo el mundo había visto como venía corriendo de la calle, y por tanto era ajeno a la cuarentena), Marcus y Wilhelm, al no tener otra salida, salieron corriendo de los servicios, pero con la nueva cara de Marcus, todos se pensaron que estaba contagiado de la susodicha enfermedad, así que fueron perseguidos por la policía.

Sólo faltó que fuesen sacando los colmillos, toda la estación supo que aquella nueva cara de Marcus no era normal, rompía un poco más la Mascarada, y, por miedo al contagio la gente le evitaba, excepto los policías, que poco a poco se iban quedando rezagados. Al final del andén había un pequeño puente por el que pasaba la vía, y debajo un estrecho, pero profundo río. Marcus consiguió llegar y saltó hundiéndose en el fondo, ya se habían terminado sus problemas, pero no los de Wilhelm. Por mucho que él corría siempre tenía detrás a un policía velocista, pariente seguramente de aquél que tanto me dio la lata en Stalingrado, cuando ya estaba a punto de llegar al puente se tropezó y cayó de morros en mitad del andén, por lo que fue fácilmente alcanzado. Al levantarse vio cómo se acercaba el policía porra en mano y le intentó dar un puñetazo. Del ímpetu que puso en ello se cayó de nuevo, dando al policía la oportunidad de estrenar la porra. Wilhelm se levantó por segunda vez, y del puñetazo que le sacudió al pobre hombre, llenó de sesos y sangre las camisas de los demás policías que se acercaron (trece contundentes), saltando al río y poniéndose a salvo de una vez.

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Tras cierto tiempo, conseguimos reunirnos de nuevo y organizarnos, conseguir refugio en un hotel de la ciudad y contactar con un criado mío para que viniese a buscarnos en camión (el mismo con el que fui a Rusia). No nos podíamos permitir pasar mucho tiempo en Budapest, en todos los periódicos había portadas con los temas:

-Expreso mortal

-Infección en un tren proveniente de Rusia.

-Matanza a bordo del tren: “Se han encontrado los restos de un sangriento combate en un vagón que podrían pertenecer a los siete pasajeros desaparecidos en el tren“.

-La infección está entre nosotros: “al menos dos infectados han conseguido huir, uno de ellos parece ser que en las fases finales de la infección...”

-Nazis polizones: “hallada una inmensa cantidad de armas de manufactura alemana arrojadas por del retrete del ahora llamado tren de la muerte...”

-Explosión craneal.

A estas noticias se les unieron otras al día siguiente por cierto descuido mío, una prostituta a la que dejé muerta, sin sangre, y con las marcas de colmillos visibles, ya que hace tiempo que conseguí librarme de mis cadenas morales, y más por culpa de las “reses” marcadas por Lady Beatriz, que prefería respetar la vida humana de las prostitutas, pero por lo visto no sus cuellos (es más fácil alimentarse de ellas que tener que forcejear con cualquier otra comida, sólo se necesita algo de dinero):

-La enfermedad afecta al colectivo de prostitutas: “Se han encontrado varias con las mismas marcas que los pasajeros del tren...”

-No son ratas: “Los seres que transmiten la enfermedad no son ratas, tras analizar las heridas se ha descubierto que son animales dotados de grandes colmillos...”

-No es enfermedad, es anemia.

Tras cinco días en la ciudad parece que el asunto fue cayendo en el olvido, la “enfermedad” tan pronto como vino se fue, como si a alguien no le interesase que saliesen ese tipo de noticias en los periódicos, por una parte, y por otra por nuestras nuevas y cuidadosas formas de alimentación (chupando menos sangre, y sobre todo no marcando a las “reses”, o destruyendo los cadáveres, esto ultimo mas bien practicado por mí), fueron los cinco días mas tranquilos desde hacía mucho, tuve tiempo de aprender anatomía humana gracias a un mendigo al que no echarían en falta, y de hacerme con varios ghouls: Timy y Scoty, dos mastines gigantescos a los cuales confié mi defensa, y que conseguía tener metidos en el hotel gracias a los sobornos que le daba al conserje, y Wiscas, un monstruoso gato tuneado al estilo Tzimisce que mantenía a buen recaudo (lejos de los éticos y morales puños de Marcus) en una fabrica abandonada. Parecía que aquello iba a durar así hasta la llegada del transporte, hasta que un desconocido entró a nuestro hotel y le entregó un paquete a Lady Beatriz.

Cuando Lady Beatriz lo abrió se encontró dentro la Flor del Amaranto, lo que indica que se ha declarado una cacería de sangre contra ella...

 



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