|
Un pequeño cuento infantil. Nada extraordinario.
“¿Has buscado lo que te he pedido?” –preguntó un anciano topo a su pequeño nieto, un topo joven de carácter entusiasta y lleno de energía.
“Sí, lo tengo aquí” –dijo el joven efusivo mientras le daba un álbum fotográfico a su abuelo.
Era un álbum viejo y empolvado, se notaba que había estado guardado durante años sin que nadie lo abriera. Las páginas ya estaban carcomidas y sus puntas estaban desechas. El abuelo topo se mecía en una silla de madera mientras con expresión esperanzada hojeaba el álbum hasta la última página. El abuelo topo era el más anciano de todos los topos de esos túneles, los rumores corrían de que, cuando joven, había tenido las más asombrosas aventuras con su amiga la liebre y su antiguo rival, el erizo. Incluso los pequeños comentaban una ocasión en la que el abuelo se enfrentó a una gran mangosta él solo y le venció. El joven topo estaba maravillado con los relatos de su abuelo y pidió que le mostrase en el álbum una foto de él cuando joven, una que comprobara los cuentos fantásticos que rodeaban a su anciana figura.
“¡La he encontrado!” –dijo exaltado el anciano topo.
Su entusiasmo casi le arrojó de la mecedora en la que se apoyaba, aunque pudo sostenerse con su bastón. El joven topo se acercó a su regazo para ver la fotografía.
“¿No te parece sorprendente?” -dijo el anciano, mientras le enseñaba a su nieto una fotografía de él sosteniendo en su mano derecha el cuello de una gran mangosta, que quizá le duplicaba en tamaño.
El pequeño topo se sorprendió tremendamente, y sus primeras palabras fueron una plegaria de perdón a su abuelo por haber dudado de él. Lo que más sorprendió al pequeño fue que su abuelo se veía exactamente igual a él cuando era joven. Era pequeño, de color café castaño, garras amarillentas y escaso bigote. Él era la viva imagen de su abuelo, lo cual era difícil de creer, pues su abuelo era ahora un topo regordete, arrugado y torpe.
“¡Cuando sea grande quiero ser como tú!” -exclamó el pequeño esperanzado mientras sus ojos cegatones se iluminaban de ilusiones.
El abuelo topo se sintió muy agradecido, era lo mejor que le habían dicho en todo el año, algo que cualquier abuelo desearía oír.
El topo joven salió de la casa del abuelo y se dirigió a contarles a sus amigos sobre la fotografía y lo grandioso que era su abuelo, aunque a medio camino una idea invadió su cabeza dando punzadas hasta apoderarse completamente de sus pensamientos.
“Si mi abuelo pudo hacer eso a mi edad, entonces ya también puedo” –razonó el pequeño.- “Voy a salir a cazar un animal grande y salvaje para impresionar a todos los topos de la colonia” –se dijo a sí mismo, y cambiando de dirección se dirigió al túnel que conducía a la superficie.
Subió el pequeño topo ilusionado. El túnel, que consistía en un largo tramo, pareció una pequeña caminata para él.
Mientras se acercaba el pequeño topo a la superficie la luminiscencia le cegó la vista a sus ya débiles ojos. El joven topo no desistió de su idea y no se detuvo a pesar de que la luz solar lo dejaba totalmente ciego en la superficie. Salió el pequeño topo y se encontró rodeado de altos matorrales y elevados árboles, aunque él no se percataba de nada de lo que tenía alrededor suyo, su vista lo dejaba totalmente ofuscado.
Pese a su ceguera el joven topo podía distinguir de forma borrosa algunas cosas. Repentinamente a sus espaldas un gran animal caminaba a su dirección, era un tejón, regordete, chaparro y con apariencia de malvado. El joven topo, al no poder distinguirlo, lo confundió con un mapache feroz y se escondió tras un arbusto y dejó al tejón pasar de largo. El topo se quedó en su arbusto meditando y dudando sobre su propia perspicacia; tal vez salir a cazar un gran animal no era una buena idea después de todo.
En unos pocos segundos un nuevo animal caminaba frente al arbusto que le servía de escondite: era lento y torpe, era una tortuga terrestre que se dirigía a un lago cercano. El topo la vio y la confundió con un armadillo, por lo que no sintió la seguridad de salir a pelear con ella.
Pasó la tortuga y el joven topo seguía frustrado por su falta de valor para enfrentarse a otros animales. La naturaleza del topo le indicaba que a la presencia de otro animal él debía huir, pero sus sueños y anhelos de grandeza, victoria y fama no le permitían seguir sus instintos naturales.
Pocos minutos después pasó un nuevo animal, era mas grande que los otros dos y parecía más corpulento, aunque resultó ser un perezoso buscando un árbol en el cual descansar. El joven topo lo vio y lo confundió con una mangosta, pero ésta era una oportunidad que no podía dejar pasar. Salió el topo de su escondite y arremetió contra el perezoso a toda velocidad. El perezoso lo vio llegar, pero, en su pereza y falta de voluntad, lo ignoró. El joven topo tacleaba, mordía y rasguñaba al perezoso, pero él no se inmutaba. Las cortas garras del topo y sus escasos dientes apenas le hacían un cosquilleo que, en realidad, era muy agradable para el perezoso. El perezoso se marchó y el topo se quedó frustrado por no haber podido vencer a su mangosta.
El joven topo se dio por vencido, sin embargo, repentinamente una gran mangosta pasó frente a él. La ignoró pensando que era un tímido tejon, pero la mangosta parecía haberse fijado en él. Conforme se acercaba el topo fue pensando que no era un tejón, tal vez era una lenta tortuga. La mangosta se acercó más, hasta quedar justo frente al joven topo, quien decidió que no era una tortuga, era un lento y torpe perezoso. La mangosta abrió las fauces y el topo pensó que el odioso perezoso quería lamerlo, así que tomó una piedra y se la arrojó justo a la boca con la intención de que el perezoso lo dejara en paz. La mangosta no vio la piedra venir y ésta le entro a la garganta. La mangosta convulsionaba y tosía tratando de sacarla, pero parecía que la piedra se había atorado y la mangosta no podía sacarla. En cuestión de segundos la mangosta se desplomó asfixiada sin vida. El topo no cayó en la cuenta de nada, para él era un simple perezoso en su descanso diario.
Sin más que hacer, el joven topo se dispuso a regresar a su túnel, cuando repentinamente una tortuga, un tejón y un perezoso aparecieron del arbusto y lo levantaron de hombros alabándolo y felicitándolo por su victoria sobre la mangosta. El joven topo no entendía que pasaba, ¿Mangosta? ¿Dónde? ¿Cuál? Pero nadie le respondía sus dudas. Al final el joven topo decidió volver a su túnel y nunca jamás volver a salir a la superficie, los animales eran extraños y las mangostas eran invulnerables y demasiado fuertes, mucho más de lo que él pensaba. Tal vez no era un valiente topo como su abuelo y sólo era un topo común y corriente, torpe, lento, ciego y temeroso de los demás. Uno de esos topos que jamás vencerán a una mangosta en toda su vida.
|
 |