La Danza Suprema (IV) |
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17-07-2006 11:17
Por: Osc@r93
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¡El final está próximo! ¡La lucha se ha convertido en una cuestión de cortar la cabeza de la serpiente! Athel Loren sólo se salvará matando al ser que domina a las bestias. ¿Estáis preparados?
El príncipe Coalthdain y su escolta de nobles guerreros se acercaban a la posición donde el monstruoso minotauro se encontraba. Cuando apenas estaban a veinticinco metros el ser rugió una orden y más de una veintena de mastines de guerra, monstruos cuadrúpedos que aquellos brutos utilizaban para cazar a sus enemigos por las estepas, salieron corriendo a por ellos. El príncipe dio unas órdenes rápidas a su gente y se prepararon para recibir la embestida.
La primera fila se situó de rodillas, con las lanzas en el suelo a modo de improvisadas picas. Varias bestias se ensartaron sólo por la propia inercia de su carrera. Los Asrais se apoyaban y cada elfo herido era empujado hacia atrás por sus camaradas mientras un nuevo elfo ocupaba su lugar. Coalthdain cercenó a cabeza a una de las bestias y desmontó su lanza obteniendo dos agudas armas punzantes. Una se clavó con fuerza en el vientre de un perro de guerra, mientras que con la otra trataba desesperadamente de detener las enormes fauces que se cernían sobre él. Su segundo al mando, al ver que su líder tenía problemas, acudió en su auxilio. Su lanza de doble cabeza se hundió en su totalidad en el flanco del animal, provocando un sollozo lastimero. El príncipe Asrai acabó con su sufrimiento de un golpe seco.
Al alzar la vista apreció cómo las mandíbulas de una bestia se cernían sobre la cara de un guardián, y cómo se retorcía entre convulsiones, mientras sus hermanos lo sacaban de allí arrastrándolo mantenían al animal causante a distancia con sus lanzas. Dos más cayeron ante el aluvión de zarpazos y mordiscos. Coalthdain clavó una de las dos armas en las mismas fauces de un monstruo cuando le pasó desapercibido un nuevo enemigo que venía directamente a por su cabeza. Cuando se pudo dar cuenta, unas terribles fauces se cernían sobre su cabeza, con dientes tan afilados que podrían arrancarle la cabeza sin mayores esfuerzos. Necesitaba una fracción de segundo para defenderse, y no tenía tiempo suficiente.
Cuando ya se resignaba a lo inevitable, media docena de flechas blancas hirieron a la criatura en el hocico, y tal fue la violencia de los impactos que el animal cayó a más de cinco metros de su objetivo original, ahora ya convertida en una diana inerte. Respiró una vez con dificultad antes de que un elfo hundiera su lanza en el cuello.
Coalthdain levantó la vista y tuvo ocasión de saludar al paladín del bosque Anthro en su águila de guerra, el elfo que avisó a los forestales, que siguieron disparando flechas mortíferas contra los mastines. Antes de que una flecha acertara en su objetivo, cualquier forestal ya tenía la mano en la aljaba preparando la siguiente. En más de una ocasión dos flechas habían impactado seguidas en un mismo objetivo, y era imposible determinar cuál lo había hecho primero. No pararon hasta que ninguna de las bestias quedó con vida. Coalthdain también los saludó con su arma, mientras veía cómo Anthro se lanzaba en picado contra la bestia maldita.
Shiolven canalizó todo el poder de su báculo en un destello de energía cegador que el monstruoso chamán no fue capaz de dispersar. Hubo un forcejeo de poder en el que el hechizo se mantuvo en un punto muerto, pero el torrente de magia era demasiado fuerte para que un advenedizo como aquel chamán pudiera detenerlo.
-Al fin y al cabo, más de cinco siglos estudiando los sutiles cambios de los vientos de la magia daban sus frutos -se dijo el archimago elfo.
Pudo sentir cómo se debilitaba la mente de su rival, y también cómo sus protecciones cedían una a una hasta que fue obligado a ceder ante la superioridad élfica. El azulado rayo cayó sobre su indigno pecho y le envolvió con unas llamas purificadoras que abrasaron su carne y dejaron al destrozado chamán convertido en una masa informe y cenizas.
El hechicero elfo estaba de mal humor. Ya había destruido más de cuatro bestias manipuladoras de magia, pero era increíble lo difícil que resultaba hacerlo. Arrastraba desde el primer duelo un dolor que apenas le dejaba moverse. Había sido el único en todo el día en el que había tenido que usar la espada y ahora ésta estaba rota, por lo que había tenido que evitar el contacto con el enemigo y limitarse a atacarle desde lejos.
Shiolven avanzó apoyándose en su ornamentado báculo para detectar algún otro hechicero en el campo de batalla. Envió sondas adivinatorias hacia unos treinta metros a su alrededor, para detectar alguna presencia de manipulador de magia, pero no encontró ninguna. Mirara donde mirara, veía abominaciones en su sagrado bosque, y eso lo irritaba. No docenas, sino centenares de elfos estaban perdiendo la vida, por lo que no iba a dejar que una simple cojera lo apartara de cumplir la bendición de Ariel, convertida en ira furibunda hacia los secuaces del Caos. A sus pies yacía un cadáver de elfo al que le habían aplastado la cabeza con algún tipo de maza. Le dio las gracias en una suave plegaria mientras recogía su arma, con una promesa de devolvérsela. Guardó la espada en la vaina con un sonido metálico y dejó el cayado en el suelo, sacando el arco. Una bestia surgió de entre los árboles, pero Shiolven ya estaba preparado.
Había presentido su presencia mucho antes de que su enemigo hubiese pensado en la emboscada. Sacó una flecha de la aljaba con una velocidad cegadora y el hombre bestia fue lanzado hacia atrás con una flecha incrustada en el corazón. Era cierto que podía haberle hecho estallar, o esparcir sus humeantes restos por el bosque, pero eso precisaba más poder del que Shiolven estaba dispuesto a gastar. Había realizado más de cuatro duelos mentales ese día, y el dolor de cabeza empezaba a hacer su aparición.
Pudo ver a lo lejos cómo cuatro arquero elfos eran carbonizados por un devastador hechizo lanzado por un chamán de túnicas negras y raídas. Su aguda vista distinguió un símbolo de la tierra que los humanos llamaban el Imperio en ella, por lo que dedujo que el chamán había saqueado el cadáver de algún otro hechicero.
Levantó las manos e invocó el nombre de Ariel mientras gesticulaba. Del cielo cayó un rayo hacia el conjurador enemigo, pero en el momento cumbre, un círculo protector invisible apareció alrededor del chamán y lo protegió de todo daño. Visto su ataque a traición fracasado, el elfo comenzó a entonar uno nuevo. El chamán ya estaba preparado y de pronto dio comienzo su asalto mental.
Una larga cinta de poder surgió del hechicero elfo hasta su enemigo, pero fue dispersada de nuevo por el poder devastador del chamán. Antes de que pudiera pensar un nuevo hechizo, el elfo se vio obligado a encerrar una bola de energía oscura en un orbe y lanzarlo al infinito. Su oponente era rápido y hábil. Dos cualidades que decidirían el resultado del combate. Shiolven echó mano de su báculo y reforzado por su poder conjuró a los elementos de Athel Loren para que aprisionaran al chamán, pero el bosque estaba muy dañado y el hechizo no funcionó como debiera. Varias raíces aprisionaron al chamán, pero carecían de la fuerza y la vitalidad que lo aprisionarían. Éste alzaba el hacha y las cortaba quedando libre en segundos, mientras iba corriendo sobre sus cuartos traseros para intentar trabar combate con el hechicero elfo. Mientras corría, un rayo de energía surgió de las yemas de sus garras apuntando al hechicero elfo, quién dio un enorme salto para evitar ser alcanzado por la mortal descarga, pero la pierna le falló, y el rayo le alcanzó en un hombro, destrozando su túnica y dejando el hombro carbonizado y humeante.
El chamán miró hacia un lado de la batalla, Shiolven siguió con la mirada hasta el monstruoso ser que dirigía a aquella horda. Juró que en cuanto acabase con el chamán destruiría a aquel ser. También vio como Antho volaba en picado hacia él y estuvo tentado de observar cómo acababa el enfrentamiento, pero detectó un cambio en los vientos de la magia y apreció que el chamán conjuraba un nuevo hechizo. Volviendo su atención hacia él mismo, conjuró todas las protecciones contra conjuros que conocía, formando una barrera azulada y en la que rayos blancos y verdes se entrecruzaban. Era una de las mejores defensas mágicas que se conocían, pero llevarla a cabo era un proceso arduo y costaba una gran parte de poder y concentración mantenerla. El chamán sin duda era un gran mago, pero su velocidad no podía compararse a la de los elfos.
Cuando Shiolven terminó, el chaman también lo hizo, pero en el momento en el que esperaba una gran descarga de poder del chamán, éste cambió de dirección, y dirigió un potente rugido, espectacularmente agudo, ampliado mágicamente gracias a su hechizo hacia Antho, o mejor dicho, contra su montura de guerra. El hechicero elfo detectó que era la imitación del grito de desafío de un águila gigante, que causaba gran conmoción entre las criaturas voladoras, llegando a penetrar en su psique, destrozándoles el cerebro.
-¡No! –aulló. Pero era demasiado tarde.
Antho pudo apreciar cómo en mitad del descenso su montura sufrió un increíble descarga de energía, que la mató en ese mismo instante. A la velocidad a la que iban, cayeron como un peso muerto en dirección al gran minotauro, que ya les estaba esperando. A pesar de su prodigioso volumen, era mortalmente rápido, y se apartó de la trayectoria del majestuoso halcón de guerra mientras una de sus bestiales armas se alzaba. Con toda la potencia de su musculoso brazo, el minotauro trazó un amplio círculo con la cuchilla, que se introdujo por el vientre del animal por el filo, y que no sólo partió por la mitad al ser, sino también al desgraciado elfo que la montaba.
Su enorme y afilada cuchilla penetró piel, carne y hueso con increíble facilidad. Un chorro de sangre élfica mezclada con la de la majestuosa ave bañó la tierra, y parte enjugó la cara del bestial minotauro, que al probar la sangre enloqueció. El instinto animal que lo poseyó fue intolerable, y no pudo resistir la tentación de lanzarse a la carga contra los temerosos miembros de la guardia eterna, seguido de cerca por su escolta personal de minotauros furiosos, enloquecidos por el olor de la sangre.
Coalthdain dio órdenes rápidas a sus guerreros mientras veían cómo la muerte se cernía sobre ellos. El valeroso príncipe aprovechó los últimos instantes antes de que se produjese el inevitable choque envalentonando a sus guerreros. De su garganta surgieron vítores, ánimos y, sobre todo, promesas de venganza. Tan altas y ciertas fueron sus palabras que se hicieron oír sobre los rugidos de los minotauros, que ya se encontraban peligrosamente cerca. Si algún elfo hubiese sentido miedo, éste se hubiese evaporado al instante. Cuando los minotauros llegaron al combate, las caras de los elfos mostraban un profundo desprecio y decisión. Los aullidos de desafío salían de las filas elfas, que tenían que esforzarse al máximo por mantener su posición y no ir corriendo a por los monstruos. Coalthdain se fijó en la bestia que dirigía a aquellas bestias, y lo reconoció como el líder de la horda.
-Ése es para mí- Susurró.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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puuuuuuuuuuuuf |
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13-08-2006 15:02 |
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Madre mia, voy a sersincero, cabo deleer otro articulo de silvanos y tal, y cuando he visto este...me he diho que no, pero al final he cedido...¡madre mia!me he enganchado y no podía parar...hasta que me han parado. ¡necesito más!¡quiero más!cuelga ya, rápido!jeje. Pues muy bien el narrador omnis, y las escenas de batalla co la mezcla de los pensamientos y las acciones de los personajes..muy bien, felicidades.
Erodain, Capitán Silvano del Ejército de El Claro de la Luna.
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no está mal |
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19-07-2006 15:35 |
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En la linea de los otros...
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La danza suprema: ¿es un chachachá? |
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19-07-2006 17:26 |
Bromas del título aparte, la historia está muy interesante. Esta parte me gusta más porque ¡¡por fin están cayendo elfos!!
Hay bastantes repeteciones de palabras (cuando, cuando, cuando,...) y cuando se utiliza una palabra extraña o no muy normal (ej: enloquecer) se han de buscar sinónimos pues la repetición de esa palabra aunque sólo sea una vez dentro de ese párrafo no queda muy estético. Imagino que con un último repaso mejorarías bastante esto, pues demuestras con frases geniales que sí que sabes escribir bien.
Ahora a esperar a la quinta. ¿Y aún no la has acabado? Habrá que esperar mínimo un mes para verla.
Seguro que al final a la bestia esa de minotauro lo mata un enano que pasaba por allí: bien sabido es que somos mil veces mejores guerreros que cualquier elfillo brincador.
Un saludo.
PD: Ah! me he dado cuenta que mi historia tiene nueve partes: ¡¡Cómo copas de Europa el Madrid!! Tendré que hacer algo para remediar tan horrible coincidencia.
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RE: La danza suprema: ¿es un chachachá? |
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19-07-2006 17:27 |
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Se me olvido logearme
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wooooooooooooooooooooooooow |
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20-07-2006 18:30 |
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es alucinante, las escenas de batalla estan explicadas perfectamente.....excelente, buen trabajo
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Hale, para que dejes de llorar |
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19-07-2006 17:45 |
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Fui el primero en votarte y ahora ya te pongo un mensaje. Hale, ya puedes estar tranquilo... ya te lo hemos comentado.
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Gracias |
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19-07-2006 23:34 |
Gracias chicos por leeros esta historietilla de 30 páginas en word
Sólo faltan dos partes, ánimo!
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