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Tormenta eterna en Kios IV


Relatos de Fantasía

03-07-2006 11:02
Por: Destripacuentos

Cuarto capítulo de esta novela de espada y brujería que estoy tratando de corregir. Serán bienvenidas todas las críticas, especialmente las constructivas. Espero que os guste tanto como las entregas precedentes y que me disculpéis la demora en publicarlo

La tormenta del día anterior se convirtió en una tempestad. La lluvia azotaba rabiosa las calles empedradas y golpeaba amenazadoramente las contraventanas de los caserones de piedra negra. Numerosos rayos iluminaban el mar embravecido mostrando su magnificencia y los truenos respondían a sus llamadas con violentas protestas. Oscuros nubarrones cubrieron la ciudad durante todo el día, obligando a los ciudadanos a permanecer en sus hogares. El viento recorría las avenidas a vertiginosas velocidades empujando con furiosa determinación a todo ser que osara interponerse en su camino.

tormenta eterna en kios iv
El soplo apocalíptico acabó por derribar una enorme estatua erigida el año de la coronación del monarca, la cual cayó arrasando gran parte de la fachada principal de un acuartelamiento de la Guardia de Reos. El destrozo fue considerable, pero las inclemencias del tiempo impidieron dar solución al problema hasta que llegó el ocaso, momento en el que los exaltados elementos parecieron calmarse como por arte de magia. Parecía como si la llegada de la luna, que dejaba entrever su resplandor a través de las nubes, hubiera tranquilizado a sus inquietos espíritus. El viento degeneró en una suave brisa y la lluvia cesó como si se hubiera consumido en sus violentas acometidas contra las piedras milenarias de Kios. El mar controló sus bríos y acabó meciéndose suavemente al tiempo que acariciaba, casi con dulzura, los abruptos farallones que servían de asiento a la ciudad.

Al comienzo de la noche, la luna se abrió paso entre las nubes y bañó con su gélida luz plateada la abatida ciudad. La Guardia de Reos, junto con algunos voluntarios, se congregó alrededor de las ruinas del cuartel y comenzó a descombrar entre maldiciones, gruñidos y antorchas. Poco después de la llegada de la calma se reunieron Dersea y la mujer de la espada en el lugar convenido y, bajo la mirada pétrea del rey Humero, se escabulleron entre las sombras hacia las afueras de la ciudad. Una vez hubieron alcanzado el bosque que coronaba los acantilados la mujer de la espada rompió el silencio.

-Todavía no te he dicho mi nombre.

-Lo sé. Suponía que no lo hacíais para mantener el anonimato -respondió Dersea entre jadeos. Se giró hacia la mujer, la cual miraba fijamente hacia el interior del bosque.

-Mi nombre es Juna -dejó escapar con suavidad.- Me alegra ver a gente tan decidida como tú. Estudiamos cuidadosamente a las candidatas, y tu situación dejaba pocas dudas, pero aún así hay algunas que no se atreven a combatir, o incluso que nos consideran unas locas. -Miró de soslayo a Dersea.- Corremos mucho riesgo poniéndonos al descubierto frente a desconocidas, pero es necesario que lo hagamos para alcanzar la victoria -sonrió maliciosamente mirando al frente.- Bueno, hoy sabremos si hemos acertado contigo.

Dersea no respondió. Se quedó pensando en las palabras de la guerrera. Parecía que se había metido en un túnel de único sentido en el cual ya no era posible dar marcha atrás. No obstante, aquella mujer le resultaba atrayente, como el modelo de lo que tendría que ser y no había sido por indecisión o por miedo. Además, pensó, al menos habían planteado las cosas claras y transparentes. No podían ser mala gente.

Continuaron avanzando entre las sombras hasta que alcanzaron un pequeño claro resguardado por una enorme pared rocosa. La luna iluminaba tenuemente el lugar. En el centro del claro había una enorme roca granítica cuya superficie mostraba unos intrincados jeroglíficos, vestigios de algún pueblo ancestral. Dersea pensó que la roca provendría de algún desprendimiento y que, al caer desde lo alto de la pared rocosa, habría quedado incrustada en el suelo. Juna le puso una mano sobre el hombro, sacándola de su ensimismamiento. Con voz suave pero firme le dijo:

-Es aquí. Hemos de aguardar hasta que aparezcan los emisarios de Urlen. -Juna hizo una pausa esperando la reacción de la joven.

-¡Tenéis tratos con los Señores del Mar! -le espetó Dersea mirándola presa de la confusión y el miedo.- Eso es alta traición. Nos pueden ahorcar a todas por ello. Nos estamos jugando el cuello para hacer tratos con piratas. Si la guardia nos descubre nos ejecutaran como a asesinas.

Juna la observó impasible y esperó con calma a que la muchacha acabará de hablar. Cuando finalizó le puso una mano tranquilizadora sobre el hombro.

-Es necesario derrocar al rey, y unas cuantas mujeres sin armas no pueden hacerlo. Por ello vamos a contratar con el dinero donado por Lua, la hermana del monarca, un pequeño ejército mercenario al mando de uno de los Señores del Mar, Urlen. Hoy decidiremos si les contratamos o no en la asamblea. Todas estamos de acuerdo en que será necesario un pequeño grupo de soldados para reducir a la guardia, pero hemos de juzgar si los hombres de Urlen son los más apropiados.

-¿Por qué ellos precisamente? No creo que sean de fiar.

-Son gente de palabra y están acostumbrados a pelear con los soldados de Kios, lo cual es una gran ventaja. Además, Lua conoce desde hace un par de años a Urlen. Es un fiero guerrero y, aunque bien es cierto que no hace concesiones en el campo de batalla, Lua nos ha asegurado que es un hombre de honor, y que tras cumplir el encargo no intentará mantenerse en el poder. De hecho, le será más producente aprovechar los tratados de alianza que promulgaremos que intentar mantenerse en el trono a la fuerza.

-Confío en que tengas razón -respondió Dersea mostrando su abatimiento en la voz.

Un leve crujido devolvió el silencio al claro. Ambas mujeres se agazaparon tras la roca. Dersea se sorprendió al ver que Juna empuñaba ya la espada, a pesar de que no le había visto desenvainar. La hoja brillaba siniestra bajo la luz de la luna. Unos matorrales moviéndose captaron su atención. Juna sacó silenciosamente una daga y se la tendió sosteniéndola por el filo. Dersea la agarró temblorosa y se intentó hacer a la idea de que no era un juego ni una cacería, y que quizá tuviera que usar aquella arma antes de que acabara la noche.

Tres bárbaros surgieron de entre la oscuridad y la vegetación, todos ellos armados. El que abría la marcha era un joven rubio. Empuñaba una bella, aunque tosca, espada, a diferencia de sus compañeros, los cuales portaban hachas de batalla. Coronaba su cabeza un casco con cuernos y enmarcaban su cara dos largas trenzas doradas. Una barba rala le cubría parcialmente el rostro, del que destacaban unos ojos dorados de expresión altiva. Los otros hombres, aunque mayores que él, parecían estar a sus órdenes.

Juna les salió al paso, con los brazos abiertos en un gesto de amistad. El joven enfundó rápidamente la espada al tiempo que los otros dos se demoraban tras él. Dersea se levantó y se quedó a una distancia prudencial de Juna y del bárbaro. Éstos intercambiaron unas palabras en voz baja y, tras asentir con la cabeza, el joven hizo un gesto a sus compañeros, los cuales se acercaron hasta la guerrera. Hablaron un instante los cuatro y enseguida Juna reclamó la presencia de su camarada a su lado. Dersea observó más de cerca el rostro de los piratas.

Uno de ellos tenía una enorme cicatriz que le surcaba el rostro por encima de la nariz, provocándole una pronunciada hendidura. El otro tenía la mirada torva del que solamente es capaz de ver enemigos en todas las personas que conoce. Aun así, el rostro que más le impresionó y más miedo le produjo fue el del joven. Sus rasgos eran nobles pero su mirada reflejaba una dureza y una frialdad que Dersea juzgó como ansiedad por derramar sangre. Sin cruzar una palabra se internaron de nuevo en el bosque, esta vez en dirección a la ciudad de Kios.

Se desplazaron en silencio, nerviosos, fustigados cada uno por sus propios miedos, hasta que desembocaron en pequeño templete situado al borde de un fuerte desnivel. Dersea se asomó y observó la ciudad dormida a sus pies. Sólo había luz en uno de los barrios de la enorme polis. Supuso que sería la Guardia de Reos intentando adecentar la ruina en la que se había convertido su fortaleza. Entretanto, Juna, con la ayuda de uno de los bárbaros, había levantado una de las losas que formaba parte del suelo del templete. La guerrera se introdujo la primera, desapareciendo en las sombras de los subterráneos. Tras ella fueron entrando los piratas, desenfundando previamente sus armas. Una punzada de miedo e incertidumbre espoleó a Dersea que, instintivamente, desenvainó también su arma. Los guerreros apenas le dedicaron una mirada, pues no esperaban ningún mal de ella. La joven respiró una profunda bocanada de aire y, finalmente, se reunieron todos en el estrecho túnel.

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Colocaron de nuevo la losa y encendieron un par de antorchas para alumbrarse. El pasadizo estaba parcialmente inundado, pues la construcción era antigua y el agua vertida durante la tormenta diurna se había filtrado hasta formar grandes charcos que les lamían los pies hasta los tobillos. Juna se dirigió al grupo con voz potente y clara:

-Cruzaremos estos pasajes hasta la sala de asambleas. Para más seguridad saldremos por los túneles del oeste una vez hayamos concretado los términos de nuestro acuerdo.

Los tres emisarios asintieron impasibles y siguieron a la guerrera cuando ésta se internó en los retorcidos corredores. Dersea cerraba el paso, intentando mantener la compostura y parecer peligrosa. Le hubiera gustado tener la determinación de la mujer de la espada o el toque, casi mágico, de la anciana. Al recordarla tocó sin darse cuenta el amuleto con forma de sílfide que le había sido entregado la noche anterior. Un leve estremecimiento le recorrió el cuerpo, pero por más que lo intentó no detectó el motivo ni el origen de éste. Tenía el vago presentimiento de que algo no marchaba bien, pero al no poder concretarlo en nada lo achacó a lo extraordinario de la situación. Dicho sentimiento se entremezclaba, además, con una improbable sensación de paz interior que le intrigaba más que le preocupaba.

Pensó que quizá se debía a la seguridad que le proporcionaba ir armada o a que quizá había conseguido encontrar por fin una forma de luchar por lo que siempre había defendido. Esta explicación le complació sobremanera y, aunque no estaba muy convencida de que el método que estaba utilizando era el más apropiado, se sintió muy pagada de sí misma. Aún absorta en sus pensamientos, Dersea entró en la sala de asambleas cerrando la comitiva. Allí se encontraba, como la noche anterior, la fantástica corte de aquella reina sin trono, enferma, como su hermano, de una ambición incontrolada. Todas las presentes se encontraban visiblemente nerviosas, excepto Lua, la hermana del rey, y la anciana espectral que, al igual que la noche anterior, vestía como una aparición.

Los bárbaros se descubrieron las cabezas y se arrodillaron ante la dama, la cual, como era costumbre en ella, ocupaba aquel trono milenario. El joven desenvainó su espada y lo apoyó, paralelo al suelo, sobre su rodilla desnuda. Con una voz vigorosa y melodiosa entonó a modo de saludo:

-Yo, Hunos, hijo de Urlen, he traído mi acero para postrarlo a vuestros pies y elevarlo a vuestro servicio. Que desde este día hasta aquél en que expire nuestra alianza seamos como hermanos en la paz y en la guerra.

Con gestos teatrales Lua se acercó hasta el joven y lo levantó tomándolo de los hombros. Con voz suave contestó a su saludo con la formalidad que correspondía.

-Nos sentimos enormemente halagados por vuestra presencia aquí, oh heredero del Clan Kastah. Que la ayuda que nos brindáis ahora podamos recompensárosla con largueza en el futuro.

Los tres guerreros se pusieron en pie y Hunos sonrió a Lua. Fue una sonrisa espontánea, fuera del protocolo, única pista que podría haberle mostrado a Dersea cómo era realmente aquel pirata antes de que se desarrollasen los hechos que le mostrarían, con su dureza, la nobleza de aquel príncipe saqueador. Con una mayor suavidad en la expresión se dirigió a las congregadas.

-Tenemos ya pertrechados al centenar de guerreros que, a las órdenes de mi padre, tomarán el palacio real durante el alzamiento. Los términos de la alianza son aceptados por nuestra gente tal y cómo los planteasteis en un principio, pues nos parecen justos y asequibles. Procederemos pues cómo quedó acordado.

-Nos alegra oír vuestras noticias, Hunos. Y, en vista de que nuestra alianza ha quedado sellada para el beneficio mutuo, creo que podemos disolver esta reunión, pues aún nos acecha el peligro de la Guardia de Reos, que se revuelve inquieta, pues, cómo si de una señal divina se tratara, hoy el cielo ha desplomado sobre ellos uno de sus iconos.

-Partiremos sin demora entonces.

Dicho esto el joven giró sobre sus talones y, precedido por Juna, abandonó la estancia. Tras él fueron sus dos guerreros y, sin saber muy bien por qué, Dersea. Ya en los corredores la mujer de la espada volvió a hablar.

-Será un honor combatir a vuestro lado, mi señor. Ahora nos reuniremos con tres de nuestras mejores exploradoras para mostraros los puntos claves del interior de la ciudad, así como la entrada por la cual se introducirán vuestras tropas el día señalado, hacia la cual nos dirigimos en estos momentos.

Sumidos en la oscuridad de los pasadizos, Dersea pudo darse cuenta de que se dirigían hacia la puerta del Gran Mausoleo. Al llegar a la base de dicha construcción, Juna recorrió con la antorcha el techo hasta dar con la baldosa móvil que permitía el acceso a la cripta. Una vez la hubo localizado golpeó con el mango de su espada en ella tres veces. Al momento, la losa se deslizó movida desde arriba, y una mujer vestida con una túnica negra se asomó al interior del pasadizo. Ayudados por ella fueron saliendo al exterior uno tras otro.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Bien
29-07-2006 16:50
Ha estado bastante bien, aunque en algunos momentos las escenas de combate son confusas. La historia ha dado un giro inesperado, ya veremos cómo lo resuelves.

   RE: Bien
07-08-2006 13:29
Tomo en cuenta el apunte sobre las escenas de combate. Me temo que son el elemento más peliagudo. Muchas gracias por tu comentario

   Está bien
03-07-2006 19:28
Está bien redactado y deja con ganas de más, pero una duda, "La puerta se abrió con un quejumbroso chirrido y el frío nocturno invadió la estancia en forma de soplo de viento. Una exploradora salió junto con el pirata de la cicatriz en el rostro. Hunos observaba el rostro del guerrero muerto mientras el grupo iba saliendo al exterior, agazapados y en silencio. En un momento comenzó el caos." En este párrafo, ¿quién es el guerrero muerto que se queda mirando Hunos? A lo mejor me he perdido algo...

   RE: Está bien
24-07-2006 10:53
Se queda mirando al sarcófago que hay en la cripta, cuya superficie representa al guerrero muerto que en él está enterrado. Ya me di cuenta de que la frase quedaba algo confusa, así en mitad de la acción. Muchas gracias por señalármelo. Lo tendré en cuenta durante las correcciones finales.

Un saludo y muchas gracias. Me estás ayudando mucho

   cojonudo
05-07-2006 22:48
tienes suna capazidad narrativa estupenda,genial

   RE: cojonudo
24-07-2006 10:53
Gracias por el elogio. Me alegra que te esté gustando la historia



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