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Tormenta eterna en Kios X


Relatos de Fantasía

28-08-2006 11:22
Por: Destripacuentos

Décimo capítulo de esta novela de espada y brujería que estoy tratando de corregir. Serán bienvenidas todas las críticas, especialmente las constructivas. Espero que os guste tanto como las entregas precedentes y que disculpéis la demora en colgarlo

La mañana se había presentado cubierta de brumas. La temperatura era baja, insoportable para cualquier habitante de tierras más meridionales, pero los rudos habitantes de Kios habían nacido en cunas de hielo y sus cuerpos estaban acostumbrados a tan arisco clima. Un manto de espesa niebla se había cernido sobre la ciudad aprovechando la ausencia del viento de la jornada anterior.

tormenta eterna en kios x
Wreir, que observaba la nueva situación desde un peñasco de los acantilados, no pudo evitar esbozar una sonrisa. Los espíritus no podrían haberle proporcionado un tiempo más propicio para la venganza. Con su tosca, pero poderosa, mano acarició su mandoble. Su musculoso torso quedaba al descubierto allí donde la coraza había sido hendida por las armas enemigas y una profunda herida marcaba su hombro izquierdo. Nada podía, sin embargo, restar magnificencia a su persona. A la cabeza de su nuevo ejército arrebataría a los usurpadores el trono de la ciudad.

El potente ataque de los Demonios de la Noche había sacado a decenas de guerreros de las murallas de la ciudad, los cuales, confusos al principio y temerosos después, se habían abstenido de volver a la batalla. Al menos hasta que Wreir había aparecido entre los acantilados, reuniendo durante toda la noche a todos los hombres en condiciones de luchar. Ahora, acampados entre las ruinas que bordeaban la ciudad, sumaban más de doscientos. El deseo de venganza había sido hábilmente sembrado en sus corazones y el plan de asalto ya había sido gestado en la cabeza del veterano guerrero.



Hundida en el trono todavía manchado por la sangre del anterior monarca, Kela permanecía inmóvil. Un oscuro charco indicaba dónde había expirado el rey, ya que la muchacha había prohibido que se limpiara la sangre. Cánticos y vítores seguían llenando la calle tras una larga noche de celebraciones, pero el palacio aparecía desierto, fantasmagórico. En él sólo se encontraba ella y sus dos inseparables guardaespaldas.

Desde el asesinato perpetrado la noche anterior no había conseguido salir del estado de ensimismamiento que aún le embargaba. Todo lo contrario le ocurría al general Nhao, quien ya poseía el indiscutible mando de todos los efectivos de la ciudad. Había permitido que el pueblo y las tropas regulares comenzaran las celebraciones, pero había rogado a sus compañeros de la espada que se mantuvieran dispuestos para la batalla, pues sabía que gran parte de las tropas del monarca seguían en paradero desconocido. Tampoco se olvidaba del riesgo de saqueo y de linchamientos, dos problemas que quería evitar a toda costa, pues sabía que no se podría edificar un nuevo estado cimentándolo en sangre. Sería fácil que se derrumbase debido a su inestabilidad.

Así, había ocupado el antiguo cuartel de la Guardia de Reos y lo había convertido en el centro de mando y gobierno de toda la ciudad. Se encargó de la distribución de guardias y preparó, reunido con los supervivientes del antiguo consejo, un plan para la reconstrucción de la ciudad. Tras dejar todo en funcionamiento fue a visitar a los prisioneros y, tras liberar a algunos de ellos, se dirigió a la fortaleza palacio en la que se encontraba Kela.

Encontró a ésta en la misma posición apática que había tomado al completar su venganza. Entonces, cuando iba a increparle por su falta de consideración hacia sus conciudadanos, oyó un grito de agonía en el piso inferior. Poco después entraron en la habitación los dos guerreros encargados de la custodia de la joven y saludaron atolondradamente a su general. Antes de que pudieran formularse ninguna pregunta, los pasos de un nutrido grupo de guerreros les hizo volverse hacia la puerta. Nhao, que se encontraba más rezagado, recibió, entre gritos y jadeos, la orden de abandonar el lugar con la emperatriz. Pronto, el entrechocar de los aceros le hizo recordar que salvar a la joven era más importante que lanzarse a un nuevo combate.

Guardó su espada y la tomó brazos. Su ínfimo peso le hizo pensar que, ciertamente, se trataba de un ser etéreo. Ella no oponía resistencia alguna, y tampoco mostraba interés por lo que ocurría. El sabor de la venganza aún nadaba en su boca y era algo que prefería disfrutar por encima de cualquier otro evento. Nhao saltó por la ventana yendo a caer sobre la tierra húmeda que rodeaba el palacio. Haciendo un brutal esfuerzo recuperó la verticalidad y se lanzó a la carrera hacia el cuartel de la Guardia de Reos.



El asalto sorpresa de Wreir había sido un éxito rotundo. Aprovechando la red de túneles que se extendía por la ciudad había alcanzado las principales plazas antes de que el ejército enemigo se diera cuenta de la maniobra. La niebla había ocultado a los guerreros que, silenciosamente, habían dado cuenta de los guardias del portón del continente. Exaltados por la efectividad de la treta, los soldados invasores no habían podido reprimir sus acostumbrados gritos de batalla, permitiendo a las tropas leales a Kela ponerse a la defensiva. Con el recuerdo de la victoria de la pasada jornada, nadie lamentaba volver a lanzarse al campo de batalla de nuevo y, en pocos minutos, una considerable cantidad de ciudadanos empuñaba de nuevo las armas. Bien es cierto que muchos de ellos se encontraban borrachos aún y no acertaban a encontrar al enemigo, pero la resistencia se iba haciendo más y más consistente. El caos era la nota predominante pero, a medida que avanzaba la mañana, las tropas se iban acoplando a los gruesos de ambos ejércitos, condensando la batalla en las calles circundantes al Edificio de Justicia.

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Kios vibró de nuevo al son del acero y de los designios de la guerra, pero la organización de los efectivos de Wreir fue más precisa, especialmente durante las primeras horas, lo que le reportó la toma de la salida al continente, el viejo palacio del monarca y la prisión del Edificio de Justicia. Gracias a este último logro, su contingente guerrero creció considerablemente, permitiéndole mantener el impulso inicial y obligando a retroceder a las tropas de Nhao hacia la zona portuaria y los acantilados del oeste. Los leales a éste se encontraban en jaque, pudiendo quedar atrapados muchos hombres en el puerto si Wreir decidía concentrar su asalto por el centro del frente.

El nuevo líder de los Demonios de la Noche se resistía a perder el control de las embarcaciones, más por su valor emblemático que por su calidad estratégica. Así, el pulso era más intenso alrededor de la antigua prisión, donde Nhao se empecinaba en mantenerse en primera línea de batalla a pesar de las numerosas heridas recibidas durante la anterior jornada. Hacia el mediodía la situación se estabilizó, y aunque las fuerzas estaban igualadas, aún poseían más territorio los detractores del antiguo rey. La noche llegó y los soldados de ambos bandos se retiraron cansados a sus posiciones. Sólo los muertos quedaron entre ellos, indiferentes a las disputas de este mundo. La sangre les servía de lecho y los fantasmas de aire que respirar. El hedor de la muerte fue creciendo a medida que moría la noche e hizo recapacitar a los líderes de ambos bandos, los cuales optaron por entrevistarse al alba.

Nhao se reunió con los generales de su ejército para deliberar acerca de las tácticas para el día siguiente. El vino corrió en abundancia envalentonando los espíritus y haciéndoles soñar con grandes gestas. Nhao, sin embargo, se mostraba taciturno. Su rostro estaba estragado por la presión del poder y se sentía desamparado sin sus dos compañeros de correrías.

La muerte de Tarkus le había llevado a plantearse si había merecido la pena el baño de sangre en el que habían sumergido la ciudad. Lamentaba más aún la ausencia de Akhul, pues los guerreros aceptan bien la muerte de sus compañeros, pero no así las deserciones. ¿Qué podría haber causado que el cínico asesino abandonara la ciudad? Había desaparecido el mismo día que cayó Cain en la plaza del Templo del Este, llevándose con él la siniestra alegría con la cual aderezaba hasta el más terrible de los sucesos. Seguramente habría vuelto a su tierra, abatido por los acontecimientos previos al golpe de estado. Hubiera preferido mil veces encontrar su cuerpo entre los mutilados o los cadáveres que recibir noticias de que había abandonado la ciudad.

No obstante, lo peor de todo era la incertidumbre acerca de su decisión y su situación actual. Estos tristes pensamientos le decidieron a retar a Wreir a un combate singular, a un juicio de los dioses. Esta tradición se hallaba muy arraigada entre el pueblo de Kios. Un capitán corsario tenía siempre derecho a ser retado o a retar a otro por el control de sus hombres. A pesar de que la situación era un tanto particular, Nhao confiaba en que su bravucón adversario aceptaría la oferta. La victoria era segura, pues muriera o matara se libraría de la pesada carga de dirigir la batalla.

Llegó el alba y, como asustada por su presencia, la niebla levantó su asedio a la ciudad, abandonándola sin dejar rastro alguno. Ambos bandos se reunieron en las calles que bordeaban la plaza del Edificio de Justicia, el centro neurálgico de la polis. Enfrente de sus respectivos ejércitos aguardaban, pertrechados para el combate, ambos líderes.

El gigantesco Wreir lucía una pesada coraza de escamas y empuñaba su pesada y temible espada bastarda. Su melena castaña estaba cuidadosamente trenzada y enmarcaba su fiero rostro poblado de cicatrices. A su diestra se situaba Kairk, un fiero guerrero muy unido al gigante, y a su siniestra Gâlaba, un personaje reputado en la ciudad por su astucia y su falta de escrúpulos. Éste vestía una coraza de cuero negra con remaches de plata y empuñaba una espada y un escudo circular, ambos de una excelente manufactura.

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Nhao se encontraba frente a ellos, con el uniforme de los Demonios Nocturnos ajado y sucio. En su mano derecha portaba la espada ennegrecida de sangre seca, pues había jurado no limpiarla hasta que terminara la guerra fratricida. En su brazo izquierdo llevaba calado un escudo tarja con el murciélago de Kios, el símbolo de los espíritus, tallado en una placa de bronce. Solemnemente, avanzó un paso hacia sus adversarios y señaló con su espada desnuda a Wreir. Su voz se elevó potente entre el murmullo creciente, sin un leve indicio de temblor:

-Wreir, hijo de Kranan, te desafío a un combate singular a muerte. Por el poder que me otorga la tradición reclamo mi derecho a optar al mando de tus hombres.

Una estruendosa carcajada surgió del poderoso pecho del veterano guerrero. Nhao no podía apartar la vista de éste, por lo que no alcanzó a ver cómo se escabullía Gâlaba entre el gentío. Wreir apartó bruscamente a sus partidarios que se acercaban a aconsejarle y anunció:

-Acepto tu desafío, cachorro. Que los demonios elijan a uno de los dos para acabar de una vez con esta absurda matanza.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   En la línea de la anterior entrega
28-09-2006 11:12
Al principio sigues el mismo estilo de la entrega anterior, que no acaba de convencerme. Pero al final la cosa mejora, y suceden cosas interesantes: el duelo entre Wreir y Nhao, el rapto y rescate de Kela.

Vamos a ver cómo acaba todo esto.

   RE: En la línea de la anterior entrega
14-10-2006 09:35
Sí, supongo que el problema es querer mostrar los acontecimiento de la ciudad de un modo demasiado explícito. Tal vez debería haberlo hecho a través de los personajes para que el lector no tuviera tantos cambios de perspectiva. Muchas gracias de nuevo por tus reflexiones; me están siendo de mucha ayuda



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