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Espejos y mantos de santo


Terror y Supense

01-09-2006 13:45
Por: Akhul

Cada vez que Mateo miraba en el interior del espejo, aquellos ojos apagados, velados, salían a su encuentro. Luego, por mucho que se escondiera en el jardín, por mucho que paseara bajo la luz del sol, no conseguía desterrarlos de su pecho


espejos y mantos de santo
Leopoldo cerró con parsimonia la novela que estaba leyendo y la depositó en la mesilla antes de volver la mirada hacia su hijo. Mateo, con la cabeza gacha, avergonzado, permanecía en camisón de noche bajo el dintel de la puerta. No era la primera vez que formaban aquel cuadro. Exhalando un profundo suspiro, el padre descruzó las piernas y le preguntó:

-¿Qué ocurre?

La pregunta era sencilla, pero la voz traslucía mucho más. Impaciencia, molestia, vergüenza tal vez. El niño sintió calor en sus mejillas y un leve malestar distinto al que le había hecho ir hasta allí a buscar refugio, ayuda. Desde luego no era nada tan terrible como lo que ocurría en su habitación, pero tampoco era algo agradable. Aquel tiempo discurriendo pesado, silencioso, no le hacía sentirse mejor.

-¿No tienes nada que decir? –fingió inquirir Leopoldo; en realidad no esperaba respuesta.- Sabes que éste no es el comportamiento adecuado para un jovencito. La noche es el tiempo para dormir –dijo el hombre consciente de que su voz no era todo lo dura que debiera.- Ahora vamos a tu habitación.

Uno al lado del otro, en silencio, recorrieron los lúgubres pasillos del caserón alumbrándose únicamente con una vela. Por fortuna, pensó Leopoldo, su hijo no tenía miedo a la oscuridad. Hubiera resultado muy costoso iluminar aquella decrépita mansión. La psique humana, continuó su razonamiento, era caprichosa. Los modos en los que la muerte de su amada esposa, Leonora, habían afectado a la familia eran bien dispares, aunque igualmente profundos. Por un momento, mecido por el crujido de las tablas de la escalera, deseó haber proyectado su dolor de un modo más claro. A pesar de los días y las noches de insomnio, de abatimiento, no había podido concretar su duelo de una forma tan clara, y hasta cierto modo tan pueril, como lo había hecho su hijo. Unos ojos oscuros que miraban desde el otro lado de los espejos. En realidad, se dijo, era un modo muy poético de expresar su temor hacia la muerte.

Entraron en la habitación del chico y, en aquel momento, Leopoldo tuvo la impresión de que la oscuridad se hacía todavía más densa. Sintió temblar a Mateo a su lado y, sin necesidad de mirar con detenimiento la habitación, supo lo que ocurría. Su mandíbula se cerró con fuerza, endureciendo la expresión de su rostro, hasta que su voz estalló en mil imprecaciones:

-¡Te he dicho mil veces que no quiero que cubras los espejos! –aulló enfurecido al tiempo que despojaba de cortinajes y trapos los cristales cubiertos.- ¡Un caballero no tiene miedos de campesinos, ni se deja llevar por las supersticiones! No toleraré que mi propio hijo se comporte como una vieja ignorante. ¡No en mi casa!

Mateo permanecía pálido, atemorizado, en el dintel de la puerta. No osaba entrar en la estancia ni escaparse a otro lugar de la casa. El honor, la vergüenza, el orgullo… mil conceptos abstractos le amarraban a aquel rincón concreto del mundo. Le obligaban a observar a su padre, normalmente un hombre comedido, comportándose como un endemoniado.

-¡Mantos de santo! –gritaba pensando en las estatuas de los santos cubiertas durante la Semana Santa.- ¡Supersticiones de curas y viejas! No en mi casa, no.

En mitad de la vorágine justiciera, Leopoldo creyó captar una sombra blanquecina en el gran espejo que dominaba la chimenea. Creyendo que su hijo, finalmente, se había decidido a entrar, se detuvo. Al no verle en el interior de la estancia se sintió algo desorientado, pero rápidamente recuperó la compostura.

espejos y mantos de santo
-Hijo mío –dijo con un tono más calmado, incluso algo dulce.- La pérdida de tu madre ha sido terrible, pero no debemos perder la cabeza. Debemos ser fuertes, mantenernos unidos. Luchar contra los miedos no es fácil, pero se lo debemos a ella.

-Sí, padre –asintió Mateo, sumiso, con la voz más firme que pudo reunir.

Leopoldo le acarició afectuosamente la cabeza y dejó la vela en su palmatoria, en la mesita de noche. Después le arropó y, tras observar desde la puerta cómo cerraba los ojos, se fue caminando a oscuras hasta su despacho.

Quizá Don Santiago, el médico, tuviera razón. Tal vez lo mejor, pensó, sería enviarlo a un internado a Madrid. Tal vez el contacto con otros muchachos y la disciplina del centro pudieran endurecer aquel corazón mórbido.

Un suspiro exteriorizó la decisión tomada. Sin encender ninguna luz, bajo la caricia de la luna, entre tinieblas, Leopoldo garabateó una nota para la servidumbre. Partiría a la capital bien temprano al día siguiente. Encontraría un colegio para Mateo y, tal vez, cierto reposo. Cuando terminó de redactarla, se recostó en el sillón y encendió su pipa. Entre volutas de humo esperó el amanecer.


Tres días después, al caer la noche, Leopoldo volvió al galope a la mansión familiar. Aunque en un principio había pensado que alejarse de la casona mejoraría su humor, lo cierto es que la ausencia le había provocado una gran desazón. No le interesaba el bullicio de Madrid ni sus mundanos placeres. Además, los internados que había visitado le habían resultado deprimentes en sus vertientes clericales o paramilitares. La capital había perdido todas las luces que le había otorgado como intelectual de provincias. Nada tenía el sabor de antaño.

Después de mucho cabalgar, se había dado cuenta de que, en realidad, prefería su retiro en el campo. Él mismo se encargaría de la educación de Mateo y forjaría su espíritu. Sería el mejor homenaje que pudiera rendirle a su fallecida esposa y un buen modo de desterrar de su mente aquellos funestos pensamientos que le torturaban.

Cuando llegó frente a la fachada principal, desmontó y dejó que su montura fuera directamente hacia las caballerizas. Ya se encargaría algún mozo de ella. Él tenía que ver a su hijo. Subió los escalones hasta la puerta de la entrada y la abrió con la confianza del que es amo y señor. Nada más entrar se sintió algo sobrecogido. No sabía muy bien por qué, pero todo le resultaba demasiado silencioso, demasiado apagado. ¿Siempre había tenido esa aura de cripta su morada?

Antes de subir las escaleras hacia el piso noble, Leopoldo se asomó a la cocina. Si alguno de los sirvientes estaba allí, junto al hogar, aprovecharía para saludarle y encomendarle los cuidados de su caballo. Cuando abrió la puerta, vio que Ludimila, la cocinera, y Aniceto, su marido y guardián de la propiedad, dormían profundamente en sendas sillas al lado de la chimenea. En la penumbra, todo se veía en orden, por lo que prefirió no molestarles y encaró las escaleras.

El crujido de los tablones dio paso al mullido rumor de las alfombras, y, al mismo tiempo, la alegría que había sentido al volver a estar en casa mudó en desconfianza. ¿Y si se encontraba con que Mateo había desobedecido sus órdenes y había vuelto a cubrir los espejos? La simple perspectiva de encontrarse aquel espectáculo de iglesia rancia le enervó. No soportaba a los ignorantes beatos y no permitiría que su hijo se convirtiera en uno de ellos.

Con el paso más vivo de lo que hubiera deseado, irrumpió en la habitación de su hijo con cierta brusquedad. Éste permanecía en su cama, recostado como si leyera pero sin tener ninguna luz encendida. Leopoldo, sin prestarle casi atención, recorrió la estancia con la mirada, pero no se encontró, como temía, los espejos cubiertos. Al contrario, la luz de la luna se reflejaba vivamente en todos ellos. Con el rostro distendido, finalmente, en una sonrisa, se acercó al lecho donde reposaba su hijo.

espejos y mantos de santo
-Mateo, hijo mío, ¿qué tal has pasado estos días?

-Bien, padre –respondió el chico dejándose coger en brazos.

Leopoldo le abrazó en la penumbra de la habitación, en el silencio del caserío. Entonces, como un suspiro fugaz, un pensamiento atravesó su cabeza inquietándole: el hogar, en la cocina, estaba apagado. Junto con aquel recuerdo se dibujaron más claramente las poses de sus sirvientes, demasiado estáticas, demasiado quietas. Intentando controlar un incipiente temblor en su voz, Leopoldo preguntó:

-¿Ya no tienes miedo de los espejos? –sus palabras, sin embargo, no consiguieron llenar el ambiente con la calidez deseada. Sonaron huecas, como perdidas en un pozo.

-No, padre –replicó Mateo casi en un susurro- los ojos ya no están en el espejo.

Leopoldo no quiso dar importancia a aquella pueril respuesta. Lo importante era que habían desterrado esa manía de cubrir los espejos. Dejó al chico en el lecho y lo cubrió de nuevo con la manta. Después de darle un beso de buenas noches, abandonó la estancia en silencio.

Aunque nunca la hubiera reconocido, sentía una extraña inquietud. Al inclinarse para besar a su hijo había tenido la impresión de que un velo oscuro, como una capa de tinieblas, cubría sus ojos zarcos.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Excelente
26-09-2006 20:27
Tu relato está muy bien estructurado y lo deja a uno, sin duda, sumido, en la inquietud de lo desconocido. Felicidades.

   RE: Excelente
27-09-2006 09:34
Muchísimas gracias, Bruja del Este. Me alegra que te haya gustado y que te hayas animado a dejar tu comentario. Das muchos ánimos para seguir escribiendo

   Muy buen texto
01-09-2006 14:03
Lo que mas me ha gustado de tu escrito Akhul, es como mezclas, de manera fabulosa y sin ser pesada, la acción de la historia con los pensamientos y sensaciones de Lopoldo y Mateo; es un efecto de lo mas logrado.

   RE: Muy buen texto
04-09-2006 09:50
Vaya, muchas gracias. La verdad es que me preocupaba un poco la fluidez del texto, sobre todo porque la acción discurre en dos partes separadas por el viaje. Me alegra que te haya gustado

   Muy buen texto
04-09-2006 17:18
Comparto la opinión de Jose P2; y no es de sorprenderse, ya que como siempre cuidas mucho la fluidez narrativa en todos tus artículos.

Felicidades Akhul, continuaremos leyendonos.

Salu2.

   RE: Muy buen texto
05-09-2006 09:30
Muchas gracias, compañero. Con lectores como tú da gusto publicar

   Qué decir!
05-09-2006 07:17
Me encanta el tema, el abandono y la pérdida, la sútil decadencia de lo humano.

El relato? El relato habla por sí solo. Felicidades como siempre, y la imagen, quién diría que escuhas a "Sisters of Mercy" o sólo encontraste la imagen, porque he visto varias imágenes de videos de metal y pues la pregunta que no podía faltar es sí te gusta?

Bueno, regresando, felicidades y esperamos leerte de nuevo.

Saludos!

   RE: Qué decir!
05-09-2006 09:32
Muchas gracias por tu comentario, compañera. En cuanto a la pregunta, sí, me gusta mucho Sisters of Mercy



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