Preludios de la Segunda Magia I: El encuentro |
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18-09-2006 10:28
Por: Jose P2
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Capítulo primero de esta historia que se ha retrasado bastante pero que espero que disfrutéis.
En todo el cementerio los rayos bramaban con fuerza. El cielo, encapotado por oscuras nubes, advertía que tarde o temprano estallaría en una gran tormenta. Las personas que fueron a visitar a sus difuntos se marcharon cabizbajos temiendo que el temporal les alcanzase; algunos dejando bellas flores en las lápidas de sus seres queridos, y otros macilentas lágrimas que inundaban las marmóreas tumbas de dolor y nostalgia hasta que, poco a poco, la soledad tomó aquel lugar.
Los cantos de los sollozos se extinguieron, los gritos de desesperación se alejaron hacía el exterior, y como un enorme sudario níveo, una fina niebla empezó a arropar el cementerio y su silencio. Pero entre aquellas lápidas, un solitario joven se negó a abandonar el lugar aunque adviniera el mayor de los huracanes; se mantenía inerte, como una doliente estatua armonizando con los pétreos ángeles que adornaban algunas tumbas. Era alto y robusto, de cabello trigueño y ojos cerúleos, sujetando entre sus poderosas manos dos recoletas flores; una margarita y una bella flor de vainilla que despedía una fragancia dulzona y sabrosa. Su cara estaba altamente ruborizada, y no era porque le diera vergüenza o miedo estar allí, sino por las frías lágrimas que habían rozado sus mejillas en un constante pesar. Se hallaba delante de dos pequeñas tumbas, relucientes y una al lado de la otra.
El chico se puso de rodillas delante de ellas, temblando como si fueran la efigie de sus mayores miedos y anhelos; colocó con sumo cuidado las flores encima y se quedó quieto, como aquél que aguarda a que el sol aparezca en una eterna noche.
-Siempre te pasa lo mismo, Jericó, siempre te quedas el último -le dijo una triste voz detrás suyo. Él no se movió, tan sólo dejó perdida su mirada en el infinito.
-Me siento bien cuando espero aquí, delante de papá y mamá. Es como si se detuviera el tiempo y el mundo no avanzara.
-Ojalá fuera verdad…. -Una figura brotó de entre la bruma, y las primeras gotas de lluvia empezaron a caer débilmente. Era mas alto y mayor que Jericó, con sus mismos ojos pero de oscuros cabellos.- Pero algún día deberás aprender, y aceptar, que es tan sólo tu imaginación.
-Ya me quitaron a mis padres y parte de mi vida, Esteban. ¿Y ahora tú me quieres quitar mi imaginación? No será real, pero prefiero la mentira si eso me alivia. -El otro chico le miró con profundos ojos. Él sentía lo mismo que Jericó y no podía negarle nada ya que era su hermano.
-Sigues trayéndole a papá vainilla y a mamá sus preciadas margaritas por lo que veo… -dijo para romper ese sobrecargado ambiente y huyendo de la pregunta de su hermano.
-Y lo seguiré haciendo hasta que me muera o este dolor cese. Sé que me lo agradecen. -Esteban se asombró ante las palabras de su hermano. Puede que sus padres hubieran muerto, pero él no debería morir en vida por ellos.
-¡Tienes tu propia vida! Y si es verdad que los muertos pueden ver a los vivos desde algún sitio, creo que defraudarás mucho a mamá y a papá.
Jericó se mantuvo callado ante las palabras de su hermano, tan sólo miraba esas dos tumbas de granito, cada una con una brillante chapa revelando el nombre de los difuntos; Laura y Antonio. Era increíble cómo dos pequeños trozos de pierda hendían su corazón cada vez que venía produciendo la mas oscura de las heridas.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza y los potentes rayos alumbraban todo el cementerio con sus resplandecientes cuerpos. Jericó terminó por levantarse del suelo, el frío comenzó hacer mella en él, y se dirigió impertérrito hacia su hermano. Salieron del cementerio con paso ligero. Ninguno se dirigió la palabra, incluso estando resguardados dentro del coche negro de Esteban. Hoy era un día de esos nostálgicos, oscuros, donde la mejor palabra era un eterno silencio.
Esteban observó preocupado a su hermano sentado al lado suyo; no levantaba la mirada del suelo aunque supiera que lo observaban. Su mente estaba perdida en oscuros pensamientos, recordando cómo era antes su vida y qué trágica era ahora. Había aprendido que el mundo era un lugar peligroso, sustentado por un eterno juego de azar que te quita más cosas de las que te da mientras camina sin pausa por el tiempo. Jericó, con todas sus fuerzas, odiaba eso, esa realidad donde te tenías que ceñir al olvido y a la sumisión del presente para sobrevivir; todos los días era la misma rutina con el mismo dolor. A veces había pensado en el suicidio, una manera fácil de escapar; pero el amor que sentía por su hermano, y sus dos mejores amigos, Sebastián y Sofía, hacían que esa idea se esfumara como una hoja en medio de un vendaval. Tan sólo le quedaba el sufrir, aguantar hasta que se acostumbrara.
Levantó su cabeza lentamente a la vez que pensaba en todo eso, y contempló la impenetrable cara de su hermano, que sujetaba las llaves en el contacto debajo del volante con unos umbríos ojos, llenos de condolencia y de pena. Con un suave suspiro, Esteban giró la cabeza y arrancó el coche. Muchas veces sentía unas ganas terribles de matar a su hermano, veía que pese a su juventud se consumía cada día más, incluso más que él; que intentaba llorar a escondidas para que Jericó no le viera. Pero siempre le daba la oportunidad de superarlo, tarde o temprano, aunque tuviera que cambiar el mundo.
El cielo estaba totalmente oscuro y las gotas golpeaban con fuerza las ventanas del vehículo. En el exterior, nadie andaba por las calles a causa de la fuerte tormenta; solamente algún que otro valiente intentaba pasear vestido con grandes chubasqueros que el viento zarandeaba. Esteban se concentraba lo más que podía en no perder la carretera de vista mientras Jericó miraba a través de la ventana empapada.
-Comeremos en el restaurante que hay enfrente de casa y luego daremos un paseo ¿Qué te parece? -propuso girando tan sólo un instante la cabeza hacía su hermano.
-No tengo hambre. -Su voz parecía apagada, sin la clásica vida que había en la juventud.
-Si no comes algo podrías enfermar, últimamente casi no pruebas bocado. Sofía incluso me lo ha dicho cuando vais a pasear.
-Será porque no tengo hambre... - afirmó con ironía.
-¡Basta ya! Comerás algo te guste o no.
-¡Déjame en paz! Siempre aparentando ser tan fuerte… como si nada te afectara. -El timbre de voz de Jericó empezó a transformarse algo ofuscado y oscuro.
-¿A qué te refieres con eso?
-Nunca te he visto llorar, nunca te he visto que te levantes un día y se te caiga el mundo a los pies nada más abrir los ojos. Y casi siempre sonríes. -Jericó dirigió los ojos al rostro interrogativo de su hermano.- Incluso dudo de que quisieras a mamá y papá.
Esteban frunció el ceño en un explosivo ataque de furia y frenó bruscamente haciendo que las ruedas derraparan en el asfalto. Ninguno de los dos resultó dañado ya que llevaban los cinturones puestos.
-No vuelvas a decir eso -dijo como si del corazón se le hubieran arrancado esas palabras.
-Desde el mismo día que murieron, nunca te he visto decaído.
-¡Pues lo siento mucho si yo no los quiero con el mismo amor que tú! ¡Como no lo voy demostrando llorando por cada rincón! -Su rostro se puso rojo como la misma sangre a la vez que pequeñas lágrimas surcaban su rostro.
Su hermano le miró con profundidad y una angustia que le hizo hasta temblar.
-Con que eso opinas… -Jericó empezó a balbucear- que soy débil…
Furioso, Jericó abrió la puerta del coche y salió estrepitosamente hacia el exterior. En cuestión de segundos, la lluvia le empapó por entero entre los altos edificios de la capital madrileña.
-¿¡A dónde vas!?
Jericó no contestó a su hermano y empezó a alejarse del coche. Esteban salió corriendo detrás de él y lo agarró fuertemente del brazo mientras que frías gotas goteaban de su oscuro cabello.
-¿Crees que así vas a solucionarlo? ¡Huyendo a la primera de cambio!
Al oír las palabras de su hermano se giró y le observó con ternura y tristeza; sentía que siempre todo le salía mal, incluso a la propia naturaleza cuando le creó.
-Siento ser tan débil… -dijo ahogado por sus sentimientos.
Su hermano no dijo nada temiendo hacer crecer más el dolor entre ellos dos y lo atrajo hacia su pecho para abrazarlo sin importarle el frío o la lluvia. Pero cuando abrió sus llorosos ojos, enfrente de él vio a un extraño hombre, situado tras las sombras de un oscuro callejón pequeño y raramente apacible. No había nadie más que él, estaba apoyado contra la ladrillosa pared en una total tranquilidad, ataviado con una larga túnica negra y suave empapada por culpa de la continua lluvia. Era muy alto, más que Esteban, y a simple vista parecía de lo más atlético.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Artificioso |
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18-09-2006 10:32 |
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Compañero, te complicas la vida sin motivo. Haces unas construcciones de frases totalmente barrocas donde el sujeto se trastoca y no concuerda con la mitad de lo que se dice. Además, incluyes adjetivos de lo más peregrino a todo lo que se mueve, acertando en ocasiones pero errando en la mayoría. Esto último hace que, en vez de acentuarse el sentimiento, en ocasiones se desvirtúa y ridiculiza. Por poner un ejemplo, lo del fervor del final de la historia queda de lo más cómico, como si los tipos misteriosos miraran al cielo con expresión de santo medieval.
La historia es buena y tienes bien definidos a los personajes. No te compliques la vida con la redacción e intenta una cosa menos recargada, un terreno más firme. La buena escritura no se basa en los fuegos de artificio.
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RE: Artificioso |
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18-09-2006 13:52 |
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Lo tendré en cuenta, gracias por tu crítica Akhul.
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