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Tormenta eterna en Kios XII


Relatos de Fantasía

14-09-2006 16:47
Por: Destripacuentos

Duodécimo y último capítulo -a falta del epílogo- de esta novela de espada y brujería. Los comentarios y las críticas seguirán siendo bienvenidos, especialmente los globales en la siguiente y última entrega. Gracias a todos

La bahía de Ankar asemejaba una olla hirviendo. El mar, azuzado por los dioses de las tormentas, se bandeaba y estrellaba una y otra vez contra la costa. Parecía querer trepar hasta la ciudad estado para sumergirla en sus aguas, robando el privilegio de mojar sus calles a la insistente lluvia. La violenta tempestad que se cernía sobre la urbe era un extraño regalo de los cielos, pues había impedido a la flota kiana acercarse hasta el puerto. Mientras las olas mantuviesen una altura similar ni el más temerario de los marinos se atrevería a acercarse a la costa.

tormenta eterna en kios xii
Casualmente salvados por el repentino cambio de tiempo, los soldados de la polis observaban las evoluciones de las naves de guerra de Kios resguardados con capas o bajo las techumbres de las torres defensivas del puerto. El general Nhao ya poseía renombre por sus arriesgadas tácticas, pero en aquella ocasión el azar le había vuelto la espalda y le leve tormenta matutina había degenerado en una explosión de fuerzas elementales. Por el momento, los fieros corsarios podían ocuparse únicamente de mantener a flote sus embarcaciones, aunque el cielo revelaba que pronto la tormenta perdería intensidad.

El anochecer vino acompañado de una incierta calma. En las almenas de Ankar brillaban braseros y antorchas, y grupos de sombras podían verse recorriendo toda la línea defensiva. Nhao sopesaba las ventajas de mantener la ofensiva frente a las de volver a puerto amigo antes de la siguiente incursión. Los hombres estaban exhaustos tras la continuada lucha contra los elementos y el pasar la noche meciéndose en la bahía no les permitiría el descanso suficiente para recuperar las fuerzas requeridas para el ataque. La precipitada campaña había dado buenos resultados, pues, además de haber capturado media docena de barcos, había conseguido la rendición y consiguiente vasallaje de tres ciudades estado. Finalmente la prudencia venció y las naves de guerra de Kios retornaron a mar abierto. Sin saberlo se alejaban para siempre de la presa que habían observado glotones la anterior jornada. Tampoco los ankarios se llegaron a explicar nunca la huida de sus invasores, pues aunque una retirada temporal aparecía razonable, era por todos bien sabido que la ciudad no contaba con defensas suficientes para mantener la independencia. Muchos explicaron el hecho fabulando una llamada mágica realizada por la emperatriz, y no estaban demasiado alejados de la realidad, ya que el motivo de regreso a la patria fue un halcón mensajero, el cual localizó a la flota de Kios al salir a mar abierto.

Las naves recorrieron en veloces jornadas la distancia que les separaba de Kios. No sólo el incentivo de servir a la emperatriz les animaba, sino que, tras muchas semanas de campaña, los corsarios añoraban sus hogares. El recibimiento a su llegada demostró que sus familiares también deseaban su vuelta a la ciudad con idéntico fervor. El puerto era el escenario de una alegre algarabía, pero el general Nhao sólo podía contemplar con cierta melancolía su ciudad natal.

La pérdida de sus camaradas le había afectado profundamente y las salvajes incursiones que había realizado únicamente habían conseguido sepultar el dolor. Nada podía impedir que aflorara de nuevo a su espíritu al reconocer las calles que fueron su escuela. Las estatuas de Artul y Jarnak se le antojaban cicatrices de la guerra civil que había asolado a su pueblo; ellas despertaron de nuevo a los fantasmas del sufrimiento. Hombres y mujeres les vitoreaban a su paso por las calles, pero él no podía escuchar sus alabanzas. Sus gritos se convertían a sus oídos en los desgarradores aullidos de los moribundos.

En el salón del trono, para su sorpresa, sólo le esperaba Tran, agazapado en un rincón con su enorme mastín. La piel de éste aparecía como un espejo de ébano que le hizo pensar en el color del alma de su emperatriz. Era una cruel paradoja juzgar ahora a la víctima por haberse convertido en verdugo. ¿Quién establecería la medida de justicia de su venganza? ¿Acaso se podía limitar el afán de mitigar el dolor que causa el haber perdido lo más querido, arrebatado por la maldad de los hombres? El negocio de la muerte comenzaba a pesar en el espíritu del joven general. Quizá por ello había buscado su final en cada uno de sus temerarios asaltos, bailando con la Dama Siniestra al ritmo de los tambores de la guerra.

El antiguo guarda del cementerio le habló con timidez sacándolo de sus oscuros pensamientos.

-Kela no va ha recibirte, general, pero me ha dicho que te acomodaras por palacio hasta la fiesta del día de la luna.

-¿Acaso la emperatriz ya no me considera digno de su presencia?

Tran evitaba su mirada enterrando la cabeza en el noble animal.

-No es eso, general. No recibe a nadie desde hace muchos días. No sale nunca de su habitación.

El fornido muchacho le apoyó una mano tranquilizadora sobre el hombro. Una sonrisa de sincero aprecio se dibujó en ambos rostros. A Nhao siempre le había resultado curioso aquel hombre. Desorientado en palacio desde el día en que se le hizo traer, no había proferido jamás queja alguna. Nunca sabía que hacer, pero no por ello molestaba a nadie. Su lealtad a la emperatriz era un hecho insólito y que nadie había conseguido explicar. Muchos pensaron que traer al guardián del cementerio a palacio era otro hecho simbólico de arcanas motivaciones relacionado con su vínculo con los espíritus. Para el general aquello carecía de importancia. Sólo un rasgo de aquel hombre había sido necesario para ganarse el respeto del militar: la lealtad. Pues el verdadero valor de esta cualidad se ve con nitidez en el campo de batalla y su vacío se nota de veras cuando los viejos camaradas van quedando tendidos en tierras extrañas y en frentes anónimos.



El día de la luna Nhao se encontraba en sus aposentos con el uniforme ya puesto a la espera de que se le hiciera llamar para acudir a los festejos. Cada vez que se alcanzaba la luna llena en el cielo de Kios se organizaban peleas de perros, osos y guerreros en honor de los espíritus. Arrenus no había llegado a desarraigar la práctica y el pueblo esperaba ansioso para contemplar la muerte bañada por la pálida luna. La tradición marcaba que los esclavos podían intentar ganar su ciudadanía en combate singular con un oso y, según los rumores que había escuchado, ese mismo día se iba a presentar un desafío de tal índole. La tarde agonizaba y pronto tendrían que comparecer en la plaza conocida como el Foso, donde tendrían lugar los combates, cuando la puerta de su habitación se abrió. Iracundo, se volvió hacia la entrada para castigar la insolencia de abrir sin llamar cuando su mueca de indignación se convirtió en una de sorpresa.

Enmarcada en el umbral de la habitación se encontraba Kela. Su rostro estaba marcado por una palidez que rivalizaba con la albura de su túnica. Sus cabellos se habían terminado de marchitar y ahora eran ya de plata, de la materia de la luna. Sus ojos dorados brillaban entre las sombras que rodeaban sus ojos en contraste con la oscuridad que su siniestro cetro le otorgaba. La talla en forma de sílfide colgaba de su delicado cuello con graciosa, aunque tétrica armonía. El apelativo de Emperatriz Espectral era sin dudas el único que podía hacerle justicia en aquellos momentos. A pesar de las largas horas pasadas en su compañía a lo largo de los últimos meses, el fiero guerrero no pudo reprimir un escalofrío cuando la quebrada voz de la muchacha rozó la estancia.

-Saludos mi general. Confío en que la campaña no haya resultado demasiado ardua, pero dado que en el futuro apenas saldrás de la ciudad es de suponer que recordarás con anhelo estos días pasados.

tormenta eterna en kios xii
-Tened la certeza de que no hemos sufrido incomodidad alguna, pues la guerra es nuestra madre y el mar su seno que generoso nos acoge cuando los dioses de la muerte nos reclaman. La vida de los kianos es el reflejo de la campaña que emprendimos por orden vuestra.

-Supongo que habréis tenido noticia de la muerte de Arrenus; habéis de saber que no será la única de la que vais a tener noticia estos días. Es por ello por lo que os he hecho volver.

Kela se giró y abandonó la estancia en silencio. Nhao le despidió con un marcial movimiento de cabeza y, en cuanto quedó solo, se desplomó en una de las sillas de la habitación. No sólo el avanzado deterioro de su dueña le inquietaba, pues sus palabras bien eran dignas de consideración. El heraldo de la muerte volvía a hacer sonar su pífano, pero dicha señal nunca señalaba quién pudiera ser el elegido. Siniestras elucubraciones acompañaron al general durante todo su trayecto hasta el Foso, pues ¿acaso no había asegurado la emperatriz que le había llamado porque una muerte había de acaecer en la ciudad? Ya había sucumbido Arrenus, el hombre más poderoso detrás del trono. Ahora aquella dignidad recaía sobre su persona, pero, aun sin haberla disfrutado, ya se lamentaba de poseerla.



El Foso consistía en una arena circular rodeada de un pequeño anfiteatro. No tenía mucha capacidad, pero la perfecta visión del espectáculo estaba garantizada. La multitud rugía enloquecida ante la perspectiva de un baño de sangre. Sus alaridos llegaban a los oídos de Nhao con su sentido trastocado. La muchedumbre se le antojaba una camada de carroñeros ansiosos por recibir su parte de despojos en el macabro ritual. Por primera vez en su vida, Nhao dudó de si lo que había interpretado como valiente espíritu guerrero en los corazones de los kianos no hubiera de ser valorado como una enfermiza sed de sangre. Los dioses que Arrenus había resucitado en una hecatombe de sangre y destrucción parecían ser los más apropiados para los ciudadanos de la desdichada ciudad estado.

Su asiento en el palco le situaba a la izquierda de la emperatriz, la cuál se encontraba ya sentada. Su mirada se sumergía en el público absorta en inescrutables pensamientos. A la derecha de la joven permanecía Tran, con los ojos bañados de inquietud, escrutando el gentío, vigilando por la seguridad de su dueña. Las antorchas cedían su luz en reflejos dantescos que conferían extraños movimientos a los ciudadanos. Algo flotaba en el ambiente que impedía que la noche de festejos se librase de la losa de la tristeza. Los gritos y cantos no conseguían alejar un silencio que sólo podía presagiar males para los que lo percibieran.

Las rejas se abrieron en el foso franqueando el paso en extremos opuestos. Por cada una de las entradas apareció un hombre armado. Empuñaban cuchillos de caza y vestían una ligera cota de escamas de cuero. Los yelmos sólo dejaban entrever un destello desesperado en sus ojos. No podían revelar ninguna emoción. Kela observó impasible el espectáculo, alejada de su ciudad. La multitud rugía y se alzaba como un animal vivo, animando o insultando a los gladiadores, como si algún vítor pudiera motivar más que el instinto de supervivencia o algún insulto agraviara más que el tener que luchar por tu vida para diversión de tus enemigos. El combate, aunque igualado, no tardó en saldarse con un muerto sobre la arena y un esclavo elevando su espada retador. Un día más su vida pudo escapar de la certeza; aplazar aunque nunca evitar. ¿Cómo decidir cuando merece la pena correr un riesgo mayor para conseguir la libertad? ¿Acaso cuando las fuerzas comienzan a fallar lo suficiente para no sobrevivir en la arena? ¿No es, sin embargo, este punto cuando el destino del gladiador ya ha quedado sellado?

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La mente del general del mayor ejército del mar Gélido vagaba por yermos pensamientos. La muerte era el eje en torno al cuál discurría su vida. Su gloria y su subsistencia pasaban por ella. Sus distracciones se mancillaban con su presencia. Su espíritu estaba forjado para la batalla, pero su corazón comenzaba a avejentarse. El cuerpo del gladiador vencido ya había sido retirado de la arena y el heraldo anunciaba el siguiente espectáculo. Una reputada jauría de mastines se enfrentaría a una pareja de osos pardos. Los plantígrados eran unos imponentes animales, jóvenes y vitales; poderosos como todos los miembros de su especie. La jauría contaba con su astucia y su persistencia. El arrojo y el trabajo en equipo podrían darles la victoria frente a los titanes que les aguardaban. El hambre sería el incentivo que les condujese a matar o morir en el intento. Una sensación de vértigo se apoderó del joven Nhao, quien no conseguía concretar qué le causaba tal estado.

Los animales danzaban con siniestra armonía en el ruedo. Casi se podría haber dudado de que se tratase de una lucha y no un juego. Los rugidos se mezclaban con las palabras en una loca cacofonía, heraldos del espectáculo que a los pies de la impasible emperatriz se estaba desarrollando. La muerte era moneda común en la ciudad y a nadie parecía importarle. Los perros morían destripados a los ojos de Nhao sin que éste pudiera entender lo que estaba sucediendo. Los osos lanzaban sus gruñidos al aire y éstos se elevaban como plegarias hasta el palco, desde el cuál sus verdugos contemplaban la matanza. Juguetes en manos de los hombres; ¿acaso serían los mismos kianos marionetas de seres más hábiles en el arte de la manipulación? La caída de los dos osos hizo recuperar al militar la percepción de su realidad. El cuadro permanecía estático ante sus ojos: los perros aullando con las fauces teñidas de rojo, los ojos dorados de la emperatriz prendados del espectáculo en honor de su dueña, el mudo dolor de Tran por la muerte de los mastines, los dos osos caídos juntos como anónimos soldados de un ejército ajeno a su mundo, la multitud endemoniada, presa de la excitación del ritual de sangre...

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   No esta mal
28-09-2006 13:29
Como final no está mal. Algo de este estilo se veía venir, pero eso no quiere decir que sea predecible, sino que es coherente con todo el relato.

   RE: No esta mal
14-10-2006 09:29
Muchas gracias por el comentario, jerjes. Lo cierto es que toda la historia es fatalista en el sentido del destino marcado, por lo que un giro argumental de última hora no me parecía adecuado



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