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Andanzas de un soldado Imperial II


Warhammer Fantasy

25-09-2006 17:19
Por: --|Link|--

Segunda entrega del relato sobre el soldado Imperial. Aquí se enfrenta a los Elfos Oscuros, a ver qué os parece el combate...

La fortaleza estaba incrustada, por así decirlo, en la pared de roca. El muro delantero era alto y totalmente vertical, sin ningún asidero por el que poder trepar. No tenía almenas, era totalmente liso. Simplemente tenía unas estrechas rendijas por las que podía introducirse un arco y disparar. La puerta estaba a mucha altura con respecto al suelo, y sólo se podía llegar a ella subiendo por una rampa de piedra muy larga, en la que era imposible no exponerse al fuego enemigo. No había cornisas en la montaña que pudieran aprovecharse. Su situación era totalmente ventajosa para los elfos, y no sólo eso, era tal la hilera de arqueros que había en la muralla que hubieran podido acabar con toda la primera fila de nuestro ejército de una sola descarga. Además, la fortaleza tenía un par de torres flanqueándola, y desde allí nos apuntaban varias ballestas gigantes, con unos virotes que podrían atravesar a diez hombres.

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La mera visión de aquella inexpugnable fortaleza causaba desánimo, pero los capitanes sabían qué hacer. Nos agruparon, y nos recolocaron, pues aquella fortaleza rompía nuestros esquemas de batalla, y todos los planes de rodearla. Ahora, el nuevo plan consistía en confiar en nuestros escudos e ir alrededor del ariete, avanzando por la rampa en una especie de formación tortuga, hasta llegar a la puerta. Las catapultas y trabucos nos proporcionarían una pequeña ayuda contra los arqueros y aquellas terribles ballestas.

Al sonar del cuerno, el ejército rugió con nuevas esperanzas e inició la marcha. Las catapultas se posicionaron, con sus respectivas dotaciones y cargaron las piedras. Todos los demás nos colocamos alrededor del ariete, empujándolo los que íbamos por dentro, y cubriéndonos con los escudos, que nos resguardaban de las flechas de arcos, pero no de las de las ballestas. Además, los lanceros habían sido colocados por el exterior con las lanzas sobresaliendo, para poder defendernos de posibles ataques aéreos, pues los elfos tenían pequeñas alimañas voladoras a su servicio.

Seguimos así, avanzando poco a poco por la rampa, y acercándonos cada vez más al fuego enemigo. Yo confié en que las catapultas hicieran su trabajo, y me alegré de que hubieran incluido a los trabucos en el arsenal, pues su alcance les permitía llegar hasta las ballestas gigantes sin exponerse a su fuego, al contrario que las catapultas, que tenían que acercarse más, pero para no sufrir pérdidas entre ellas, las habían dejado rezagadas hasta que hubieran eliminado a las ballestas.

El avance por la rampa era lento, y cada vez estábamos más cerca de la fortaleza. Alguien había dicho que las ballestas nos estaban apuntando, y por la imagen que llegó a mi mente de la primera vez que las vi, juraría que por su tamaño estábamos ya dentro de su alcance. Y no me equivocaba. Se oyó un grito en élfico, que resonó por toda la montaña como un aullido de muerte. Un ruido de retorcer de madera, y el silbar de un proyectil gigante se acercó a nosotros. Con una puntería terrible, impactaron en el flanco derecho, y varios soldados saltaron por los aires, cayendo al abismo que se extendía a los lados de la rampa. El capitán ordenó que se recubriera el hueco, y enseguida estaba igual que antes, protegido por escudo y lanza.

De nuevo sonó ese maldito sonido, y el aire fue sesgado otra vez por el silbido del virote atravesándolo. De nuevo con una puntería abrumadora, el proyectil alcanzó su objetivo, aunque esta vez con menos muertes. Entonces, a la orden de "¡Fuego!" del capataz, el familiar sonido de una catapulta fue el que resonó esta vez en el abismo, seguido por un impacto en la torre de la derecha, la que disparó primero. El impacto destruyó la parte frontal, enviando a un par de elfos por los aires, y destrozando el lanzavirotes. Aunque quedaban otros dos en esa torre, y tres en la otra.

Nos quedaba más de la mitad del camino por recorrer y eso nos desalentó, pues estábamos expuestos a esos malditos disparos. Al destruir la parte frontal de la torre, habíamos hecho un hueco, en el que se instaló otro lanzavirotes. El que quedaba sólo nos podría disparar cuando llegáramos a la puerta, pues no tenía otro ángulo. La ballesta estaba ya cargada, y realizó otro disparo. El proyectil se aproximó veloz como un rayo, e impactó en las piernas de un soldado, atravesándolas, y alcanzando a otros cuatro, que cayeron heridos al suelo. Los trasladaron a la parte de abajo del enorme ariete donde había unas camillas para heridos. El lugar donde estaban fue rellenado de nuevo. Y le tocó entonces disparar a nuestro trabuco.

Alcanzó a la torre izquierda por un lateral, por lo que, a pesar de haber destruido un lanzavirotes, el que estaba en posición de alcanzarnos aún estaba en pie. Disparó después el tercer trabuco. No alcanzó su objetivo, y la piedra se estrelló contra la roca de la montaña, rompiéndose en pedazos. Las ballestas de los elfos tardaban mucho menos en cargarse que nuestros trabucos, y es por ello que teníamos menos posibilidades de vencer aquel combate de máquinas de guerra. La ballesta realizó un nuevo disparo, que, para nuestra sorpresa, falló, aunque por muy poco. Ya nos quedaba menos para llegar, estábamos cerca del centro de la rampa, donde, según cálculos de Tauler, que se hallaba a mi lado, estaríamos ya dentro del radio de alcance de los arcos élficos. Y así era. Tras un grito en idioma elfo, una andanada surcó en aire con un terrible silbido, y cientos de flechas cayeron sobre nosotros. Los escudos rebotaron la mayor parte, pero ya se sabe de la puntería de un elfo, y algunas se colaron entre ellos, alcanzando a varios soldados.

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El trabuco lanzó otra roca, que impactó en la parte de abajo de la torre derecha, haciendo que se desplomara, y cayera al abismo arrastrando a las ballestas consigo. El ejército entero rugió un grito de ánimo, y muchos hicieron sonar sus cuernos. Y estábamos ya muy cerca de la puerta. Otra descarga de flechas abatió algunos soldados, y el lanzavirotes atravesó unos cuantos. Esas pérdidas hicieron que aceleráramos un poco el ritmo, y nos acercáramos mucho a la puerta. Los trabucos dispararon de nuevo, siendo esta vez dos piedras las que surcaron el aire. Pero a medio camino, una luz cegadora iluminó el abismo como un relámpago y desde el muro una bola verde se dirigió hacia una piedra, haciéndola añicos en pleno vuelo.

-Magia élfica -murmuró Tauler.

Pero la otra roca impactó de lleno en la ballesta, destrozándola. Sólo quedaba una, que no se movió, pues el ángulo de tiro que tenía le permitía dispararnos cuando llegáramos a la puerta. Ya estábamos muy cerca. Los arqueros soltaron otra descarga, pero apenas alcanzaron a un par de soldados, hiriéndolos, pues el ariete se encontraba en medio de la trayectoria de tiro. Y, por fin, llegamos al portón. Era más grande de lo que creíamos, pero podríamos abatirlo. El lanzavirotes disparó, pero erró y la flecha rebotó en la puerta y salió volando hasta estrellarse en el otro extremo de la pared de roca. Eso nos daba tiempo para abatir el portón.

El trabuco disparó, lanzando su roca no al lanzavirotes sino a la muralla. Decenas de arqueros elfos salieron por los aires, justo antes de que dispararan otra andanada. De nuevo apenas causaron daños, pues el enorme ariete detuvo gran parte de las flechas. Las catapultas avanzaron, hasta poder realizar disparos cómodos a la estructura del muro. Hicieron su primera descarga, y, como era costumbre en nuestro ejército, lo hicieron todas a la vez. Algunas piedras rompieron pedazos inferiores del muro. La mayor parte impactaron a sus pies, en la pared de la montaña. Sólo una llegó a la muralla, derribando a unos arqueros.

El lanzavirotes volvió a disparar, esta vez acabando con unos cuantos de los nuestros, y justo después, la piedra lanzada por un trabuco lo abatió. La otra fue destruida de nuevo por el mago que se hallaba tras el muro, justo antes de que impactara contra él. El ariete dio su primer golpe ¡Bum! El eco resonó por todo el abismo. En el interior del ariete, una treintena de hombres tiraban del eje que hacía de ariete, cargándolo hacia atrás, para luego soltarlo y que se estrellara con terrible fuerza contra el portón. ¡Bum! Segundo golpe. Los arqueros dispararon de nuevo. Esta vez no cayó nadie. ¡Bum! Al tercer golpe, desde detrás del muro vino un peculiar sonido. Era una especie de loco aleteo, mezclado con chillidos agudos. Parecían murciélagos. Los temores que no nos habían atacado durante el ascenso por la rampa, lo hacían ahora.

De la fortaleza salieron centenares de pequeños monstruos alados, de color amarillo vómito, con unos ojillos rojos y un espeso pelaje. De su boca rezumaba una baba blanquecina, y su aspecto estaba entre murciélagos y ratas, pues tenían una cola como tales, pero boca y alas de murciélago. Se echaron sobre nosotros sin piedad, mordiendo y echándonos sus babas. Los escudos nos protegían, pero a saber cuánto aguantaríamos.

Los lanceros los repelieron con sus picas, y alguno sacó su arco para abatirlos. Era difícil, pues no paraban de moverse. Sólo podíamos darles porque eran muchos, y al fallar sobre uno, detrás alcanzaríamos a otro. Al principio se acobardaron, y cayeron muchos, pero luego atacaron con más fiereza, y los que nos amedrentamos fuimos nosotros. En tanto, las catapultas y el ariete siguieron con sus labores, ajenos a aquel horror.

-¡A qué esperáis! ¡Desenfundad las espadas y matadlos, pero mantened el muro de escudos! -nos gritó el general.

Nos apresuramos a obedecerle. Sacamos las espadas, y todo aquél que se acercó, recibió un tajo que lo mató. Aguantamos así largo rato, hasta que acabamos con todos. Para entonces, la puerta ya estaba en las últimas, y el muro medio caído, sin apenas arqueros en la muralla.

Los que quedaban nos lanzaron flechas, que pudimos repeler fácilmente. Quedábamos aún muchos para hacer un buen combate, y habíamos acabado con muchos elfos. La puerta ya estaba en ruinas. El ariete dio el último golpe, con el que se abrieron, y todos entramos en tropel, espadas y lanzas por delante.

-¡A la carga!

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   No esta nada mal
16-10-2006 22:18
Muy buena historia, pero tienes que repartirla mas porque al tener tanta descripcion leerla del tiron es algo cansado. En general est abien pero te estas centrando demasiado en como se desarroya el combate sin evolucionar ni la historia ni los personages. Es buena historia pero le hace falta un poco de profundidad.

   RE: No esta nada mal
18-10-2006 16:19
:-O Por fin un comentario! xD. Los necesitaba, pues ahora la historia se me hace más chunga... Pues bueno, miraré eso que me dices, fiel lector (xD, es porque leiste también el otro relato ^^), y a ver si la tercera entrega se os hace más amena e interesante :-D
Saludos!



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