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Lerac, la reconquista VI


Relatos de Fantasía

09-10-2006 12:51
Por: Pabeu

Capítulo sexto


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A la mañana siguiente, partieron al amanecer. Cabalgaban rápido, sin decir ni una palabra. De vez en cuando volvían la cabeza para ver si les seguían. Nadia tenía los ojos rojos de tanto llorar y Hans meditaba con expresión sombría. A pesar de que Hans se había ofrecido a hacer la primera guardia, ninguno de los dos había dormido en toda la noche.

El castillo de Kar, situado a los pies de una pequeña cordillera, se erguía imponente, con sus diversas torres y torretas de piedra gris extendiéndose hasta el nublado cielo, con ondeantes banderas de Kar y Klock en cada una de sus cimas. Habían llegado a su primer objetivo más rápido de lo que habían pensado y, sin embargo, les parecía que hubieran transcurrido meses desde que aquellos hombres hubieran visitado la cabaña en la que se habían criado. Y con todo, no sabían lo que harían una vez llegaran al castillo. ¿Cómo lograrían entrar? ¿Cómo conseguirían una audiencia con el señor del castillo? Y lo más importante: ¿Cómo le convencerían de que les ayudasen en su causa? Mientras Hans cavilaba sobre estas cuestiones, la fortaleza se acercaba inexorablemente.

Cerca del mediodía llegaron al castillo, iluminado por los rayos del sol que se reflejaban en la escasa nieve que todavía quedaba. Desde cerca era aún más imponente pero el hecho de que estuviera construido con grandes bloques de piedra gris lo hacían parecer un lugar un tanto monótono, como si quisiera pasar por una de las montañas que lo rodeaban. A parte de las banderas que ondeaban en lo alto de las torres – y que desde allí no se podían ver – y la gran puerta de madera, que mediría unos diez metros de alto, toda la construcción era de monótonos tonos de gris. Cuando estuvieron a unos diez metros de la entrada al castillo, los dos chicos descabalgaron y guiaron a sus monturas por el camino de piedra que guiaba hasta la gigantesca puerta. A cada lado de ella había un guardia apostado cubierto por una vieja armadura sin brillo y con sendas lanzas en la mano. Cuando les vieron acercarse, los soldados se acercaron hasta quedar enfrente del centro de la gran entrada. Cuando Hans y Nadia llegaron allí, uno de ellos les hizo un gesto con la mano para que se detuviesen.

-Identificaos -les dijo otro vehementemente.

-Yo soy Nadia -dijo Nadia.- Y este Hans -añadió señalando a su compañero.

-Venimos de Lerac. Del bosque de Masserlot. –Explicó Hans-. Venimos a ver a vuestro señor.

El guardia de la derecha soltó una risita.

-No creo que Lord Gopdim tenga tiempo para ver a unos campesinos de Lerac.

El corazón de Hans dio un vuelco por la rabia que le causó ese comentario.

-Sinceramente -respondió Hans con calma-. Creo que a Lord Gopdim le interesará esta visita…

-¿Y quién se supone que sois, para ser de tanta importancia para nuestro señor?

-Vuestro futuro rey si me dejáis pasar -contestó Hans, desenfundado rápidamente su espada para enseñársela a los guardias, que se habían quedado abrumados por las repentinas palabras de aquel chiquillo tan joven que ahora tenían delante, tan seguro de sí mismo. Se miraron desconcertados durante unos momentos, y luego se volvieron a los dos muchachos.

-Está bien -dijo uno de ellos.- Podéis pasad. Majestad -añadió, no muy convencido.

Poco después, el grupo caminaba por los oscuros pasillos, igual de aburridos que la fachada del castillo. De vez en cuando se topaban con algún tapiz con los colores de Kar o Klock, o cuadros de algún antepasado o una escena de campo. Pero ni Hans ni Nadia se daban cuenta de la presencia o ausencia de adornos en las paredes. Iban sumidos en sus pensamientos, nerviosos por lo que se avecinaba. ¿Cómo reaccionaría el señor del castillo? ¿Aceptaría la propuesta de Hans y Nadia de desafiar al reino que les vigilaba estrechamente, y pedía impuestos colosales a cambio de la paz? ¡Ni siquiera sabían como exponer su proposición!

Los dos guardias que los guiaban sin decir palabra doblaron la esquina, siguieron un pasillo hasta una pequeña puerta.

-¿Aquí es dónde nos recibirá vuestro señor? -preguntó Nadia, sorprendida– y francamente decepcionada -por la sosería de la puerta que tenían delante.

-Por supuesto que no -repuso el guardia, visiblemente ofendido.- Todos los que quieren hablar con el Lord tienen que ver antes al capitán de la guardia.

Llamó a la puerta suavemente y, después de que se oyera una voz ronca de detrás de la habitación, la abrió. Era una habitación pequeña, sin más luz que la de un par de antorchas que colgaban en las paredes. El mobiliario se componía de un par de estanterías repletas de libros desojados, entre los cuales había una ventana con las cortinas echadas, y una mesa llena de pergaminos a medio terminar a la luz de una única vela. Sentado enfrente de ella, el capitán, un hombre de más de treinta años, rasgos un poco toscos, pelo marrón y barba de varias semanas, miraba a los visitantes que acababan de llegar escoltados por dos de sus hombres.

El capitán no era ese tipo de hombres que guiaban a sus hombres con mano dura pero comprensivamente, ni conocía nada de sus vidas fuera del trabajo. Nadie conocía su nombre. Era de esos hombres que se pasaba los días encerrado en su despacho, cuando no estaba en las cocinas, y sólo reaccionaba para gritarle algo a quien osara molestarle. Lo peor de todo era que, al parecer, no le faltaba de nada. Sus soldados sabían de buena tinta que cada noche entraba alguna mujer en sus aposentos y no salía hasta el despuntar el día. Gozaba de los mismos manjares que Lord Gopdim, y de todos los favores del señor del castillo. Había quien decía que tenía alguna especie de negocio de la cúpula de Klock, incluso con el mismo Cornelius. Por eso mismo los soldados no se atrevían a denunciar las injusticias que cometía su odiado capitán. Sin embargo, reunieron el valor suficiente para organizarse (por supuesto, a escondidas de su capitán) ellos mismos.

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Nombraban cada año de entre ellos a un líder que remendaba los agujeros que dejaba su superior en la tela del cuerpo de guardia, que amenazaban con hacerla desaparecer. Dada la nula vigilancia bajo la que les tenía su superior, no les costaba modificar a su antojo las órdenes que les daba el capitán –siempre a través de un mensajero, claro-. La única que no se atrevían a cuestionar era la única norma que el capitán vigilaba con lupa: el capitán exigía que todos los visitantes que solicitaran hablar con el lord deberían hablar primero con él. Los guardias no se atrevían a incumplirla porque el castigo era –en vez de la semana en el calabozo convencional- la muerte. Naturalmente, ni Hans ni Nadia sabían nada de este aspecto del funcionamiento del castillo de Kar, y cuando vieron el desagrado en la cara de los dos guardias que les habían guiado hasta allí creyeron que era dirigido a ellos y no al hombre que veían sentado ante aquella desordenada mesa.

-Señor -dijo uno de los guardias-. Estos dos jóvenes quieren ver al lord. Dicen que vienen de Lerac, del bosque de Masserlot.

El capitán levantó la cabeza del pergamino que rellenaba y dejó la pluma en el tintero que tenía a la derecha.

-Muy bien -dijo el capitán levantando la vista del pergamino que tenía delante.

Los guardias se quitaron de delante de Hans y Nadia y se retiraron hasta ponerse delante de la puerta.

-Bien -dijo el capitán, levantándose del escritorio y rodeándolo para interponerse entre él y Hans y Nadia.- Así que queréis ver a Lord Gopdim… ¿Y cuál es la razón?

A Hans le aparecieron perlas de sudor en la frente.

-Eeeh… preferiríamos decírselo personalmente a vuestro señor -respondió Hans, sacando de valor de no sabía dónde.

El capitán soltó una risita que hizo que Nadia se pusiera aún más nerviosa.

-Lamento deciros que todos los que quieren ver al lord tienen que verme primero a mí. Es cuestión de no hacerle perder tiempo a mi señor. ¿Comprendéis?

-Sin embargo nos gustaría…- intentó insistir Hans.

-No hay nada que hablar -le cortó el capitán con un gesto de la mano.- Si no me dicen lo que le quieren decir a Lord Gopdim, mis guardias le guiarán hasta la salida. Yo también tengo cosas que hacer- y volvió a sentarse.

Hans y Nadia se quedaron clavados allí mismos, sin saber qué hacer. Nadia le dio un codazo a Hans y un movimiento afirmativo con la cabeza, indicándole que debían acceder a las exigencias del capitán. Así que Hans dio un paso al frente.

-Señor -dijo para atraer la atención del hombre.- Hemos venido… para hablar al Lord de la guerra.

El capitán arqueó las cejas.

-¿La guerra? -preguntó en tono de burla-. ¿Y contra quién?

-Contra Klock -intervino Nadia, adelantándose también.- Tenemos un plan para derrocar a Cornelius que preferiríamos discutirlo con vuestro señor.

-Ya -dijo el capitán, levantándose y mirando entre las cortinas de la ventana- y ¿quién se supone que sois para llevar a un pueblo a la guerra sólo porque “tenéis un plan”?

Nadia le dio otro codazo a Hans. Pero esta vez Hans sabía lo que tenía que hacer. Con un gesto lo más majestuoso que Hans pudo hacer, desenfundó la espada del rey y extendió el brazo para que el capitán pudiera verla. El capitán volvió la mirada hacia aquella reluciente espada que aquel crío sostenía con orgullo, además de con cierto temblor. Se acercó rápidamente pero intentando no dejar ver que le embargaban la emoción y la curiosidad. Alargó la mano para coger la espada, pero Hans retiró el brazo instintivamente. El hombre le dirigió una amenazante mirada, y Hans comprendió que debía dejar que aquel arisco capitán manoseara su preciada espada para poder conseguir ver al Lord, que esperaba con todas sus fuerzas que no fuera como aquel hombre.

-Sin duda, es la espada del rey de Lerac…-murmuró para sus adentros el capitán.- ¿Dónde la habéis robado? -acusó, dirigiéndose a los muchachos duramente, que se sobresaltaron.

-¡No lo hemos robado! -se defendió Nadia, adelantándose sin darse cuenta.- ¡Nos lo dio Roxana, la mejor amiga de nuestras madres después de Sarah!

-¿Qué cuento me estás diciendo? -dijo el capitán, extrañado de las agolpadas palabras que salían de la boca de Nadia.

-Señor -dijo Hans apartando a Nadia con el brazo.- Lo que mi compañera quiere decir, creo, es que ¿por qué íbamos a robar la espada del rey, venir hasta aquí y después proponeros una guerra contra Klock?

El capitán se quedó mirándolo, pensativo. Después, asintió con la cabeza.

-Sí, supongo que tienes razón… -cedió el hombre. Se volvió a sentar en su silla, todavía observando detenidamente la espada de Hans entre sus manos.- Bien. Contadme… dónde habéis estado todos estos años, y qué se supone que queréis hacer para liberarnos del yugo de Klock.

Hans y Nadia se apañaron para contar al capitán una historia que sólo desvelaba una parte de la verdad, porque no se terminaban de fiar de aquel hosco hombre. Cuando terminaron su relato, el capitán se quedó mirándoles.

-Bien -dijo al rato.- Bueno, creo que me quedaré con esta espada. Llevadlos al calabozo- ordenó a los dos guardias que estaban en la entrada.

Los hombres vacilaron unos momentos y, pensando en la pena de muerte, asieron a Hans y a Nadia por los brazos.

-¿Pero qué hace? -exclamó Hans, desconcertado.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   La lógica del relato
10-10-2006 09:30
La entrega me ha gustado, cierto, pero no termina de convencerme el conjunto. En algunos momentos he tenido la impresión de que era incluso algo paródico. Quiero decir que se abordan muchas situaciones clásicas del género pero aplicándoles mucha lógica. Así, se hacen atrapar de un modo totalmente inocente por el capitán de la guardia o pierden el apoyo del rey en un abrir y cerrar de ojos. Lo cuál es totalmente coherente con el modo en el que actúan los personajes, pero ¿es la intención del relato? Me pregunto si la falta de épica es voluntaria...

En cualquier caso, espero con interés el próximo capítulo



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