Lerac, la reconquista VI |
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09-10-2006 12:51
Por: Pabeu
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-Sin lugar a dudas no puedo dejar que habléis con mi señor -explicó el capitán, recostándose tranquilamente en su sillón.- Sinceramente, no se está tan mal así. Si ahora estamos donde estamos y no hemos quedado como el resto de Lerac es porque supimos mantener la cabeza baja. Si nos rebeláramos, todo el trato con Klock se desmoronaría y nos invadiría, arrasando todo Kar. Pensadlo, ¿de verdad seríais capaces de llevar a hombres inocentes a la muerte?
Hans se quedó hirviendo de ira, sin saber qué hacer. Pero Nadia lo decidió y le dio una patada al guardia que la sujetaba, haciendo que se tambaleara y cayera. Cogió la espada de la mesa del capitán antes de volcar el escritorio encima del hombre y coger a Hans del brazo para sacarlo de la habitación.
Los dos muchachos doblaron una esquina mientras oían a sus espaldas los gritos del enfurecido capitán. De repente oyeron un fuerte y agudísimo pitido que se les clavó en los oídos, pero siguieron adelante, aunque no supieran adonde llevaba el pasillo. Al poco llevaban detrás de ella una docena de guardias que les pisaban los talones gritando para que se detuvieran. Al cabo de unos minutos, el pasillo se bifurcaba, y Hans le hizo señas a Nadia para que se separaran. Así, Hans se fue a la izquierda y Nadia a la derecha. Hans se encontró con unas escaleras ascendentes.
Como no veía otro camino, subió por ellas, aunque no muy seguro. Se sobresaltó al notar como alguien le cogía de los bajos del pantalón. Era un guardia que se había adelantado al resto. Hans le dio una patada en la cara y, antes de que se desplomara, cogió hábilmente la espada del guardia de su vaina. Cuando se enderezó, los guardias casi lo habían alcanzado. Cuando le atacó el primero, Hans se defendió con la espada que le había cogido al guardia. Con un par de movimientos, consiguió desarmar al guardia, que se apresuró a quitarse de en medio para dejar paso a otros dos. Esta vez al muchacho le costó más librarse de ellos, pero cuando por fin lo consiguió le dio una patada a uno de ellos, que cayó escaleras abajo, empujando a todos los que había detrás.
Siguió subiendo y se encontró en una especie de balcón desde el que se podía ver hasta el bosque de Melarsot, algo de lo que Hans no podía gastar tiempo en descubrir. Los guardias ya estaban subiendo a por él. Echó a correr sin saber a dónde hasta que divisó unas escaleras que bajaban y se abalanzó por ellas. Pero entonces vio una espada apuntándole al cuello desde la escalera.
Nadia corría delante de media docena de guardias. Después de separarse de Hans había seguido por un pasillo hasta encontrarse con unas escaleras que bajaban. Las bajó y se encontró en las cocinas, tres veces más grande que la que había visto en la posada, con diez veces más personal. Había hileras de mesas colocadas paralelamente con ollas, sartenes y montones de platos de comida encima. Dos docenas de mujeres trabajaban incansablemente, tal como Nadia había visto en la posada, pero mucho más ajetreadamente. Nadia echó a correr en medio de dos mesas, con dos guardias detrás. El grupo se separó y cuatro guardias se acercaron a Nadia por el otro lado del pasillo, acorralándola. Nadia se volvió para darle una patada circular que lanzó a los dos guardias que la perseguían, para dar un elegante salto a la mesa de la izquierda. Fue hasta el otro lado de la habitación saltando de mesa en mesa, y después corrió y salió por donde habían entrado. Siguió corriendo por donde había venido hasta tomar las escaleras que creía que había tomado Hans, encontrándose a un grupo de guardias tambaleándose o en el suelo.
Era el capitán. Hans fue retrocediendo al mismo tiempo que el hombre avanzaba hacia él, sin dejar de apuntarle, hasta que llegó hasta el borde del balcón.
-Bueno majestad -dijo el hombre con una maquiavélica sonrisa.- Creo que esto se ha acabado. Vuestra fallida huida ha dado pie a que pueda… elaborar una historia contra vosotros para el lord. Estaréis en los calabozos hasta que esta noche os suelte para entregaros a Klock.
-¿Klock? -dijo Hans, extrañado.
-Por supuesto. Los soldados de Klock se aproximan aquí, ¿no? Cuando lleguen, os entregaré y a mí me condecorarán y me darán un puesto más adecuado.
-¿De qué estás hablando?
El capitán se acercó a él y le quitó la espada del cinto sin dejar mirarle y la arrojó al vacío.
-¿Cómo crees que Cornelius vigila tan de cerca a Lord Gopdim? ¿Mandando mensajeros? No. Me tiene a mí. Cuando el señor de Kar firmó el trato con Klock hace diecisiete años una de las condiciones es que aceptara a un capitán impuesto por ellos para que le vigilara. Y aquí estoy yo. Naturalmente, esto sólo sabemos Cornelius, el rey de Klock, Lord Gopdim y yo. Pero bueno, decírtelo no tiene ningún sentido, ya que esta noche estarás muerto.
El capitán se vio empujado hacia delante, perdiendo el equilibrio y cayendo. Nadia había llegado y se lo había quitado de encima a Hans. Le pasó la espada (la suya) y se volvieron hacia el capitán, que se había levantado. El hombre silbó y los muchachos se vieron rodeados de soldados. Estaban perdidos.
-Ya veis, majestad. Nadie podrá detener a Klock. En el otro continente ya controla la mitad de la tierra, y después vendrá este…
-¡Ya basta!- gritó una voz desde las escaleras por dónde había venido Hans.
El círculo de soldados se abrió para dejar paso a un hombre joven, lujosamente vestido y con una magnífica espada al cinto. Era esbelto, y la cara perfecta estaba coronada por un bello cabello castaño.
-Señor, estaba apresando a estos dos muchachos, que pretendían atentar contra vuestro padre -explicó el capitán, visiblemente nervioso.
-No os servirán de nada las excusas -dijo el hombre con voz potente.- Lo he oído todo.
El capitán cambió de expresión.
-No os servirá de nada. Los soldados de Klock vienen hacia aquí a apresar a estos dos - dijo, usando un tono mucho más pedante.
-Eso lo veremos -dijo el hombre.
Se adelantó desenfundando su espada, y con un rápido movimiento la clavó en el pecho del capitán que se desplomó sin poder articular palabra. Intentó levantarse, pero resbaló y cayó por el borde del balcón. El hombre guardó el arma ensangrentada y se arrodilló ante Hans.
-Majestad. He esperado este momento desde que Klock conquistó Lerac -dijo.- Ahora, he oído que queréis hablar con mi padre.
Hans y Nadia siguieron al hombre por los pasillos, mientras les iba explicando quién era. Por lo visto, era Alexander, el primogénito de Lord Gopdim. Siempre había sospechado del capitán, así que al ver el alboroto decidió seguirlo hasta ellos. Hans y Nadia se encontraron ante una gran puerta ornamentada bellamente. Alexander se paró y se volvió hacia ellos.
-Bueno. Ahora podréis hablar con mi padre, Lord Gopdim, señor de Kar -dijo, señalando a la puerta.
Nadia cogió la mano de Hans y la apretó. El muchacho tragó saliva.
Columnas de mármol sostenían la lujosa bóveda de piedra, cuyos amorfos relieves parecía que se iban a caer de un momento a otro. La sala donde acaban de entrar era cuadrada, y los candelabros reflejaban su luz en el mármol, que a su vez bañaba la estancia entera. El mobiliario constaba de dos mesas que a los lados que alcanzaban hasta el otro extremo de la sala y en el centro, un sillón de terciopelo con un hombre sentado en él, rodeado de un grupo de cortesanos que escuchaban atentos el discurso de aquel hombre o bien cuchicheaban entre ellos. El hombre del sillón era un hombre de aspecto cansado, que tenía la cabeza echada sobre el hombro derecho. Tenía una barba rojiza surcada de canas, y en medio de un grupo de arrugas unos pequeños ojos marrones y cansados, que costaba verlos ya que estaban medio cerrados. Hablaba con voz cansina y monótona, de forma tan baja e ininteligible que Hans sospechó que los que le escuchaban interesadamente lo fingían. Alexander entró en la sala decididamente, y el anciano hombre levantó la cabeza e interrumpió su discurso.
-Hijo, ¿qué quieres? -preguntó el lord.- ¿Quiénes son estos muchachos?
-Padre, estos son Hans y Nadia y dicen… -Alexander se acercó a Lord Gopdim y le susurró al oído algo. El señor feudal arqueó las cejas en un movimiento de incredulidad.
-¿Cómo sabes que dicen la verdad? -dijo éste. Alexander volvió a susurrarle algo.- ¿De verdad es la verdadera? -Alexander asintió.- En ese caso… Retiraos -ordenó a los cortesanos acompañándose de un gesto de su mano.
Los cortesanos se despidieron con una reverencia y luego salieron de la sala, echando un curioso vistazo a Hans y Nadia al tiempo que murmullaban entre ellos. Cuando la última mujer salió, Lord Gopdim les hizo una seña para que se acercaran. Hans y Nadia se acercaron dando traspiés hasta que quedaron a un par de metros del gran sillón e hicieron una reverencia.
-Oh, no, majestad, levantaos -pidió el lord.- Tendría que ser yo el que me arrodillara, pero mi espalda no es como la que era antes.
-Los rescaté del capitán, padre -informó Alexander.- Por lo visto era un espía de Klock.
-¿En serio? -dijo el señor feudal, con tono poco convincente.- Siempre sospeché de él…
-Padre, ¿por qué no lo dijiste? -replicó Alex.- Es más, ¿por qué tuviste que aceptar?
Lord Gopdim bajó la cabeza, abatido.
-Hijo, creo que podrías comprenderlo… -dijo en un murmullo.- En aquellos momentos todo era confusión y miedo, y yo sólo quería que mis gentes no sufrieran ningún daño… Cuando Cornelius me dijo que era la única manera de que no ir a la guerra tuve que aceptar….-sus ojos se humedecieron.- Alexander, tú sólo tenías cinco años, y majestad, vos sólo contabais con unos meses… No sabéis la oscuridad que se apoderó de Lerac. Durante unos meses desde el asalto al palacio real, todo era confusión… sin un rey que los uniera, los feudos de Lerac fueron cayendo poco a poco. Muchas granjas fueron incendiadas… con sus propietarios dentro.
Un escalofrío recorrió la espalda de Nadia a recordar la posada y sus alegres dueños.
-Todos los que quisieran conservar sus propiedades -continuó el lord- debieron someterse a los deseos de Cornelius que, aunque el gobierno klockiano lo niegue, les convirtió en sus esclavos. Como a Kar.
“Seguramente habréis visto la capital… la gente parece alegre, cada una con sus comercios, y ningún extranjero imagina que este reino ha sido invadido por un malévolo imperio, pero sin embargo… Lamento mucho las molestias que os haya podido dar este incidente, pero no nos vamos a detener en el pasado. Por supuesto, habréis venido por algún motivo.
-Cierto -dijo Nadia. Tomó aire para hacer acopio de todo su valor.- Queremos proponeros derrocar a Cornelius.
El lord levantó la cabeza bruscamente y Alexander abrió mucho los ojos. A Hans le temblaban las piernas al ver la reacción que las palabras de Nadia habían causado en los nobles.
-Espero que tengáis un buen plan -dijo Alexander con un tono mucho más duro que con el que les había tratado antes.- Una guerra abierta contra Klock es algo muy arriesgado.
-Por supuesto -aseguró Hans.
Hans y Nadia se lanzaron a un accidentado discurso lleno de balbuceos y tartamudeos, en el que cooperaron mutuamente para explicarle al señor feudal su plan, o, mejor dicho, el plan de Roxana. Cuando terminaron se quedaron mirando al noble, esperando el fruto de su discurso. Pero la respuesta les sentó como una puñalada.
-Lamento no poder ayudaros.
-¡¿Qué?!-exclamó Nadia, sorprendida.
-Definitivamente, no puedo lanzar a mi pueblo contra un imperio sólo por una absurda leyenda. Lo siento mucho, pero creía que habíais entendido lo mucho que tuve que sacrificar para evitarle a mi gente la guerra. Si me rebelara contra Cornelius, Klock arrasaría Kar sin pestañear. ¿De verdad es eso lo que queréis, mi rey?
-No -dijo Hans, abatido.-Claro que no.
-Ahora, por favor, idos, necesito descansar -dijo el lord.- Os podréis quedar esta noche, pero al amanecer me gustaría que estuvierais fuera de las paredes de este castillo.
Hans y Nadia se dieron la vuelta con los hombros caídos. Alexander se adelantó a ellos y les abrió la puerta.
-Yo os guiaré -les dijo.
Anduvieron unos minutos en silencio, y Alexander se atrevió a romperlo.
-Os pido disculpas por las opiniones de mi padre. Cada vez se hace más viejo e impotente, y lo único que quiere es que se note la invasión de Klock lo menos posible.
-Espero que no hayamos causado problemas…-dijo Hans.
-¿Qué pasará cuando Cornelius se entere de que has asesinado a su espía? -preguntó Nadia.
-Afortunadamente, él sólo manda informes cada dos meses, y el último lo mandó hace sólo unos días. Así que no se enterarían hasta dentro de dos meses… y para entonces vos ya seréis el rey y la reina de Lerac -añadió mirándolos y sonriéndoles pícaramente. Nadia reaccionó rápidamente, sintiendo cómo su cara enrojecía hasta la raíz del pelo.
-Oh, no, nosotros no… -dijo, moviendo nerviosamente las manos.
-Ya -dijo Alexander, volviéndose.- Seguro.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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La lógica del relato |
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10-10-2006 09:30 |
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La entrega me ha gustado, cierto, pero no termina de convencerme el conjunto. En algunos momentos he tenido la impresión de que era incluso algo paródico. Quiero decir que se abordan muchas situaciones clásicas del género pero aplicándoles mucha lógica. Así, se hacen atrapar de un modo totalmente inocente por el capitán de la guardia o pierden el apoyo del rey en un abrir y cerrar de ojos. Lo cuál es totalmente coherente con el modo en el que actúan los personajes, pero ¿es la intención del relato? Me pregunto si la falta de épica es voluntaria...
En cualquier caso, espero con interés el próximo capítulo
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