Mi buque escuela |
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23-10-2006 17:40
Por: El Seneca
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Una mezcla de inocencia y desafío mostraba aquella caja que colmaba una de las muchas ilusiones que desde niño había observado siempre como algo dirigido a otros y que en ese momento, sorprendentemente, tenía entre mis manos
Consecuencia, sin duda, de mis múltiples alusiones al tema naval y la construcción de barcos que desde siempre han oído mis hijos, acaban de entregarme, bajo la apariencia del clásico regalo de cumpleaños, la caja que materializaba aquella vieja ilusión junto con la difícil misión de construir mi primer barco.
En esta ocasión, un padre que siempre recela de los regalos (inclúyanse los de cumpleaños) mirándolos con el mismo escepticismo y distancia con que miran los gatos, se mostraba complacido. Inocentemente adquiría con alegría manifiesta el compromiso de construir el barco que se supone, había dentro. No sólo mirar la caja con complacencia, no, además construir el barco.
Quien lo vendió afirmó con buen criterio: “no sabrá construirlo”. Quien lo compró replicó con gran cariño: “usted no conoce a mi padre”.
No podía imaginar la enseñanza y experiencias que me aguardaban dentro de aquella caja que con aparente ingenuidad pretendía guiarme en la construcción de un barco que en muchos aspectos me parecía poco serio, incluso un poco infantil y sobre todo poco riguroso a la hora de descubrir y montar ciertas piezas que se me antojaban de “mentirijillas”.
He tenido, a lo largo de mi vida, una cierta tendencia a considerar una serie de actividades, a las que con seguridad no observé suficientemente, como no muy complicadas, no muy difíciles e incluso un tanto inútiles, no por la actividad en sí misma, sino por el grado de perfección que uno podía lograr en su desarrollo o la repercusión vital que de la misma se pudiera derivar. Para intentar explicarme diré que he tenido durante mucho tiempo, probable consecuencia de mi educación, temor a “perder el tiempo”.
Poco a poco he ido cambiando esta actitud mía en general y en particular, la construcción del barco me ha ayudado de manera notable:
Nada ajusta. ¿Qué serán los imbornales? Todo se despega. ¿Qué son las tracas? ¡Me faltan piezas!... o ¿me sobran? ¿Qué serán los cabilleros? No une nada… parecía tan sencillo… ¿Qué demonios será la tapa de regala? ¿Dónde he metido las carronadas?... y ¿las cureñas? ¿Cómo doy curvatura a la madera? No parecía que hubiera tantas clases de maderas… ¿Cómo se pegará el metal con la madera? ¿Cómo clavaré tantos clavitos? Todos rebotan...
Un constante ejercicio de orden, paciencia, ingenio y habilidad, junto con la cantidad de singladuras que tengo por delante, plagadas todas ellas de imprevistos y desconocidos problemas que espero ir resolviendo.
Por un cierto afán de justificar los errores hasta ahora cometidos (y los que tengo por cometer) y fraguando al mismo tiempo la ilusión de otra futura construcción de otro barco todavía más grande y complejo, quise, con todo agradecimiento y respeto, llamarle a éste “mi buque escuela”.
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