Salamandrina |
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02-08-2007 16:09
Por: stagger
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Relato ganador del concurso en Homenaje a Polidori
Los árboles empiezan a doblarse y el ganado se amodorra despacio, esperando el frío.
Otoño.
Si uno consigue aguantar la respiración el tiempo suficiente, se pueden oír a lo lejos los ecos de los primeros disparos de la temporada de caza.
El vigilante de la finca de los Ruiz me pregunta:
—¿Cree que ha sido el cojo que se encarga de la quitanieves? ¿O quizá Brazofuerte, el sobrino borracho de los Giró?
Siempre es mucho más fácil colgárselo a algún arrastrado, alguien que no tenga nada, pues así no hay nada que perder.
El cojo vivía en unas caballerizas abandonadas, cerca de las albercas de los Ruiz, que nadie había llegado nunca a limpiar del todo. Ahora lo hace en una celda de la comisaría del pueblo.
Brazofuerte, hasta donde yo sé, no duerme nunca.
Y la hija de los Ruiz está muerta. Se llamaba Miranda, pero todos la conocían como Salamandrina.
La noche del crimen, alguien oyó a una mujer llorando en el bosque.
Otro alguien había visto a una tercera persona enterrando ropa sucia en la cantera de la fábrica de cemento.
Dormí un par de noches al raso, después del asesinato, buscando a esos “alguien” y las cosas que sólo se ven y se escuchan cuando uno está un poco demasiado atento. La cafeína y la cocaína que le incautamos a aquellos chavales la Semana Santa pasada ayudaron lo suyo.
El otoño también es época de atropello de animales. En cada carretera puedes ver gatos de granja, cachorros de perro, palomos, ratones de campo, tordos, y media docena más de seres irreconocibles; masas de carne revuelta y sangre que han perdido la calidez, envueltos en pelo sucio o en plumas tintadas de muerte.
Tan muertos como la hija de los Ruiz: la cabeza cortada con una cuerda de piano, una estaca en el pecho.
Desde pequeños nos han enseñado que uno no debe ansiar la casa del prójimo, ni a la mujer del prójimo. Un cuarto alguien ha señalado que ése es el móvil del crimen.
Hace cinco días rodeamos la caballeriza del cojo. Reventamos la puerta de una patada y le sacamos desnudo al campo, a la luz del sol. El cielo se volvió de un imposible amarillo plata mientras un escupitajo salido de sus labios hacía blanco en mi cara.
Hoy llueve por cuarto día consecutivo.
Buen otoño.
Tenemos buscadores de setas merodeando por aquí casi cada día. También algunos periodistas.
Le pregunto al vigilante de la finca de los Ruiz por la herida que tiene en el cuello, dos minúsculos agujeros simétricos, antinaturales:
—Unas zarzas —contesta él—. Cuando me aburro, ayudo a los peones a desbrozar el jardín de la parte de atrás, o a podar las enredaderas de la cerca.
—Entiendo…
Miente, claro. O quizá sea que no se fía de mí. Ocho años en este pueblo y aún sigo siendo un forastero. Nadie quiere que el Inspector sepa lo mismo que cada uno de los árboles que les rodean; sepa qué hay enterrado bajo las rocas al pie de la cantera, junto al pozo, escondido entre los montones de hojas secas.
Tras encerrar al cojo, la policía científica encontró en las caballerizas un hacha manchada de sangre. Yo no estaba presente. A mi mujer le acababa de dar otro ataque, y todos en el pueblo saben que es por culpa mía.
A nadie le preocupa una herida de doble punción en el cuello de alguien, o un hacha ensangrentada en la cama de algún otro, pero sí una mujer que no soporta a su marido y que dedica los días a beber ginebra directamente de la botella, encerrada en su habitación. Siempre hay algo con lo que hacerse daño por aquí; animales que sacrificar o deshuesar.
A la hija de los Ruiz, Salamandrina, le cortaron la cabeza con una cuerda de piano. Le clavaron una estaca en el corazón. El hacha del cojo no es una prueba.
El vigilante ni siquiera estaba en el pueblo aquella noche.
Mi mujer clama venganza contra sí misma.
Ha habido un asesinato de los grandes en esta mierda de pueblo y yo tengo que resolverlo. Sin embargo, no es más que un juego: Salamandrina, con una cuerda de piano, en su habitación…
—¿Sabes si el sobrino de los Giró…—digo, buscando un nombre en mi libreta—. Pascual… venía mucho por aquí?
—Lo normal, supongo —contesta el vigilante—. En verano solía rondar por el pozo, como casi todos los de por aquí. Pero, que yo sepa, nunca ha pasado de la cerca. Ni siquiera le invitaron a la casa para la fiesta de Carnaval del año pasado.
—¿Y eso?
—Es un tío molesto. Usted lo sabe mejor que nadie.
Lleva cuatro días seguidos lloviendo, ya casi no puedo determinar qué sé y qué no; pero eso él no tiene por qué saberlo.
Salamandrina, la hija de los Ruiz, hubiese heredado la última brizna de hierba que hay hasta donde alcanza la vista. Si no estuviese muerta.
Dicen que muchos en el pueblo se hubiesen cortado una pierna por salir con ella. Que ha arrastrado a tantos chavales del pueblo a hacer tonterías, a saltar un poco más lejos en los concursos de las fiestas, a beber un poco más de la cuenta los fines de semana, y a contestar un poco demasiado mal a sus madres… Se podría decir que unos lloran su muerte y otros respiran malsanamente aliviados.
Hace menos de un año, mi mujer me pidió que dejase la policía.
Por la misma época, Salamandrina se retorcía a mis pies, susurrando que las placas y las pistolas le ponían cachonda.
Hoy aún sigo siendo el Inspector.
—La señora Ruiz está destrozada —dice el vigilante, incomodado por el silencio del viento al arrancar hojas en las copas de los nogales—. No se puede creer que nadie haya sido capaz…
—Debería creérselo —sentencio, más por callar al hombre que por cualquier otra cosa.
En el pueblo sólo hay dos pianos: el de la escuela y el que Salamandrina tenía en su habitación. A ninguno de los dos les falta una cuerda.
El Réquiem en Re Menor de Mozart. La partitura que descansaba sobre el instrumento de la difunta cuando entramos a levantar el cadáver. Algo inhumano.
Los caminos se empantanan, reflejando el rojo de los campos, y parece que el paisaje se esté deshaciendo.
Un otoño prometedor.
Los animales atropellados por tractores, todo-terrenos, y utilitarios, flotan en dirección a un lugar diferente, mejor.
La autopsia de Salamandrina reveló que tenía un tatuaje en la base de la columna cuya existencia sólo desconocían sus padres: un Ankh. El Réquiem en Re Menor de los egipcios.
No se hallaron indicios de asalto sexual.
Ni heridas defensivas.
Pero sí un montón de Gamahidroxibutirato y colorante alimenticio y hachís.
El cojo no tiene ni para comprarse un cinturón, ya no digamos conseguir un poco de GHB, la droga de la violación.
Pascual Giró sigue capeando una resaca infinita, sobrenatural, en cualquier otra parte; desaparecido a la luz de la luna. La Policía Nacional le busca como principal sospechoso, pero yo no estoy tan seguro y por eso tengo encerrado al cojo e interrogo al guarda de la finca de los Ruiz.
—¿Has disparado eso alguna vez? —le pregunto, señalando la escopeta de dos cañones que lleva en ristre.
—Sólo para cazar algún conejo, hace tiempo.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Para qué la llevas?
—Por si acaso.
Todavía se dice por aquí que si te pica el tiro, no duras un suspiro. Un tiro es una salamandra.
Se dice que mi mujer está tan pálida que casi es transparente. Que el cojo solía saltar la cerca que rodea la casa de los Ruiz para ver cómo Salamandrina se duchaba. Que la madre de ésta le tenía prohibido acudir a las fiestas de la siega, porque una vez la encontraron segándole la vida, de cintura para abajo, al sobrino de los Giró.
La noche del crimen, alguien oyó a una mujer llorando en el bosque.
Debe ser el final del otoño, pues está lloviendo fuego y los caminos susurran.
—¿Sabe si podrán encontrar algún día al que lo hizo? —pregunta, socarrón, el vigilante de la finca de los Ruiz, muy lejos ya de su puesto de trabajo.
La caminata, bajo el bautismo rojo de los campos, nos ha llevado casi hasta la caballeriza del cojo.
—Se podría decir que ya lo hemos encontrado —digo.
—¿Qué?
La noche del crimen, alguien vio a una tercera persona enterrando ropa sucia en la cantera de la fábrica de cemento.
—Salamandrina se suicidó.
—Eso no tiene ningún sentido…
—Bueno, después de todo, es otoño.
Otoño.
Si te pica el tiro, no duras un suspiro.
La lluvia me pega a los dedos los restos de cordita que flotan en el aire después de la detonación. La bala atraviesa limpiamente el corazón del vigilante y se aleja hasta perder velocidad, mucho más allá de donde alcanza la vista.
Siempre es mucho más fácil colgárselo a algún arrastrado, alguien que no tenga nada, pues así no hay nada que perder.
Me agacho sobre el cuerpo, en contradictoria sorpresa, del hombre al que acabo de matar pero que ya estaba muerto desde hacía tiempo; le pongo su propia arma en las manos y disparo, esta vez al infinito. Sus dedos, grisáceos como los míos.
Dos noches durmiendo al raso en estos campos del demonio, hasta arriba de estimulantes, dan para mucho. Puedes pensar al ritmo del croar de las pocas ranas que quedan. Puedes dejar reposar a tu mujer un tiempo, el suficiente como para coger fuerzas que le permitan seguir bebiendo.
Por si acaso, meto en el bolsillo interior de la chaqueta impermeable del vigilante un estuche de cuerdas de piano y la estaca ensangrentada que encontré anoche en el cajón de la ropa interior de mi mujer mientras ella estaba fuera, llorando.
Con una cuerda de piano, en su habitación, las venas saturadas de una droga que le vuelve a uno dócil, inmune a su destino…
Un par de noches vagando por estas tierras te permiten rentabilizar los rumores, aprehender las lágrimas de una mujer que llora en el bosque y desenterrar un montón de ropa manchada de sangre que te es dolorosamente familiar.
Salamandrina. Sólo Dios sabe por qué la llamaban así.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Magnífico trabajo |
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02-08-2007 16:12 |
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Un relato equilibrado, que nos va presentando el escenario y las pistas para comprenderlo poco a poco, y que nos conduce a ese final de un modo totalmente sencillo y, a la vez, impactante. Muy bien elegido el nombre de Salamandrina. Muy buen trabajo.
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Terrible |
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03-08-2007 09:36 |
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Un gran relato, que desgrana poco a poco la terrible historia de una manera genial y delicada.
Enhorabuena.
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