Sobre el Ceniciento y cómo descubrió el amor |
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18-01-2007 12:59
Por: Dersu
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La historia oculta tras el famoso cuento infantil.
Se ha hablado de la ninfómana y pederasta Blancanieves. Sólo era una caprichosa princesa que se encerraba en una cabaña con siete niños, deformados y con barba para evitar la censura, con los que pasaba placenteras veladas. Se ha hablado también de Bella y su Bestia. Sólo hay una palabra para describir su perversión: zoofilia. Y todos conocemos a La Bella durmiente. Una necrófila. Se ha dicho mucho sobre estas hermosas, poderosas y degeneradas mujeres de la realeza. Sus historias han sido adulteradas para que sirvieran de ejemplo a generaciones venideras. Niñas, bellas o feas, gordas o flacas, han escuchado o visionado estos relatos, han visto sus sueños más inalcanzables y pueriles tomar forma y cobrar vida, y han convertido a esas viciosas en modelos a imitar.
Pero aún estaba por llegar la peor de todas. Los tiempos cambiaron y las nobles damas fueron sustituidas por una humilde y nueva heroína, La Cenicienta, la última y más perversa creación de los depravados sexuales, camuflada, cómo no, en forma de cuento infantil. Esta narración es tan monstruosa porque su protagonista ya no es una dama caprichosa y depravada. Es una persona corriente dominada por el odio y la locura, y trastornada por las humillaciones y los abusos. La suya es una historia espeluznante y perversa, en la que todos son víctimas y verdugos al mismo tiempo.
¿Quién sabe? Tal vez algún día salgan a la luz las auténticas y horribles historias que se ocultan tras las moralizantes fábulas infantiles. Si ese día llegase, no habría mucho que decir sobre la degenerada Bella y su Bestia, ni sobre la ninfómana y pederasta Blancanieves, ni sobre la necrófila Bella Durmiente. Pero sí habría mucho que decir sobre el trastornado Ceniciento, y sobre cómo descubrió el amor. Habría mucho que decir...
Mocoso inútil raquítico mugriento malnacido engendro penoso eran los adjetivos con los que solían referirse a él. También acostumbraban a emplear todo tipo de sinónimos peyorativos o incluso palabras inventadas a falta de términos para describirle. Pero él no prestaba mucha atención a estos insultos. Había entrado a servir como esclavo en la casa a los seis años y los maltratos, abusos e insultos formaban parte de la rutina. Para él, las relaciones humanas se cimentaban en la desconfianza, la humillación y el odio, y la única manera de hallar cierta paz era el aislamiento total y absoluto, una soledad de la que pocas veces gozaba.
Sus padres habían comprado su libertad cuando tenía seis años, pero, como no podían liberarlo a él también, decidieron venderlo a un mísero precio. Apenas tenía recuerdos de su vida con ellos. En sueños, le sobrevenían imágenes fugaces y confusas sobre su abandono, y despertaba asustado y sudoroso en el suelo del trastero donde dormía. Sólo conocía eso. Momentos de dolor y angustia, personas que le odiaban y para quienes no significaba nada.
Pronto tuvo que aprender a desenvolverse como esclavo y hacer frente al rechazo de las otras esclavas, de mayor edad, que veían en él a un competidor en lugar de un aliado. A los siete años de edad, murió el amo y su exuberante fortuna fue heredada por su esposa y sus tres hijas, nuevas propietarias del Ceniciento. Sin más sustento que la herencia recibida, el dinero fue poco a poco sepultado por una vida de lujo y excesos que condujo a las cuatro mujeres a la pobreza. Tal fue el derroche de dinero que tan sólo dos años después, al cumplir el Ceniciento los nueve, despidieron a todas las criadas porque no podían pagarles. Únicamente disponían del servicio limitado que les proporcionaba el pobre niño, quien debió aprender a limpiar y a cocinar, tareas propias de las mujeres, y sobre el cual recayó enteramente la responsabilidad de mantener la casa en orden y habitable. Sus obligaciones eran las propias de tres o cuatro esclavos, y ocupaban todo su tiempo. Apenas dormía cuatro o cinco horas.
Resulta perturbador pensar en la extraordinaria e inhumana labor que desempeñó durante los cuatro años siguientes. Ni el cansancio ni ninguna enfermedad impidieron que cumpliera con su trabajo un solo día en ese período de tiempo. Lejos de ser compensado, las deudas de sus amas aumentaban y la ayuda económica que recibían de los numerosos amantes de la señora era cada vez más escasa. El muchacho tenía la esperanza de que alguna, madre o hijas, encontrara marido, pero no sucedía. Sólo oía hablar de amantes. Las muchachas eran demasiado orgullosas para fijarse en alguien de su posición; siempre se disputaban hombres de elevada categoría social que les eran inaccesibles y que finalmente terminaban uniéndose con alguna muchacha más rica y hermosa que ellas. La menor tan sólo contaba once años, la mayor diecisiete, y la otra trece, la edad del Ceniciento; pero él solía pensar que las tres iban parejas en ambición, maldad e hipocresía. Sus nombres eran Josefina, Rogelia y Trisfulia, respectivamente.
Entre ellas existía un aire de rivalidad fraternal que sobrepasaba los límites de lo soportable para los que sufrían sus disputas; es decir, el Ceniciento, sobre el que descargaban después toda su frustración y su rabia. La madre, de nombre Rogelia también, en lugar de refrenarlas las alentaba a proseguir con su irresponsable y pueril comportamiento.
Parecía que la situación ya no podía empeorar, y sin embargo degeneró. Trisfulia comenzó a ser especialmente cruel con el muchacho, a quien culpaba de todas sus desgracias y frustraciones, su miedo y su rabia, agravados por el rechazo de los hombres a los que decía amar y la deficiente economía de la familia. La muchacha no tenía otro modo de dar rienda suelta a todas esas emociones reprimidas. Sostenía con vehemencia que una mujer sólo podía mantener relaciones sexuales con su esposo y sus esclavos, y suplicaba a su madre que comprase un esclavo joven y fuerte para satisfacer su apetito. No era posible, y el mocoso raquítico engendro era incapaz de complacerla. A sus hermanas y su madre, sí, pero ella necesitaba más.
-Búscate un hombre, hija, está mal visto pero todas lo hacemos. Mientras no se haga público, no hay de qué preocuparse -repetía constantemente su madre.
Un día, harta de la indiferencia de Rogelia en relación a su padecer, le respondió de mala manera:
-¿Acaso crees que nadie sabe lo tuyo con ese idiota del coronel Luis Manuel? Por favor, madre, está en boca de todos.
Se ganó una bofetada. El Ceniciento se sorprendió a sí mismo gozando con aquella humillación de su enemiga. “He debido dejar que se notara”, pensó más tarde, porque nada más abandonar el salón, Trisfulia lo alcanzó en el pasillo, agarró la vara de su madre y le propinó una paliza memorable. “¿Piensas que puedes reírte de mí, estúpido malnacido?”, gritaba sin parar mientras le golpeaba.
Al día siguiente, por primera vez en cuatro años, no pudo encargarse de sus tareas. Pensó que podía tener algún hueso roto, pero las mujeres se negaron a avisar al médico. “Si te mueres es problema tuyo. Nosotras no vamos a pagarte lujos”, dijeron. Y al día siguiente lo sacaron prácticamente a rastras de la cama y le obligaron a realizar sus tareas. Como incentivo, le hicieron saber que pronto celebrarían la llegada de un nuevo vecino al barrio, un apuesto caballero de origen noble y grandes riquezas. La cena tendría lugar en la casa. El muchacho no quiso pensar en lo nefasto que sería para la ya de por sí desastrosa economía de la familia. Tampoco en las consecuencias que tendría para él. La necia de Rogelia confiaba en que su hospitalidad y sus “hermosas hijas” deslumbraran al recién llegado.
Los días anteriores al evento el chico trabajó más y en peores condiciones que nunca. Sufría un dolor tremendo en la pierna. Las muchachas estaban tan alteradas por el acontecimiento que soportarlas resultaba más duro de lo habitual, y Rogelia trabajaba con el ímpetu de un artista tocado por las musas. Se le ocurrían ideas extravagantes y muy costosas que desechaba tan rápido como acudían. Compró adornos y contrató cocineros que no podía pagar. Se paseó por la ciudad difundiendo la noticia, tratando con descarada familiaridad a viejos amigos que le habían retirado la palabra hacía tiempo, asistiendo a cenas privadas a las que no había sido invitada, entrando y saliendo de lugares de ocio sin pagar, irrumpiendo en reuniones de clubs para jóvenes, importunando a las pocas amigas de sus hijas en sus propias viviendas... el resultado era impredecible. Había invitado a más gente de la que podían recibir en su casa y había escandalizado a media ciudad con sus groserías y sus aires de importancia; pero también era cierto que todo el mundo hablaba del evento y todos se morían de curiosidad por asistir.
A última hora recordó su escasez de medios. Para ahorrar, ordenó al Ceniciento que buscara unas cuantas vagabundas y las vistiera con ropas de sus hijas. Así no tendrían que alquilar esclavas de verdad. A las pordioseras se les podía pagar una miseria y no rechistarían. Las muchachas se encolerizaron al saber que las mediomuertasdehambre llevarían sus ropas, pero Rogelia las apaciguó asegurándoles que sólo les darían los vestidos que ya no querían y que ella misma se encargaría de comprarles unos nuevos para la fiesta. Dejó un rastro de mentiras y promesas incumplidas tras ella, pero lo hizo. Eran unas consentidas y sabía que, si deseaba que una de las tres conquistara al recién llegado, debía acceder a todas sus demandas. Ni un camello cojo se prendaría de ellas en plena rabieta.
Sin embargo, no todo fueron desventajas para el Ceniciento. La propia Rogelia anunció, delante de las chicas, que él llevaría un atuendo de su difunto marido en tan distinguida ocasión. Ninguna dijo nada ante este comentario, pero el chico sabía que las tres, en especial Trisfulia, ardían de rabia. "Ven conmigo", dijo la mujer. Pero antes de conducirlo a los aposentos de su difunto esposo, le alzó la cabeza y le examinó el rostro con sonrisa maliciosa. Acto seguido, se volvió hacia la mayor de sus hijas y dijo: "Rogelia, querida, no lo maquilles para la cena. Que se le vean bien los moretones. Que se sepa que, aún viviendo rodeado de mujeres, hacemos de él un hombre. Después de esto mi generosidad será conocida en toda la ciudad". Y salió de la habitación, con el chico detrás.
Cuando entró en la alcoba que había pertenecido al amo, el Ceniciento tuvo un ataque de nostalgia. Hacía cuatro años que no pisaba aquella habitación; la propia Rogelia se ocupaba de limpiarla con regularidad. Jamás había sentido curiosidad por examinar el cuarto en ausencia de las mujeres, y ahora se preguntaba por qué. Aquel lugar era atemporal. Allí el pasado aún vivía. Grandeza y dinero todavía significaban algo entre aquellas paredes. No eran sólo palabras, nombres y recuerdos. Eran una realidad. De pronto comprendió que Rogelia había conservado la habitación tal como Él la tenía en vida, y comprendió cuán distinta hubiera sido su vida de no haber muerto el amo.
Se prometió volver a escondidas.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Dersu y su cruzada contra los cuentos |
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18-01-2007 13:03 |
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Compañero, no sé qué demonios te han hecho los cuentos infantiles, pero vaya texto bruto.
A nivel de escritura está muy bien, la trama también -aunque sea difícilmente digerible- y la sociedad histriónica que presentas, como reflejo no mucho más siniestro de la nuestra, aunque tal vez más franco, está muy conseguida.
Lo que no termino de ver tan claro es el interés de mezclarlo con las historias infantiles. Creo que el argumento hubiera podido funcionar igual desmarcándose de las referencias y creando un mundo propio. Así me resulta un poco gratuito. ¿Es una reivindicación o simple provocación?
Quizá soy muy duro con el texto, pero es que me ha resultado muy brutal. Conseguido, sí, pero muy brutal.
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De la Caperucita a la Cenicienta |
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18-01-2007 19:57 |
Ante todo, gracias por pasaros y dejar vuestras impresiones.
Obviamente, este relato es muy diferente al de la Caperucita Coja. Aquél me lo planteé como una crítica-parodia de los cuentos infantiles de príncipes y princesas. En cambio, éste, aunque también deja entrever cierta crítica hacia este tipo de historias (que me parecen de los más ñoñas, superficiales y falsas), no tenía que ir sobre eso. No quería crear otra parodia sino una versión diferente y oscura (y bastante bestia, estaréis pensando) sobre el clásico cuento de la Cenicienta. Puede parece entonces que las referencias explícitas a los cuentos sean gratuitas o caprichosas. Y, sinceramente, tal vez lo sean. No estoy seguro.
La idea, aunque parezca raro, surgió viendo a un Ceniciento moderno (esto es, Harry Potter). Me hizo pensar en el cuento, y a preguntarme el por qué de esa bondad innata en la Cenicienta. Es decir, ¿cómo se sentiría una persona colocada en una situación así?. ¿Cuánto sería capaz de aguantar un individuo llevado hasta tal extremo?. La crueldad, la desconfianza, la humillación, el odio, los abusos; todo eso es parte de su rutina. ¿Cómo reaccionar ante eso?. ¿A qué lo conduce?. Fue algo totalmente distinto a la Caperucita Coja. Ambas historias fueron concebidas de manera diferente, pero tenían algo en común para mí: lo falsa/s y ridículamente moralista/s que me parecía la/s historia/s original/es. En mi relato, no hay bondad ni maldad; sólo seres humanos. Como señalo en la presentación, todos son víctimas y verdugos, excepto la chica, que encarna el amor puro e inocente tal como lo concibe el protagonista. La relación entre ambos fue lo más duro de escribir, porque era la más compleja, la más hermosa y a la vez la más espantosa. Ella representa para él la bondad, la pureza y la inocencia que le fueron arrebatadas; y desea con todas sus fuerzas amarla y sentirse amado por ella. Pero no sabe cómo hacerlo. No sabe amar a la manera de ella, y lo hace a la suya propia. De ahí su fracaso y el trágico final, ya cegado por el rencor, el odio y el deseo de venganza.
Como dices, Nachob, es cierto que transmite rabia. Eso es lo que buscaba: energía, crudeza, un grito de rabia. Todo el personaje está impregnado de esa rabia. Afecta a su manera de ver el mundo, a sus relaciones. Busco impactar, pero no quedarme en el efectismo sin más, sino que cale en el lector, que sea algo más profundo (vosotros podéis juzgar mejor que yo si lo he conseguido, o simplemente el texto es desagradable sin matices).
Tal vez haya querido abarcar demasiado y me haya perdido en mi propia pretensión. El retrato de esa sociedad egoísta, hipócrita, superficial, cruel y hedonista, y su jerarquía social, puede dar mucho juego y aquí apenas lo dejo entrever, porque me centro más en el chico y su historia. Asimismo, el final creo que me ha quedado algo apresurado (lo acorté porque pensé que podía hacerse demasiado largo para la página y ahora que lo releo no me convence, lo veo algo atropellado sobre todo el pasaje de los esclavos jugando a las cartas creo que ha quedado muy vago) y el extraño juego con la ambientación no sé si queda muy claro. Quería simbolizar el pasado, presente y futuro de una vida, y por extensión de una sociedad, estática, anclada en sí misma. La imposibilidad de escapar de su pasado, de cambiar su existencia, de liberarse de esa pesada carga que lo consume. No consigue despojarse de su lastre, ni siquiera a través del amor de ese ángel que irrumpe en su vida, y al final sólo encuentra escapatoria en la renuncia de la vida.
Como imaginaréis, no fue un relato fácil de escribir. Todo escritor tiene tendencia a enamorarse de su creación, y por eso lo más complicado fue toda la "segunda parte" de la historia, cuando los abusos dan paso al auténtico horror. El odio y la rabia lo salpican todo, incluso el amor; y eso no era nada agradable de escribir. El sexo es la más clara manifestación del amor para mi personaje, y en su intento por amar y ser amado lo convierte en un acto violento de dominación. Mi criatura pasó de ser un pobre muchacho maltratado a un ser despreciable. En ese sentido, la chica fue el contrapeso a esa degeneración del personaje. Al principio no lo vi así, pero sin ella creo que no habría sido capaz de terminar la historia. El guiño final del zapato del ceniciento fue un gesto encaminado en esa dirección, un destello de esperanza. El recuerdo de aquella noche en que, por un instante, el amor se impuso. Eso ya nadie podrá arrebatárselo, ni a ella ni al Ceniciento, al que le quedan pocas horas de vida.
¿Se podía haber contado todo esto sin hacer referencia a los cuentos de una manera directa?. Rotundamente sí, y tal vez debería haberlo hecho. La distorsión del cuento es brutal y también muy exagerada (es una tendencia mía hablar de sentimientos y pasiones desbordadas de manera exagerada y/o surrealista, pero procuro no caer en lo grotesco o indigerible).
Y, bueno, estoy viendo la parrafada que os acabo de soltar, y confío en que podáis llegar hasta el final.
Si es así, gracias de nuevo, espero haber resuelto vuestras dudas, y procuraré hacerlo mejor en el siguiente (aunque no prometo nada  ).
Un saludo, compañeros.
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RE: De la Caperucita a la Cenicienta |
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19-01-2007 09:52 |
Efectivamente, creo que es un relato que hubiera necesitado más espacio. La historia es compleja en cuanto a la psique de los personajes, y la ambientación hubiera dado más juego en más páginas. Creo que hubiera ganado, sobre todo porque al ser tan difícil de digerir hubiera dado más tiempo al lector. Su atención la mantienes por lo bien escrito.
Bueno, como se suele decir: sin riesgo no hay gloria. Así que vas por el buen camino
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RE: De la Caperucita a la Cenicienta |
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18-01-2007 20:28 |
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Se lo que se siente con esos relatos que se te pegan a las tripas y te duelen literalmente.
Probablemente ganaría si prescindieras un poco de la primera parte, y te concentrases en la segunda, que es la mas impactante, cruel, y a la vez, hermosa.
Esa relación de amor y odio, entre la pureza inquebrantable e inasequible al desaliento, pase lo que pase, y el dolor de quien se supo así una vez pero ya se ve perdido, es muy emotiva y apasionante. Tal vez deberías retomarla de una manera más directa. Es un tema muy adulto y profundo.
Tal vez no sea perfecto, pero releido es uno de los más intensos e interesantes que he leido ultimamente.
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Duro |
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18-01-2007 13:41 |
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Me ha pasado un poco como a Akhul. Me ha dejado sorprendido la dureza del texto. Parece escrito de un golpe, mas basado en emociones del momento que en un desarrollo sereno. Más con el estómago que con la cabeza.
Transmite cierta rabia, y no esta tan cuidado como otras veces, tal vez porque es un texto muy largo y algo complejo. La conexión con los cuentos no queda suave, y parece ir a saltos. Por ejemplo cuando empieza parece que va tener lugar en un pasado generico, y luego pasamos al presente y de ahi al futuro (coches automáticos). De repente toma un cariz sexual y perverso, y al cabo no acabamos de entender muy bien los comportamientos de los personajes (no me queda claro la postura de los esclavos).
Esta claro que esta bien escrito, pero parece un poco deslabazado, picando allí y aca (sarcasmo sobre los cuentos infantiles, drama de esclavos, historia de un psicopata maltratado, relato sobre un futuro superficial y hedonista...).
Como sabes a mi me gusta comentar el origen y el porque de mis relatos, y me gustaría que nos hablaras de este, de que piensas de él y porque lo has escrito y que sentías al hacerlo.
En todo caso me has dejado impactado. No se puede negar que tiene fuerza.
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