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En ocasiones, un relato puede acarrear consecuencias imprevistas.
La Hermandad de los Fetófagos existía sólo en la mente del escritor, como un mito de Cthulu, un payaso que surge de las alcantarillas en pleno aguacero con un ramillete de globos o cuatro náufragos que deben decidir quién va a servir de ágape. A veces, la casualidad es una mal aura que se empeña en entrometerse en nuestra vida o en la de otros con consecuencias catastróficas. Sin ir más lejos, la historia de Edgar Allan Poe se hizo realidad con precisión milimétrica cuarenta y siete años después de verse publicado "Las Aventuras de Arthur Gordon Pym", cuando cuatro tripulantes de la yola Mignonette quedaron a la deriva y, rizando el rizo, decidieron comerse al más débil de ellos, cuyo nombre era el mismo que el de la novela de Poe. Claro que si un día cierto payaso decidiese hacer publicidad metido en una alcantarilla, acabaría como mínimo lapidado. Consecuencias, consecuencias…
Consecuencias: llegamos a la biblioteca, buscamos desesperadamente ese libro que puede ayudarnos a aprobar la asignatura y vemos a alguien coger por el lomo el último ejemplar que queda, con una sonrisa de felicidad. ¿Acabará lapidado, víctima de la magia vudú, o convertido en la antorcha humana? Puede ocurrir que ciertos sueños o pensamientos se hagan realidad; ¿por arte de magia, o por arte de la casualidad? La mayoría de ocasiones es muy inocente, alguien dice algo y chillamos con sorpresa, a continuación: “¡si iba a decir lo mismo!”. “¡Me lo has quitado de la boca!”. “¡Eso me lo dices fuera del bar, cacho merluzo!”. Hay casos en los que nuestras más oscuras ideas pueden no ya hacerse realidad, sino ser reales.
La Hermandad de los Fetófagos era una idea vaga en la mente de Jonás aquella mañana, algo nublada pero tranquila (la mañana, no la mente), y se fue fraguando conforme pasaba el tiempo. Llega un momento en todo escritor en el que le es imposible apartar las manos de las teclas o del bolígrafo, y ve desfilar las letras sin ninguna preocupación ni inspección de cuántas deben formar en conjunto. Entonces Jonás sintió la necesidad de plantarse ante su monitor y empezar un redoble de nudillos cuyo fin no llegaría hasta la hora de comer.
Hacía poco tiempo que llevaba escribiendo, media hora larga, cuando percibió que era uno de aquellos relatos que atrapaban al mismo escritor. Una extraña hermandad, situada en mitad de un bosque asturiano, disimulada como si fuese una ermita cuyos monjes subsistían en base al ganado y la agricultura. Una ermita ostentosa, algo lúgubre, arañada por las ramas secas de los árboles, que hospedaba a un total de sesenta y tres figuras delgadas y de hábito negro. Despiadados. Sangrientos. Una secta que creía que el alma humana se alimentaba de otras almas y que, para mantenerla sana -pues aquél era el único órgano que seguía vivo tras la muerte-, había que comer un feto, ya que según su doctrina era un alma pura. Un enclave dedicado al más despreciable de los actos, donde cada mañana podía suponer un festín amargo. La lógica, no obstante, les obligaba a comer arroz y maíz para poder sobrevivir, mas, siempre que tenían oportunidad, purificaban sus almas.
Existía una prioridad establecida por el líder, que dependía no del estatus en el grupo, sino de quién obtenía el feto y de qué animal se extraía. Convenía hacerlo en el momento justo, evitando en lo posible la muerte del animal. Este fetófago comía su parte y luego daba un pedazo al líder, que desparramaba el resto para quien tuviese la agilidad de cogerlo. En ocasiones había que dejar que la naturaleza diese la vida, con el fin de mantener el ganado. Y, sobre todo, el momento que todos esperaban ocurría de noche, varias veces al año, cuando uno de los fetófagos se escabullía en un pueblo próximo, para encontrar un feto humano, que representaba el alma perfecta.
Jonás sintió ganas de vomitar. Pero era lo que él buscaba: una historia extraña y repulsiva a su vez. Una historia que encerrase un embrujo difícil de describir, que se basaba en una realidad como es la crueldad de algunos seres humanos. Tal vez éste fue su error: la crueldad de los seres humanos.
Terminó de perfilar la historia hacia las dos, pero a esa hora no tenía apetito. No le extrañaba demasiado. Aun así se obligó a comer un poco. Como su estómago hubiese acabado de descomponerse, decidió descansar durante media hora y seguir con el relato hasta verlo terminado a media tarde. A esa hora, aunque el sol había salido ya y las nubes eran sólo recuerdos y charcos de agua en las aceras, le parecía que había creado una sombra en la pantalla de su ordenador. Porque el relato representaba la crueldad humana en su máximo exponente; no era la crueldad de una guerra, no la crueldad de un arma ni la de un mortero, sino la esencia vil que se desprende del ser humano. No esperó más tiempo para enviarlo a una revista literaria, porque así como los escritores sienten el deseo de desprenderse de la idea que ha estado fraguándose en su cabeza, él quería desprenderse físicamente de él, olvidarse en el sentido más estricto de la palabra. Por ello, cuando una semana después recibió un correo de la revista informándole de que su relato había sido aceptado y que sería publicado en el número de noviembre, sintió como si le hubieran arrancado un hueso de pollo de su garganta.
-A estas alturas-
A estas alturas no creo conveniente explicar qué es lo que va a ocurrir. ¿Cómo es el sueño que a la mañana siguiente se hace realidad? ¿Cómo las palabras que encontraron más de un dueño? La mayoría de las veces uno siente una sensación de déja-vu, como si lo hubiese vivido antes; no en vano, lo ha vivido antes. Cuando el timbre sonó, Jonás, de alguna manera, revivió toda aquella experiencia insana de la Hermandad de los Fetófagos; cruzó el pasillo sintiendo que un sueño se iba a hacer realidad, mas… ¿hacerse realidad? ¿O ser real? Al abrir la puerta una figura opaca: de rostro vulgar, el rostro con el que se hacen los sueños, pues los sueños son en su mayoría vulgares y no los recordamos al levantarnos. De una bocamanga surgió una mano anciana y venosa, que le hizo el saludo de rigor.
-¿Jonás Tormos? –preguntó.
Jonás, sin mediar palabra, le dejó pasar.
El sueño vulgar avanzó melindroso y pausado, fijándose en cada mueble y cada rincón. Lo escudriñó todo con el vivo interés de quien entra por primera vez en un club de alterne de primera categoría. Toqueteando cada objeto con una mano antaño anciana y venosa, y ahora sedosa y tierna.
-¿Eres de la revista? ¿Vienes a traerme algún ejemplar?
-¿Tú me ves con una revista encima? Pero de eso quería yo hablar. Ya que, por fortuna, sí te traigo un ejemplar.
No quisieran saber las gentes más pudorosas de dónde se sacó el anciano el ejemplar vistiendo como vestía, con un hábito marrón, astroso y pesado, y nada más. Una capucha llevaba, eso sí, para proteger una testa baldía de las inclemencias del tiempo. Tras meditar un poco, parecía absurdo que aquel andrajo perteneciese a una revista. Así que allí apareció, como cada mes, y en la portada se veía a un hombre, ataviado como el anciano, con una capucha y andrajos zarrapastrosos. Debajo el título: “La Hermandad de los Fetófagos, por JonásTormos”.
-¿¡Es que te estás riendo de nosotros o qué… especie de pepino gelatinoso!? –aulló el anciano, resquebrajándose la garganta.
-¿Yo reírme de vosotros? –contestó con inocencia-. ¿De quién?
-¡De la hermandad! ¡Sí, la hermandad! ¡No me mires con esa cara de… de pepino…! No, eso ya lo he dicho; ¡de pulpa de melón amargo!
-Cálmese, estoy seguro de que ha habido un malentendido.
Andrajos, capucha y revista se pasearon por el salón sin saber dónde detenerse, luchando por calmar al diablo con guindilla en el recto que se empeñaba en salírsele por la boca. Optó, no obstante, por sentarse en una silla y caerse muerto sobre la mesa, la cabeza hundida en unos brazos que se cerraban en círculo.
-Lo describes con pelos y señales, traidor –empezó su arenga-. Ignoro cómo conseguiste tanta información, pero lo has hecho. Estamos ofendidos. El colectivo de fetófagos jamás había recibido tamaña ofensa. En realidad jamás habíamos recibido una ofensa, por lo que se puede considerar como la mayor ofensa de todas las ofensas que nos han ofendido.
-Es un relato, ¿lo entiende? Los relatos son pura fantasía.
-Fantasía, sí, lo que tú digas. Buscabas documentación, ¿me equivoco? Te infiltraste sólo para documentarte…
-Ha debido de ser una desafortunada coincidencia.
-Coincidencia, sí, como tu cara de mazorca de maíz churruscada.
-En ocasiones, un personaje puede ser tan semejante a un lector, que ese lector puede entenderlo mal. Pero en ningún caso el escritor se basó en el lector, porque no le conoce de nada.
-No cuela.
-¿Que no cuela? ¿Y qué se supone que tiene que colar?
-Que, además de perjudicarnos, has desvelado nuestra existencia. ¿Cómo justificas eso?
-Los-relatos-son-pura-fanta…
-Ahórrate las palabras. Las necesitarás cuando llegues a la hermandad.
Mitad ataque de risa, mitad terror cáustico. Eso era Jonás cuando aparecieron de la nada otras cuatro capuchas y, sonriendo primero y frunciendo las cejas después, le invitaron a abandonar la estancia. Como no hallasen una respuesta, sacaron un bote de cloroformo (del mismo lugar impío para las gentes pudorosas), empaparon una tela con él e hicieron que se desviase de rumbo, de mitad risa, mitad terror cáustico, a sueño vulgar.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Mitad ataque de risa, mitad terror |
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13-02-2007 17:27 |
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Ya nos gustaría a muchos poder hacer lo que a ti te sale tan natural, ese extraño híbrido entre el terror y el humor negro y absurdo.
Un placer leerte de nuevo. Un saludo.
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Ese final... |
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15-12-2006 23:35 |
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Está bien escrito y la idea es buena, pero es que el final no termina de pegarme, ni siquiera con las explicaciones. Qué le vamos a hacer, sí que sería dificil de terminar.
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Muy tuyo, Barón |
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14-12-2006 16:21 |
y muy bueno. Me ha gustado mucho. Mezcla perfectamente un humor sórdido, la repugnancia que siente el propio autor y cierta inquietud a pesar del tono cómico. Me ha parecido muy acertado el protagonista escritor. El final tal vez se me haya quedado un poco deslavazado, pero al mismo tiempo tampoco veo cómo podría haber ido mejor.
En conjunto me ha gustado mucho. Un placer leerte, como de costumbre.
ps.- imagino que te acuerdas que tu relato puede ser honorado como relato del mes, con lo que eso conlleva
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RE: Muy tuyo, Barón |
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14-12-2006 17:54 |
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Lo sabo, lo sabo. De hecho este es mi intento por regresar a Ociojoven. Aprovecharé ahora que parece que voy mejorando, en vez de seis días a la semana con dolor de cabeza/migrañas ahora sólo estoy cuatro xD
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Relatofagos |
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14-12-2006 17:01 |
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En primer lugar, vaya por delante que el estilo y la forma de escribir me parecen sobresalientes. Ojala a mi me saliese tan bien.
En cuanto al argumento, a pesar de que es divertido y ameno, lo encuentro un poco discordante, inconexo. Empieza como un relato de terror y acaba como tal, pero en medio adquiere tonos jocosos, paródicos y casi grotescos.
En un cuento que tiene un cariz gótico (secta secreta y aislada, rituales y ceremonias malditas, escenario y vestimentas al uso, autor atrapado por el destino y la magia), de repente se introduce lenguaje juvenil, chistes, pistolas, cloroformo, enemigos que salen de la nada, elucubraciones intempestivas sobre comida...
La idea inicial del escritor atrapado por su relato me parece muy buena, pero luego parece que al trasplantarla al papel a mitad de camino ha aparecido una vena irónica que aunque divertida, deja al relato un poco en tierra de nadie.
O puedes que tengas razón y tampoco haya nunca que tomarse del todo en serio ni siquiera lo más terrible, y que, a lo mejor, es verdad que la realidad suele ser tan grotesca y .... escalofriante.
P.D. Porque no un psicopata gangoso, un fantasma con pluma, un zombie patoso, dos crueles demonios que no dejan nunca de discutir y meterse el uno con el otro... sin que por ello dejen de cometer atrocidades.
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RE: Relatofagos |
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14-12-2006 17:50 |
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Bueno, respondiendo a tu extrañeza, te diré que todo el relato es una ironía. Es una ironía acerca de los límites que nunca debe sobrepasar un escritor para evitar censuras y ofender a ciertas personas y colectivos. Inventé el colectivo más absurdo y desagradable posible, y claro, el relato tenía que ser desagradable y absurdo a la vez.
Por otra parte, es mi sello personal. La risa y el terror, lo desagradable, lo grotesco, parecen polos opuestos, pero intento precisamente que el lector sienta las dos cosas.
Por cierto, las pasé canutas escribiendo el final xD
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RE: Relatofagos |
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14-12-2006 18:41 |
Barón de la birra dijo: Bueno, respondiendo a tu extrañeza, te diré que todo el relato es una ironía. Es una ironía acerca de los límites que nunca debe sobrepasar un escritor para evitar censuras y ofender a ciertas personas y colectivos. Inventé el colectivo más absurdo y desagradable posible, y claro, el relato tenía que ser desagradable y absurdo a la vez.
Por otra parte, es mi sello personal. La risa y el terror, lo desagradable, lo grotesco, parecen polos opuestos, pero intento precisamente que el lector sienta las dos cosas.
Por cierto, las pasé canutas escribiendo el final xD
Fijándome en tu avatar me doy cuenta de ello, y en tal sentido, es más entendible el relato. ¿Porque lo del final?
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