Horda: El enemigo a las puertas |
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22-01-2007 14:30
Por: Nachob
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Primera entrega de una fantasía épica en cuatro capítulos y un epílogo
Cientos de pendones rojos y amarillos ondean al viento mientras los jinetes de Zalumar, el país de las grandes llanuras, avanzan orgullosos en perfecta formación. Contemplo el increíble espectáculo desde la galería de la primera muralla, donde han destinado a mi destacamento. Son el cuerpo de caballeros más impresionante que he visto nunca, con sus bruñidas armaduras, sus majestuosas monturas, su porte aguerrido y feroz. Temidos desde hace siglos, no se recuerda una derrota ni una carga que enemigo alguno haya resistido. Los habitantes de la ciudadela los acogen con vítores y alegría, felices de contar con tan bravos defensores.
Sin embargo, parecen disgustados, defraudados. No es sólo el sentimiento de fatalidad y pesar que a todos nos invade. En su caso, el edicto del Señor de todos los hombres, disponiendo que acudieran directa e inmediatamente a ponerse bajo su mando, les ha impedido entrar en combate. Ante la seguridad de que un enfrentamiento en solitario sólo hubiera producido pérdidas innecesarias, ha estimado que era mejor reunir todos los recursos disponibles para presentar una batalla definitiva en un terreno propicio. El enemigo es demasiado terrible para arriesgar. Pero ellos son ante todo guerreros, no temen a la muerte, y consideran humillante tener que haber abandonado sus dominios y castillos sin entrar en contienda, aunque ésta fuera ardua o incluso inútil. Lo acatan disciplinadamente, pero sienten que se les ha privado de una oportunidad para la gloria.
Llevamos meses preparándonos en la Ciudad de las mil torres. Nuestro Soberano ha ordenado a todos los reinos de la tierra que acudan con urgencia al Centro del mundo, con todos sus habitantes y cuanto pudiesen acarrear, dejando atrás cuanto pudiese retrasar su marcha. Tal extraordinaria decisión ha sido necesaria tras conocer los avances de la Horda, y la destrucción que ha ocasionado a más de la tercera parte de los pueblos conocidos. Ninguno de los reyes y señores que pueblan la tierra de los hombres es capaz de enfrentarse por sí solo a ella. Ni siquiera todos unidos la esperanza es mayor, pero sí la única. Del sur y del este han llegado trágicas noticias de regiones devastadas, de villas y ciudades enteras arrasadas, sin prisioneros, sin más testigos de la barbarie que los cadáveres mutilados que la Horda lleva como insignias en su frente. Valerosas huestes se han enfrentado con ella, sin apenas hacerla mella. Fortalezas consideradas desde antiguo como inexpugnables han caído en su marcha. Los supervivientes han contado con los ojos llenos de locura imágenes de depravación y crueldad como nunca antes se había conocido. No, nuestro Señor ha sido sabio al decidir concentrar todas las fuerzas en la capital del universo.
Porque si existe algún lugar en el mundo capaz de resistir el acoso de tan fenomenal enemigo es la ciudad de Asgarmunt, el Centro del mundo. Me basta alzar la mirada para comprender que las virtudes de la humanidad y su poder están representados por tan portentosa construcción. Excavada contra la Cordillera del norte, tras la cual sólo hay hielos eternos, está formada por una amalgama de fortificaciones que se superponen unas sobre otras, a distintas alturas y de distintos tamaños, simbolizando la variedad y riqueza de todos los pueblos de los hombres. Cada reino, antiguo o moderno, ha erigido aquí un castillo según su naturaleza y cultura. Desde tiempo inmemorial se ha arrancado espacio a las montañas para que cada orgulloso monarca edificara y rivalizara con los demás en poderío. Decenas de torres de elevan en disperso orden, rodeadas a su vez por otras menores, sin que la vista sea capaz de abarcar tan fenomenal estructura. Se apoyan unas contra otras y las últimas contra la pared de piedra, en cuyo interior se esconden miles de túneles y pasadizos donde almacenar provisiones y armas. Diferentes estilos, diferentes materiales, pero todos llenos de hombres valientes preparados para la batalla.
Dicen que en el principio la ciudadela sólo la constituía la Torre de nuestro Señor inmortal, y que en los primeros tiempos, cuando se libró la legendaria batalla contra los Djinns, los seres de fuego, se decretó que los trece reyes originarios levantaran a su alrededor cada uno un robusto castillo, que sirviera de escudo protector si la guerra tomaba mal cariz. Posteriormente a esta primera distribución se fueron añadiendo nuevos elementos, según el dominio de los hombres se extendía por el orbe y surgían nuevos reinos y señoríos. A pesar de lo lejos que éstos podían llegar a instaurarse, siempre se ha tenido muy claro que aquel lugar era el origen de todo nuestro poder, y que era necesario reproducir allí una imagen de cada reino para refugiarse si fuera preciso. Lo cual estuvo a punto de ser necesario en la segunda gran contienda de la humanidad, cuando al expandirnos hacia el sur topamos con los nauseabundos hombres-lagarto, y nuevamente la hegemonía sobre la tierra tuvo que decidirse con la espada.
Tras la gloriosa victoria, Asgarmunt ha seguido creciendo y agrandándose con nuevos añadidos, y actualmente el conjunto es titánico y magnífico. Miles de personas la habitan, y su capacidad es tal que puede dar cobijo a todos los pueblos conocidos. Y en su interior, alta como ninguna montaña ha podido siquiera soñar, está la Torre entre las nubes, la fortaleza originaria, morada de nuestro Señor, el Soberano blanco de todos los hombres. En estos momentos puedo verle desde aquí, con sus inmaculadas vestiduras volando al viento, observando desde su atalaya la aparentemente caótica actividad de la ciudad a sus pies, imponente figura cuya sola visión infunde valor a nuestros corazones.
Afirman que es inmortal, y que lleva aquí desde el principio de los tiempos, guiándonos y tutelándonos. Dice la leyenda que todos descendemos de él, como los demonios provienen del Señor negro de la Torre de la tormentas, bajo los pantanos infames. La verdad es que es el ser más sublime y perfecto que jamás he visto o he podido siquiera imaginar, a cuyo lado todos parecemos meras copias burdas. Su altura supera ampliamente los dos metros, y su aspecto es imponente, con un largo cabello blanco que le llega hasta los hombros y unos ojos azules y fríos como el hielo. Va siempre vestido de blanco, con largas túnicas y amplios ropajes, que la tradición dice que ocultan dos hermosas alas. Porta siempre en su diestra la mítica espada de los tiempos, conocida con el sobrenombre de ‘Legado’, y que simboliza la unidad y poder de nuestra raza. No me atrevería a predecir su edad, pero su complexión es vigorosa como la de un joven y en cambio cuando habla transmite la serenidad de la sabiduría de los antiguos.
Yo pertenezco a su escolta personal, los quinientos elegidos, los célebres ‘indestructibles’. Venidos de todos los reinos y seleccionados por nuestro arrojo y bravura, formamos el cuerpo de guardia más duro y fuerte que haya existido jamás. Mi destacamento proviene de las montañas doradas del oeste, y somos conocidos como los dos espadas, por nuestra forma de luchar con un sable en cada mano. A nuestro mando está el capitán Alahur, el soldado más duro y noble que jamás haya pisado el suelo. Curtido en mil batallas, de las que da cuenta la tremenda cicatriz que cruza su rostro y su firme mirada de cazador, es un ejemplo para todos nosotros, que le veneramos como líder. Llevo años con él, y me basta un simple sonido de su voz de trueno para lanzarme sin pensar contra el enemigo, sin importarme nada más. Se ha ganado nuestra confianza y nuestro respeto en primera línea de combate. Ahora, como todos, está ocupado en cuestiones de intendencia, organizando y preparando la extraordinaria ciudad para el próximo e inevitable asedio.
Ya los hermosos corceles de los guerreros han dejado paso a los carros que traen sus familias y pertrechos. Ahora el sentimiento de confianza que su soberbia visión nos ha traído desaparece al recordar la terrible realidad, reflejada en los rostros asustados de mujeres, niños y obreros, que entran en la capital después de haber tenido que abandonar sus hogares, perseguidos y acuciados por las terribles noticias de los reinos que ya han caído.
Miró al sur, donde está Gondomar, la ciudad entre los dos ríos, el último bastión entre la Horda y nosotros. En una triste pero necesaria decisión, nuestro Señor ha pedido a su valiente líder que resista cuanto pueda y trate de detener su avance para dar tiempo al resto de la población a guarecerse, y a nosotros a prepararnos adecuadamente. Conociendo a sus bravos pobladores, esto significa una lucha sin cuartel. También tiene orden de, cuando considere que ya no puede resistir más, encender en su torreón más alto una hoguera y mandar que regresen los supervivientes con presteza a la ciudadela, para refugiarse y unirse a su defensa. Un batallón saldrá a cubrir su retirada. Y ésa será la señal de que empiezan nuestros pesares.
Los reyes de la tierra siempre han estado en guerra, unos contra otros, en mayor o menor medida, llevados por sus mezquindades y ambiciones. A su vez todos combaten contra el Señor oscuro, el otro inmortal, cuyo poder rivaliza con el de nuestro Soberano, y con el que desde que se tiene memoria se ha estado luchando, con desigual fortuna y relativo equilibrio (hay rumores de que puede que sus huestes se hayan unido a las de la Horda, aliándose el viejo enemigo con el actual peligro, y haciendo nuestro sino aún más incierto). Pero ahora los hombres deben estar más hermanados que nunca, puesto que jamás se había tenido noticia de una amenaza como ésta.
Contemplando la colosal construcción, con sus cientos de almenas y torreones, con sus kilómetros de murallas y corredores, llenos de esforzados y duros guerreros llegados de mil lugares distintos, algunos tan legendarios que su sola mención infunde respeto, y que nunca se habría podido imaginar que reunidos pudiesen tener rival en este mundo, parece imposible que haya enemigo capaz de tomar nuestra ciudad. Y al divisar la imponente altura de la torre de nuestro Señor, y sus albas vestiduras agitándose al viento mientras nos observa, no es posible creer que haya desafío que pueda hacer siquiera inmutar a tan poderoso adversario.
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La ciudadela es un hervidero de actividad, con miles de hombres de distintas razas, culturas y costumbres disponiéndose para la batalla. Nosotros, como regimiento de confianza de nuestro Señor, actuamos como intermediarios, coordinadores y en muchas ocasiones policías de tan diversos grupos, cuyas relaciones no siempre han sido buenas. Patrullamos la ciudad de cabo a rabo, distribuyendo las instrucciones de nuestro Señor y solucionando cuanto problema o conflicto surge. Los dos espadas somos especialmente apreciados por nuestra capacidad para mediar en disputas, y nuestro capitán no para de acudir de un lugar a otro tratando de que todo funcione. Avezado en las artes de la guerra, su nobleza y comprensión son inestimables en los momentos previos a la batalla. Sabe transmitir confianza a los civiles, y valor a los soldados. El otro día tuvo que mediar entre las tropas de los montaraces, bravos pero iracundos hombres de montaña, poco amigos de las finuras e ironías de los refinados habitantes del reino de los tres lagos. Nos colocó haciendo guardia en el paso que comunicaba sus fortalezas colindantes, mientras transitaba de una a otra tratando de hacer comprender que la tolerancia era necesaria cuando el peligro exterior común era tan evidente e inmediato. Recuerdo que mientras lo esperábamos unos chavales porteños, aburridos por el hacinamiento y la inactividad, y envalentonados por nuestra actitud condescendiente, le quitaron el zurrón a mi compañero Edgard. Edgard, apodado el oso, es un voluminoso y simple hombretón, terrible en la batalla pero bondadoso como un buey fuera de ella. Su simple aspecto es aterrador, con su impresionante tamaño y sus enormes espadas que a una persona normal costaría simplemente alzar. Pero cuando no está en la pelea es bueno como un cordero, y glotón como un bebé. Adora el pan de ambrosía, y siempre lleva en su bolsa una buena cantidad (todos la llevamos siempre, dado que es un alimento ligero pero con mucho sustento). Ahora los chavales, que se habían dado cuenta de su benevolencia, se la habían hurtado y jugaban a lanzársela unos a otros, mientras mi compañero corría como un tonto de uno a otro, incapaz de recuperarlo. Me molestó esta falta de respeto y las risas y burlas de los muchachos, y ya me dirigía a recriminarlos y echarlos cuando una mano fuerte se posó en mi hombro. Mi capitán, que regresaba de sus gestiones, mirándome con indulgencia me pidió que los dejara divertirse, que ya llegarían tiempos peores, y que no me enfadase con Edgard, pues era valiente y buen compañero aunque su alma sencilla diese oportunidad a las chanzas inocentes de aquellos mozalbetes. Obedecí pensativo, y al volver a fijarme en la cuadrilla, me di cuenta de que el propio Edgard era quien más reía. Descubrí que en realidad le hubiera costado poco recuperar su apreciada golosina, pero que prefería jugar con aquellos muchachos, y hacerles olvidar aunque fuera por un momento la terrible situación por la que pasábamos. Dejó que le robaran su precioso alimento, amagó un fingido enfado, y cuando los vio huir felices con su botín, se reunió con nosotros con una beatifica sonrisa mientras murmuraba por lo bajo llamándoles pilluelos.
Le golpeé con cariño en el hombro, apreciando como en su nobleza había comprendido perfectamente cual era nuestro cometido en la ciudad en esos momentos de incertidumbre. Fue entonces cuando escuchamos los gritos de los vigías.
No tuvimos que subirnos a la muralla para ver el motivo. Mucho antes de lo esperado, un gran columna negra de humo subía hacia el cielo en la dirección donde estaba la Ciudad de los dos ríos. No era una llama limpia, como la prevista como señal, sino la humareda que producían todos sus edificios y viviendas ardiendo por los cuatro costados. Un contingente de jinetes salió en busca de supervivientes, pero regresó cabizbajo señalando que no habían encontrado a nadie en el camino y que la ciudad estaba siendo devastada. No habían parado de luchar hasta que el enemigo los había reducido a cenizas. Vimos aquel humo negro como un aviso de que la gran batalla estaba cerca. Fue entonces cuando nos dimos cuenta definitivamente del motivo que nos había reunido allí, y de cual era el futuro inmediato que nos aguardaba. La melancolía y la tristeza por los caídos nos invadieron. Nos dijimos que su sacrificio sería recordado en nuestras canciones. Pero en seguida nuestro capitán nos zarandeó y nos conminó a continuar con nuestras tareas. Quedaban muchas cosas todavía por hacer, y no nos podíamos detener ahora.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Apasionante inicio |
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24-02-2007 12:06 |
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Odias la fantasía, ya, ya. Y yo soy el rey del melodrama, no te digo.
No es un relato original. Eso es verdad. Pero has conseguido captar perfectamente la esencia de la fantasía épica y trasladarla a tu mundo particular mejor que algunos aficionados del género. Descripciones precisas y cuidadas, personajes muy bien definidos, una situación insólita, extrema y terrible, un escenario majestuoso e imponente y un enemigo temible y brutal. La tragedia está servida. Se palpa la tensión. Se adivina el comienzo de una epopeya grandiosa en su concepción. Y, ante ello, un instante de calma, tierno y emotivo, tal vez el último antes de que la ferocidad de la Horda arrase con todo.
No es innovador, sí. Pero está narrado con solvencia, sensibilidad, buen gusto e ideas claras.
Espero que las otras entregas se mantegan a este nivel. Un saludo.
P.D: ¿Qué problema tenéis tú y Akhul con los monos?.
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Me gusto mucho |
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01-02-2007 00:42 |
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Ami lo que más me gusta de la literatura es especialmente los relatos de fantasía; por que es donde tu desentrañas lo que hay en tu interior y lo transmites.
Es muy emocinante saber como será el siguiente capitulo espero y sigas con la misma drama y además que hayan conversaciones por que me parece que es todo narración.
Pero me encanto tu capitulo
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RE: Me gusto mucho |
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01-02-2007 10:18 |
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Muchas gracias. Pero me temo que todo el relato ya esta escrito, y, aunque pasan muchas cosas, no hay mucho dialogo. Si no se hubiera alargado demasiado, y yo ya no doy mas de mi mismamente mismo.
Pero estoy seguro que encontrarás cosas emocionantes.
Gracias a ti y a todos, espero que me sigais leyendo.
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¿y dices que odias la fantasía...? |
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25-01-2007 21:44 |
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Para odiar la fantasía no se te da nada mal... Realmente es un comienzo prometedor y te desenvuelves en cuanto a la redacción igual de bien que con tus relatos de otros temas. También la idea es interesante y la ambientación... Yo creo que ya no puedes decir que odias la fantasía porque te desenvuelves bien.
Es pronto para juzgar el argumento pero el relato apunta bien. Por cierto, me ha gustado el detalle del guerrero y los niños. Es muy tierno. Por último, veo que ya sabes el número exacto de entregas, de forma que es una historia terminada y eso se agradece mucho. Creo que estas series es mejor terminarlas primero y no recurrir a la traicionera improvisación...
Hay algo que me ha extrañado y son las coincidencias con la serie que estoy escribiendo...
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Los monos asesinos... ¡Como me gustan! |
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25-01-2007 21:42 |
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He necesitado mas de dos días para poder leer tu relato, y no es porque no me gustara, sino que cada vez que me ponía, surguía algo que me obligaba dejar la lectura.
Pero por fin la acabé.
Esta primera parte me encanta, hay partes que la expresión sufre un cresendo digno de la mas pura épica fantástica. Y por eso debó darte la enhorabuena.
¡No leía algo así desde La Rueda del Tiempo!
Luego, el lenguaje con el que escribes es de lo mas fluído y minucioso, guías al lector por tu nuevo mundo de manera magnífica haciendo confluír la descripción con la acción de la historia.
Tan solo he encontrado un fallo (que por otra parte creo que debe ser necesario) y es la extensión de algunos párrafos. No esque se hagan pesados, pero tu lenguaje tiene tanta fuerza, que el lector se abruma (Por lo menos es lo que me ha pasado) si lo lee tan seguidamente. Pero es tan solo mi opinión.
En conclusión Nachob, que espero la siguente entrega como agua de mayo.
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¡A ver esa segunda parte! |
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24-01-2007 18:04 |
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Un comienzo épico |
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22-01-2007 14:32 |
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Modelar un nuevo mundo de fantasía es una tarea epopéyica. Conseguir hacerlo en un capítulo sin agotar al lector, titánica. Enhorabuena.
El mundo que has creado tiene unos cuantos elementos geniales: la gran ciudadela, la horda imparable, la clásica unión de los pueblos... Ahora queda ver cómo los explotas.
Personalmente soy más aficionado a la acción que a la descripción, y aun así has conseguido engancharme. Sólo buenos augurios a la espera de las siguientes partes.
ps.- Otro acierto es el título. "Horda", sin determinantes ni artículos, da una sensación más consistente, más enorme.
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Wau |
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22-01-2007 19:49 |
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Lo he imprimido y lo he leído, y me ha quedado una sensación bastante agradable.
Obviamente, no podemos tomar lazos muy fuertes aún en nuestras opiniones pues es solo un comienzo de lo que será. Y a mí me ha cautivado.
Lo primero que intento siempre no ver en un relato de este género, y normalmente me suelo encontrar, es la reiteración de nombres y más nombres propios de seguido que hace que el lector se abrume entre tanto capricho del autor y se agobie y no recuerde al final nada. Contigo no ocurre esto.
Me encanta tu escritura, no ya solo por la gran destreza y la maestría que tienes al desenvolverte, sino porque todas las descripciones que has hecho me han traído imágenes muy clara, concisas, y me han sumergido de lleno en ese mundo que ha empezado a adueñarse de mi mirada como amante de la fantasía.
Al principio pensé que estaba viendo una historia más como otras tantas, con los mismos tópicos y los mismos infortunios. Y en cierta manera es difícil ser original, pero a mí me ha empezado a encantar aún más cuando has sacado a la luz esa bestia con forma de mono y nos has dado a conocer a ese enemigo que hasta entonces sólo lo habías nombrado una y otra vez como "el más temido"; "imparable", etcétera.
Me ha llegado mucho la escena en la que queda palpable la personalidad de ese hombretón que aparentemente parece bruto y tiene alma juguetona y tranquila. Trasladas fenomenalmente al lector de un punto a otro de la historia y practicamente mientras lo he ido leyendo me ha parecido que esta visionando, más que leyendo, el relato. Parecía como si a través de la mirada de ese protagonista me sumergiese en el mundo, y desde los cielos, fuese contemplando las escenas.
Simplemente maravillso. Como antes dije, y reitero, me ha cautivado; y a esperas de la siguiente entrega me quedo, amigo.
Una sonrisa.
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RE: Wau |
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24-01-2007 10:52 |
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Así da gusto, espero no decepcionaros.
Me repasaré el resto de los capitulos, que ya estan escritos, para mejorarlos en lo que pueda.
Recomiendo para su lectura, naturalmente, la BSO de ESDLA.
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