Finiquito en Madre Tierra |
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23-01-2007 16:52
Por: Telcar
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Relato seleccionado de la categoría Atlante, patrocinada por Minotauro, del III Certamen de Relato Joven
Es difícil abrir los ojos, muy doloroso regresar al mundo cuando los sueños son cálidos y el presente humea gelidez. Pero no como un paisaje nevado, sino como una sala vacía, de pulidos azulejos blancos que reflejan un esbozo de tu rostro descarnado. No quiero despertar, se está mejor acurrucado en cama, no tengo a nadie a quien sonreír, abroncar, susurrar, acariciar... a quien querer con locura o simplemente apreciar ufanamente, colega de lecho o de chanzas. Pero la premura está ahí, me mordisquea y me obliga a posar los pies en la moqueta sucia que me cosquillea en las plantas. Ese maldito grillete vibra y titila en mi muñeca, recordándome inmisericorde mis obligaciones y un horario que cumplir. Como si el ogro mecánico sin alma que devora el mundo se fuese a resentir por quedarme yo bajo las mantas, unos minutos más, unas horas o un día entero.
Apenas pisar la calle, otra vez esas sirenas endemoniadas, desconsiderado recordatorio de que las Brigadas de Reparación y Optimización pululan sin descanso por Nueva Hispania. Grata cortesía del Gobierno el crear las B.R.O, solventes pelotones ejecutivos autosuficientes e hiper-equipados, auténticas escuadrillas de fantoches capaces de llegar hasta el último rincón y fumigar cualquier desperfecto, anomalía o simple elemento que ose desentonar en el conjunto sabrosamente engranado. No hay lugar para dejes arcaicos, imperfecciones arrogantes, matices obscenos y ansiosos por macular una dicha perfecta y deslumbrante. Incluso la persistente lluvia ácida golpetea inofensiva en la lejanía de una megalómana sobrecubierta de cuarcita transparente, fogoso y planificado esfuerzo de una ingeniería ducha a la hora de blindar y aislar.
Juanón camina pausadamente por un rail automático, tratando de mostrarse ajeno a vecinos de vía. Es un tipo cargado de espaldas con el rostro ancho impasible bajo un insufrible sombrero clásico. Claro que a cualquier atuendo lo consideran “clásico” hoy en día… qué sabrán esos estúpidos Asesores de Moda del Pueblo lo que es digno de ser llamado clásico, informal, estival, sport o festivo. La mirada huidiza se torna vagamente lasciva cuando un radiante androide femenino de control urbano le solicita, con amabilidad exquisita, los datos diarios de comportamiento.
Una mano orlada por un artilugio, morboso en su simplicidad, aparece presta de debajo de la ancha manga del ciudadano conocido como Juan Sáenz García. Diminutos puntitos luminosos festejan intermitentemente el visionado de la funcionaria, extremadamente eficiente en su rutinario escrutinio de la Pulsera Vital, una de las últimas y menos aclamadas imposiciones a lo que queda de la ciudadanía no artificial. Teniendo en cuenta que el sector social humano es, desde los inicios, el más proclive a acciones aleatorias no estipuladas en el Reglamento de Conducta, la iniciativa de la Oficina de Ética fue acogida como agua de mayo por el decrépito Gobierno. Presidente y sabios ministros y consejeros pueden desde entonces obviar situaciones problemáticas y enfrascarse en lo verdaderamente importante, la pronta consecución de la sociedad perfecta e inalienable, la culminación del objetivo de prevalencia racial, en este Universo que nos ha tocado mancillar.
Pero a Juanón tales reflexiones le son ajenas e indudablemente aburridas. La voluptuosa androide le cede el paso finalmente conforme con los datos recibidos, y el cansino peatón continúa su andanza, sin molestarse en mantener ni un ápice de ese espejismo de libido poco convincente. La funcionaria no coteja a ningún otro ente de los alrededores… acaba de atajar al único orgánico presente y la corriente fluye indolente por el cauce mecánico.
El ciudadano observa torvo su alrededor, esperando que alguna visión anhelada prenda chispa en esa fogata cada vez más adormecida de su mente embotada. Mientras la vía le conduce hasta su puesto de trabajo, elabora mentalmente unas cuentas que no por familiares dejan de provocar pequeños ramalazos de dolor en lo que le queda de espíritu. Ocho meses y un día, concretamente desde el doce Febrero, que no ve a un ser humano de verdad, una “entidad enteramente orgánica”, como lo definiría su cualificado médico robótico clase Zelda. Su seguro de funcionario administrativo de segunda clase no le da para un galeno último modelo, uno de esos infalibles artistas de la medicina originarios de las pronto extintas fábricas de talentos cibernéticos, casi todas asentadas en Gran Japón. Han hecho furor entre los privilegiados de la clase alta, esos escasos reyezuelos del mambo que viven a ras de nube, por encima de esas deleznables cúpulas que apenas dejan pasar los verdaderos rayos del sol. Cómo se libran de las nubes tóxicas, la lluvia ácida, radiaciones cancerígenas… es algo que Juanón ni sabe ni le importa, parco en curiosidad como en palabras corteses.
Multitud de entidades autónomas circulan a estas horas tempranas por la infinita Gran Vía Nacional, hervidero de profesionales autómatas cuyo único aliciente es culminar su actual tarea para acometer la siguiente con insípido entusiasmo. El gigantesco cubo de rubik que es la sede local administrativa se alza ante batallones de sumisas hormigas que son deglutidas sin miramientos. Una obrera, más cargada de espaldas que otras, suspira con un amago de angustia y ansiedad, eso que tan poco le gustaba al doctor Zelda de las narices. Un insistente acorde de la pulsera omnipresente airea información útil para dispositivos cualificados para interpretarla. El hombre sabe, por reiteración, que se aconseja un inminente y opíparo tentempié inhibidor de depresiones incapacitantes, apenas una o dos capsulitas de Felitex. Ajena al dramilla cotidiano, Administración atrapa al reluctante entre sus fauces bostezantes.
El día pasa lento, mórbido, letal en su monotonía. Juanón ya no desempeña sus funciones con la eficiencia de antaño, que tampoco era gran cosa, pero no es reprendido ni vituperado por ningún superior. Lo cierto es que le ignoran, dejándole tranquilo con su pantallita que escupe cifras, datos y más datos, estadísticas e informes irrelevantes. En un descanso se encuentra con una infusión humeante en la mano, pensando en los últimos compañeros humanos, en aquel vestigio de cuando Juan Sáenz García no era único ser humano del departamento, casi con toda seguridad el único de Administración. Recuerda al viejo Morales, capullo integral ya fallecido. Al retraído Peláez, que se cagaba por los pantalones cuando los datos no le cuadraban. La delgadita Alejandra Saavedra, tímida pero guasona cuando le daban cuartel… la irascible Magdalena, con la que tuvo un rifi-rafe que acabó en lujuria en la sección de archivo. De fotomatón, cuando se encendieron las luces y apareció aquella panda de androides de culo tieso y vitalidad congelada. También recuerda a Marcelino de la Hoz, merluzo ambicioso que pensaba que las cosas aún eran como en los tiempos de sus bisabuelos.
Todos eran unos soplagaitas, pero los echa de menos desde un día después de la marcha de cada uno, hasta el punto de que ocasionalmente un dolor sordo le oprime el corazón y le obliga a boquear en busca de aire. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que desapareció el último de ellos? ¿Cinco años?... y él permanece, único representante de un pasado de mierda, precursor de un futuro peor.
Anochece mientras camina, a genuino golpe de suela, por el barrio antiguo de Los Gallegos. Por aquí apenas fluyen vías automáticas y el empedrado de las calles, aunque inmaculado, recuerda vagamente tiempos de charlas discretas pero vivaces, miradas que devolvían reconocimiento y no únicamente tu imagen espejada, motores de automóviles aún en uso, antes de la definitiva restricción de las libertades civiles. Juanón ya ronda ahora los cuarenta y ocho años, pero en aquellos tiempos exuberantes era un rapaz robusto y de buen ver que gozaba con la lluvia y el sol, con las mozas desafiantes, los paseos en autobús urbano aero-rail y con los insultos a los antropoides parlantes de tuercas y remaches, que empezaban a mostrarse insultantemente seguros de su triunfo como eslabón superior en la cadena social evolutiva.
No hubo conflicto, no hubo guerra, ni siquiera disturbios… en apenas unas pocas décadas la raza humana delegó sus funciones, pacíficamente, sin apenas gritos de protesta a no ser en los escalafones más bajos, en los que una memoria más rancia obligaba a aferrarse a algunas antiguas costumbres de difícil desarraigo. Por ése y otros motivos comenzaron las Migraciones Estelares, doloroso abandono del planeta madre y dispersión en aras de una búsqueda, ya fuese de recursos naturales, de espacio vital, de disgregación de una conciencia colectiva como especie. Tales migraciones fueron forzadas en bastantes casos y voluntarias en muchos otros, pero siempre propiciadas por Gobiernos que buscaban librarse de cualquier foco de insurgencia, infelicidad manifiesta, resistencia a un nuevo orden cuyas metas implicaban perfección y alejamiento del orden natural de las cosas.
Juanón pasea a las 20:47 su humanidad cerca de su apartamento, nada lujoso y perfectamente funcional. Inesperadamente se ve obligado a esquivar una serie de charcos insalubres que forman isletas oscuras en la poco iluminada calle. Está la ciudad en etapa de ahorro energético tras los últimos problemas de apagones y mal funcionamiento de ciertos servicios públicos. Pero es que, ¡charcos de agua turbia… en el barrio de Los Gallegos! Vuelve lentamente su mirada al cielo. Al principio no se ve nada, pero pronto cree, desea ver una zona más oscura en la cúpula de cuarcita, a cientos de metros de altura. Un punto a favor de la Tierra en contra de las B.R.O., con sus malditas y draconianas actividades de mantenimiento sin fin. Casi como respondiendo a un llamado del espíritu, una fina lluvia empieza a rociarle la cara, por vez primera en años sonriente y mostrando unos dientes amarillos pero enteros. ¡Que importa que la lluvia sea ácida! ¡Viene de fuera, del exterior de esta podrida colmena de chinches llenas de cables y microchips!
-No sabéis apreciar esto. Nunca sabréis nada de nada, marionetas sin hilos, capullos monigotes desalmados...
Un par de figuras que caminan juntas y muy erguidas se vuelven fugazmente hacia el aparente desencajado que balbucea proclamas poco éticas. Van de la mano, como una pareja de enamorados que vuelve tarde a su hogar. Juanón se gira hacia ellos y por un momento, apenas una décima de segundo, su corazón da un vuelco, creyendo ver una imagen del pasado… pero la pareja continúa su camino con el característico caminar elástico absolutamente coordinado aunque excesivamente rígido de los androides que comienzan su proceso de obsolescencia.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Excelente |
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02-03-2007 10:41 |
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Me ha gustado mucho. Creo que el mayor logro del relato es su ambientación. Tienes una gran capacidad descriptiva, aunque en ocasiones tu prosa se hace algo pesada, por recargada y excesiva.
En su inicio, parece el típico relato de ciencia ficción ambientado en un mundo deshumanizado, pero conforme avanza aumenta la intensidad hasta llegar a un final que no por desolador deja de ser espléndido y emocionante. Me ha gustado el contraste entre ambos personajes, desesperados y hastiados, que afrontan el futuro de forma opuesta: uno decide escapar y renunciar a la vida y el otro luchar hasta el último aliento. Tiene un regusto épico este último gesto de rebeldía, valor e inconformismo.
Nuestras imperfecciones pueden elevarnos por encima de los perfectos, fríos y calculadores androides.
Un saludo.
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La soledad de lo distinto... |
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26-01-2007 23:05 |
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Enhorabuena, esa sensación de desesperanza, de opresión por la soledad, por la falta de todo tipo de "chispa" o deseo por la existencia (que no vida), que logras que rezumen tus personajes -los humanos, en este caso- y el relato en general, me parece realmente meritoria, crea una especie de claustrofobia existencial (¡toma ya!) muy envolvente.
La ambientación física me parece bastante sutil, creo que es lo suficientemente descriptiva como para hacerme una ligera idea de situación espacial y que contribuye sobre todo a crear esa ambientación personal y social, un tanto psicológica, que me parece tan bien lograda.
Por otro lado, coincido con alguno de los comentarios anteriores, el interés y la atmósfera van in crescendo a medida que avanza el relato. Quizás el principio me parezca en exceso narrativo, creo que hay demasiado párrafo descriptivo que tras un rato comienza a dar algo de "pesadez" al relato, lo malo es que eso sucede al comienzo y creo que puede desincentivar que se continue con la lectura. A la vez me parecen unos párrafos no exentos de calidad, solo que considero que resulten algo excesivos.
Un detalle que me gustó bastante, es la visualización de la frialdad robótica de la sociedad androide que creaste en el contraste del comportamiento del Napias, robot puro con comportamientos asociados a sus pautas gravadas; cumple su "humana" función de tabernero programada y se comporta como tal, y al segundo se rompe la máscara de humanidad, para mostrar sin ambages su fría lógica matemática, ejecutando indiferentemente unas sentencias o leyes establecidas, al dirigirse al vagabundo y luego a Juanón.
En lo que discrepo de algo apuntado anteriormente es en el suicidio de Deckard, me parece perfectamente encajado en su contexto, es más, no creo que haya por que darle explicación alguna, tu lo escogiste y punto, podrías haberle dado más vueltas o no; pero en este caso me gusta el efecto que causa, es un recurso que manifiesta muy bien las consecuencias de la atmósfera que creaste, contribuyendo si cabe, a acentuarla; no me parece que resulte tan sorprendente (verdaderamente creo que cualquiera de los dos humanos podría haberse suicidado, sino ambos)
Otro detalle; si el principio quizás resultase algo pastosillo, en cambio, y como ya dijeron antes, el párrafo final resultó muy bueno.
Por cierto, que noto algunas ideas bastante "Asimovianas" por ahí...(cupulillas, robots odiados...) (Ojo, que tu relato me parece bueno y original, no lo digo por nada malo).
Gracias por recordarme lo que me encantan los relatos cortos, y por dejarme dar el gustazo de una buena lectura.
Ánimo con esto; además seguro que resulta una buena evasión...l
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Una de cal y otra de arena |
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26-01-2007 03:26 |
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Buenas y atormentadas madrugadas.
He leído tu relato y te voy a comentar lo que ha pasado por mi cabezita. Al principio me aburrió en demasía, y pienso que eso es un error, y más en un relato largo; has de pillar al lector por los cojones desde el principio para que quiera seguir leyendo.
Es excesivo el lenguaje formal y pulcro y técnico que usas en tantas ocasiones que hace perder un poco el hilo de la historia; pero sabes qué? lo he estado reflexionando, y creo que todo eso ha hecho que me sumergiera más fácilmente en ese mundo robótico y de androides, a lo que es la ciencia ficción, vamos.
A mí en cambio lo del suicidió, así a voz de pronto, sin venir a cuento, cuando parecía que todo iba mejor, me gustó. Y voy a explicar porqué. Ese desencanto que se genera sobretodo a partir de la pelea en el bar, que es cuando a mí de verdad me empezó a atraer el relato; y que es una sensación de tristeza palpable a los ojos del que aun es humano y ha visto como su misma raza ha acabado echándose toda la mierda encima y enterrándose junto a ella. Es una mirada triste que recorre una lacónica reflexión: la que pones en la descripción del relato. Son las dos caras: el que se suicida elige no vivir más en esa ignorancia, y el otro finalmente decide sí hacerlo; y es más, ese tema de que la felicidad está en la ignorancia lo he estado debatiendo hace poco con un amigo. Porque es cierta esa afirmación, pero para mí es una felicidad ficticia, por lo que jamás la pretendería. En definitiva, lo que quiero decir con esto, es que ese suicidio repentino lo que hace es darle incluso darle más fuerza al relato. Yo también pensé que habría que haberle dado un poco más de reflexión a ese tema, pero luego fui yo mismo el que reflexioné y pensé que estaba perfectamente así retratado ese desencanto por aquel mundo de diablos de metal y una indiferencia sinigual que lo llevó a actuar de aquel modo, sin miedo a la muerte, sino más bien miedo a la vida misma que tenía que acontecerle por obligación, por época, por sociedad, porque así habría de ser en su momento.
Una de cal y otra de arena. ¿Por qué? No sé por qué pero realmente me aburrió al principio tanto que no pensaba que fuera a hacerte un comentario tan largo. Pero el resultado final me ha sobrecogido tanto, me ha dado a tantas reflexionas y me ha causado tan buena impresión que precisé debería estar aquí y comentar todo esto. Y por ello darte las gracias, porque me has hecho reflexionar, y sobre todo, leer, en mi humilde opinión, un gran relato; a pesar de los defectillos que creo haberle encontrado, y ese lenguaje a veces tan excesivamente sobrecargado y aburrido. Pesado.
Espero que te haya llegado todo tal como lo he sentido. Nos seguiremos leyendo.
Una sonrisa.
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Se agradece |
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26-01-2007 00:25 |
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Me alegro de que os haya gustado, y además acepto de muy buen grado vuestras críticas constructivas. Me parecen bastante acertadas.
En lo del recargamiento formal, no puedo estar más de acuerdo. Lo cierto es que me sentí a gusto y me dejé llevar por el tecleo compulsivo, a veces dejando de lado la historia en sí.
Lo del suicidio, fue demasiado precipitado, pero pretendía sorprender, que el lector se preguntase "¿Por qué ahora? ¿que le ha pasado por la cabeza al pobre hombre?
Por falta de tiempo no me he pasado mucho últimamente por la web, pero haré lo posible por intercambiar pareceres acerca de cualquier relato que se tenga a bien comentar.
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Buen relato |
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24-01-2007 10:00 |
He leído con agrado tu relato. Coincido con Akhul de que adolece de cierto recargamiento formal. Para mi gusto en la ciencia ficción, aún más que en otros estilos, el lenguaje es un medio, no un fin, y una utilización excesiva de recursos expresivos puede llegar a cansar y romper el ritmo.
Sin embargo la historia es buena, con esa situación desgarradora del último hombre sobre la tierra, o el concepto de ser humano como especie en extinción. En mi opinión el mejor momento es el que sucede en el bar. Esta tremendamente conseguido en todos los aspectos. Pero descargaría algo el principio. En cuanto al final, siendo bueno, intentaría darle alguna vuelta de tuerca más, por ejemplo ahondando en la idea, meramente apuntada, de que los robots, a pesar de no ser humanos, al final acaban cayendo en sus mismos errores y contradicciones, como si el virus del egoísmo se hubiera transmitido a ellos también. Una sociedad de personas pero sin personas, y la única que es real, es precisamente un pobre vagabundo. Esta paradoja la habría trabajado un poco más. Si que me ha parecido bueno sin embargo el último párrafo.
Tampoco me queda muy claro lo del suicidio, cuando precisamente la situación había cambiado a mejor, encontrando un compañero. Habría que haberlo explicado un poquito más (al ver a otro como él, como un velo que cae la realidad se muestra en toda su crudeza y no puede soportarlo, por ejemplo).
Te lo digo porque yo a veces los relatos los rehago un poquito, para que queden luego mejor en la antología que me hagan.
En todo caso una de las cosas que más aprecio en las historias de ciencia ficción es que aporte ideas nuevas o puedan ser semilla de otras nuevas historias. Al leer tu relato se me han ocurrido varias cosas interesantes, que ojala algún día pueda convertir a su vez en cuentos. Y eso, es alimento para el cerebro. Gracias.
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La agobiante idea interesante |
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23-01-2007 16:56 |
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Muy interesante el relato y muy buena la forma en la que la narración se vuelve opresiva atrapando al lector en la narración. Personalmente he encontrado un cierto abuso de los puntos suspensivos y algo lento el ritmo a causa del exceso de descripción, pero en líneas generales me ha parecido un relato muy bueno, con un toque muy humano, muy cínico y épico al mismo tiempo. Me ha gustado mucho
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Off Topic: Relato del mes |
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23-01-2007 16:58 |
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Supongo que lo sabrás ya, pero por si acaso te comento que tu relato participará en la competición amistosa "El relato del mes" que llevamos en la sección de literatura.
Espero que te animes a pasarte y a dejar tus votos e impresiones
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