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Un cruel mago, seguidor de la Reina de la Oscuridad, ha sido traicionado por uno de sus discípulos y decide vengarse de él. La Diosa le da la oportunidad, pero al regresar al mundo de los vivos se encuentra con un curioso kender.
-Ja, ja, ja, ja… -se rió grotescamente Thuort Malgust-. Ahora no te ríes, Gunthrog.
-Canalla, me has traicionado, me las pagarás. Llegarás al punto más álgido de tu vida y yo te lo arrebataré. Todos tus logros y toda tu vida, te la arrebataré y sufrirás la más cruel de las torturas. Sí, coff, coff… Ésa será mi venganza. Y la de Takhisis será aún peor.
Dicho esto, Gunthrog se desplomó en el suelo, tiñendo su negra túnica con el rojo de la sangre que encharcaba todo el suelo de obsidiana.
Gunthrog, era un túnica negra que, junto a un pequeño grupo de túnicas negras a los que había adiestrado durante años, había intentado levantar un ejército de demonios, venidos de más allá del Abismo, para que sirvieran a Takhisis junto a él.
Pero ahora él y todos sus aprendices, menos Thuort, yacían asesinados en la cumbre de una pequeña montaña, donde habían construido un altar, rodeado de monolitos llenos de escrituras antiguas y prohibidas. Thuort nunca había creído que podrían invocar a un ejército, ni mucho menos. Pero necesitaba que aquellos necios le recogieran objetos mágicos, que ellos necesitaban para el ritual, pero que el túnica negra usaría en su contra, para matarlos, obtener todo su poder mágico y volverse increíblemente fuerte.
Ahora se reía en la cumbre, levantando un puñado de objetos mágicos con sus manos y gritando:
-Oh, mi reina. He rescatado estos objetos de esos necios, que sólo los hubieran hecho servir para matarse. Ahora yo los utilizaré bien, para servirte con todo mi poder.
-Tú eres el necio, Malgust. Yo le encargué ese trabajo a Gunthrog -dijo una estridente voz desde el negro cielo. Las nubes empezaron a arremolinarse y la enorme figura de un dragón de cinco cabezas se formó.
-Takhisis -dijo Thuort muy sorprendido y poniéndose de rodillas en el rojo suelo prosiguió-. Pero si hubiéramos continuado, hubiéramos muerto todos y…
-¡En efecto! –La voz de la diosa sonó más fuerte que cien truenos en la cabeza de Thuort-. Gunthrog lo sabía, pero estaba dispuesto a sacrificarse por mí. Todo lo contrario que tú.
-Por favor Takhisis, dame una oportunidad, no te fallaré.
-Más te vale, porque si me fallaras, las consecuencias serían mucho más terribles que ahora. Reúne a otro grupo de magos y sigue los mismos pasos que tu maestra. Mientras, el poder que has obtenido con sangre, se irá cobrando con tu sangre y cada día que pase será un infierno. Si me consigues un enorme ejército, haré que cese. Pero date prisa.
-Por supuesto, mi diosa -contestó el mago, llorando por el dolor físico que le producía oír sus palabras. Luego se contrajo sobre sí mismo y sintió cómo la sangre le ardía en el interior. Cada latido del corazón le provocaba una contusión de dolor.
Pasaron las horas, en las que Thuort estuvo sollozando de dolor en el suelo frío y encharcado de roja sangre. Al fin, sintió que el dolor no era tan fuerte e hizo un esfuerzo por levantarse. Se apoyó en el altar donde yacía una muchacha pura dormida mediante un hechizo. Con un gran esfuerzo recogió los objetos mágicos del suelo y los colocó en la mesa junto a la joven.
-Bien, sólo me faltan siete magos y podré convocar un ejército digno de la diosa Takhisis. No será difícil, conozco a muchos. Así que, mientras tanto, y para sofocar el dolor… -El mago se llevó una mano al corazón, mientras acariciaba la rubia melena de la chica desnuda encima del altar.
Pero no sintió nada. Empezó a acariciarla con las dos manos, como un poseso, intentando sentir el suave tacto de su piel y su calor, pero no podía sentir nada. Sus sentidos del tacto, el olor y el gusto habían desaparecido. Dio un gran grito y apenas fue capaz de contenerse y estrangular a la pobre muchacha. En cambio, no tuvo ningún miramiento en golpear, hasta cansarse, el cuerpo de uno de sus compañeros.
-Acabemos esto rápido -se dijo a sí mismo.
***
-¡Abre los ojos! –ordenó una voz.
-¿Mi reina? –preguntó Gunthrog, abriendo los ojos de golpe, pero sólo consiguió ver unos ojos brillantes y oscuridad, tan sólo y nada más-. Mi reina, lo siento, os he fallado.
-Tranquilo, ese necio me ha hecho perder tiempo y a un buen siervo. Pero ya lo está pagando caro -luego una estridente risa hizo temblar al mago-. Ahora te daré otra oportunidad para servirme y asegurarme el ejército.
-Oh, mi reina, no sois nada buena, es decir que tenéis algo planeado. ¿Puede este humilde siervo saberlo? –la voz no contestó y la respuesta que obtuvo Gunthrog fue oscuridad, densa oscuridad.
***
El alegre kender, Krôn, iba dando saltos por la fangosa carretera, saltando de charco en charco y manchándose de barro hasta la cintura. Era muy joven y, cómo todos los kenders a su edad, tenía el ansia viajera, tan característica en su raza. No tenía ninguna preocupación en la cabeza y sólo pensaba en ir adonde quiera que fuera a parar aquella carretera.
Todo era tranquilo, hasta que, tras un recodo, descubrió un cuerpo desnudo tumbado junto la carretera. Se acercó dando botes y, tocándolo con el dedo índice, le preguntó:
-Hola, ¿no tiene frío durmiendo al desnudo? Con este aire que hace.
El cuerpo no respondió. El kender se fijó en que tenía varias heridas de puñal en la espalda y, por curiosidad y con gran esfuerzo, giró el cuerpo-. Tenía la cara desfigurada y en el pecho una gran marca, cómo si le hubiera alcanzado un rayo.
Uhg -dijo el kender con asco y dejó el cuerpo, dispuesto a marcharse.
Pero de repente, una mano le agarró y le atrajo hacia sí. El kender dio un respingo al pensar que el cuerpo estaba muerto, pero no lo estaba en absoluto. Ahora tenía la cara algo menos deformada y unos ojos inyectados en sangre lo miraban atentamente.
-Hola -dijo Krôn sin ningún matiz de miedo en su voz-. Pensaba que estabas muerto. ¿Qué haces en este estado? Si no recuerdas nada, debe de ser porque bebiste más de la cuenta la otra noche. ¿Puede ser? Seguramente eres un jugador empedernido y tuviste mala suerte anoche, por eso estás sin ropas. También puede ser por las puñaladas en la espalda que te asaltaran unos bandidos. No eres muy hablador, ¿eh? Bueno, yo no tengo problema porque siempre he hablado mucho. De pequeño dice mi madre que no callaba ni con la boca llena y eso que a mí me gusta mucho comer en paz…
El kender siguió hablando mientras Gunthrog se levantaba y observaba su alrededor. Luego empezó a andar en la dirección en la que iba Krôn.
-Qué casualidad, vamos en la misma dirección. Yo venía de… -el ruido de cascos de caballos ahogó su voz.
El kender se puso a un lado, pero el hechicero se quedó plantado en la carretera, mirando fijamente el camino y pronunciando unas palabras ininteligibles. Un caballo apareció de repente por el recodo del camino. Era un buen caballo, blanco, y un hombre envuelto en pieles lo montaba. El mago, no esperó a que el hombre estuviera cerca, alzó los brazos y una bola de fuego se materializó en sus manos. El túnica negra lanzó la bola hacia el desprevenido jinete, el cual se la quedó mirando, muy sorprendido y no se dio cuenta de que, segundos después, rodaba por el suelo sin vida.
El mago, no pudo parar al, ahora, desenfrenado caballo y se apartó de un salto, dejándolo marchar. Luego se dirigió hacia el cuerpo sin vida del jinete y le quitó las pieles con que se vestía.
-No debiste hacer eso -mustió Krôn-. Talvez si se lo hubieras preguntado te las habría dado. La gente de por aquí es muy amable, siempre me meten cosas en mi bolsa sin que me dé cuenta. Fíjate en este anillo de oro. No sabía, hasta ahora, que lo tenía.
Gunthrog se giró ante la mención del anillo. Era su anillo. Con gran agilidad, se lo quitó de las manos al kender y se lo colocó en el dedo.
El viejo y moribundo mago vestía unas pieles envueltas alrededor de su huesudo cuerpo y miraba y acariciaba, con cariño, su anillo. El kender se lo quedó mirando, hasta que se cansó, e iba a proseguir el viaje, cuando el hombre empezó a murmurar unas extrañas palabras. Krôn se lo quedó mirando, sin creer en lo que veía. Unas negras nubes rodeaban al hombre y parecían obedecer el movimiento de sus manos.
-Acércate, pequeño ser -le dijo el hechicero.
-Me llamo Krôn -contestó alegremente el kender, mientras se acercaba haciendo botar todos los saquillos que llevaba colgando-. ¿Qué quieres?
-Toca las nubes - fue la seca respuesta del túnica negra. El kender hizo lo que le decían, más por curiosidad que por otra cosa.
Nada más tocar las nubes con el dedo índice, éste le empezó a sangrar a borbotones y Krôn apartó la mano precavidamente.
-Esa sangre es suficiente -se dijo el mago.
Las nubes giraron más deprisa y empezaron a succionar, poco a poco, todo lo que había a su alrededor. Krôn sacó rápidamente su chapak, una vara en forma de hacha pero con una onda incorporada típica de su raza, y la clavó en el suelo, evitando así ser succionado por el torrente de nubes. Éstas, ya habían succionado una gran cantidad de rocas y el cuerpo del jinete que el mago había derribado antes. Entre las oscuras nubes, una grotesca figura se empezaba a formar a partir de las rocas y del cadáver succionado. El hechicero bajó las manos y cayó al suelo inconsciente, pero un enorme brazo lo sujetó, impidiendo que le pasara nada.
Las nubes se disiparon, dejando ver la grotesca figura de un enorme monstruo, de dos metros de altura y uno de anchura. El ser tenía una forma humana, pero las orejas puntiagudas, unos ojos almendrados, muy pequeños en relación al cuerpo y una piel semejante a la roca.
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