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Dragón vengativo


Relatos

20-02-2007 14:53
Por: Bryn

El joven kender Saltatrampas (llamado ahora Krôn) está jugando con sus amigos en el bosque hasta que recibe una "pequeña" visita de alguien al que antaño (recordar primera historia de Bryn) le hizo algo.


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Krôn corrió y se escondió entre unos matorrales, seguido de cerca de Tharta.

-…y…. cien. Listos o no, allá voy –dijo la voz de otro kender.

- Tharta. ¿Por qué me tienes que seguir a todas partes y estar pegada a mí? Resultas muy molesta –refunfuño el joven kender de trece años a su compañera, que se ocultaba junto a él, bien cogida de su brazo.

-Es que me gusta mucho tu compañía –contestó con cariño la joven kender, que tenía la misma edad, pero que aparentaba más-. ¿Querrías vivir toda tu vida junto a mí? Sería la mejor ama de casa de Kryn y no te tendrías que preocupar de nada en absoluto.

-No paras de preguntármelo y siempre contesto que sí. ¿Por qué me lo preguntas si sabes lo que te voy a contestar?

-Porque me gusta oírtelo decir –le contestó la joven enamorada, amarrándose más a su brazo.

El joven kender que le tocaba parar empezó a buscar entre los matorrales y tras los árboles a los demás kenders que se habían escondido. Vio el copete de Krôn que sobresalía del arbusto donde estaba escondido y, con una sonrisa maliciosa, pasó de largo. Al cabo de un tiempo y tras haber encontrado a casi todos los kenders. El joven kender, al que le tocaba parar, mencionó el escondite donde estaba Kròn y Tharta escondidos.

-No hay derecho, siempre me encontráis el último –se quejó Krôn.

-Eso no es verdad, todavía queda Keilor. ¡Venga Keilor, sal, que ya has ganado!

Esperaron largo tiempo, comparado con lo que es capaz un kender de estar esperando a alguien sin hacer nada, y fueron a buscarlo. Pero no hacía falta. El cadáver del joven kender ganador cayó del cielo, envuelto en una repugnante baba. Todos los kenders se echaron hacia atrás sobresaltados por la sorpresa, ya que es bien sabido que los kenders no suelen tener miedo de nada, y examinaron el cuerpo inmóvil del que había sido su compañero de juegos. Luego, al oír cómo unas ramas se partían, alzaron la cabeza y vieron la monstruosa cabeza de un dragón azul asomando entre las ramas de los árboles.

-¿Quién de vosotros es el kender llamado Krôn? –rugió furiosa la criatura.

-Soy yo –contestó inocentemente Kròn-. ¿Me traes algún regalo?

-Me has hecho perder a uno de mis más valiosos súbditos y por tu culpa no pude obtener el anillo mágico. Además, para saber quién había sido el causante de todo, tuve que gastar cinco años de mi tiempo para buscar el alma de mi súbdito y descubrir lo ocurrido. Vas a pagar por todas las molestias, bicho insignificante.

-¿Yo hice todo eso? –Preguntó inocentemente el kender.

-Te refrescaré la memoria. Un encuentro con un hombre, un dragón, un medallón y un anillo, hace cinco años. ¿Te acuerdas ahora?

-¡Claro! –Exclamó el jovenzuelo, dándose con el puño en la palma de la mano-. Cuando tuve un pequeño encontronazo con un dragón de cobre. No me iba a olvidar. Por su culpa ahora no me dejan parar a mí en el juego del escondite. Resulta que…

-¡No me interesa tu insignificante vida, kender! –Rugió el dragón.

-Debería escucharle, es una historia fantástica y él explica muy bien las historias. Recuerdo que una vez explicó la historia de…

El kender no pudo acabar la frase, ya que le cayó, a él y a sus compañeros de juego, una ráfaga de rayos que lanzó el dragón, furioso y harto de aquellas criaturas. Los rayos impactaron en los pequeños cuerpos de los kenders, derribándolos e hiriéndolos de gravedad o, incluso, matando a los más débiles.

-Morvek, atrapa al dichoso kender.

De entre los matorrales que había debajo del corpachón del dragón, surgió una figura de piedra, de dos metros y con forma humana, que agarró fuertemente al kender, quien no pudo hacer nada ante los fuertes brazos de la criatura. Ésta se llevó al kender a la espesura del bosque, llevándose consigo una pequeña carga más que su cuerpo de piedra no notó. La joven kender enamorada se había agarrado fuertemente al brazo de la criatura, intentando inútilmente que los mordiscos que le propinaba hicieran que soltara a su amado Krôn.

-¿Qué te parece el nuevo aspecto de mi sirviente, kender? –preguntó el dragón, que se había convertido en un robusto hombre con unos enormes ojos azules, el pelo castaño y que vestía un traje negro con el símbolo de un dragón de cinco cabezas en el pecho.

-Pues…

-Era una pregunta retórica y no pretendía recibir respuesta alguna –le cortó el dragón, y siguieron la marcha a través del bosque.

Marcharon durante largo tiempo, con paso rápido, hasta llegar a una pequeña cueva excavada en el suelo del bosque y cubierta por las copas de los árboles. Krôn, debatiéndose inútilmente contra los rígidos brazos del horrible ser que antes había sido un hombre, miró de reojo la cueva, la cual no recordaba haber visto nunca. El grupo entró en ella y, a unas palabras del dragón, una luz apareció en el interior.

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-Mal venido a mi gruta. Todo está por hacer, ya que hace muy poco que estoy aquí, pero se convertirá en una cruel cueva cuando la llene con los restos de toda la población de esa ridícula ciudad que llamáis Kendermore –el hombre que se rió estrepitosamente mientras volvía a su forma original de dragón-. Y para hacerte pagar por el anillo perdido, veras cómo degüello y maltrato a toda la gente de tu insignificante ciudad –en aquel momento a la joven Tharta se resbaló y se soltó del fuerte brazo de la criatura, cayendo al suelo con gran estruendo-. Empezando por esta pequeña joven que se ha atrevido a incordiarme en mi propia cueva.

-No te metas con mi querido Krôn –le ordenó ella al mismo tiempo que recogía una piedra del suelo y se la lanzaba al dragón, con una onda que tenía siempre en el bolsillo.

La piedra rebotó inútilmente en la frente del dragón, el cual echó un bufido por sus temibles fauces que derribó a la kender y le hizo dar tumbos hasta chocar contra la pared de la cueva, haciéndole perder el conocimiento.

-Sería una pena que la chiquilla no sufriera delante de tus narices sin que puedas hacer nada. Creo que lo dejaremos para mañana –rugió irónicamente el dragón, dándose la vuelta y adentrándose más en su nueva cueva.

-Pobre Tharta, sólo quería ayudar. Por cierto, ¿cómo realizaras la hazaña de la que me has hablado? –Preguntó el kender, con curiosidad-. Porque es una gran hazaña capturar a todos los kenders de Kendermore y matarlos lentamente uno a uno. Además, no te será fácil atacar Kendermore. Tiene sus defensas y todos allí son muy buenos tiradores. Recuerdo una vez, que mi tío Zancagrande le acertó a un gorrión en medio de los ojos. Claro que fue sin querer, ya que lo que quería era derribar una botella que había sobre un barril. El pobre tío Zancagrande lo único bueno que tenía era su enorme Zanca: era cómo dos pies normales y…

-Calla de una vez, maldito charlatán –gruñó el dragón, enojado, desde el fondo de la cueva.

-¿Por qué? ¿No te gusta mi historia? A todo el mundo le gusta oír mis historias. Claro que no conozco a todo el mundo, pero a toda la gente que conozco le gus… -el kender seguía hablando, pero ahora no pronunciaba ningún sonido.

-Así me dejarás tranquilo de una vez –dijo el enorme dragón, enroscándose sobre sí mismo y, con la temible cabeza apoyada sobre las patas delanteras, se echó a dormir.

El kender estaba fascinado. Cada vez que intentaba decir algo no salía ningún sonido de su garganta y estuvo tratando de articular, gritar o cantar alguna cosa hasta que el juego le aburrió y empezó a escudriñar la cueva. Estaba excavada directamente en la tierra y el techo se sustentaba, supuso el kender, gracias a algún hechizo del dragón. Al kender le fascinaba la magia y, sobre todo, los dragones, que eran las criaturas más mágicas que había conocido.

“Ojalá estuviera aquí aquel dragón de bronce” pensó. “Era más simpático que este azul y hablaba más.”

Entonces el kender pensó en Morvek, que aun lo tenía apresado entre sus fuertes brazos y no se había movido ni siquiera un centímetro. Pensó en cómo haría para no aburrirse al estar en aquella posición tan incómoda y le hubiera soltado muchas preguntas de no ser consciente de que no le podía oír, aunque tampoco sabía si aquella criatura hablaba el común y, ahora que lo pensaba, no sabía siquiera si era capaz de hablar algún lenguaje. Sumido en estos pensamientos, el kender, no acostumbrado a tanta acción, se durmió en brazos del ser de piedra.

Al cabo de un rato, un leve tirón en el pie le despertó. Bajó la cabeza todo lo que la criatura de piedra le permitía y pudo ver a la joven Tharta, de pie junto a los enormes pies del hombre de piedra. Aquellos pies tan enormes le recordaron a su tío Zancagrande y se lo quiso intentar explicar a su amiga. Pero al pronunciar las palabras, no se oyó y comprendió que el hechizo del dragón aun seguía funcionando.

-¿Qué dices? Habla más alto, no te oigo –susurró la kender, pero sólo recibió una serie de articulaciones incomprensibles-. Que hables más alto –le intentó hacer comprender, hablando en voz más alta.

Se tapó la boca al oírse a sí misma y echó un vistazo al dragón, para comprobar si seguía durmiendo. Pero nada más girar la cabeza se encontró con los reptilianos ojos de la criatura que la observaba.

-Ya te has despertado, pequeño engendro bocazas –habló el dragón con un gran bostezo que dejó ver a los kenders hasta el último afilado diente de sus fauces-. Pues empezaremos la tarea.

-¿Vas a empezar la fiesta sin mí, Akzurihus? –Murmuró una penetrante voz de la entrada de la cueva. Seguidamente, una enorme sombra bloqueó la luz del día y quedó reflejada la figura de un corpulento dragón.

-Dromhust, debí prever que vendrías a ayudar a estas insignificantes criaturas –rugió el dragón azul mientras la corpulenta figura de un dragón de bronce entraba lentamente en el nuevo cubil del dragón.

-Un bonito cubil, Akzur. Lástima que esté en mi nuevo territorio y debas dejarlo.

-¿Y quién me va a obligar? ¿Tú? –preguntó sarcástico el azulado dragón, a la vez que un gran rayo salía de sus enormes fauces y surcaba el aire hasta el dragón dorado, que, al mismo tiempo que el azul, había lanzado también un rayo.

Los dos rayos se toparon en medio de la gruta, causando una gran explosión que derribó a la criatura de piedra y a los kenders, pero que no afectó a ninguno de los dos dragones, los cuales siguieron batallando. Se lanzaron uno contra otro y lucharon feroz mente a zarpazos y mordiscos, esperando su oportunidad. El impacto de los dos rayos que derribó al ser de piedra, hizo que a éste se le rompieran los brazos y soltara a Krôn, hiriéndole sólo levemente. Los dos kenders permanecían acurrucados los dos juntos, contra la pared de la cueva, pero se pusieron a correr en el momento que vieron al enorme ser de piedra que se levantaba y, con los dos brazos rotos levantados, se dirigía hacia ellos.

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-Debemos hacer algo, Krôn –decía Tharta mientras corría y intentaba arreglarse un poco su desmelenada cabellera.

-¿Pero que? –preguntó el kender, llevándose una mano a las costillas-. Ese bruto de piedra de ha roto siete costillas como mínimo y me duelen un montón.

-¿Cómo? –Exclamó la joven, girando sobre sus talones y cargando su honda-. Nadie le hace daño a mi querido Krôn –gritó y empezó a lanzar piedras a puntos estratégicos del horrible ser de piedra.

El sirviente del dragón azul estaba muy malherido a causa del encontronazo de los dos rayos, y las bien dirigidas piedrecillas que le enviaba la kender con furia le hicieron tambalearse y empezar a desmoronarse sin remedio. El joven kender miró con entusiasmo la obra de su compañera y luego miró la trepidante lucha de los dos dragones.

Los dos tenían las fuerzas muy igualadas, pero el dragón azul hacía retroceder más y más al dorado. Sin saber qué hacer, el kender inspeccionó la cueva, buscando alguna clase de arma y atisbó una gran raíz, de su mismo tamaño, aproximadamente. Fue corriendo hacia ella y, cuando la tuvo, se dirigió valientemente hacia el dragón azul. Pasó trepidantemente bajo su agitada cola, recibiendo algunos cortes, y pinchó con la raíz en el punto más vulnerable del culo del dragón. El dragón azul, sorprendido y molesto, giró su enorme cuello para ver lo que ocurría y, al ver al pequeño kender pinchándole con un palo, agitó su inmensa cola y lo lanzó por los aires. Esta distracción puso al dragón dorado en una buena situación para morder el cuello del azul y no la desperdició. Le asestó un tremendo mordisco, arrancándole escamas y piel. El herido profirió un horripilante gruñido e, impulsándose fuertemente con las patas traseras, se elevó y, haciendo un agujero en el techo del cubil, salió volando y huyó.

Cuando Krôn se recuperó del golpe del dragón, no le dolía absolutamente nada. Abrió los ojos y vio la reluciente cara de Tharta sonriendo.

-¿Cómo te encuentras querido? –le preguntó cariñosamente la joven.

-Bien, estupendamente. ¿Qué ha pasado?

-Hiciste huir al dragón azul y el otro dagón nos curó a ti y a mí y nos llevó volando cerca de Kendermore. ¿A que es muy amable?

-Sí, el dragón azul no le llega a la suela de la bota, aunque no creo que los dragones usen botas. Deben de ser enormes y con agujeros para que puedan sacar sus zarpas, si no siempre romperían las botas y tendrían que estarse comprando botas continuamente y no creo que sea muy… -Un gutural gruñido, proveniente de su barriga, lo interrumpió.

-Yo también tengo hambre. Mejor volvemos a casa y me lo cuentas mientras comes un buen guiso preparado por mí –le dijo la kender y, ayudándole a levantarse del suelo, iniciaron la marcha de regreso cogidos del brazo y parloteando alegremente de su aventura.

Cuando llegaron a la ciudad ya empezaba a oscurecer y una ráfaga de aire les hizo temblar de miedo. Llegaron a la puerta y se encontraron con una multitud de padres furiosos porque sus hijos no habían vuelto.

-Krôn, kender cabeza hueca, engendro de chotacabras, ¿donde están nuestros hijos esta vez? -Le regañaron furiosos.

-Emm…

-Esta vez no fue culpa de Krôn –le defendió Tharta-. Veréis. "Krôn y yo corrimos a escondernos en un matorral, cuando Bozón, que le tocaba parar, acabó de contar hasta cien…."

 



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