|
Krôn y Andrêa, la joven a la que salvó de unos siniestros magos (Venganza de Magos) hacen camino y se van conociendo. Por el camino conocen a un gnomo que está construyendo una extraña máquina y les pide su ayuda.
-Así que ésta es la historia de mi rescate, ¿no? –dijo una preciosa muchacha al kender que andaba a su lado.
-Sí, ésta es –le contestó el kender, saltando alegremente-. Por cierto, yo me llamo Krôn. ¿Cómo te llamas tú?
-No lo sé. Los hombres que me raptaron me nombraban “la Pura” -le contestó la chica, apartándose un mechón rebelde de su castaña cabellera.
La joven aparentaba menos de dieciocho años. Tenía los ojos marrones y una piel tan fina cómo la seda. El largo pelo le caía sobre los hombros. La chica vestía los harapos de una túnica negra que dejaba entrever su suave piel y sus preciosos muslos.
-¿Qué te parece Skels? –le comentó el kender.
-Mmm…
-O Tania. Así se llama mi prima. La pobre murió atacada por goblins, pobre. Talvez te guste más Kelsha, Andrêa, Shira o Bella, cómo eres bella, se ajusta a la perfección.
-Gracias, pero me ha gustado otro que has dicho, Andr…
-¡Andrêa! –se adelantó Krôn-. Sí, es precioso y te queda bien. Andrêa se llamaba la madre de la madre de mi madre. ¿O era la madre del padre de mi padre? Talvez fuera la madre del padre de mi abuelo; sí, creo que sí.
-Bueno. Andrêa me gusta mucho, gracias –le interrumpió Andrêa.
-No hay de qué. Podemos celebrar que tienes nombre en la próxima taberna que veamos y te...
Una fuerte explosión cortó el discurso del kender y un enorme objeto se dirigió hacia ellos, echando una nube negra. Andrêa se asustó mucho y se apartó de la trayectoria del objeto. Pero Krôn se quedó mirando el objeto, intentando saber qué era, hasta que finalmente se apartó de un salto cuando el objeto cayó unos metros delante de él y arrasó con todo lo que encontró unos metros más.
-¿Qué es eso? –preguntó con curiosidad el kender y se acercó corriendo al objeto.
Era un objeto de hierro macizo, de forma cilíndrica y con un agujero en la punta de donde salía el negro humo. El kender lo tocó con un dedo y comprobó que estaba ardiendo. Empezó a dar vueltas a su alrededor, intentando descubrir qué era y qué utilidad podía tener. Al cabo de un rato, el kender volvió a tocarlo y comprobó con satisfacción que ya no quemaba. Se dirigía a observar su interior cuando una chillona voz le gritó:
-Notoquesmiinventoladronzueloesmío –al poco, la pequeña figurita de un gnomo apareció por el camino-. Mehacostadomuchosesfuerzosynoquieroquemeloestropees.
Al llegar junto a Krôn y el extraño artilugio volador, el gnomo se paró. Respiraba entrecortadamente a la vez que apoyaba las manos sobre sus muslos. El pobre estaba sucio de hollín y su delantal y sus pantalones no mostraban ninguna referencia del color real. Lo único que resaltaba en él eran las sucias gafas que llevaba en la mano y una tuerca que le colgaba de una cadena del cuello.
-Unkendercómono –le chilló el gnomo agitando, delante de la cara de Krôn, un pesado artilugio para quitar tuercas.
-Cómo no hables más despacio, no te entenderemos -le dijo al kender al excitado gnomo-. No aprenderéis nunca que nosotros no os entendemos cuando habláis tan rápido. Cosas de gnomos –le informó a la joven, mientras esta salía de detrás de una roca.
-Perdónyono… Ehem. Perdón. Es que resulta que llevo mucho tiempo intentando construir este invento y hacer que funcione, pero no lo consigo.
-¿Es el trabajo que encomiendan a cada familia y que cada miembro tiene que conseguir antes de morir? O algo así, creo.
-Exacto. Soy Tormedinatuercaacerodegoldneshort…
-¿No tienes un nombre más corto, una abreviatura? –le interrumpió Krôn, que sabía cuan largos llegaban a ser los nombres de los gnomos.
-Bueno, la gente me llama pequeño diablo destructor.
-Mejor… Althort o…
-Creo que mejor le llamamos Torm. Es el inicio del nombre y suena bien –le cortó la muchacha.
-Sí, me gusta mucho. ¿Vosotros quiénes sois?
-Yo soy Andrêa –contestó la chica, orgullosa de su nuevo nombre.
-Y yo Krôn, encantado de conocerte, Torn –dijo el kender, tendiéndole la mano al gnomo-. Ahora podrías explicarnos qué quieres construir y talvez podamos ayudarte. Últimamente se me da muy bien ayudar a la gente.
- Si me ayudáis a llevar mi invento de vuelta a mi taller, os lo explico de camino.
Entre Krôn y Torn, ataron un par de cuerdas que llevaba el gnomo y, tirando de ellas, arrastraron el invento hasta un pequeño cobertizo que usaba de taller, a las afueras de un pequeño pueblo que no estaba muy lejos. Por el camino Torn les explicó la historia de cómo todos sus antepasados murieron intentando crear una especie de arma de gran tamaño, que disparara bolas de hierro a gran potencia, capaces de derrotar cualquier ejército.
El kender y la chica escuchaban con gran curiosidad al gnomo, mientras éste, en su pequeño taller, les enseñaba sus mapas, construcciones y los materiales que tenía. Los dos compañeros se quedaron bocabiertos ante los extravagantes inventos que tenían delante. El taller era un viejo establo que se hubiera derrumbado sino fuera por un complejo sistema de columnas de hierro y madera que lo sustentaban. En el techo del taller se podía observar un enorme agujero, que había sido causado por el extraviado invento del gnomo.
-¡Ya sé! –exclamó Torn, después de mirar y remirar un amasijo de papeles que tenía sobre una mesa enorme, comparada con su pequeño tamaño-. Le puse demasiado polvo explosivo y al golpear un molesto clavo, saltó una chispa y boom. Sólo tengo que reparar el artefacto y poner menos cantidad.
-¿Para cuándo crees que lo habrás acabado? Me encantaría verlo en acción.
-Una semana, tal vez más.
-Para entonces yo ya habré acabado de hacer el mío y todos tus esfuerzos habrán sido vanos dijo una gutural voz.
Los tres amigos se giraron y vieron ante la puerta del taller a una pequeña figura de metro y medio, seguida de otras dos, que casi le doblaban en altura.
-Tú otra vez. Desaparece de aquí, ser despreciable. –le gritó el gnomo.
-Me iré, pero no pienses que podrás acabar tu “invento” antes que yo –contestó el aludido con malicia-. ¡Boxt, Goxt, nos vamos! –gritó el pequeño ser a los dos más grandes, que obedecieron sin rechistar.
-¿Qué era esa especie de ogro en miniatura? –preguntó Krôn, quitando la mano de su chapak.
-Ése es mi primo, se hace llamar Golgh.
-¿Qué? –exclamaron los dos compañeros al unísono.
-Sí, veréis. Una tía mía tuvo un encuentro con un ogro y por circunstancias, que prefiero no mencionar, se enamoraron. Al ser de mi familia, tenían también que construir el invento que estoy intentando crear. Pero sucedió un grave accidente y los dos murieron en él dejando solo a su hijo, que decidió irse del Montenoimporta y cambiarse su nombre por Golrh, y que ahora intenta construir el invento que construían sus padres. Cómo yo también quiero construirlo, se ha vuelto una competición para ver quién lo construye antes. Seguro que los subordinados de Golgh me han tocado mi invento; no queda el polvo explosivo y yo recuerdo que dejé bastante.
-¡Qué bastardos hijos de un chotacabras! –Exclamó Krôn indignado-, seguro que lo habrías logrado y por eso te han estropeado el invento. Ahora verán quién soy yo.
-No –le dijo el gnomo-, yo quiero ganar honradamente. Aunque ellos no lo hagan, yo no voy a caer tan bajo cómo mi primo.
-Muy bien dicho. Si podemos ayudarte pídenoslo –le dijo Andrêa.
-Pues me iría muy bien que me fueseis a buscar más polvo explosivo. Aunque es un viaje largo y peligroso, y entenderé que digáis que no.
-Cuanto más difícil, más divertido. Es lo que siempre digo –contestó el kender, pero la chica no lo tenía muy claro. Cuando iba a plantear su opinión, el kender se adelantó y dijo-. Estaremos encantados de ir.
-¿En serio? No sabes el peso que me quitáis de encima. Además, Golgh está apunto de conseguirlo también y lo he de preparar todo muy rápido. Esperad, que enseguida os doy un mapa y las instrucciones.
Unas horas más tarde y a varios kilómetros de distancia, Krôn y Andrêa recorrían camino, subidos en un carro tirado por un poni de pelaje gris.
-¿Porque tuviste que hablar por mí? Yo no quería ir, me da mucho miedo.
-Pensé que te gustaría. Además, ¿de qué tienes miedo? No lo tengas, yo no lo tengo. Aunque no he conocido a ningún kender que lo tuviera. Excepto a Galhan el miedoso. El pobre tubo un accidente con una araña y cada vez que veía una se escondía corriendo. ¿Qué será de el? La última vez que lo vi, partía hacia la lejanía.
-¿Me dejas ver el mapa y las instrucciones? –le cortó la chica cansada de la cháchara del kender.
-Claro, aquí tienes. ¿Qué dicen?
-Dice que recorramos unos cien kilómetros a través de esta enorme explanada desierta hasta encontrar una cordillera de montañas con un tenebroso bosque en medio. Ves, ya dice tenebroso bosque. Demos la vuelta y expliquémosle que no nos atrevimos a seguir.
-No –contestó el kender-. Parece muy interesante, sigue leyendo.
-Luego tenemos que penetrar en lo más profundo del bosque hasta que encontremos una cueva –prosiguió la joven, resignada-, custodiada por un esqueleto. Lo siguiente está un poco borroso y no lo entiendo. Luego tendremos que penetrar en la cueva y, en el fondo, podremos extraer todo el polvo explosivo que necesitemos. Finalmente sólo tenemos que volver. No avisa de ningún peligro, así que no creo que nos pase nada.
-Claro que no. Además tienes aquí a Krôn, vencedor de magos –le tranquilizó el kender riendo-. Presiento que será una aventura muy divertida.
El grupo viajó, riendo y explicando historias hasta que anocheció. Entonces, acamparon al lado del camino. Krôn, con sus habilidades, hizo una fogata y comieron pan y carne asada, que les había entregado el gnomo para el camino. Luego se echaron a dormir en el interior del carro, los dos muy juntos para darse calor.
Lo que la pareja no supo es que dos pares de ojos los vigilaban y, acercándose sigilosamente, les robaron toda la carne que tenían. Luego se marcharon sin hacer ruido.
-¡Krôn! –gritó Andrêa.
-¿Que pasa, dónde está el fuego? –contestó el kender al despertarse sobresaltado.
-Dónde está lo que no está, querrás decir –contestó la chica furiosa-. ¿Qué has hecho con la carne? ¿Es otra costumbre kender levantarse de noche y comer cómo un enano gully toda la carne que hay?
-¿De qué estás hablando? –Preguntó incrédulo el kender-. Yo ayer estaba lleno, si no hay carne te la habrás comido tú. Cómo estás tan delgada…
-¿Yo?
-Si no he sido yo. ¿Quién puede haber sido? Yo no veo a nadie más.
-Yo no me he movido en todo el rato. Estaba muy cansada y he dormido muy bien.
-Pues eso quiere decir que hay alguien más aquí –concluyó el kender, echando un vistazo fuera del carro-. El poni no ha podido ser, porque no son carnívoros. Mira cómo come esa hierba seca. Tendríamos que haberle traído algo de hierba fresca para el pobre, se le ve muy triste allí solo y comiendo esa hierba tan seca. ¿Qué gusto tendrá la hierba?
-No lo sé, pero sin carne a lo mejor tendremos que comer hierba cómo el poni. Y tendremos que vigilar, si es verdad que hay más gente, cómo…
-¿Te refieres a goblins, asaltadores, bandidos, bárbaros de las llanuras u ogros?
-Ogros, claro. Seguro que el primo de Torn nos está saboteando para que no le consigamos el polvo explosivo y construir él antes el invento –pensó la joven-. Tendremos que darnos prisa y conformarnos comiendo sólo con pan. Venga Krôn, date prisa y engancha al poni: proseguimos el viaje y ahora conduzco yo.
-Ahora mismo –contestó el kender, saltando del carro y yendo a hacer lo que le decían. Luego se subió en el carro y, mordisqueando un trozo de pan que le tendió Andrêa, dijo- mi padre siempre me dijo que no dejara a ninguna mujer de ninguna raza conducir un carro porque…
El kender no pudo acabar la frase, ya que la joven dio un fuerte tirón de las riendas, el poni hizo avanzar rápidamente al carro y el impulso envió al kender hacia atrás. El carro avanzó a una velocidad trepidante durante largo trecho hasta que la chica pensó que el gris poni no aguantaría todo el trayecto. Pero ya habían recorrido un gran trozo y los picos de las montañas asomaban en el horizonte. Antes de medio día, ya estaban en el linde del bosque tenebroso, nombrado por el gnomo.
-No ha estado tan mal el viaje –le dijo la chica al kender, mientras los dos bajaban del carro y se arreglaban los pelos, removidos por la fuerza del aire.
-No pienso dejarte conducir nunca más.
-¿Por qué? Me ha gustado mucho.
-Bueno, veamos qué hay aquí.
El kender avanzó dando saltos en dirección al bosque, pero la chica lo detuvo.
-No sabemos qué puede haber allí. Tendríamos que prepararnos primero.
-Yo siempre voy preparado para todo. Llevo mi fiel chapak colgada a la espalda y siempre que la necesito está allí. La desenfundo rápidamente ante el peligro y…
-Sí, sí, de acuerdo. ¿Pero yo que? Creo que Torn me dijo que tenía alguna arma de su propia invención en el carro –la chica se puso a buscar en el interior del carro hasta que encontró lo que buscaba-. Mira, aquí está.
Lo que la joven tenía en la mano era una especie de mástil de madera, con forma de ballesta, pero tenía un agujero en medio y le faltaban las astas para tensar la cuerda y disparar la saeta. También había encontrado una lanza tamaño gnomo, con muchas poleas colocadas entorno a mango.
-Aquí pone cómo utilizarlas –le explicó la chica al kender, que miró con desdén los artilugios y se acercó precavidamente, ya que la curiosidad que sentía lo instaba a ello.
-Sé por experiencia que todos los artilugios de los gnomos, por muy buenos que sean, siempre acaban explotando. Recuerdo que una vez vi un barco gnomo, que echaba humo y que poco antes de amarrar en el puerto estalló.
-Bueno, no creo que esta lanza estalle, ya que funciona manualmente, según dice aquí. Se mueve esta manivela y…
Andrêa no pudo acabar la frase, ya que, al mover la manivela, todas las poleas de la lanza empezaron a moverse peligrosamente y la punta salió disparada en dirección al kender, que se echó al suelo, esquivándola por los pelos. La chica soltó el mango y se retiró al ver que el invento todavía se movía. Las poleas dieron unas cuantas vueltas más y, finalmente, el invento estalló en una lluvia de astillas, clavos, tuercas y poleas.
-Pues tenías razón, Krôn.
-Claro que tenía razón –refunfuñó el kender, acariciándose su copete con ternura-. La próxima vez ten más cuidado.
-¿Crees seguro probar el segundo invento? –Preguntó la jovencita, con incredibilidad-. Piensa que has estado apunto de perder tu preciado copete. Pero bueno, cómo quieras.
La chica cogió la pesada arma, leyó las instrucciones de manejo y contestó con cierto alivio:
-Lástima, funciona con polvos explosivos y no tenemos. Pero pesa mucho y creo que me servirá para golpear –Andrêa se colgó el arma en la espalda y le indicó al kender que iniciara la marcha-. Venga, que Torn nos está esperando.
El kender iba a sugerir algo, pero el serio rostro de Andrêa le hizo cambiar de parecer y, utilizando su chapak cómo un machete, se abrió paso por la espesura del bosque seguido de cerca por la joven. Anduvieron durante largo tiempo hasta que divisaron una rocosa pared y aceleraron el paso. Cuando llegaron a la ladera de la montaña, no vieron ninguna entrada ni nada parecido y los dos compañeros se miraron confusos.
-Nos debemos haber desviado un poco –informó el kender-. Será mejor que vayamos por un lado de esta pared rocosa a ver si la encontramos.
-Pero, ¿qué pasa si nos perdemos?
-Tranquila, por eso he ido cortando ramas por el camino, sabremos volver.
Giraron a la derecha y fueron siguiendo la ladera de la montaña, tal y cómo había dicho el kender. Finalmente llegaron a una zona más umbría que el resto y vieron la entrada de la gruta, con un mugriento esqueleto custodiándola. El esqueleto vestía una cota de malla y una espada le colgaba del grueso cinto que llevaba atado en su huesuda cadera. Andrêa puso muy mala cara y le vinieron pequeñas arcadas que detuvo mirando hacia el suelo. Krôn, por su parte, se acercó tranquilamente al huesudo guardián y le dio unos golpecitos con la chapak.
-No hay de que asustarse, sólo es un esqueleto. No se levantará, pondrá la mano sobre tu hombro y te dirá “hola”, tranquila.
La seguridad del kender ayudó a la joven a entrar en la gruta, con la mano puesta en el hombro de Krôn y agarrando fuertemente el invento del gnomo. Pero justo cuando entraban, sintió cómo una mano se le posaba en el hombro. Se giró y vio el esquelético rostro del guardián, que la miraba mientras tenía la mano posada en su hombro.
-Vais a algún sitio, jovencitos –preguntó con sarcasmo el esqueleto.
Si Andrèa hubiera podido leer las instrucciones que les había dado Torn, hubiera podido leer: “Antes de entrar, pedidle permiso al guardián”.
|
 |