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Elvira, es una joven estudiante de Erasmus que llega desde Francia a Córdoba, Andalucía, para complementar sus estudios de Historia del Arte. Lo que no imagina es que en el viejo casco histórico de la ciudad encontrará algo más que bella arquitectura entre su laberinto de calles y rincones de leyenda... Los lamentos del pasado se hacen eco por doquier.
La noche era sobre Córdoba manto oscuro de encubiertos presagios y Elvira era, entre las sombras, un manojo de nervios desatado. Corría por el casco antiguo de la ciudad, por la encrucijada de calles que formaban el Barrio de la Judería. Oía gritos lejanos, en algún lugar de aquel laberinto, y su avanzar se le antojaba pesado, tan desalentador que se detuvo al llegar a una esquina y se sentó para descansar. Los chillidos se fueron haciendo intensos y, desde algún lugar cercano, se oían alternarse las rápidas pisadas de unos pies ligeros. Sin duda, alguien se aproximaba a la desesperada hacia donde ella estaba acomodada. El corazón de la chica se aceleró y su rostro se fue desencajando cuando aquel ajetreado instante llegaba a su destino final, doblando la esquina más próxima…
Alguien o algo tomó a Elvira por su brazo, fue entonces cuando despertó de aquel mal trago. Todo había sido una pesadilla, una más de las que venía padeciendo estos últimos meses, desde que llegase a la ciudad procedente de Normandía, al Norte de Francia, para proseguir sus estudios universitarios en la lóbrega Facultad de Filosofía y Letras.
La joven, de veintidós años, podía estudiar Historia del Arte en Andalucía gracias a una de las archiconocidas Becas Erasmus cuya denominación era en honor al filósofo Erasmo de Rotterdam, aunque realmente esas letras que componían el nombre representaban la unión de las siglas de “European Community Action Scheme for the Mobility of University Students”, o lo que es lo mismo, “Plan de Acción de la Comunidad Europea para la Movilidad de Estudiantes Universitarios”.
La Facultad de Filosofía y Letras, queda emplazada en el corazón de la Judería cordobesa. Es un histórico edificio que a principios del siglo XVIII compró el Cardenal Salazar, quien pretendía construir un colegio para los niños del coro de la Catedral pero en el que, debido a la ola de peste que comenzaba a asolar la ciudad, tuvo que hacer reformas de última hora de manera que pudiese cumplir como improvisado hospital, en el que finalmente se acogieron cientos de enfermos de peste y otras enfermedades con posterioridad. En muchos casos los pacientes ingresaban en estado terminal, por lo tanto aún dan constancia en los marcos de madera de las ventanas aquellas firmas desde el siglo XVIII en delante de todo el que conseguía salir con vida del mortuorio nacido de la necesidad y la catástrofe que la peste deparó, pues no era la suerte de la mayoría. Tanto dolor y sufrimiento vendría a minar de leyendas y rumores lo que hoy en día es La Facultad de Filosofía y Letras. Humedad en sus clases, viejas estancias, capillas ruineras, largas escaleras y amplios corredores dan cabida a toda serie de rumores sobre la existencia de fantasmas y almas atormentadas que pasean por el antiguo Hospital del Cardenal Salazar.
Elvira conocía todas esas historias de fantasmas y demás habladurías de la gente pero nunca había creído en asuntos de ultratumba que quedasen más allá de una explicación científica. Una noche más, acababa de despertar sobresaltada y sudorosa, con el corazón agitado y la sensación de que alguien la tocaba. La habitación estaba vagamente iluminada por la escasa luz que procedía del exterior, a través de la gran ventana de madera desencajada y con una blanca cortina ligeramente descorrida, mecida por la suave brisa que se filtraba desde el callejón contiguo.
Por la mañana se levantó aturdida, como venía siendo costumbre desde hacía ya más de una semana, tomó un gran tazón de leche con cacao que sacó humeante del microondas, lo tragó de una sentada y salió a toda prisa por el portal de la comunidad de vecinos hasta la fresca calle adoquinada del Convento de las Hermanas Clarisas, monumento en vías de restauración y salpicado también por alguna que otra anécdota fantasmagórica. Allí, una gran familia de gatos campaba a sus anchas con luz o sin ella. Quizás esos pequeños guardianes fueran la reencarnación de aquéllos que en su día lo moraban.
Pasó la mañana con la misma monotonía de siempre, la que le había acompañado en la facultad desde que llegase a ella un par de meses antes, en septiembre de 2006. Y el mediodía se fue igualmente, tirando de la joven por sus tripas hasta llevarla a casa hambrienta. Tomate frito de brick, atún de lata y spaghetti precocinados se mezclaron en cinco minutos dentro de una cazuela, sobre la vieja hornilla de gas y con el impaciente meneo de la mano de Elvira, quién tardó poco menos en engullirlos casi abrasándose el gaznate. Luego, tras una corta cabezadita en un viejo pero cómodo sofá, se puso manos a la obra con sus quehaceres universitarios. Y así pasó también una tarde más hasta la caída de la noche.
Abatida por el agotamiento acumulado de sus sueños de sobresalto y largas horas de estudio se incorporó y, tras tomar un caldo caliente de pollo y cepillar sus dientes, se fue a la cama antes de que el despertador de su mesita de noche marcase las diez.
Los gatos, bajo el denso manto nocturno de los alrededores del abandonado convento, maullaban sin cesar, más ajetreados que de costumbre. De vez en cuando se les oía correr de un lado a otro por la angosta calle. Con mucho esfuerzo, la chica pudo finalmente conciliar el sueño.
Un fuerte sonar de metal y cristales rotos irrumpió en su descanso de madrugada. Se levantó muy asustada; la ventana estaba abierta de par en par y el vello de su piel erizado por la misma corriente de aire frío que ondulaba los cándidos cortinajes. En el suelo yacía su despertador redondo y de campanitas de hojalata hecho pedazos. Se sentó al borde de la cama, dejó caer el peso de su cabeza sobre las palmas de sus manos, ocultando entre ellas su cara, y respiró profundo. Luego recogió los fragmentos más grandes del pequeño instrumento metálico para depositarlos sobre la mesita, su lugar de origen. Cerró la ventana, asegurándola con su alargado cerrojo, y de nuevo se sentó al borde de su lecho cuyas sábanas y edredón estaban notablemente revueltos. Empezaba a relajarse, a sentirse pesada y muy cansada, sus ojos se cerraban justo en el momento en el que alguien, desde debajo de su cama, la agarró por su tobillo con fuerza y con una temperatura corporal tan fría como el hielo. Elvira se puso en pie de un salto, con el ritmo cardíaco acelerado, exhaló un resoplido y pulsó el interruptor de la luz…
Pero no había luz, la bombilla debía de haberse fundido. Así que salió a la pequeña salita donde estudiaba y probó suerte con un flexo, sin éxito. Seguramente había algún fallo en el barrio o en el bloque puesto que en los últimos días se habían sucedido en varias provincias de Andalucía una serie de tormentas eléctricas. Aunque era extraño, pues esta noche no había indicio alguno de ese fenómeno meteorológico.
Abrió un cajón del mueble de madera sobre el que se posaba una televisión en color de catorce pulgadas, sacó una vela roja, de las que se ponen a los santos en las iglesias, y le prendió fuego con un cerillo. Era una chica prevenida y muestra de ello era aquella media docena de velas que guardaba para ocasiones como ésta.
Guiando sus pasos con la tenue luz de aquel aliado improvisado contra las tinieblas, entró de nuevo en su habitación. Se puso de rodillas para mirar bajo la cama y la iluminó. Allí no había nada. Pensó que había vuelto a imaginar cosas extrañas propiciadas por el entorno, su insomnio y la necesidad de horas de sueño reparador.
Pero no, no podía ser normal todo aquello. Ahora, proveniente del armario donde guardaba su ropa, llegaban a sus oídos crujidos de madera y…¡¡Un chillido agudo!!
-Debe haber entrado algún gato aquí –se dijo a sí misma notablemente nerviosa mientras se aproximaba para comprobarlo.
Tiró suavemente del pomo de la puerta y miró en el interior guardando cierta distancia. La cara de Elvira tornó a espanto y retrocedió dejando caer la vela al suelo, que se apagó con el impacto. Dentro del armario había una niña de no más de siete u ocho años de edad, con un camisón blanco, sentada y abrazada a sus rodillas temblorosas. No fue aquello lo que le causó semejante acceso de pánico sino el gran corte que exhibía su cuello cuando se levantó y abrió de par en par la puerta del mueble. Brotaba aún la sangre de su interior, contrastando con la palidez de su rostro, su cabello largo azabache y su blanco camisón que flotaba en el aire. Entre sus dedos llevaba entrelazado un típico rosario católico. La pequeña se acercó a Elvira, que no daba crédito a lo que veía tirada en el suelo de su habitación, y alargó su mano hasta tocarla sollozando amargamente. La chica quedó paralizada y su rostro desencajado al tiempo que notaba en su cuerpo un frío sobrenatural que le estaba haciendo estremecer. La imagen de la niña se hacía más nítida conforme iba perdiendo calor ella. Un fuerte olor acre invadía el ambiente cada vez con más intensidad.
Parecía querer comunicar algo a la joven pero no alcanzaba a pronunciar palabra. Segundos después, entre fríos sudores y espasmos, Elvira perdía el conocimiento.
Con el Sol bien arriba, filtrándose por todo resquicio, despertaría confusa, aturdida una vez más pero de forma inexplicable arropada por la cobija de su lecho. Observó la estancia: la ventana seguía asegurada con el cerrojo, el despertador continuaba deshecho sobre la mesita y la vela volcada sobre la solería que a su vez estaba salpicada por cera roja seca.
Se levantó a toda prisa en dirección al reloj de pared de la salita. Demasiado tarde, marcaba las once de la mañana. No iría a clase. A pesar de todo lo sucedido se notaba algo más descansada que en los últimos días pero estaba hecha un verdadero lío, no acertaba a comprender lo sucedido ni tampoco diferenciaba qué había sido realidad o imaginado por ella. No tenía en calma su mente ni claros sus recuerdos.
Aprovecharía las horas para hacer unas compras antes del mediodía. Así que salió de casa y topó con Dolores, la vecina rechoncha y anciana del apartamento de arriba que siempre vestía de riguroso luto.
-Buenos días, chiquilla –saludó Dolores sonriendo.
-Buenos días –respondió la joven levantando una mano.
-¡Ay! ¿Cómo que no fuiste hoy a la escuela? Tienes muy mala cara.
-Bueno, anoche no dormí bien, tenía dolor de cabeza –replicó Elvira con una apática sonrisa.
-La cabeza… No habrás visto a la niña, ¿verdad? –preguntó la anciana–. Anoche escuché ruidos extraños, como el año pasado por estas fechas…
-¿La niña? –recalcó con interés la joven.
-La Niña del Rosario, la pequeña Alexia. Yo la he escuchado muchas veces e incluso la vi en una ocasión.
-Cuénteme Dolores –imperó la muchacha con rostro de sorpresa.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Flojillo |
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08-02-2007 15:36 |
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Lamento ser tan crudo con un relato que, seguramente, ha llevado mucho trabajo detrás, pero creo que, con el potencial que tienes, en este te has quedado muy corto.
Por un lado, la documentación no está bien incluida en el relato. Da la impresión de que no va con la historia, sino que simplemente nos la has querido contar. Especialmente en el principio, que lo lastra sobremanera, y en el final, que hace un corte extraño con esa disquisición sobre la Inquisición que no viene a cuento, queda como un añadido a la fuerza, como una especie de lucimiento.
Creo que si hubieras dotado a la protagonista un mayor interés por los temas folclóricos de la ciudad, y hubieras construido la historia alrededor, hubiera funcionado mejor.
Por otro lado, los personajes resultan planos: la protagonista es francesa, vale, y es prácticamente todo lo que sabemos de ella (además de su dieta, largamente descrita). La vecina y el árabe no resultan creíbles, sino meros portavoces, principalmente porque no hablan con voz propia. No me cuadra la vecina que va siempre de luto usando una perífrasis tipo "profunda crisis depresiva" o al árabe contestando dudas sobre la fe de un modo tan ligero.
Creo que en esto radica el problema de la historia: no consigues que se entre dentro. Personalmente, descargaría las descripciones innecesarias (que no atañan a la historia, por interesantes que parezcan) y ajustaría los diálogos y las explicaciones de las acciones para dar más fuerza a los personajes.
El haberlo ambientado en Córdoba me ha parecido, por el contrario, un acierto, pues es un escenario cercano y muy sugerente. Creo que ése sí que era un buen punto a explotar.
Espero que esta opinión no te resulte muy cruda, pero es que el relato me ha convencido muy poco, lo que me ha sorprendido teniendo en cuenta el autor. Un saludo, compañero, y ya perdonarás el atrevimiento
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RE: Flojillo |
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08-02-2007 16:37 |
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Estoy de acuerdo compañero. Realmente es un relato al que le dediqué tiempo pero tal vez sin demasiado detenimiento en ciertos aspectos, tal vez porque esos días escribía un poco forzado por el asunto del III Certamen literario de esta web.
Con el relato quise describir el entorno que rodeaba a la protagonista y aquellos lugares que frecuentaba, p or lo tanto solamente introduje datos sobre ellos y tal vez d e una manera un poco fría e insípida. La idea era ambientar el texto y dar aconocer también la historia de los lugares y su parte de leyenda y crueldad, ya que es un relato de terror. Pero admito que tras leerlo no quedé demasiado encantado, como nos suele pasar a todos en muchas ocasiones.
Sin embargo he querido compartirlo porque creo que a pesar de grandes fallos que hicieron de un posible buen relato un relato muy mediocre, creo que puede resultar entretenido y dar a conocer además un poquito sobre mi ciudad y algunos de sus lugares emblemáticos e historia.
Gracias por tu comentario, siempre espero sinceridad y me confirmaste en mis errores compañero.
Espero poder ofrecer en breve algo más trabajado y mejor enhebrado. Si es posible que se publique "El último suspiro" avísame y lo envío, es el relato mío que aparece en el primer libro de Ociojoven "Un portal de palabras".
Mil gracias por tus comentarios, compañero Akhul, siempre sinceros me ayudan bastante.
Un saludo.
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RE: Flojillo |
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12-02-2007 16:30 |
revolucionche dijo: Si es posible que se publique "El último suspiro" avísame y lo envío, es el relato mío que aparece en el primer libro de Ociojoven "Un portal de palabras".
Por supuesto, puedes enviarlo cuando quieras. Los derechos de autor son tuyos y puedes disponer del texto como mejor consideres.
Por otro lado, me alegra que consideres de alguna utilidad mis comentarios. Personalmente, creo que podrías sacar unos cuantos buenos relatos cortos de la ambientación que aparece en éste. Quizá un relato por escenario (el convento, la universidad, etc.) sería una buena opción
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RE: Flojillo |
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12-02-2007 21:48 |
Akhul dijo:
revolucionche dijo: Si es posible que se publique "El último suspiro" avísame y lo envío, es el relato mío que aparece en el primer libro de Ociojoven "Un portal de palabras".
Por supuesto, puedes enviarlo cuando quieras. Los derechos de autor son tuyos y puedes disponer del texto como mejor consideres.
Por otro lado, me alegra que consideres de alguna utilidad mis comentarios. Personalmente, creo que podrías sacar unos cuantos buenos relatos cortos de la ambientación que aparece en éste. Quizá un relato por escenario (el convento, la universidad, etc.) sería una buena opción
Así es, sería interesante compañero. lo que pasa que otro relato parecido a este de momento... pero ya haré otras cosas del estilo.
Saludos.
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Un relato clasico |
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08-02-2007 17:03 |
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Con este relato me ha pasado algo parecido al anterior. Es bueno de forma, pero se me queda un poco simple y clásico en cuanto a la historia. Creo que esta bien escrito, y se le ve trabajado, pero lo que cuenta tampoco esta mal, pero no dice nada nuevo. Esto no sería un problema, porque los relatos clásicos son también agradables, pero en este caso ha quedado un poquito largo y superficial. No llega a ser una pequeña novela con matices e historias entrecruzadas, ni un pequeño cuento de terror más o menos emocionante. Y este terreno de nadie es lo que puede perjudicar que quede más redondo.
Escribes muy bien, y se nota trabajo y talento. En mi opinión solo ha fallado un poco la estructura del relato, demasiado larga para lo que cuenta (o demasiado corta para lo que podía contar).
En todo caso me ha resultado entretenido y divertido, y se nota que hay madera.
Seguimos leyendonos.
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