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-Hace treinta años, en una casa calle arriba, vivía un matrimonio católico muy religioso que tenía una hija. La mujer era educada, correcta en sus labores cotidianas, vamos, una mujer de las que ya no quedan, siempre atenta con su marido y su hijita. Él se llamaba Rafael, como buen cordobés, y era un hombre muy trabajador e igualmente correcto. Su esposa Clara y su hija Alexia, quien tenía seis años, eran todo para él. De éstos cada vez van quedando menos, chiquilla. No había domingo que no saliesen los tres juntos a misa, bien arreglados siempre. Una familia envidiable. Hasta que un día sucedió la desgracia. Él tuvo un accidente en una obra de restauración en la Iglesia de San Lorenzo, pues era albañil. Un andamio se vino abajo y le golpeó fuertemente la espalda y la cabeza, quedando en estado de coma mientras esperaba la muerte, tal y como habían adelantado los médicos. Durante ese tiempo la mujer estuvo depresiva y rezaba a diario en la Iglesia de San Lorenzo, donde la desgracia les había alcanzado, al Cristo del Remedio de Ánimas. Cada día se la veía cabizbaja ir y venir hasta allí con Alexita del brazo, sin mediar palabra con nadie. Dicen que rogó a Dios mucho tiempo que sanase a Rafael, pidió al Cristo de Ánimas que levantase su manto de tinieblas del cuerpo inerte de su marido, le hizo promesas y llenó su parroquia de velas y cirios. Dos años después del accidente, el hombre salió del estado de coma, mas no por la gracia de Cristo, como contaban algunos del barrio de San Lorenzo, sino por la magia negra de un hombre sabio que vive muy cerca del Alcázar de los Reyes Cristianos, un polémico musulmán del Barrio de San Basilio… -hizo una pausa la anciana.
-¿Y? Siga usted Dolores, ¿qué pasó con esa familia? Se impacientó Elvira.
-Bueno, no es nada agradable pero continuaré. Desde el regreso a casa de Rafael nada volvió a ser igual ni dentro de ella ni en los alrededores. Quedó maltrecho del accidente, tullido e inútil para seguir trabajando, con una paga por invalidez que apenas podía mantener a la familia. Por esos motivos cayó en una profunda crisis depresiva. Su mujer, Clara, comenzó a trabajar en una taberna de la Judería, toda la tarde y hasta bien entrada la noche, para levantar la situación económica. Al principio, su marido iba a verla a menudo allí, pero finalmente el dueño de la tasca se lo prohibió. Desde aquel momento se hizo un hombre de bares entregado a la bebida. Poco después su mujer empezó a volver más tarde a casa, por las exigencias del trabajo, y Alexia, que ya tenía ocho años, pasaba más tiempo sola que con su padre o su madre. Rafael empezó a obsesionarse con su aspecto físico y su persona, se odiaba a sí mismo y creyó firmemente que su esposa ya no le amaba y que llegaba tarde porque le engañaba con otro hombre. Cada noche la esperaba despierto, siempre borracho, y cuando ella llegaba, a altas horas de la madrugada, la interrogaba para saber de dónde venía y qué hacía. La situación fue de mal en peor: fuertes discusiones, gritos, golpes a Clarita… La pequeña Alexia se despertaba llorando, entrelazaba su Rosario entre los dedos de sus manitas y rezaba implorando que aquella situación terminase… Hasta que una noche oyó a su mamá gritar de manera sobrecogedora, luego a su padre llorando y finalmente un desplome. La niña corrió hacia la habitación de sus padres y contempló horrorizada una espantosa imagen: Clara yacía en el suelo sobre un gran charco de sangre, con una ancho corte en su cuello que no paraba de manar. Su marido permanecía clavado de rodillas a su lado, con un inmenso cuchillo de cocina en la mano y llorando desconsoladamente. La pobre Alexita salió corriendo de casa y, al percatarse de la situación, el hombre demente salió tras ella calle abajo hasta el Convento de las Clarisas, donde la niña entró en nuestro portal pidiendo auxilio a voces, completamente histérica, con su Rosario entre las manos. Algunos, se asomaron y vieron llegar al hombre, manchado de sangre y cuchillo en mano. Asustados, se resguardaron en sus casas y observaron el satánico espectáculo desde las mirillas de sus puertas. Yo llamé a la policía porque había visto a Rafael persiguiendo a la niña en aquel estado desde mi balcón. Luego bajé y fui testigo de cómo la atrapaba justo delante de tu puerta, la cual golpeaba la niña angustiada pidiendo socorro. Nadie abrió. Primero la agarró fuerte por el brazo y la degolló sin contemplación, de un solo tajo, después se rajó él mismo ambas muñecas de sus manos y se sentó a esperar junto a su hija a que la muerte se los llevase.
-¿Qué más? –volvió a insistir la joven.
-Pues… A partir de aquel 30 de noviembre de 1976 la gente inventó cuentos de fantasmas, incluso algunos de mal gusto sobre el asunto. Yo siempre tomé en serio aquello porque había conocido a Clara, a pesar de ser ella una mujer recatada y casera, así como a su marido e hijita. Lo cierto es que cada noviembre desde aquel año se oyen tremendos golpes y extraños ruidos en la casa de Rafael, que está ocupada por inquilinos en régimen de alquiler por temporadas, aunque siempre se suelen marchar antes. Esos golpes y sucesos se hacen eco por toda la calle empedrada y en nuestro portal. Durante el resto del año hay quien dice haber visto también a Clarita aparecerse en la puerta de su casa, con aspecto normal pero con una brutal raja en su cuello; otros que vieron a Rafael paseando borracho por las calles o tirado en alguna esquina; pero lo que más se comenta es sobre la aterradora imagen de Alexia. Hay quien afirma sentir pasos cuando camina de madrugada por los alrededores del convento, como si alguien le siguiera, pasos desacompasados que no se corresponden con el eco del silencio de la noche, y que llegando a girar en determinadas esquinas han visto a la Niña con el Rosario entre sus manos y una blusa blanca como la nieve empapada en sangre desde su cuello hacia abajo.
“Antes dije que la vi en una ocasión. Pues bien, sucedió estando yo más intrigada por todo este asunto, que cada noviembre se repetía durante todo el mes, que por aquellas habladurías de cuentos, y en ocasiones estuve bajando al portal o saliendo al balcón cuando oía ruidos raros. Era como una obsesión que tenía por lo que pasó. Algunas veces me desperté escuchando que alguien golpeaba la puerta, otras veces con las risas de una chiquilla o el corretear por el pasillo de mi apartamento. Pensaba que eran pesadillas o producto de mi imaginación. Pero un día bajé nuevamente al portal, como lo hiciera la noche del asesinato, para comprobar qué sucedía. Fue hace dos años, el 30 noviembre de 2004, pude entonces ver a la pequeña tirada en suelo, junto a la puerta de tu piso y a Rafael, iracundo por mi presencia, girarse para contemplarme con un gesto de frialdad. Mi cuerpo estaba helado, más por la escena que por el frío que ya arreciaba en la ciudad. Me di la vuelta y corrí hacia mi casa. Llamé a la policía pero no hallaron nada en el lugar. Así que, además del susto, quedé muy avergonzada y a partir de entonces los vecinos más reacios a creer en fenómenos paranormales me miran como si estuviera loca. Hoy en día no me atrevería a pasar por lo mismo ni quiero comentar nada referente al tema por prudencia. Por favor, no le digas a nadie que te conté todo esto.
-No se preocupe, Dolores, tiene mi palabra. Pero respóndame a una pregunta, ¿aún vive ese musulmán de San Basilio? –preguntó con sus ojos abiertos como platos.
-Sí, en una comunidad de vecinos poco numerosa que hay frente a Caballerizas Reales, junto al Alcázar. La reconocerás enseguida porque en su fachada hay un cartelito de distinción de un premio que le otorgaron en el Concurso de Patios de mayo. Dentro del patio, su apartamento está al fondo, con un letrero escrito en árabe. Cuidado con lo que pretendes hacer. Rashid, pues así se llama, es un viejo solitario de malas mañas y peores prácticas: magia negra y brujería dice la gente. Salvó a Rafael, según comentan, pero nada volvió a ser lo mismo para esa familia y mira el precio que pagaron.
-No creo mucho en esas cosas pero he vivido algo inexplicable desde hace días. Tengo que hablar con él. Lo de la familia y lo que ocurrió no tiene por qué ser culpa de la supuesta magia negra, más bien deben ser coincidencias que se dieron. Rafael no quedó en su sano juicio después de tan duro accidente, es evidente, y eso debió llevarle a cometer los asesinatos y el suicidio –concluyó la joven intentando razonar todo aquello, aunque con gran incertidumbre en el fondo de sí misma…
-Piensa lo que quieras muchachita pero ya hace treinta años de aquello, hoy mismo se cumplen, y anoche pasó algo en tu casa que te mantuvo tan desvelada como a mí, ¿sabes por qué sucedió? Porque quedaba poco, al acabar el día de hoy se cumple el aniversario. Sólo te digo que lo tengas en cuenta y que andes precavida, no te vaya a dar a ti también algún golpe de demencia con todo esto. Ahora si me disculpas tengo que marcharme. Hasta luego –sentenció la vieja, molesta.
-Adiós, vecina, y gracias por todo –añadió Elvira con semblante de preocupación.
Subió la calle adoquinada con paso ligero y reflexionando acerca de lo que acababa de escuchar. Esa aterradora historia era más típica de alguna película que de una tranquila zona como el casco histórico de Córdoba, a pesar de las leyendas que escondía y que muchas de las ocasiones tenían un desenlace fatal. Hacía poco que ella misma devoraba con avidez todo libro que hiciera referencia a esos temas, cuando leía acerca de esta ciudad que le fascinaba. Sin embargo, nunca sacó más allá de la imaginación popular de la época y las antiguas creencias la temática. No quería resignarse pero cada vez le resultaba más difícil en esta vivencia que la había sumido en un mundo sobrenatural que no acertaba a explicar en coherencia alguna con la ciencia.
Fuera lo que fuese necesitaba encontrar a Rashid. La compra podía esperar.
Anduvo un cuarto de hora hasta llegar al Alcázar, en el Campo de los Santos Mártires, lugar colmado de palmeras e historia. Esta bella construcción se sitúa junto a la Ribera por la que fluye el Guadalquivir, atravesado de orilla a orilla por el Puente Romano. Primero fue fortaleza romana, cuando la ciudad era la Colonia Patricia o Corduba, en la época del emperador Augusto; luego vendrían los árabes que lo usaron como Palacio Califal que sobrevivió a continuas invasiones; en época de reyes fue Fernando III “El Santo” quien se alojó en él y Alfonso XI “El Justiciero” el que lo mandaría a reconstruir para que, casi dos siglos más tarde, lo habitasen Fernando e Isabel, “Los Reyes Católicos”, durante ocho años, organizando desde aquí la conquista del Reino de Granada y subvencionando a Colón su viaje hacia Las Américas. Con Isabel y Fernando llegó también la Inquisición y con ella Torquemada, el primer gran inquisidor español, nacido en Valladolid, pero no el más sanguinario, en opinión de algunos historiadores, ya que ese “mérito” por honoris causa pertenecía a Diego Rodríguez Lucero, inquisidor nacido en Córdoba y que llevó a cabo en esta ciudad grandes atrocidades en forma de torturas, castigos humillantes, persecuciones de herejes y condenas a muerte que nacían en los multitudinarios autos de fe que se celebraban normalmente en la Gran Plaza de la Corredera, famosa por ello, pero que encomendaban a la justicia civil a sentenciar para no hacerlo ellos directamente y para desgracia de decenas de condenados que, en forma de piras humanas, bajo el “fuego purificador” encontrarían el “perdón divino”, especialmente en dos ocasiones con casi dos centenares de muertos en cada una de ellas. Por lo tanto, tras la estancia de los reyes inquisidores en el Alcázar, el monumento quedó a disposición de la Santa Inquisición, conocida también con el nombre de Santo Oficio, la cual impregnaría sus muros de dolor y lamentos. Luego se convertiría en instalaciones militares, al ser abolida definitivamente en el siglo XIX, más tarde por lo tanto que en el resto de Europa, aunque bien es cierto que ya apenas tenía actividad desde hacía muchas décadas.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Flojillo |
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08-02-2007 15:36 |
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Lamento ser tan crudo con un relato que, seguramente, ha llevado mucho trabajo detrás, pero creo que, con el potencial que tienes, en este te has quedado muy corto.
Por un lado, la documentación no está bien incluida en el relato. Da la impresión de que no va con la historia, sino que simplemente nos la has querido contar. Especialmente en el principio, que lo lastra sobremanera, y en el final, que hace un corte extraño con esa disquisición sobre la Inquisición que no viene a cuento, queda como un añadido a la fuerza, como una especie de lucimiento.
Creo que si hubieras dotado a la protagonista un mayor interés por los temas folclóricos de la ciudad, y hubieras construido la historia alrededor, hubiera funcionado mejor.
Por otro lado, los personajes resultan planos: la protagonista es francesa, vale, y es prácticamente todo lo que sabemos de ella (además de su dieta, largamente descrita). La vecina y el árabe no resultan creíbles, sino meros portavoces, principalmente porque no hablan con voz propia. No me cuadra la vecina que va siempre de luto usando una perífrasis tipo "profunda crisis depresiva" o al árabe contestando dudas sobre la fe de un modo tan ligero.
Creo que en esto radica el problema de la historia: no consigues que se entre dentro. Personalmente, descargaría las descripciones innecesarias (que no atañan a la historia, por interesantes que parezcan) y ajustaría los diálogos y las explicaciones de las acciones para dar más fuerza a los personajes.
El haberlo ambientado en Córdoba me ha parecido, por el contrario, un acierto, pues es un escenario cercano y muy sugerente. Creo que ése sí que era un buen punto a explotar.
Espero que esta opinión no te resulte muy cruda, pero es que el relato me ha convencido muy poco, lo que me ha sorprendido teniendo en cuenta el autor. Un saludo, compañero, y ya perdonarás el atrevimiento
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RE: Flojillo |
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08-02-2007 16:37 |
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Estoy de acuerdo compañero. Realmente es un relato al que le dediqué tiempo pero tal vez sin demasiado detenimiento en ciertos aspectos, tal vez porque esos días escribía un poco forzado por el asunto del III Certamen literario de esta web.
Con el relato quise describir el entorno que rodeaba a la protagonista y aquellos lugares que frecuentaba, p or lo tanto solamente introduje datos sobre ellos y tal vez d e una manera un poco fría e insípida. La idea era ambientar el texto y dar aconocer también la historia de los lugares y su parte de leyenda y crueldad, ya que es un relato de terror. Pero admito que tras leerlo no quedé demasiado encantado, como nos suele pasar a todos en muchas ocasiones.
Sin embargo he querido compartirlo porque creo que a pesar de grandes fallos que hicieron de un posible buen relato un relato muy mediocre, creo que puede resultar entretenido y dar a conocer además un poquito sobre mi ciudad y algunos de sus lugares emblemáticos e historia.
Gracias por tu comentario, siempre espero sinceridad y me confirmaste en mis errores compañero.
Espero poder ofrecer en breve algo más trabajado y mejor enhebrado. Si es posible que se publique "El último suspiro" avísame y lo envío, es el relato mío que aparece en el primer libro de Ociojoven "Un portal de palabras".
Mil gracias por tus comentarios, compañero Akhul, siempre sinceros me ayudan bastante.
Un saludo.
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RE: Flojillo |
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12-02-2007 16:30 |
revolucionche dijo: Si es posible que se publique "El último suspiro" avísame y lo envío, es el relato mío que aparece en el primer libro de Ociojoven "Un portal de palabras".
Por supuesto, puedes enviarlo cuando quieras. Los derechos de autor son tuyos y puedes disponer del texto como mejor consideres.
Por otro lado, me alegra que consideres de alguna utilidad mis comentarios. Personalmente, creo que podrías sacar unos cuantos buenos relatos cortos de la ambientación que aparece en éste. Quizá un relato por escenario (el convento, la universidad, etc.) sería una buena opción
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RE: Flojillo |
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12-02-2007 21:48 |
Akhul dijo:
revolucionche dijo: Si es posible que se publique "El último suspiro" avísame y lo envío, es el relato mío que aparece en el primer libro de Ociojoven "Un portal de palabras".
Por supuesto, puedes enviarlo cuando quieras. Los derechos de autor son tuyos y puedes disponer del texto como mejor consideres.
Por otro lado, me alegra que consideres de alguna utilidad mis comentarios. Personalmente, creo que podrías sacar unos cuantos buenos relatos cortos de la ambientación que aparece en éste. Quizá un relato por escenario (el convento, la universidad, etc.) sería una buena opción
Así es, sería interesante compañero. lo que pasa que otro relato parecido a este de momento... pero ya haré otras cosas del estilo.
Saludos.
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Un relato clasico |
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08-02-2007 17:03 |
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Con este relato me ha pasado algo parecido al anterior. Es bueno de forma, pero se me queda un poco simple y clásico en cuanto a la historia. Creo que esta bien escrito, y se le ve trabajado, pero lo que cuenta tampoco esta mal, pero no dice nada nuevo. Esto no sería un problema, porque los relatos clásicos son también agradables, pero en este caso ha quedado un poquito largo y superficial. No llega a ser una pequeña novela con matices e historias entrecruzadas, ni un pequeño cuento de terror más o menos emocionante. Y este terreno de nadie es lo que puede perjudicar que quede más redondo.
Escribes muy bien, y se nota trabajo y talento. En mi opinión solo ha fallado un poco la estructura del relato, demasiado larga para lo que cuenta (o demasiado corta para lo que podía contar).
En todo caso me ha resultado entretenido y divertido, y se nota que hay madera.
Seguimos leyendonos.
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