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El color del miedo


Terror y Supense

19-04-2007 15:17
Por: ClaudioAlejandro

Relato seleccionado del concurso Homenaje a Polidori


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La multitud se arremolinaba en derredor del artista, buscando la mejor posición para apreciar la obra. Las manos de Ferrán se movían con tal rapidez que parecían estar repasando contornos preexistentes sobre la tela, como si cada trazo estuviera predestinado a ocupar su sitio.

La niña sentada delante se movió impaciente y desarmó la trenza que colgaba sobre un hombro.

—¡No te muevas! —gritó la madre.

—No se preocupe, señora —intervino el pintor alzando un pincel y señaló su frente—, tengo toda la imagen formada aquí y ya no se escapará. Pronto le acabo su retrato.

Los curiosos vieron asombrados cómo el artista se las ingeniaba para terminar el retrato con lujo de detalles, agregando pequeñeces sutiles de las que el propio parque carecía.
Una vez finalizada la pintura la multitud se alejó satisfecha y un hombre alto y robusto se aproximó al pintor por un lado y le susurró palabras directas al oído:

—Señor Ferrán, me impresionó gratamente la demostración de destreza que acabo de ver y me gustaría hacerle una proposición.

El pintor, ocupado en la limpieza de sus manos, respondió sin volverse.

—Diga, le escucho.

—Bien. Mi empleador es un hombre de aguda sensibilidad artística y también de abundante fortuna material, y sería muy de su agrado poder contar con vuestro arte en su galería.

—¿Muy de su agrado? —preguntó Ferrán más interesado, volviéndose.

—Mucho. Además de ser un admirador muy sensible del arte es una persona muy generosa, y recompensará muy bien sus servicios.

El pintor sonrió y repasó con un brazo todos los retratos y paisajes que disponía a su alrededor.

—Acepto. ¿Cuál de mis cuadros le agrada más a la sensibilidad de su empleador?

—Ninguno de estos, señor Ferrán. Mi empleador desea una obra nueva, nunca antes vista por otros ojos que no fueran los suyos... y los vuestros, por supuesto. Éstas, sin desmerecerlas, puede bien venderlas aquí. La que yo le pido sólo puede ser creada en la residencia de mi empleador —el hombre extrajo una tarjeta del bolsillo de su saco—. Tenga. Aquí está la dirección. Venga mañana a las dieciocho horas con todas sus herramientas, que le estaré aguardando.

Ferrán examinó la tarjeta. Decía: Damon Ostov, Agregado Cultural, Consulado de Rumania.

Con un incisivo presentimiento alzó la vista y buscó a su interlocutor, pero ya no lo pudo hallar.


La dirección pertenecía a una residencia imponente ubicada al norte de la ciudad, no muy lejos, así que al día siguiente Ferrán viajó en taxi desde el propio parque.

Al llegar, el señor Ostov salió a su encuentro, saludándole. El pintor estrechó la mano tendida e ingresaron a un salón frío, con paredes de mármol y techo abovedado con cristales decorados. Siguieron avanzando y penetraron en un despacho también amplio.

—Póngase cómodo—invitó Damon—. Mi empleador, el cónsul Nathan Dominiescu, llegará pronto —Ferrán tomó asiento—. Él me dijo que le ofreciera cien mil euros por la obra —agregó sin inmutarse—. ¿Le resulta una cifra convincente?

Ferrán sintió que la garganta se le hacía un nudo. ¡Cien mil! ¡Y por apenas unas horas de trabajo! No lo podía creer.

—Sí... Es más que suficiente.

Ostov afirmó con la cabeza y acomodó unos papeles.

Transcurrieron largos minutos en silencio y al cabo, como oyendo algún sonido imperceptible, Ostov agregó—: El cónsul acaba de arribar. Venga. Lo conduciré al Salón de Pintura.

Se acercaron a un gran portal y Ostov se detuvo.

—Debo hacerle una recomendación, señor Ferrán —le dijo—. El cónsul es un hombre muy apasionado y siempre gusta de montar una pequeña escena para que el pintor se motive y cree su obra, así que no se sorprenda si ve ciertas cosas un poco... ¿Cómo decirlo? Excéntricas. Eso es. Usted limítese a observar y, cuando lo crea oportuno, libere toda su destreza artística.

Ferrán no respondió. Todo el asunto se estaba poniendo un poco espeso, pero recordó el dinero y tragó saliva.

—Tómese todo el tiempo que sea necesario, señor Ferrán —agregó—, pero por nada, y en esto tengo que ser estricto, por nada abandone su obra antes de acabarla. Recuerde que sólo presenciará una escena teatralizada.

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Ferrán asintió y se aseguró mentalmente que éste sería el cuadro más expeditivo de toda su carrera.

Ostov abrió una pesada hoja de madera y le permitió ingresar, cerrándola luego tras él. Ferrán sintió que una oleada de aire frío lo envolvía. El lugar era amplio y estaba en penumbras y los plateados rayos lunares atravesaban los ventanales del fondo. Entre ellos existía otro portón y por delante dos largas cortinas blancas se mecían con las intermitentes ráfagas de viento nocturno. Parecían fantasmas, fantasmas lánguidos y furtivos, se dijo preocupado Ferrán.

Al frente notó un tenue cono de luz proyectado desde un ángulo del salón. Debajo de él preparó el atril, colocó un lienzo nuevo y preparó los óleos sobre la paleta.
Estoy listo, pensó mirando con incertidumbre.

En ese instante las ráfagas agitaron las cortinas con violencia y dos jóvenes vestidas con túnicas blancas aparecieron y se detuvieron frente a los ventanales. Una morena y otra rubia, ambas con cabellos largos y lacios. Sus rostros parecían adormilados, relajados.
La garganta se le secó.

Las túnicas cayeron al suelo descubriendo dos exquisitos cuerpos desnudos. Inmediatamente un trueno se escuchó en el salón, proveniente de algún dispositivo disimulado, e ingresó un imponente hombre semidesnudo. Su cabellera abundante y ondulada caía sobre sus hombros y pechos poderosos. Era sin dudas el cónsul Nathan Dominiescu y su presencia atractiva impresionó a Ferrán haciéndolo temblar.

Sus manos se dirigieron hacia la morena, repasando el cuerpo desnudo sin rozarla. La otra joven se aproximó por detrás y abrió su boca, como intentando morder la espalda del cónsul. Éste simuló sufrir y se arqueó hacia atrás, a la vez que aferraba uno de los firmes senos de la morena y sujetaba con fuerza su cabellera negra.

Ahora, se dijo Ferrán y comenzó a soltar los trazos sobre la tela. Esa escena disparaba imágenes vivas en su mente y se dejó llevar por lo que la lascivia de la situación le sugería.

Una pierna desnuda rodeó a Dominiescu a la altura de la cadera y él se inclinó para morderla. Gruesas líneas de sangre brotaron debajo sobre la piel joven y cayeron al suelo como un torrente cálido, creando un charco que pronto fue hollado por los tres cuerpos sudorosos y extasiados.

Ferrán, presa de un impulso incontenible, soltaba trazos sobre la tela con una precisión absoluta, plasmando fielmente los regueros de sangre y el entrecruzamiento de los cuerpos, como en un baile exótico. Sentía que enloquecía pero era presa de una fiebre hipnotizante, un ensueño que le impedía detenerse y juzgar la situación como real o ficticia.

El cónsul lamió con avidez el cuerpo ensangrentado y se volvió de inmediato a su primera presa con expresión de locura en el rostro. Las mandíbulas brillaron bajo la luz de la luna y se precipitaron bruscamente sobre un cuello frágil y juvenil, desgarrando a su presa como un animal hambriento. La morena se deslizó rápidamente hacia el suelo y el cónsul y la otra joven, con las mandíbulas desencajadas y los cuerpos cubiertos de sangre, se arrojaron encima para morder y desgarrar; para masticar y tragar como bestias en un paroxismo de hambre y lujuria.

La víctima profirió un quejido apagado que Ferrán comprendió horrorizado. Algo no estaba bien. Aquello superaba los ámbitos de lo ficcional. Quiso detenerse, correr hacia la puerta y buscar las llaves de la luz, pero sus músculos no reaccionaron. Sus manos estaban encantadas, eran esclavas del cuadro y no descansarían hasta acabarlo.

Se vio a sí mismo atrapado por la escena, dibujando figuras superpuestas, ensangrentadas, voraces, manchando la tela con pintura roja por todas partes hasta que no restó lugar sin cubrir, hasta que todo fue una gran mancha sangrienta que goteaba fuera del cuadro y teñía sus pantalones y zapatos...

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   conseguido
06-06-2007 12:18
Que el terror clásico no sea un estilo que me apasione no significa que no sepa reconocer un relato bien conseguido. El argumento, la redacción y el estilo funcionan sin inconvenientes. Un pequeño detallito: me suena algo raro eso de ingresar y más
"penetrar" en una habitación. Pero está muy bien.

   Magnifico
19-04-2007 16:10
Un gran relato, inquietante e imaginativo.

El principio me ha descolocado (la reacción ante una oferta de trabajo de un pintor callejero me imagino que debe ser más apasionada).

Pero luego el relato adquiere una intensidad magnifica.

Tal vez hubiese esperado alguna sorpresa final, o alguna vuelta de tuerca más.

Siempre imagine que un ser que no se refleja en los espejos tendría una especial fascinación por los retratos… Sería la única forma de verse. ;-)

   RE: Magnifico
19-04-2007 17:28
El relato tiene 3000 palabras exactamente y eso se debe a que tuve que recortarlo mucho. Originalmente tenía 4700, así que imagínense. La actitud del artista callejero era aún más apasionada y había más escenificación que debí mutilar. Sin embargo me siento conforme con el resultado y, ahora que veo vuestros comentarios, me siento mucho, mucho mejor. Había pensado que al jurado no le había gustado.

Gracias a todos.

   RE: Magnifico
21-04-2007 08:21
ClaudioAlejandro dijo:
Había pensado que al jurado no le había gustado.


Al jurado le había gustado mucho. Fue una decisión difícil dejarlo fuera, lo que, a nivel de concurso, es muy positivo.

   Muy bien relizado pero
24-04-2007 09:33
Pues eso es un relato de ejecución clásica con una idea clara en su argumento y con un estilo pulcro, depurado, sin tomar muchos riesgos pero con pocos errores. Sin embargo creo que un título tan sugerente y la idea de jugar con el concepto de la pintura, desde el punto de vista de que es un arte que trata atrapar (no siempre) el mundo real a través de los ojos del artista, daba para bastante más. Lo que más me ha decepcionado del texto es su derivación vampírica, no por el echo de que trate de vampirismo (que a fin de cuentas de ello debía tratar) si no porque la plasmación de esa escena orgíastica que da lugar al alumbramiento del cuadro es demasiado tópica. Además creo que deberías haber extendido más ese momento de creación, recrearte en los pensamientos que surgen en el autor a la vez que los trazos de su lienzo. Un último apunte en lo negativo, falta un tercer acto convincente, no acabas de cerrar el relato de forma satisfactoria y esto repercute en una sensación anticlimática en el final del texto. Aún con todo me ha gustado bastante, esta muy bien escrito y eso nunca es fácil. Un saludo y espero volver a leerte por esta gran familia de locos por las historias que somos en ociojoven

   Sólido
23-04-2007 10:35
Un relato de los que no tienen fisuras. Quizás algo clásico el reparto (vampiro aristócrata, hombre que se ve atrapado por la fascinación del vampiro, algo de arte por medio), pero ejecutado con total maestría.

La incursión del vampiro en el arte pictórico resulta muy interesante, y más cómo sumerge al protagonista dentro de la historia. Muy conseguida la escena del laberinto pictográfico.

De nuevo, un placer leerte

   Muy bueno
19-04-2007 16:32
Realmente sorprendido y cautivado. Me encanta el relato, la forma en que lo desarrollas y la magia que rodea las imágenes y la congoja del pintor, tal y como lo describes. Resulta inquietante, como ya han dicho. Lo mejor, a mi parecer, el final. Sin la necesidad de una punzada o de algún tipo de sobresalto. Simplemente la sensación que le queda al pintor después de lo ocurrido que, a su vez, deja la imaginación abierta a todo tipo de ideas y sensaciones, dejando esa inquietud por dentro del ¿Qué sería en realidad todo aquello? Muy bueno de principio a fin. Espero leer más cosas tuyas por aquí.

Un saludo.

Tokrand

   Fenómeno
20-04-2007 17:48
Muy bueno. La historia tiene un ritmo formidable y las escenas, como los cuadros, también cobran vida.
Te sigo :-)



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