Lerac, la reconquista VIII |
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22-03-2007 16:47
Por: Pabeu
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Capítulo octavo
A la mañana siguiente, Hans apenas recordaba lo que había ocurrido después de que se marchara Mia. Sólo recordaba vagamente cómo se había arrastrado hasta el estanque, se había zambullido en él y se había lavado la herida lo mejor que había podido, hasta que la hemorragia amainó un poco. Sólo conservaba una vaga imagen de él mismo tiritando entre las sábanas, empapado hasta los huesos. Fue la peor noche que pasó Hans en su vida.
Se levantó al amanecer, con la garganta dolorida debido al frío que le quebraba los huesos. Tenía los músculos agarrotados, y al principio le costó moverse. La herida seguía sangrando, y Hans estaba débil debido a la pérdida de sangre. Rasgó las mantas y se vendó el pecho lo mejor que pudo. Echó un vistazo en derredor y descubrió en el suelo un trozo de queso, que se debía haber caído durante la refriega. Estaba lleno de tierra, pero Hans lo lavó en el estanque y dio cuenta de él hasta que sació su hambre. Después, envolvió el queso en unas hojas, bebió abundantemente y abandonó el claro. Siguió en línea recta hasta que encontró un sendero, y lo siguió. Ya no le importaba que le encontraran unos guardias. De hecho, así quizás conseguiría que le llevaran hasta la capital.
Las horas se pasaban lentas, la herida del pecho le dolía cada vez más. A pesar de la improvisada venda, que a los pocos minutos se le inundó de sangre. A la hora, estaba fatigado, y se tuvo que sentar. Pero al poco siguió andando. Tenía que hacerlo. Más allá del dolor palpitante del tajo de Mia, un dolor más intenso. Desde que Nadia no estaba, sentía como si una mano le estrujara el corazón. Hasta ahora no se había separado en la vida de ella, a veces cuando ella iba al mercado con Sarah, pero en aquellas ocasiones, sabía que estaría bien, y que la volvería a ver por la tarde. Y ahora sufría cada segundo que pasaba sin ella, y la incertidumbre de saber cómo lo estaría pasando ella le mataba por dentro.
Cómo lo estaría pasando apresada por Mia. Sólo pensar en aquella mujer de ojos negros hizo que le recorriera un escalofrío. Le aterraba sobremanera. A su mente le llegaron las imágenes de su encuentro de la noche pasada. Recordó la facilidad con la que le había devuelto los golpes, y la facilidad con la que lo había levantado y arrojado por los aires. ¿Qué era Mia? El día que partieron de la cabaña de sus abuelos adoptivos sabía que aquella empresa no iba a ser fácil. ¿Pero se iban a tener que enfrentar a algo sobrenatural?
Aquella noche llegó a una posada. No era tan grande como la de los límites de Kar, pero era una posada. Y allí a lo mejor podían curarle.
La posada no tenía ni punto de comparación con la de Kar. Si aquella era espaciosa, cálida, limpia y agradable, ésta era pequeña, sucia, maloliente y llena de gente que tenía poca pinta de ser honrada. La posada era oscura, llena de gente que bebía y gritaba de una mesa a otra. Nadie reparó en que Hans había entrado. El muchacho se desplazó hasta la barra con dificultad, y hasta tuvo que sortear cuerpos de hombres inconscientes (si no algo peor). La barra estaba repugnante. Olía a alcohol y a vómitos, y en ella estaban marcadas las huellas de las jarras de cerveza y licores derramados. Un hombre barbudo, orondo y maloliente servía a diestro y siniestro mugrientas jarras llenas a rebosar de cerveza. Hans se acercó a él y le llamó. El hombre se volvió, con otra jarra en la mano, lista para servirla. Cuando se encontró con aquel muchacho, lo miró de arriba abajo, perplejo.
-Tú no tienes edad para beber -comentó con voz grave y ronca-. Bueno, mientras tengas dinero… -dijo, encogiéndose de hombros.
-Quiero una habitación para esta noche -dijo Hans, haciendo caso omiso al comentario del posadero. Éste se quedó confuso.
-¿Una habitación? ¿Aquí? ¿Tú?
-Sí. Rápido por favor -apremió Hans, cada vez más mareado. Aquellos ruidos, los vapores alcohólicos, el olor… Todo se volvía más borroso. Sintió que algo líquido recorría su pecho; la herida se le había abierto de nuevo.
-¿Estás bien, muchacho? -le dijo el tabernero-. Pareces un cadáver.
Hans se tambaleó y cayó, sin fuerzas ya. Se intentó agarrar a la barra pero resbaló por su roñosa superficie. Unos brazos le cogieron antes de que se diera contra el suelo. En medio de su confusión, a Hans le sorprendió que hubiera alguien tan sobrio como para poder cogerlo en esa taberna.
-¡Rápido! ¡Tenemos que ayudarlo! -decía la voz de su salvador al tabernero.
-Pero… ¿dónde?
-En cualquier sitio menos aquí. ¡Vamos arriba!
Hans apenas era consciente de que lo cogían y se lo llevaban a las habitaciones del piso superior, donde la bulla de la taberna de abajo todavía se hacía notar. Entraron en una habitación oscura y lo tumbaron en la cama mientras alguien encendía unas velas. Hans dedujo por las voces que se había congregado más gente en torno a él.
-Vamos, quitadle todo esto.
Hans notó que le quitaban el morral, la chaqueta empapada de sangre, el cinturón donde llevaba la vaina de la espada… Sintió que le lavaban la herida y se la vendaban. No supo cuanto tiempo estuvo allí, agonizando.
-Esto debería mantenerlo con vida -dijo una voz.
Hans se intentó incorporar, pero unos potentes brazos le obligaron a tumbarse de nuevo.
-Ahora necesitas descansar -le dijo una voz grave. Hans no la conocía, pero le sonó a la voz más tranquilizadora del mundo.- Luego te moverás lo que quieras, pero ahora duerme.
Hans no supo por qué, pero le obedeció. Pasados unos minutos oyó las pisadas de la gente que salía de la habitación. Hans giró la cabeza y vio que solo el tabernero seguía allí. Hans se acomodó en la dura cama. A su lado, el posadero recogía las vendas y las cosas de Hans que estaban esparcidas por el suelo o por la cama. De repente se detuvo. Se quedó unos minutos parado y después volvió al trabajo. Hans, rendido, cerró los ojos.
La herida le ardía. Había parado de sangrar un poco, pero sin embargo la sangre seguí manando del pecho, y las sábanas estaban empapadas de sangre. Hans miró a su alrededor. Todavía no había amanecido. Estaba en una habitación austera, sólo contaba con la cama donde él estaba tumbado, un par de sillas y una mesa donde estaban todas sus cosas. El tabernero entró en la habitación con un cuenco con agua y unas toallas y fue hasta su cama.
-¿Cómo está? ¿Me deja ver su herida? -dijo.
Sin darle tiempo a Hans a responder, se acercó a él y le quitó las vendas que le habían puesto. Cogió el cuenco y le lavó la herida, para después secarlo con unas toallas y vendarlo de nuevo.
-¿Desea algo? -le preguntó, haciendo una reverencia.
-No, no… -dijo Hans extrañado-. ¿Le tengo que pagar ahora?
-Oh, no por favor, cuando esté mejor me pagará. Qué ocurrencia.
A Hans le extrañaba su comportamiento. ¿Por qué era tan amable? Desde luego, la idea que le había dado al hablar con él por primera vez no era precisamente aquella repentina afabilidad. Hans siguió con la vista al tabernero, que estaba recogiendo las toallas, y su vista se posó en la mesa. Allí estaba la espada, un poco fuera de su funda, lo suficiente como para dejar ver el grabado que indicaba su procedencia. Hans se echó de nuevo sobre la cama. Ahí tenía la respuesta. De repente recordó a aquella voz tranquilizadora que le había obligado a dormir, y que pertenecía al hombre que lo había cogido en brazos.
-¿Dónde está el hombre que me ayudó? -preguntó.
El tabernero se volvió.
-Se fue con sus amigos poco después de que usted se durmiera -respondió-. Por lo visto se fue a la capital. Dijo que allí tenía asuntos que le ocupaban. Un hombre misterioso…
Sólo mencionar la capital, a Hans se le encogió el corazón al pensar en cómo lo estaría pasando Nadia y al recordar el fatal destino que le esperaba si no llegaba a la capital en seis días. Hans cerró los ojos, intentando ahogar aquel dolor que estaba clavada en su alma. Si le pasaba algo a Nadia, si desaparecía de su vida, él iría tras ella. Antes de que ella desapareciera no habría imaginado que podría echar de menos tanto a alguien, y ahora no podía creer que su corazón resistiera aquella distancia que le separaba de Nadia
-¿Y usted a dónde va? -le dijo el tabernero.
-A la capital. También tengo asuntos allí.
-Entonces tendrá que tener cuidado. Por esta parte del bosque hay muchos peligros… como la bruja.
-¿La bruja? -preguntó Hans extrañado.
-Es una vieja leyenda de por aquí. Dicen que una bruja habita en algún lugar de la parte más oscura de este lado del bosque, y que atrae a los hombres disfrazándose de aquello a lo que ellos más desean.
-¿Y qué hace con ellos?
-Bueno, desde luego todos coinciden en que ellos no vuelven a sus casas. Pero las versiones son más variadas en cuanto a lo que hace con ellos. Unos dicen que los convierte en sus criados, otros que los transforma en animales o árboles y los desperdiga por todo el bosque… historias muy extrañas, al fin y al cabo.
La habitación se quedó en silencio con las últimas palabras del tabernero, y fue Hans quien lo rompió.
-¿Y qué más hay?
-¿Perdón?
-Ha dicho que hay muchos peligros. ¿Cuáles más hay aparte de la bruja?
-Ah, bueno -se quedó pensativo unos segundos-. Está la Resistencia, aunque la verdad no es un peligro en toda regla, depende de para quién.
-¿La Resistencia?
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