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El vampiro, o un joven llamado Segundo


Terror y Supense

23-04-2007 14:24
Por: chus1818

Relato seleccionado del concurso Homenaje a Polidori.

Nadie llorará las muertes de los que ha juzgado como malvados.


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Dichoso fue el día en que llegué a la ciudad, dichosa también la hora. Era el más duro mediodía, cuando el sol cae con toda fiereza sobre las plazas y las calles y la sombra es el amigo más buscado, y ni un alma se allega a la intemperie. Estaban los ventanales en cada casa cerrados y a lo lejos, sobre ellos y con toda majestuosidad, coronando la soledad del momento, se erguía el campanario de la iglesia en una tenue estampa de ficción y postal.

Yo era un forastero y no conocía el lugar ni lo que el sucedía, y por eso, en busca de un buen cobijo de la temperatura, caminé por entre las maltrechas y sufridas edificaciones, doradas las menos afortunadas, el suelo de piedra y los rayos de inclemencia lanzados desde las alturas. Y aún ahora me asombro de mi suerte entonces por encontrar en el campo de silencio de ese lugar a un buen hombre, ya anciano, conocedor de la ciudad y sus historias, reposando a la irregular penumbra de las hojas de un árbol viejo. No pude más que preguntar, por petición de la ávida curiosidad que suele corroerme, por la extraña quietud, y él contestóme con una historia que ahora reproduzco.


Cuanto hiere el calor, si parece que se pudiera hervir un huevo con sólo dejarlo a merced de la intemperie, ¿no le parece señora Jacinta? Pero mire, me acerco con nuevas, porque, ¿sabía usted que al fin parece que harán algo con esa campana que se huelga de funcionar? Sí, era ya buena hora, pero cada vez me creo más eso que dicen y que de ser verdad guardan en buen secreto los frailes. Pero, ¿sabe que por lo visto que quien debe arreglarla es un mozo que ha venido, y aunque no sea muy de racionalidad, que lo ha hecho por propia voluntad, desde más allá de Matalahorra? Eso sí es muy de extrañar porque si ya ésa queda lejos, poca otra explicación encuentro de que el cura o el alcalde hayan ido a tal expedición a no ser... Ya me entiende, ¿verdad? Debe venir el pobre bien engañado y sin saber lo que aquí acaece a todos los que suben al campanario. Fíjese que ni creo que haya oído lo que es un vampiro. Sólo dudo ahora si es más que leyenda, y ya te digo que cada vez me fuera menos extraño.

Incluso escuché que no van a tardar y que el mozo, que se llama Segundo, ya está aquí, pero yo no lo he visto y es mejor no hacer caso de cotillas, que bien es sabido que hay quien es amigo de inventar. Y qué quieres que diga... o es muy valiente o muy inocente, ¿verdad?, porque ni los sacerdotes se atreven a subir, figúrese hasta dónde llega la superstición. Pero a mí es que eso de los vampiros nunca me ha dado buena espina. ¿A quién le cabe en la cabeza? Si fuesen ánimas de difuntos ya no dudaría porque lo que nadie puede quitarnos es que más de uno de los que han subido ha bajado pálido como medio muerto y ni ha recuperado el color.

Pero calle, que ahí llega el capellán, que también es suerte, y no fuese extraño que el que le acompaña sea el mal afortunado y no fuese que nos oyeran y... Si va a ser más mozo incluso de lo que figuraba. ¡Qué lástima!


El señor capellán, Sagismundo, no era alguien de mucho andar y tampoco de mucho trote, así que fue esa mañana de agosto, bajo el apabullante sol veraniego y la canícula que le correspondía, el día en que conociera a Segundo. El chico -que de juventud nadie dudaba- visitaba por primera vez el sitio, y aun habiendo sido avisado por sus vecinos no se extrañó demasiado cuando el alcalde de una aldea que sólo conocía de nombre llegó pidiendo un mozo que tuviese habilidad de dedos y fuerza en los brazos. Pagaba bien y no pudo menos que interesarse aun no siendo en realidad el mayor interesado. Este último, el alcalde, viendo la opción presentada y no queriéndola desaprovechar, pronto lo tuvo fantaseando con lo que podría hacer con las monedas y preparando la bolsa para ir.

Llegaron en no menos de tres días a cada cual más pena dibujada en la cara el farsante. "Me recuerdo de mi luto por la mujer que amaba y que aún amo" mentía, pero convincentemente, como debía por su faena.


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Como decía, el cura era tacaño también de palabra y ya los que le conocían agradecían el hola. Así caminaron hasta la iglesia, sin mediar nada, en ascuas el chico por el trabajo que aún no conocía y el cura por saber si habría de preocuparse por el bien de su alma. Y no fue antes de llegar a la penumbra de la iglesia cuando el joven conociera su fortuna, en términos bien poco exactos. Nunca había tocado una campana y aún no extrañándose porque el capellán no preguntara sobre eso, entró en duda por no saber si sería capaz de arreglar nada y entre diferencias consigo se vio, como quien no quiere y sin herramienta ninguna subiendo los primeros peldaños de un tenebroso campanario olvidado, por la falta de luz y cuidados, de la mano de Dios. Sagismundo se quedó atrás y le murmuró algo que no oyó, como estaba absorto en sí, pero que era un inútil deseo de suerte, y luego fue a rezar, queda la pregunta de por quién.

El Sol caía y con él la temperatura. La tarde llegaba así a su fin y coleteaba con sus últimas energías en espléndidos reflejos rojizos que estremecían a las nubes, acercándolas a su excitación mayor y pintándolas de belleza pura. Pero poco importaba eso a nadie, menos al alcalde a quien la culpa empezaba a invadir con fiereza. Segundo no aparecía, nadie sabía de él desde que el cura viese su figura difuminarse entre las oscuras sombras del campanario. Y aún de ese modo, preocupado como estaba, no fue capaz de alzar sus pies para ir en su busca y quedóse en la puerta misma de la escalera que le había visto marchar, junto a Sagismundo. El último, muy a su pesar, no pudo evitar las muecas de desasosiego de quien siente unos nervios forzosos y no sabe como actuar. Y aunque siempre había estado en su mente, y en la del alcalde, que pudiera pasar tal cosa la habían bien sujetado para evitar su efecto que era la preocupación, la misma que, como digo, sentían.

-Voy a subir. Quizá se haya resbalado y esté en suelo necesitado de ayuda.- Finalmente el alcalde parecía acopiar valor.

-Sí, eso debe ser. Le traeré una lámpara entonces, aguarde un instante.- Dijo al momento Sagismundo. Y fue a buscarla.

A caso la soledad instó a la reflexión, o la tenue visión que permitía la vela de los arduos peldaños que llevaban al campanario, pero fuera lo que fuese, después de haber sido bendecido por Sagismundo con un tenga cuidado de formalidad y una vez caminadas las primeras escaleras, dedicó una vista atrás y no pudo seguir. Volvió entonces, consciente de su mal ganada decisión y su cobardía y sin decir nada salió del edificio con la cabeza gacha y la prisa del que se aleja de su propia conciencia.

Se enfriaba el suelo y las piedras y las casas; el sol había muerto ya y era noche sin luna. El cielo era un huérfano de luto y Sagismundo un cura cansado. Había sido un día agotador y por eso, después de la insistencia de sus compañeros, aunque no mucha, decidió que nada hacía allí esperando y, dudando, escaló unos peldaños más anchos, menos desgastados y más iluminados que los seguidos por Segundo. Eran los que, en su fin, daban paso a su habitación. Quizá al día siguiente todo sería más sencillo, quizá incluso apareciese el mozo y quizá todo tuviese una explicación razonable. Pero no pudo evitar, mientras subía, quebrándose sus extremidades en crujidos, pensar en la mala fortuna de Segundo. Era ya demasiado difícil no albergar pesimismo. No sabía si estaba muerto. "Si no baja para mañana", se dijo, "subiré yo mismo en su busca". Y abrió la puerta y sus ojos, cuando se encontraron frente a los del que le esperaba, se desencajaron y se llenaron de gruesas lágrimas que se derramaron de un cuerpo inmóvil y, recorriendo un rostro pálido y una expresión desencajada, fueron a romper al suelo. Durante unos instantes todo en él fue fruto del terror más sobrenatural, sumiéndole en una grotesca parálisis que rompió al son de un corazón desbocado y una mente vacía. El anciano capellán murió sin el sosiego que hubiese deseado, pero sabiendo de la muerte de Segundo. Fue él quién le esperó esa noche tras la puerta, quién, con el hielo de su rostro, había congelado el cuerpo del cura.


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La mañana amanecía tranquila, maquillada del cobre de los rayos de luz que lograban superar las ensenadas y las peñas entre las que se erguía la ciudad, con sus casas, con el campanario y con el terror de sus habitantes pues acababa de pasar la más terrible noche que allí recordaban. Y entre las ventanas tapiadas, los cerrojos y los candados una mujer se atrevía a salir, llevada a partes iguales por la curiosidad y la intranquilidad, de entre las cuatro paredes que eran su hogar. Su vecina poco le esperaba.


Señora Jacinta, qué gran alegría verla, créalo, porque no sabía qué habría pasado de malo ni a quién lo habría hecho. En vela desde entonces he quedado, y créalo también, no podía vivir de la angustia. ¿Sabe usted algo? ¿No? Pues supóngase si fue terrible para mí que vivo a pocas zancadas. Creo que nunca más podré mirar allí y que por toda la vida me asustarán sus campanas. ¡Bien estábamos sin ellas! Están malditas, se lo digo, quién sabe si por el chico que subió. Porque de él tampoco se ha sabido nada, ¿no? ¿Que murió Sagismundo? No es posible. ¿No miente? ¿De dónde lo ha oído? Fíjese, si es cierto y él era un hombre de Dios, nosotras estamos a plena merced de ello. ¿Y está segura? ¿Y cómo fue?


Según me contara aquel hombre en mi visita lo que temían las dos vecinas no era otra cosa que las mismas campanas. Me dijo, y con estas mismas palabras, que la noche en que murió el fraile, antes incluso que le encontraran rígido en su habituación, sonó el tañido de unas campanas en todo el pueblo, un tañido terrible y doloroso que parecía seguir cualquier dirección y que se asemejaba a un quejido desconsolado, a un grito de muerte, a un lamento sobrenatural. Y aunque algunos lo erigieron como testimonio de la muerte turbulenta de un joven llamado Segundo, la leyenda que se había sucedido y transmitido más de medio siglo, y así me fue explicada a mí, no diferenciaba a muerto y vampiro. Según ella, a aquella noche sucedió la muerte del mismo modo inexplicable del alcalde.

Acaso como secreto o tal vez como rumor conocido, el buen hombre me dijera, antes de despedirse aquel día en que se cumplían ochenta años de la narración, que aún con lo dicho y sabido sobre la naturaleza de esa imagen truculenta que es la de los vampiros, no es la sangre su alimento sino el miedo, el terror. Beben almas, consumen vidas atormentadas por la irracionalidad del terror absoluto, el mismo que sintieran aquella noche los que han muerto. Por ello no pude menos que deshacerme en preguntas cuando supe su nombre y aún ahora temo, como los más viejos de ese lugar, en la noche entrada, mirar a los rincones más oscuros.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   confuso
15-05-2007 21:02
No sé si es el día largo en la escuela, el tiempo gris que observo a través de mi ventana, mi cabeza cansada o un poco de todo ello, pero me ha costado mucho seguir el texto, me he perdido más de una vez en la narración que me ha dado la impresión de estar muy sobrecargada y excasa en descripción, pero bueno, estoy muy cansado hoy así que retrasaré hasta mañana mi opinión final sobre el mismo, cuando lo relea. Saludotes.

   RE: confuso
15-05-2007 21:03
escasa, eeessscassaa vex jomo hestamos de kansaos X-D

   Bien, pero le ha faltado algo
23-04-2007 20:40
Creo que el relato contiene cosas muy buenas, pero les falta desarrollo.

Situar la acción en un pueblo normal y corriente es un acierto, al igual que crear ese lugar siniestro en el que todo el que entra, muere: el campanario.

Y encima, la cobardía del pueblo dejando que sea un extraño, inocente y desconocedor del peligro, quien nuevamente pruebe la extraña situación.

También los personajes cobardes del cura y el alcalde, castigados al fin por su villanía.

Y la reflexión final es muy interesante, la de que los vampiros viven del miedo...

Luego por partes tiene momentos bastante buenos, pero al agruparlo quedan algo confusos y deslabazados.

Tal vez algo más de extensión en las narraciones y de claridad en la estructura le hubiese ayudado a quedar más redondo.

   Creo que le ha faltado descripción
26-04-2007 09:19
Ojo, que me ha gustado el experimento de enfocar la historia a través de los personajes y su modo de ver las cosas, pero en ocasiones ha quedado, a mi parecer, demasiado subjetivo, difícil para el lector entrar en la historia.

El escenario y el concepto en sí me han parecido formidables. Buena idea, sencilla pero efectiva, lo del campanario. El reparto de personajes también interesante, aunque quizás deberías haber remarcado algo más algún rasgo muy característico de ellos para que el lector los identificase más rápidamente.

   Un texto que no debí haber enviado.
27-04-2007 14:27
No es un texto demasiado mejorable porque está mal enfocado. La historia es limitada y demasiado presumible, los personajes están poco definidos y la narración fue un mal experimento. En consecuencia, el texto es aburrido, sin alicientes o incluso pesado por la recarga de redundancias (que en principio debían conferirle interés y virtud). La estructura, además, está fragementada es exceso, hubiera debido mantener una continuidad más acusada.
Es, con todo, un relato que no desarrollé suficiente (eso sería un relato largo), ni atiné mucho en su escritura. No debí haberlo enviado, pero me propuse participar en el concurso y probé, con las consecuencias que tuvo.

Gracias por los comentarios.



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