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Horda: El fin de los tiempos


Relatos de Fantasía

19-02-2007 14:59
Por: Nachob

Tercera entrega de una fantasía épica en cuatro capítulos y un epílogo


horda: el fin de los tiempos
Hace dos días que estamos aislados en la torre de Bashora. Resistimos aún como podemos el acoso de la Horda, pero han conseguido dividir lo que queda de la ciudadela en distintas zonas aisladas a las que hostigan sin descanso. Sin embargo, ahora parece que se ha estancado la lucha, e incluso ellos parecen notar el agotamiento de tantos días de combate.

¡Cuántos valientes guerreros habrán muerto ya! ¡Cuántas historias de bravura y sacrificio habrán tenido lugar durante este sangriento asedio! Las semanas que llevamos combatiendo darían para cientos de canciones y leyendas. Lo mejor y lo peor de los seres humanos ha quedado al descubierto, llevados al extremo por este holocausto infernal. Nada de lo que he visto podrá borrarse ya. Nada de lo que he vivido dejará nunca de dolerme cada despertar. Si sobrevivo, no habrá existencia suficiente para describir y recoger todo lo que sé. Y si muero, entonces tampoco quedará nadie para escuchar.

***

Esta mañana la situación era desesperada, pues estábamos sufriendo el ataque combinado de los demonios alados y de una muchedumbre especialmente cruenta de monos (así los solemos llamar habitualmente, tanto por su aspecto inmundo como por su afán en imitarnos en todo, poniéndose las vestiduras de los muertos de un modo que podría ser ridículo, si no fuera tan tétrico). La contienda ya había llegado a la propia Torre entre las nubes, y desde todos los puntos de la Ciudad se podía ver el titánico duelo entre el Soberano blanco y el infame Señor oscuro. Pensábamos, como tantas veces, que ya sólo nos quedaba caer con honor, cuando un alarido desgarrador ha llenado el aire. Inmediatamente ha sido seguido por otros tan afligidos como el primero. Nuestros enemigos voladores de repente han dejado de atacarnos, se han elevado, y se han marchado rápidamente.

Por un momento creímos que su señor había sido por fin abatido, pero cuando hemos salido a comprobar qué pasaba le hemos visto volar raudo al frente de los suyos en dirección a sus dominios. Luego, hemos comprendido la razón de esta repentina urgencia. En el horizonte, a lo lejos, se podía ver de nuevo una columna de humo negro que revelaba otra nación devastada. Pero esta vez no era un reino de los hombres, sino el propio corazón de las tierras sombrías. La Horda había traicionado a sus propios aliados. Eso explicaba la sensación que todos teníamos de que su ingente número parecía más disminuido de lo que nuestros esfuerzos justificaban. Ahora vemos también a los infantes negros batirse contra sus antiguos secuaces, y probar en propia carne la desesperación que produce la lucha contra ellos. Sin embargo, no nos sentimos felices del todo. Tal vez esto nos dé un respiro, pero en el fondo sólo es señal de que la Horda nos considera prácticamente vencidos, y ha decidido que puede prescindir de alianzas o ayudas. Si su objetivo es destruir el mundo como hasta ahora era, están ya mucho más cerca. Si nuestras rencillas antiquísimas con la raza de los demonios no nos hubieran velado la razón, tal vez juntos podríamos haber resistido su empuje. Pero la falsedad habita también en el corazón de los hombres igual que en las bestias, y ya todo parece perdido.

Ahora podemos ver cómo los restos del ejército oscuro huye en dirección a su tierra, en la que probablemente no encuentren sino la desolación que aquí dejan, y la Horda por un momento se olvida de nosotros para aprovechar la debilidad de su retirada y cebarse en ellos. Nuestro capitán nos ordena descansar mientras nos dejen, aunque ordena a unos pocos que reorganicen y refuercen las defensas. Sabemos que esta tregua será breve. Me tumbo y trato de cerrar los ojos y conciliar el sueño, pero cuando lo hago sólo puedo ver sangre y sus brutales rostros retorcidos en espantosas muecas a mi alrededor. Por un momento dudo que sea capaz de volver a levantarme, de seguir luchando. Mi cuerpo ya no me responde, es sólo una masa de músculos muertos que todavía no lo saben. Sí sólo pudiera dormir un rato. Estoy a punto de echarme a llorar. No puedo más.

horda: el fin de los tiempos
Es entonces cuando oigo el sonido del cuerno. Nos miramos unos a otros, y tardamos en comprender, probablemente porque no queremos hacerlo. Pero es inconfundible. No es el aviso de volver a la batalla. Es el cuerno de Galaghor. Y eso sólo puede significar una cosa. Han llegado al refugio. Saltamos como impulsados por un resorte y subimos a las almenas, donde el sonido del cuerno se percibe más claramente. No hay duda. El refugio está siendo atacado. Una voz lo expresa en dos angustiosas palabras que se clavan en nuestra alma más que cualquier afilada daga: “los niños”.

Ya no importa la guerra, ni los monos, ni nada. Somos los más cercanos, y como si fuéramos uno salimos en tropel en auxilio del refugio. Mientras corremos desesperados un joven soldado se pregunta cómo es posible que hayan llegado allí, si está en el último nivel, la zona más segura de toda la ciudadela, justo detrás de nosotros. El capitán calla, pero sospecha que hemos infravalorado de nuevo al enemigo. Pero en este caso es demasiado doloroso para asumirlo.

Tras las últimas derrotas, nuestro Señor había ordenado que la mayor parte de las mujeres y niños supervivientes fueran confinados en el refugio, el lugar más seguro de toda la ciudadela, donde estarían a salvo mientras nosotros seguíamos luchando. Me doy cuenta, con la contundencia de un mazazo, de que no me había percatado de que en estas circunstancias nuestra muerte no sólo nos alcanzaba a nosotros, sino también a nuestras familias, esposas e hijos. Era el fin de todos los seres humanos. La Horda no hace prisioneros. Siento la rabia bullir en mi interior y me digo que jamás volveré a flaquear, pase lo que pase.

Subimos por los pasillos y puentes que conducen a la cueva donde se abren los grandes recintos del refugio. Comprobamos como el cuerno ha causado similar efectos entre los defensores de torres aledañas, y que con ese acicate han tardado poco en rechazar los últimos ataques y suben tan angustiados como nosotros rumbo al refugio. Alcanzamos a un contingente de porteños que nos comunican lo que saben. Un grupo numeroso de monos, que gracias a los dioses no forma parte del grueso de su ejército, se ha dispersado durante el asalto a la Torre entre las nubes, y por desdicha en su vagar ha encontrado una galería que lo lleva directamente a esa zona que creíamos inexpugnable (maldita paranoia que nos hizo excavar semejante red interminable de pasadizos, pensados para proteger y ahora utilizados por el mal). Luego sólo han tenido que trepar y hacer frente a la tropa que lo defiende.

Miro al capitán. La tropa que lo defiende. Pero éstos, ¿cuántos pueden ser? Tal cómo está la situación, dudo que se hayan desperdiciado muchos efectivos en defender un lugar que se creía seguro. Veo su gesto torcido y apretamos el paso, inseguros de que es lo que nos vamos a encontrar.

Cuando llegamos a la explanada anterior a la entrada vemos al grupo de atacantes, que trata de entrar por la estrecha abertura. Reparar que no han conseguido traspasar el vestíbulo nos da ánimos, y caemos sobre ellos como fieras. Nuestro ímpetu y desesperación los reduce a pedazos en un momento. Luego entramos en la sala, temerosos de ver a que nos vamos a enfrentar. Y allí, cuando nuestra vista por fin se aclimata a las tinieblas, en el gran vestíbulo anterior a las dependencias interiores, en medio de un gran charco de sangre y rodeado por decenas de enemigos abatidos, lo vemos.

Continúa de pie, aunque su equilibrio ya es muy precario. Se tambalea levemente de un lado a otro, incapaz de mantenerse erguido. Su cuerpo está atravesado por decenas de pequeñas flechas (los miembros de la Horda aprenden pronto, y ya han empezado a usar improvisados y rudimentarios arcos). Parece un gigantesco y deforme erizo. A simple vista se aprecian tremendas y numerosas heridas abiertas por las que mana sangre a borbotones. Es inexplicable que no se derrumbe. Tiene la cabeza agachada, y todavía sostiene sus dos enormes espadas. Su respiración es un mero burbujeo costoso de sus pulmones encharcados. Delante de nosotros, más muerto que vivo, tras luchar en solitario contra toda una legión de atacantes para defender la entrada al refugio, está lo que queda de mi viejo amigo, Edgard, el oso.

horda: el fin de los tiempos
A su alrededor se hace un reverente silencio. Me acerco a él, conmovido. Es el poderoso agarre del capitán quien me salva la vida, porque nada más poner un pie en su radio de acción, como un resorte las espadas de mi camarada saltan hacia mí, y si mi superior no me hubiera llegado a atrapar y a tirar de mí hacia atrás, me habría partido en dos. Luego, esa explosión de vitalidad desaparece y el pobre soldado vuelve a su estado casi catatónico. Nos fijamos entonces y rujo de rabia al comprobar que las cuencas de sus ojos están vacías, y un hilo de sangre brota de sus oídos. Está ciego. Está sordo. Ha sufrido una artimaña cruenta habitual en la Horda. Cuando pillan por sorpresa a un adversario, una cría se lanza sobre su cabeza, y con una habilidad diabólica y dos pequeños punzones deja ciega a la infortunada víctima en cuestión de segundos, para luego clavarle las agujas por las orejas y completar su aislamiento. Después no es probable que sobreviva mucho tiempo, al acoso de los atacantes. Excepto el duro y sacrificado oso. Había luchado en la oscuridad siguiendo sólo sus instintos, guiado por lo que quedaba de sus dañados sentidos, en un angustioso y desesperado esfuerzo por proteger a los niños. Ahora es un desventurado cadáver andante, pero ha conseguido evitar que el grueso del grupo consiguiera llegar hasta ellos. Lamentablemente, y a pesar de estar casi muerto, se ha convertido en un obstáculo al ser incapaz en su agonía de distinguir entre amigos y enemigos.

Le observamos con inmensa pena. Un jefe porteño esta a punto de ordenar a sus hombres que lo rematen para poder llegar hasta la entrada que defiende y comprobar si algunas de las alimañas ha conseguido pasar a pesar de todo. Detengo a los arqueros y ruego que antes me dejen intentar algo. No puedo permitir que acaben con él cómo si fuera un perro. Saco de mi zurrón el pan de ambrosía que él mismo me había dado, y con precaución me voy acercando, ofreciéndoselo y tratando de conseguir que su olor dulzón llegue a su nariz, único de sus sentidos que permanece intacto. Con cuidado, moviéndome muy despacio, consigo arrimárselo lo suficiente para que sus fosas nasales perciban el olor y lo identifiquen. Tras unos segundos angustiosos en que vemos cómo balancea su rostro tratando de reconocerlo, por fin su cerebro es capaz de detectar su familiaridad y comprender. Deja caer de una vez sus dos ensangrentadas espadas y se desploma cómo un muñeco roto, agotado e incapaz de aguantar por más tiempo. Lo recojo entre mis brazos y lo aprieto contra mí. Él trata de hablar, de decirme algo, tal vez que lo ha intentado, que ha hecho lo que ha podido, pero de su boca sólo sale un líquido oscuro. Yo lo estrujo en mis brazos con fuerza y lo acaricio para que sepa que todo ha pasado ya, que todo está bien, que su sacrificio ha acabado y no ha sido en vano.

Mientras permanezco abrazado a él tratando de darle consuelo en sus últimos momentos, el resto de los hombres aprovecha que ha desaparecido el doliente estorbo que defendía la entrada y se precipitan por ella, abrumados, a comprobar cuál es la situación y hasta dónde han conseguido llegar. Sus gritos me hielan la sangre. No hay nada más escalofriante que escuchar a guerreros avezados y veteranos aullar de dolor e impotencia. Agradezco a los dioses que mi amigo no pueda escucharlos, y lo veo morir ahí, en mi regazo, agarrando como un niño su pan de ambrosía, mientras escupe sus últimos restos de sangre. Me despido de él besándole en la frente y saludándole al estilo dos espadas, como honramos a nuestros héroes. Luego, casi temblando, voy a ver qué ha pasado en el interior del refugio y porque hombres hechos y derechos gimen como muchachos.

Cuando entro mi rostro palidece. Algunos monos han conseguido penetrar en él. Las madres, que con sus hijos allí se escondían, se han enfrentado a ellos con lo único que tenían. Sus propias manos. En una lucha desigual, se habían arrojado contra sus atacantes, sin importarles ser heridas o asesinadas. Aquí y allá, sus cuerpos rotos yacen alrededor de los cadáveres de los asaltantes, que han sentido en sus propias carnes la agonía de decenas de brazos procurándoles la muerte. Han conseguido acabar con ellos y proteger a los niños, pero a qué precio. Decenas de mujeres han fallecido, y sus restos son ahora estrechados por desconsolados padres, hermanos y esposos, cuyo interior se desgarra en un llanto irrefrenable. Tanto horror es imposible de asumir.

De repente, de entre las sombras, surge una figura diminuta. Todos nos giramos como lobos pensando que se trata de un miembro de la Horda. Pero gracias a los dioses nos damos cuenta a tiempo de que lo que nos observa con inmensos ojos llenos de lágrimas es un flacucho y asustado chiquillo. Nos acercamos a él y vemos entonces cómo de todos los rincones y de las habitaciones aledañas, cientos de niños, desde adolescentes hasta bebes en brazos de sus hermanos y hermanas, salen a buscarnos. El pesar que sentimos pronto se convierte en coraje. Han sobrevivido. Y ahora nos toca a nosotros conseguir que tanta entrega no sea inútil.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   La mejor
29-03-2007 19:19
La más lograda de las entregas hasta ahora. Un loable dominio del ritmo narrativo que te atrapa y una intensidad que va in crescendo. El devenir trágico y desolador de los acontecimientos, la crudeza y la tristeza de algunos pasajes, la emotividad y heroicidad de otros, convierten al relato en una maravillosa epopeya trágica.

Estoy francamente sorprendido por el buen hacer que estás demostrando con esta saga. Espero que se mantenga en esta linea.

Un saludo.

   Muchas gracias
28-02-2007 18:05
Espero que lo que queda os resulte igual de entretenido e intenso.

Gracias

   Emotivo
19-02-2007 15:01
Al borde de las lágrimas, con la épica latiendo en mi interior, terminé de leer esta entrega. Magistral. Me ha encantado. El punto álgido de la historia. Vuelta de tuerca sobre vuelta de tuerca pero consiguiendo que se mantenga la credibilidad. Tensión absoluta sin caer en el absurdo. Genial, compañero

   Épico
19-02-2007 22:35
Para mí la mejor entrega que te he leído, tiene tantos detalles buenos que sería imposible enumerarlos ahora recordándolos. Tienes una exquisita sensibilidad para narrar los hechos de una manera tierna pero cruda, sincera y leal, que llega y transmite.

Este es el texto que más me ha transmitido, ha habido escenas en las que realmente parecía como si estuviese en una gran batalla épica, sumergido en ella, viendo la verdadera crudeza que rodea a toda la tragedia, y sintiéndola latir dentro de mí; por dentro, la tristeza.

Y al final haces que irresistiblemente pida y exiga el epílogo que no puedo esperar más, y eso amigo mío, sólo lo hacen los buenos escritores.

Una sonrisa.

   RE: Épico
21-02-2007 16:51
Acabo de enterarme de que hay más capítulo antes del epílogo. Mola. A mí también me emocionó mucho la muerte del grandullón.

   ¿qué ocurrirá?
20-02-2007 20:10
Creo recordar que iban a ser cuatro capítulos y un epílogo y continuo con interrogantes. ¿Se sabrá al final el misterioso origen de la horda? ¿Hay esperanza? No me contestes ahora porque debo esperar. De momento no pueo juzgar la trama hasta que vea cómo termina.
Lo que sí se nota es que sabes jugar con los sentimientos de los lectores, en un sentido positivo quiero decir. Triste final del amigo del protagonista que no me esperaba. Espero con más ansiedad ahora la continuación.
Buen trabajo.



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