El rencor del Arinio |
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16-03-2007 16:17
Por: LEIRAND
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Aventura de fantasía heroica
Antecedentes
Los Dioses se aburren y enfrentan a los hombres por pura diversión como quien decide jugar al ajedrez enfrentando las piezas blancas contra las negras. Son muchos los tableros posibles donde jugar la partida y en esta ocasión a los Dioses les llamó la atención el Continente de Aghmar y en especial el país de Merlog, donde sus bárbaros habitantes siempre están dispuestos a la lucha y más si así lo dictan sus deidades.
El siguiente paso de los hastiados Dioses fue señalar a un mortal como el elegido para empezar el juego. Se decantaron, no sin discusiones, por Oakdil que como líder de la tribu de los arinios podía reunir a un gran número de hombres para su causa. Los Dioses le transmitieron sus deseos y su confianza mediante señales, visiones y sueños en los que Oakdil aparecía victorioso sobre sus enemigos al mando de un gran ejército invencible. El arinio comprendió el mensaje y consiguió una alianza con la tribu de los corenks consiguiendo reunir al tan soñado ejército. Los Dioses empezaban a frotarse las manos.
Así fue como, desde Merlog, las incursiones bárbaras a las aldeas fronterizas se hicieron cada vez más frecuentes. Los rumores sobre una unión entre arinios y corenks para emprender un ataque definitivo a Ezhan mantenían atemorizada a la gente de aquella zona. Además, observadores habían confirmado la presencia de varios campamentos en las zonas fronterizas y todo indicaba que se trataba de un ejército inmenso preparado para movilizarse en cualquier momento.
Pero Lureol, rey de Ezhan, no se dejó impresionar y afrontó la amenaza enviando 10.000 soldados contra los invasores a pesar de que sus consejeros de guerra cifraron en 25.000 hombres las fuerzas bárbaras. Hasta ahora con aquellos salvajes sólo había tenido alguna que otra escaramuza y siempre había salido victorioso por lo que pensó que el ejército ezhaníe vencería fácilmente por su superioridad técnica. Pero estaba muy equivocado.
Esta vez los bárbaros estaban organizados. Su líder, Oakdil, era cauto y ambicioso. Procedente de la tribu de los arinios, siempre destacó por su valor en las batallas convirtiéndose pronto en la mano derecha del rey Urhenk y a la muerte de éste sin descendencia, a pesar de todas las concubinas que tuvo, todos los dedos le señalaron a él como sucesor.
Con el experimentado y ambicioso Oakdil al mando, pronto los ezhaníes fueron derrotados por un ejército ordenado y muy rápido en sus acciones. Las huestes bárbaras poseían una importante caballería formada, por un lado, por los jinetes corenks, rápidos y expertos tiradores con arco y por el otro, por los jinetes arinios montados sobre sus famosos lagartos gigantes. No era una montura rápida pero su mordedura hacía auténticos estragos contra la infantería. A parte, Oakdil participaba en las batallas como un guerrero más infundiendo valor a sus hombres y los Dioses más de una vez le ayudaron para demostrar a sus tropas que él era el elegido para emprender la conquista del continente.
De aquella primera batalla tan solo unos 1000 soldados ezhaníes regresaron con vida. El rostro de Lureol estaba desencajado. Su reino peligraba seriamente pues sus tropas no estaban preparadas para hacer frente a tal invasión y la derrota había hecho mella entre ellos. Así que dirigió su mirada al sur, a Aelmir, su otro país vecino.
Tras hablar con sus consejeros, el Rey de Ezhan mandó mensajeros a la principal fortaleza de Aelmir, residencia del Rey Muzharel, avisando del envío de una embajada para tratar un tema de suma importancia.
Poco tiempo más tarde Denrial, su hombre de confianza, se ofreció como embajador y junto con cuarenta hombres emprendió su marcha en dirección a dicha fortaleza. La embajada llegó a su destino sin sobresaltos, fueron recibidos de forma amistosa y Denrial compareció ante el Rey de Aelmir para exponerle el siguiente trato:
Lureol, Rey de Ezhan, solicitaba la ayuda militar de su país vecino, Aelmir, para combatir la invasión bárbara. A cambio de su inestimable ayuda le ofrecía 160.000 Derns y cuatro sextas partes del territorio conquistado más allá de las fronteras de Ezhan.
Mhuzarel aceptó. El trato era muy favorable a sus intereses y aquellos bárbaros tarde o temprano serían también una amenaza para él. Así que Ezhan y Aelmir unieron sus fuerzas para aplastar al atrevido ejército de Oakdil.
Mientras se fraguaba esta alianza, arinios y corenks avanzaban sin piedad por Ezhan. Las aldeas eran saqueadas y quemadas, sus habitantes eran asesinados o hechos prisioneros. Con paso firme los bárbaros cada vez estaban más cerca de Goerhan, la capital.
Lureol preparó la resistencia en su fortaleza mientras esperaba los refuerzos. Consiguió ganar tiempo mandando toda la guarnición de su fortificación en Ariarg, unos 2000 hombres, contra uno de los flancos del ejército de Oakdil. Arinios y corenks se entretuvieron en aplastar a aquellos soldados mientras los refuerzos, un ejército de 40000 hombres, procedente de Aelmir cada vez se hallaba más cerca de la fortaleza.
Los días pasaron y una fría mañana de Febrero unos 20000 bárbaros acamparon frente a la fortaleza del Rey Lureol para preparar el asedio. Tras sus pasos, muerte y fuego, numerosas aldeas destruidas y montañas de cadáveres, muchos de ellos niños. Los carpinteros empezaron a construir las maquinarias de guerra pero pronto cesaron en su trabajo pues Oakdil detectó la presencia de las tropas aliadas a sólo dos jornadas del castillo. Embriagado de victorias decidió no malgastar fuerzas en el asedio y entablar combate allí mismo.
Realmente debía creerse invencible pues su enemigo le doblaba en número. Sin embargo, seguro de sí mismo, preparó a sus hombres para la batalla final. Tras dos días de ansiosa espera, las tropas de Aelmir tomaron posición ante las murallas de la fortaleza preparadas para repeler la invasión.
A los Dioses no les importaba el resultado de la batalla, tan solo querían divertirse y, desde luego, el espectáculo prometía.
No hubo pacto posible. Durante dos días las dos fuerzas se enfrentaron a muerte. Arinios y corenks lucharon ferozmente pero acabaron sucumbiendo ante las fuerzas de Aelmir y Ezhan, muy superiores en número. Miles de cadáveres se amontonaron en el campo de batalla pero entre ellos no estaba el de Oakdil.
Así fue La Batalla de Goerhan y así fue como gran parte de Merlog pasó a manos de Aelmir. Los supervivientes siguieron luchando pero esta vez para defender sus tierras. Tras años de trifulca las hostilidades cesaron cuando el dinero empezó a escasear y los países invasores frenaron su avance estableciéndose las fronteras tal y como hoy las conocemos.
Pero ¿Qué fue de Oakdil?
La historia de Oakdil
Oakdil deseaba haber muerto en el campo de batalla pero su instinto de supervivencia le traicionó o, tal vez, los Dioses le dieron la espalda y le condenaron a la humillación. Recordó el momento en el que derribó al jinete ezhaníe y como a lomos de su improvisada montura se percató de la dramática situación: el muro de escudos había sido roto y sus escasos hombres con vida retrocedían o eran engullidos por la marea humana enemiga. Apretó los dientes y sintió miedo por primera vez. Luchó consigo mismo por mantenerse firme y esperar la muerte pero no pudo contener las ganas de huir. Así que espoleó a su caballo y se alejó lo más rápido que pudo dejando atrás sus ambiciones.
Herido en una pierna y desolado, Oakdil decidió que no podía volver a Merlog donde lo ahorcarían por cobarde o lo torturarían hasta la muerte. Gritó con rabia mientras recordaba lo sucedido y cabalgó hacia el Oeste sin descanso. Su pierna derecha empeoraba más, y él casi deseaba que fuera así. Cambió de caballo y siguió cabalgando hasta que alcanzó la ciudad de Maorem en Elsatum.
Allí descansó solo lo necesario y emprendió de nuevo su cabalgada. Realmente no sabía hacia donde se dirigía; simplemente huía lo más lejos posible de donde fue humillado. No llegó muy lejos. Delirando por la fiebre y deseando la ansiada muerte, se desplomó de su exhausto caballo a una jornada de la ciudad de Tharum.
Prácticamente muerto fue como lo encontró el sacerdote Ruuasd. Posó su mano sobre la cabeza del agonizante guerrero y pudo ver su pasado nítidamente. No era la primera vez que salvaba la vida a un hombre con la intención de reclutarlo entre sus fieles. Murmuró ciertas palabras y la vida fluyó por su brazo hasta derramarse en el cuerpo inconsciente de Oakdil. Ruuasd dio órdenes a sus adeptos para que cuidaran de aquel bárbaro hasta que sanara de sus heridas. Seguro que le podía servir de gran ayuda.
Así fue como la muerte y los Dioses se olvidaron de Oakdil. Mientras se recuperaba tuvo tiempo para pensar en su situación. Tal vez su destino no era morir como el líder derrotado. Si los Dioses querían que siguiera con vida afrontaría con la cabeza bien alta su nueva oportunidad. Así lo hizo. Con las fuerzas renovadas trabajó para el sacerdote como guardaespaldas para agradecerle lo que había hecho por él. Ruuasd pertenecía a lo orden de los Hijos de Uldunn, adoradores de los que ellos llaman el único Dios, y viajaba con su séquito de creyentes por todo Elsatum. Empeñado en transmitir su doctrina no siempre era bien recibido por lo que Oakdil era de gran ayuda para calmar los ánimos.
Ruuasd conocía las intenciones del bárbaro de antemano. Le resultaba sencillo leerle los pensamientos. En ellos aparecía una aldea y un rostro. Al principio no reconoció la aldea pero su nombre resonaba claro en la mente de Oakdil: Snemka. Como era de esperar, tras casi un mes de servicios, decidió abandonarle y dirigirse a dicha ciudad donde vivía un viejo amigo. Fue allí donde empezó a idear su venganza junto a su buen compañero Shergt, el minotauro. Qué idiota se sentía. Jamás pensó que Aelmir acudiría en ayuda de Ezhan y por culpa de ese error había perdido la guerra.
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