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El Castillo


Terror y Supense

01-06-2007 14:32
Por: NedStark

Trás un trágico accidente, cuatro niños se aventuran en una aterradora tierra en busca de "El Castillo", un misterioso caserón donde una terrible sorpresa aguarda.


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Xandro no cesaba en provocar al grupo, como siempre. En cierto modo, yo sabía que lo hacía por mí. Para que pensara lo menos posible, por eso se lo agradecía.

Hoy le había dado por aquella vieja casa abandonada que todos llamaban “El Castillo”. Rumores sobre ella había muchos. La verdad no la teníamos del todo clara. Era un caserón viejo en medio de un enorme terreno repleto de huertos, alquerías, caminos, molinos abandonados… La especulación estaba aún por llegar a esa zona y cuando lo hiciera sería horrible, pero en aquel momento era uno de esos lugares “sin descubrir” para nosotros. No sabíamos lo que podíamos encontrarnos y eso nos estimulaba increíblemente.

Paula estaba asustada y no quería ir. Pero todos sabíamos que la convenceríamos con el complejo argumento de “las chicas tienen miedo”. Yo siempre evitaba meterme con Paula porque, secretamente, me gustaba. Pero después de lo ocurrido me daba igual si venía o no. Realmente me daba igual todo… sólo quería perderme en los alrededores del castillo y no salir jamás.

Fran era el veterano, con trece años ya estaba curtido de mil y una batallas alrededor de las leyendas del castillo, y aceptó el reto con la condición de que le permitiéramos ser el guía. Xandro no dudó; provocó lo necesario a Paula y los cuatro comenzamos la expedición.

Primero había que cruzar algunas carreteras que nos alejaban de la ciudad, y luego saltar una pequeña verja que trataba de separarnos de la magia. A partir de ahí se sucedían metros y metros de naranjos que nos cubrían. Había lloviznado durante todo el día y el suelo estaba fangoso; aunque el agua ya había cesado, entre la maleza aún podía sentirse la humedad. Fran nos guió a través de los sinuosos caminos. Dejamos atrás el primer huerto de naranjos y continuamos por un sendero que ladeaba una acequia.

-Pronto llegaremos al molino del arroz -dijo en tono serio. Todos esperábamos la explicación.-Allí es donde se encontró el cadáver del vagabundo hace unos años.

Pude observar cómo Paula tragaba saliva. La idea del vagabundo solía aterrarnos. Decían que años atrás había aparecido el cadáver de uno descuartizado. Aunque esto último era más invención de Xandro que realidad.

Esta vez el vagabundo sólo me provocaba dolor y tristeza. Hacía sólo unos días, no podía recordar cuántos, mi madre había estado como ese vagabundo.

El molino era un viejo edificio de dos plantas, la de arriba derrumbada, y un montón de escombros. Xandro encontró la primera prueba de que todo iba a complicarse… una jeringuilla y algunas gotas de sangre negruzcas a su alrededor…

-Mira, Paula, con esto mataron al vagabundo -dijo Xandro señalando la jeringuilla.

Paula se apartó de un salto, se la veía nerviosa y pasó lo que tenía que pasar: salió corriendo. Fran sonreía a medias y Xandro se tronchaba; a mí me daba exactamente igual.

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-Continuemos -dijo Fran, dando por hecho los tres que no nos íbamos a molestar en seguirla.

Tras el molino había un campo lleno de matorrales. Antiguamente quizá fue trigo lo que había allí, pero los años y la lluvia lo habían convertido en un cenagal. Lleno de bichos. Fran seguía hacia el este, atravesándolo sin preocuparse por el terreno. Me fijé en la luna y me entristecí. Recordé los gritos de mi madre.

Yo no podía moverme de mi asiento y veía cómo ella se desangraba. El cristal de la luna delantera le había cercenado de un solo tajo el brazo derecho. Todo era un cúmulo de sangre, gritos y dolor. Yo lloraba y miraba al cielo esperando que tal vez Dios, ese del que tan bien hablaba el cura, hiciera algo. Pero allí solo estaba la luna, la misma luna que ahora guiaba a Fran hacia el castillo.

Tras unos minutos vimos, a lo lejos, el viejo caserón: el castillo. Fran lo señaló.

-Allí está el hogar de los cadáveres… todos los muertos de la ciudad van allí a esperar a incautos…

-Calla -le interrumpió Xandro-. No está Paula y nosotros no nos creemos esas bobadas. Además, creo que he oído algo.

Hicimos el silencio y lo oímos claramente: eran ladridos, cada vez más cercanos. Todos sabíamos que de muy niño Fran había sido mordido por un perro, aunque él lo negaba. Supongo que aquello repercutió en que, un segundo después de reconocer los ladridos, saliera corriendo por donde habíamos venido. Yo hice ademán de seguirle. Pero Xandro me cogió.

-¡Ya no le necesitamos, podemos llegar solos! ¡Vamos!

Le seguí. A toda prisa acabamos de cruzar el cenagal y entramos en el último tramo de naranjos que nos llevaría hasta el castillo. Los ladridos se seguían escuchando, cada vez más cerca, y nosotros seguíamos corriendo. Xandro siempre había sido el más rápido del grupo e iba delante, pero siempre miraba hacia detrás cada pocos pasos. Quizá si no hubiera tenido esa manía hubiera podido evitar caer dentro de la Acequia Mayor.

Era una acequia de algo más de un metro de largo, por unos dos de profundo, y cruzaba prácticamente toda la ciudad bajo tierra excepto algunas zonas donde salía a la luz. Siempre iba cargada de pestilentes escombros. Éstos absorbieron y arrastraron a Xandro en pocos segundos.

Los perros estaban cerca y Xandro había desaparecido. Yo no sabía nadar bien y, aun así, de nada hubiera servido que tratara de ayudarle. Salté la acequia para dejar espacio entre los perros, que seguían acercándose, y yo; después seguí corriendo.

De pronto estaba en frente, sin saber muy bien cómo había llegado, y el castillo ocupaba toda mi visión. Los perros habían dejado de escucharse y yo temblaba. Lo rodeaba una enorme verja que daba paso a un destruido jardín repleto de esculturas abatidas y malezas sin cuidar. Tras el jardín, un portón metálico cerraba las puertas del castillo. La pared era toda de piedra, con la oscuridad de la noche se veía negra y tan sólo alzaba dos pisos. En el segundo había una ventana y en ella unos ojos pálidos me observaban.

Después del accidente y los gritos de dolor de mi madre, perdí la noción de las cosas. Alguien vestido de médico me decía, en una especie de sueño, que estaba bien, que me recuperaría. Pero mi padre no hacía más que llorar. Yo quería decirle que no llorara, que teníamos que ayudar a mama. Un día desperté en casa y mis amigos me llamaron, no sabía muy bien por qué, pero bajé. Los recuerdos eran muy confusos. Les conté mi historia y quedaron afectados, tal y cómo esperaba…

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Aquella silueta movió la mano señalándome que entrara y de pronto desapareció. Yo estaba paralizado, aterrado por la silueta y por los sucesos... Mi memoria… me di la vuelta y observé. Se extendían cientos de metros de huertos tal y como los había dejado. Tal vez Xandro había conseguido salir y volviera. O Fran se hubiera escapado y hubiera decidido seguirnos… la luna seguía en su sitio. Exactamente el mismo que el día del accidente.

-Al fin -dijo una triste y moribunda voz, ahora en mi espalda… sabía lo que me esperaba al girarme… o al menos eso creía.

Llevaba una manta cubriendo su cuerpo, el lado derecho estaba completamente ensangrentado. Sus ojos no eran pálidos, como había creído, estaban muertos; el cabello le caía por lo hombros, grisáceo… aunque en vida había sido negro azabache. Balbuceé una palabra.

-¿Mama?

Asintió y me abrió la puerta de la verja, extendió su huesuda mano hacia mí, tratando de coger la mía… era mi madre. Al menos tal y cómo yo la recordaba. Alargué la mano yo también y la cogí… caminamos juntos hacia el portón y ella me lo señaló para que lo abriera…

Mi memoria…

No, mi madre no había muerto. En mis sueños mi madre estaba detrás de mi padre, con esa manta sanitaria. Había perdido el brazo, pero no la vida. Y yo estaba a punto de hacerlo. Mi mente me había metido en un extraño laberinto de miedos y recuerdos coherentes para descansar, para arrojarse al descanso eterno. Pero no, solté la mano de aquel cadáver y salí corriendo. Atravesé el jardín viciado, cruce la verja y continué sin mirar atrás. Con tanta velocidad que olvidé la acequia donde había caído Xandro.

Caí.

De pronto abrí los ojos en la cama del hospital. Allí estaba mi padre que, con lágrimas en los ojos, me suplicaba que no me fuera.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Mola
08-08-2007 02:41
Me ha gustado tu relato. Es de lo primero que leo tuyo ¿no? Vaya, este mes me estoy encontrando gente nueva en las publicaciones, y eso gusta, eso gusta... No dejéis de escribir.

Tienes buen estilo, pero tendrías que depurar algo algunas cosas; algunas frases me rechinaron algo, y, como tú mismo dices, siempre, al tiempo, le irás sacando más imperfecciones a tus obras. Ah, el eterno delirio del que escribe.

Pero no está nada mal, y más si es de tus primeras cosas.

Seguiré leyéndote.

   Estupendo.
04-06-2007 08:59
Lo leí el viernes pero no tuve tiempo de comentarlo hasta ahora.

Me ha gustado mucho la idea del relato y como esta enfocado, pero me ha quedado la sensación de que esta más trabajada la parte del principio que la del final, que siendo además la que más te pone los pelos de punta, creo que deberías haberla extendido y pulido un poco más.

Acaba un poco abruptamente, y aunque consigue su propósito de impactar, podías haberte recreado un poco más.

Todo esto teniendo en cuenta que es un relato muy bueno.

Enhorabuena

   RE: Estupendo.
04-06-2007 10:24
Muchas gracias. La verdad es que cuando lo acabé pensaba que estaba bien, lo relei y tal y me gustó. Pero ahora que lo leo de nuevo (con tiempo de por medio) creo que podría haberlo pulido mucho más.

Volveré a la carga en breve :-)

   Me ha pasado como a Nachob
04-06-2007 11:25
Me ha parecido muy bueno, de estos relatos que me gusta leer, pero creo que pierde un poco de fuelle al final: no es que esté mal, sino que, tal y como iba al principio, creo que esperaba todavía más. Quizá algo de precipitación.

En cualquier caso, muy bueno.



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