Mente demoníaca |
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04-06-2007 17:05
Por: Bryn
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Un extraño ser se interna en nuestras mentes e intenta corroerlas haciéndonos matar a todos los que nos rodean de las formas más horribles imaginables. En esta história se narra lo que le ocurrió a alguien que intentó resistirse.
El monje cayó rendido a sus pies. En todo el monasterio reinaba un silencio sepulcral y sólo el viento perturbaba la calma que gobernaba aquel lugar, después de que lo hubiese hecho la espada y la sangre que ahora corría a raudales por el suelo. Hiroku restaba de pie, inmóvil, con el monje muerto a sus pies. Ahora que había recuperado la cordura, saltaban lágrimas a sus ojos. ¿Cómo podía haber matado a aquellos monjes que lo habían ayudado la noche anterior, cuando le encontraron medio muerto en la puerta del monasterio que acababa de profanar? Se daba asco, y se arrodilló dispuesto a hacerse el sepuku con la ensangrentada katana que había hecho aquella masacre. Pero una voz en su cabeza le dijo:
-¿Qué pretendes? Sabes muy bien que no eres capaz de hacerlo y en tal caso yo te lo impediría.
Hiroku soltó la espada y se llevó las manos a la cabeza, amarrándosela fuertemente, como si así mitigara el dolor que sentía.
-¿Quién eres? Sal de mi cabeza –ordenó a la desconocida voz.
-Me gusta tu cuerpo, es muy fuerte, ágil y manejable. Cómo tu mente. Pero la muerte de Sakura la ha debilitado y eso me ha permitido que entrara en él y lo gobernara a mi antojo.
En aquel momento, Hiroku, recordó a su amada Sakura y unas lágrimas saltaron de sus ojos. Los momentos felices que pasó con ella en el castillo de Goshoyama, recorriendo sus numerosos jardines. Recordó especialmente el momento en el que, estando los dos solos y sentados en la hierba junto al pequeño lago de carpas, se cogieron tímidamente las manos y sintió los dedos de Sakura entrelazándose con los suyos. Pero en aquel preciso momento, el despejado y soleado cielo se nubló y las nubes tomaron la forma de un diabólico semblante que irrumpió en sus recuerdos, llenándolos de miedo y desesperación. Un gélido viento empezó a soplar y la joven pareja se aferró el uno al otro. El viento sopló cada vez más y más fuerte y los dos cuerpos, impotentes, se empezaron a separar. Hiroku aferró fuertemente la mano de Sakura, pero el viento era demasiado fuerte y arrancó a su amada de las manos. Él alargó el brazo todo lo que pudo para agarrarla, pero le fue imposible. Mientras, el lago, los árboles y todo lo que les rodeaba empezó a dar vueltas y Hiroku perdió el sentido de la orientación y no sabía donde era arriba ni abajo. Todo le daba vueltas y en la cabeza sólo tenía a Sakura. Finalmente una voz le dijo:
-Ya me he divertido suficiente, es tu turno.
Hiroku se despertó al sentir un líquido recorriéndole los labios. Abrió los ojos y bebió vivazmente de una cantimplora hecha de bambú.
-Por fin has recuperado la consciencia. Te dábamos por muerto –le dijo una dulce voz.
Levantó levemente la cabeza y observó a su alrededor. Estaba en la puerta del mismo templo de antes, pero ahora apoyaba su cabeza sobre la falda de un hombre que le miraba aliviado, mientras otro guardaba la cantimplora de bambú de la que había bebido. Parecían simples campesinos, cargados con pesados fardos de leña, que pasaban por ahí, por simple casualidad.
-Ahí dentro ha habido una matanza –dijo otro campesino, que salía del templo junto otros dos-. Todos los monjes del templo están muertos y…
Hiroku se levantó de golpe y les dijo a los campesinos que no había sido él. Pero no le salieron las palabras de la boca y sólo pudo articular unos guturales gruñidos, cómo un animal salvaje. Pero los campesinos le entendieron.
-Tranquilo, sabemos que no has sido tú –le tranquilizó el campesino que le había dejado apoyar la cabeza sobre su falda.
-Pobre, debe de haberse trastornado a causa de lo ocurrido. Es, verdaderamente, una matanza –se apiadó uno de los campesinos que había salido del templo. Tenía la cara pálida, igual que sus compañeros. Era cómo si hubiese visto el fin del mundo.
-Será mejor que acampemos aquí. Está anocheciendo y es peligroso rondar por el bosque sabiendo que hay gente capaz de hacer una cosa tan cruel. Mañana enterraremos a los monjes.
Dicho esto, los campesinos hicieron los preparativos para acampar en un pequeño claro, junto un riachuelo que había allí cerca. Hiroku, sentado en el suelo, probaba a hablar, mientras unos campesinos preparaban los lechos y otros hacían la comida en una pequeña hoguera. Cuando el negro manto de la noche cayó, el grupo comió pausadamente y en silencio, a la tenue luz de la hoguera. Luego, todos se acomodaron cómo pudieron y se pusieron a dormir. ¿Todos? No. Hiroku siguió despierto, viendo cómo las llamas de la hoguera consumían las endebles ramas secas. Le dolían los ojos, pero temía dormirse, ya que su mente sería más débil y aquella horrible voz se apoderaría de su cuerpo.
Le empezaban a doler los ojos y casi no podía mantenerlos abiertos. Se los frotó fuertemente con los puños y se dio unas palmadas en las mejillas, para no dormirse. Todo aquello le hizo reír y le vino a la cabeza sus primeros días en el ejército. Cómo le costaba mantenerse despierto cuando estaba de guardia y la cantidad de veces que se había olvidado de despertar a su compañero para que le relevara en el puesto y se había pasado toda la noche en vela. Luego recordó las carcajadas de sus compañeros y cómo le dejaban dormir encima del caballo, para reponer fuerzas.
Todos aquellos recuerdos le hicieron pensar en la bella Sakura. En su largo y levemente ondulado pelo, en sus dulces ojos verdes con un círculo dorado alrededor de la pupila, su boquita de miel y sus blandos labios dándole un beso en la mejilla.
La sensación de un líquido en la boca le hizo volver a la realidad y se dio cuenta de que había cerrado los ojos. Los abrió y la negra noche le recibió con los brazos abiertos. “Espero haberme dormido”, pensó, iluso. Probó el liquidó que le goteaba por los labios y descubrió que era el dulce sabor de la sangre. “¿Me habré mordido la lengua o el labio?” se preguntó, pero luego le vino a la mente una espeluznante imagen y una risa retumbó en su cabeza. Entonces se dio cuenta de que estaba todo empapado de sangre y que él no tenía herida alguna. Intentó levantarse, pero tropezó con un cuerpo que yacía a su lado. Intentó despertarlo para saber qué había pasado, pero no obtuvo resultado. Al palparlo notó una cosa extraña: no tenía las extremidades colocadas correctamente y también estaba empapado de sangre. Empezó a temer que, lo que fuera que tenía en la mente, se había vuelto a apoderar de su cuerpo y había provocado aquello. Sus temores fueron resueltos cuando palpó varios agujeros donde no tenía que haber ninguno, y retrocedió bruscamente, soltando el cuerpo.
El sol empezó a alumbrar la tierra con su presencia y la tenue luz del alba le reveló que aquel cuerpo era el cadáver de uno de los campesinos que le había ayudado. Pero ahora estaba cruelmente masacrado a mordiscos, junto al cadáver, casi irreconocible, del campesino que le había dado agua.
Hiroku se cogió fuertemente la cabeza y, arrodillado, reprimió el llanto para que los demás campesinos no se despertaran. La pequeña parte de cordura que le quedaba le decía que se marchara bien lejos de allí, a las montañas donde no molestaría a nadie y podría estar solo con sus pensamientos. Corrió cómo una bestia al pequeño riachuelo para quitarse la sangre que le empapaba la ropa y para quitarse el mal sabor de boca que tenía. Pero sólo pudo limpiarse un poco la ropa; el olor a sangre y el horrible sabor de boca tardarían días en desaparecer, pero el pesar de haber matado y comido a un humano, no marcharía nunca.
–No te avergüences, sabe muy bien la sangre humana –le dijo la voz.
-¡No, déjame en paz, desaparece de mi vida! –le gritó Hiroku. Haciendo que el resto de campesinos comenzara a despertarse.
-Corre al templo –le dijo la voz-, allí no se atreverán a entrar.
Hiroku corrió inconscientemente hacía el templo y se resguardó tras sus muros, mientras vigilaba el despertar de los campesinos. Los pobres tres campesinos, se llevaron una gran sorpresa al ver los cadáveres de sus compañeros mutilados a su lado y su primera reacción fue recoger unas pocas pertenencias y salir corriendo de aquel lugar, que ahora consideraban endemoniado. La voz se rió a carcajadas dentro de la cabeza de Hiroku y éste cayó de rodillas, apoyándose en el muro del templo.
-¿No lo encuentras divertido? Yo sí –y siguió riendo.
-¡No! No es divertido. Ayer maté a unos pobres monjes y ahora he matado a unos campesinos que me proporcionaron su ayuda.
-Eso es lo divertido. Ellos te dieron su ayuda y tú te los comes –la voz soltó más crueles carcajadas y prosiguió-, igual que con los monjes que te recogieron y te llevaron al templo.
-¿A qué te refieres, qué pasó con los monjes?
-Míralo por ti mismo. Ayer sí que me sacié de verdad.
Hiroku miró a su alrededor y observó la más cruel masacre que se pudiera ver nunca. Los cuerpos de los monjes habían sido despedazados y esparcidos por todo el templo, dejándolo todo lleno de sangre y entrañas. Entre toda esa masacre, Hiroku vio su espada clavada en el suelo. Brillante cómo el primer día en que la desenfundó. Era su salvación. Algún buen dios la había dejado allí para mitigar su dolor y permitirle acabar con esa locura.
-No serás capaz y lo sabes muy bien.
Hiroku ignoró la voz y corrió desesperadamente hacía la reluciente katana. Era su decisión y la única forma que conocía para acabar con la diabólica voz que le nublaba la mente y lo manejaba a su antojo. Nadie podía impedírselo.
-Eres débil chico, podría detenerte si quisiera, pero quiero ver cómo haces el ridículo –le dijo la voz, pero Hiroku siguió corriendo y se arrodilló frente la katana. La voz rió y siguió-. Muy bien. ¿Y ahora qué?
Hiroku aferró la katana con fuerza, la desclavó del suelo y se dispuso a cortarse el cuello.
-Ya te he dicho que no eres capaz chico –insistió la voz-. Hazme caso, soy un demonio que se ha apropiado de tu mente y la conozco muy bien. ¿Acaso no piensas en Sakura? ¿Qué pensaría la pobre si no volvieras? –prosiguió la voz, ya desesperada.
Hiroku se detuvo. Se había hecho un leve corte y le sangraba levemente. Pensó en Sakura y su belleza. No quería dejar este mundo sin ella, no podría vivir sin ella.
-Lo ves, te lo dije –se fanfarroneó el diablo, aliviado.
Entonces Hiroku vio los cadáveres mutilados de los monjes y se imaginó que era Sakura. Cerró los ojos y gritó:
-¡No pienso permitir que le hagas nada a mi bella Sakura, ni a nadie más!
Luego sintió cómo el gélido filo de la katana le cortaba el frágil cuello y cómo la sangre salía a raudales por él. Finalmente, cerró los ojos y su cuerpo cayó al suelo, sin vida, pero con una sonrisa en la cara.
Después de unos días, una patrulla de soldados pasó por el templo para desmentir los rumores de una bestia salvaje, y entraron en el templo. Todos arrugaron la nariz al entrar y, cuando se recobraron de la impresión, unos parias que les acompañaban empezaron a cavar una tumba común para los monjes, mientras los soldados inspeccionaban el terreno.
Todos los parias se quedaron parados, cuando descubrieron el cadáver de un joven que se había degollado a sí mismo, pero que tenía una gran sonrisa en la cara. Todos se extrañaron y uno de ellos se lo comentó al jefe de la patrulla de soldados, que entraba en ese momento en el templo.
-¿Quién pensáis que podía ser?
El soldado, que vestía una armadura ligera y un sombrero de paja, levantó la cabeza, mostrando así su ensangrentada cara. Se relamió los morros con la lengua y, con una mirada diabólica que dejó paralizados a los parias, contestó:
-Algún iluso, sin duda.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Buen relato |
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07-06-2007 10:07 |
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Tiene algunos puntos a mejorar -como te ha señalado Nachob-, pero el giro final está bien conseguido.
Sería interesante que buscaras una estructura menos cíclica para que desaparezca esa sombra de monotonía, pero el relato ya apunta bien.
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RE: Buen relato |
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09-06-2007 17:05 |
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Gracias Akhul, ya me he mirado los puntos de Nachob y se lo agradezco mucho. Miraré de provar otra estructura.
Gracias por leertelo, un saludo
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Excelente, pero sádica. |
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04-06-2007 17:12 |
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Es muy buena, pero muy sádica para mi gusto. Aun así, muy bien.
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Escalofriante |
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05-06-2007 09:44 |
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Un buen relato, Bryn, impactante y desasosegante. Un poco previsible, pero consigue su propósito.
Bien escrito, aunque deberías tener cuidado con algunas expresiones que restan coherencia al relato (por ejemplo que le faltaran las extremidades a los campesinos, pues a mordiscos es muy dificil arrancarlas; o cuando está a punto de suicidarse y dice que no puede vivir sin sakura -pero si precisamente no va a vivir, se va a matar-; o la expresión parias, para referirte a los siervos -me ha rechinado, porque en castellano tiene un matiz muy peyorativo-).
Por lo demás, muy conseguido. Enhorabuena.
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RE: Escalofriante |
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09-06-2007 17:03 |
gracias por leertelo.
Lo de parias esque no sabía muy bien que poner y Las leyendas de los Otori me dieron la idea  .
Lo de las extremidades era para exagerar un poco, si, pero creo que si te pones lo puedes conseguir xD. Aparte pretendía darle como una fuerza mágica por tener al demonio dentro y tal
En lo de Sakura me has piyado, lo corregiré, gracias
Un saludo y gracias de nuevo por contestar
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