Una de inventos 2 |
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01-06-2007 14:02
Por: Bryn
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El segundo capítulo de Una de inventos. ¿Qué les sucederá a Krôn y a Andrêa? La última vez tuvieron un pequeño encuentro con un huesudo guardian...
Torn, estornudó mientras ajustaba una tuerca. Sacó un pañuelo y se sonó la puntiaguda nariz. Miró a la lejanía y pensó en sus nuevos amigos.
-Espero que estén bien y que no les haya pasado nada –murmuró.
De repente se oyó una gran explosión, no muy lejos. El gnomo salió corriendo de su taller, limpiándose las sucias manos de aceite con un pañuelo. En la ciudad todo el mundo salía corriendo de sus casas para ver lo que había ocurrido. No muy lejos de allí, también a las afueras del pueblo, un oscuro humo salía del taller de Golgh. El gnomo sonrió y se dijo:
-Bien, más tiempo para terminar mi invento.
Andrêa empezaba a recuperar la consciencia. Abrió un poco los ojos y discernió, tenuemente, la cara de Krôn. Estaba hablando con alguien. Movió un poco la cabeza para ver con quién hablaba su amigo y descubrió el huesudo rostro del guardián, que la miraba con aquellas cuencas donde antaño hubo un par de ojos.
-Mira, tu amiga ya se recupera. Hola, soy… -pero la joven ya no lo escuchaba, había vuelto a perder el conocimiento.
-No sé qué le ocurre a esta chica. Normalmente no es así. Claro que no la conozco desde hace mucho tiempo, pero no la había visto nunca así. Ni siquiera aquella vez que luchamos contra unos magos siervos de la Reina de la Oscuridad –Krôn, siguió dándole palmaditas en la cara a la chica, mientras hablaba.
Estaba sentado en el suelo, junto a la entrada. Tenía la cabeza de Andrêa sobre sus piernas e intentaba hacer que recobrara el conocimiento. Delante de él, el guardián restaba quieto, sentado en su roca y observando al kender con curiosidad.
-…y entonces aquellos magos convocaron a toda una horda de demonios que iban a servir a la Diosa Oscura. Pero yo, valientemente, haciendo trastabillar los planes de la Diosa y sus secuaces. No es por hacerme el interesante ni nada de eso, pero creo que fue muy valiente por mi parte. Aquellos magos eran muy poderosos y las bestias que invocaban, me causaban un gran respeto, pero… Mira, ya despierta de nuevo.
La joven despertó. La cabeza le dolía mucho y las piernas le temblaban levemente. Intentó recordar qué había pasado. Ya se acordaba, el esqueleto se había movido y le había hablado. Se giró y volvió a ver al guardián. Dio un fuerte grito y se agarró fuertemente a Krôn.
-Tranquila -la tranquilizó él-, no pasa nada. El guardián es amigo, ¿verdad?
-Sí, no pienso haceros daño, a no ser que tengáis malas intenciones y queráis entrar aquí. Esta gruta guarda un horrible secreto y no se puede internar uno tan fácilmente.
-Un secreto –exclamó Krôn excitado-. ¿Cuál, cuál?
-Cuando yo era joven y todavía estaba vivo –empezó a relatar el esqueleto-, un noble muy rico gobernaba las tierras donde yo vivía. Tenía una hija muy hermosa y me enamoré de ella el mismo instante en que la vi. Intenté por todos los medios conseguir que su padre me concediera su mano, pero mi familia era pobre y la bella joven tenía muchos pretendientes mejores que yo. Por eso no tuve otra opción que ir a buscar lo que su padre tanto ansiaba, para que, así, me dejara casarme con su hija. ¿Qué ansiaba tanto su padre, para poner a su hija cómo premio? Os preguntaréis. Pues lo que más ansiaba el codicioso gobernante, no era oro, joyas ni otras riquezas. Tenía tantas que no sabía que hacer con ellas. Lo que más ansiaba era la joya de Azuk, una joya que perteneció al terrible hechicero Azuk. Ésta tiene unos terribles poderes mágicos y concede un terrible poder mágico a quien la tenga. Tras buscar durante años, conseguí encontrarla en una mina enana abandonada. Había cadáveres de enanos esparcidos por doquier y sus huesudos rostros mostraban el poder de la avaricia. Encontré la joya en la mano del cadáver de un enano, encima de una enorme pila de joyas de dos metros de altura, todas muy bien pulidas y elegidas. Cuando tuve el preciado objeto en mis manos, sentí su poder y quise usarlo. Como no me acababa de creer que fuera tan poderosa, le pedí que me otorgara la vida eterna y, cómo podéis ver, me la otorgó. Mientras salía del túnel, hubo un derrumbamiento. Conseguí salir pero perdí la joya. Nunca me lo perdonaré y saben los dioses que intenté encontrarla, pero mientras descansaba de mover las rocas, apostado donde me encuentro ahora mismo, algo me agarró fuertemente y nunca me ha soltado. Después de muchos años, sentado aquí y pensando, he llegado a la conclusión de que alguien ha encontrado la joya y me ha aferrado aquí con su magia. Pero presiento que la joya aún está aquí, lo siento en mis huesos.
-Tranquilo –le dijo el kender, después de escuchar su historia-, si la joya está aquí, la encontraremos y te la traeremos. Aunque tengamos que luchar con la mismísima Tackhisis, por segunda vez.
-¿Estás seguro, Krôn? Parece muy peligroso, haya lo que haya allí dentro, debe de ser muy poderoso.
-La joven tiene razón, es demasiado peligroso, por eso no dejo pasar a nadie.
-Pero el gnomo nos pidió que le lleváramos el polvo explosivo –se quejó Krôn.
-¿Un gnomo?
-Sí, un pequeño gnomo inventor que está construyendo una máquina para… Bueno, no sé para qué es la máquina, pero tiene esa misión, y si no la cumple lo tendrá que hacer su hijo, y si su hijo no la cumple, lo tendrá que hacer su nieto y si no el hijo de su nieto…
-Ya vale, Krôn –le cortó Andrêa-. Creo que ya le ha quedado claro.
-Sí, además yo conozco al gnomo loco.
-¿Te refieres a Torn?
-No recuerdo su nombre, pero me pidió permiso para entrar, con tanta amabilidad, que le dejé pasar. Luego volvió sano y salvo, sin que le pasara nada, con un enorme saco de un polvo negro.
-Bien, Andrêa. Ya sabemos cómo es el polvo y ya ves que no le pasó nada.
-Bueno, talvez tengas razón –sin saber bien porqué, Andrêa supo que se arrepentiría de aquellas palabras.
Los dos compañeros se despidieron de su huesudo amigo y se internaron en las profundidades de la cueva. Krôn en cabeza, blandiendo alegremente la chapak, con Andrêa, temerosa, cogida a su brazo y empuñando el arma del gnomo.
Al principio no hubo problema, pero mientras se iban internando más y más, la oscuridad los envolvió con su oscuro manto. Krôn no tuvo ningún problema, ya que al poco rato su aguda visión se acostumbró a la oscuridad y veía tan claramente cómo a la luz del sol. Pero Andrêa cerró los ojos por miedo de no ver nada y detuvo a Krôn.
-Socorro, Krôn, no veo nada.
-Talvez si abrieras los ojos verías algo. Aunque me parece que los humanos no veis muy bien en la oscuridad –se replanteó-. Es verdad, los humanos no tenéis una vista tan aguda como otras razas y…
Krôn cayó de sopetón, cuando Andrêa resbaló y rodó túnel abajo, arrastrando al kender con ella. Rodaron y rodaron túnel abajo, hasta que se toparon contra el final de la galería.
Cuando Andrêa se recuperó del golpe, un escalofrío le inundó el cuerpo. Había soltado el brazo de Krôn y no sabía dónde podía estar. La joven abrió los ojos y, bajo una extraña luz dorada, vio al kender que la miraba desde el recodo de una galería adyacente. La chica lo llamó, pero su compañero la ignoró, se giró y desapareció túnel abajo. La joven se quedó perpleja ante la reacción inusual de su compañero de viaje y tardó unos segundos en reaccionar y correr tras él.
No muy lejos de allí, una pequeña figura abrió los ojos. Krôn se intentó incorporar pero notó un pinchazo de dolor en la pierna derecha y se volvió a echar. Miró a su alrededor y se dio cuenta que no había acabado de caer. En la bajada, se había clavado un pico, cuya punta le atravesaba la pierna derecha, y ahora estaba sujeto, bocabajo, por el pico, cuyo mango estaba enterrado en el suelo.
El kender miró cuesta abajo. Vio el final de ésta y también la esbelta figura de Andrêa corriendo tras él.
-Bueno, no me tendré que preocupar de ella si se ha ido conmigo. Un momento, si yo estoy aquí…
Andrêa estaba agotada. Parecía que llevaba horas corriendo tras el kender, pero no lograba alcanzarlo ni acercarse un metro siquiera. Estaba apunto de darse por vencida cuando vio una rojiza luz al fondo del túnel. Sintió unas renovadas fuerzas y aceleró el paso.
Cuanto más se acercaba a la rojiza luz, la luz dorada iba desapareciendo lentamente. Finalmente llegó al final del túnel y la luz rojo sangre la deslumbró. Tardó unos instantes en acostumbrarse a la luz y cuando se hubo acostumbrado, deseó no haberlo hecho.
-¡Maldito pico! –regoznó el kender, con lágrimas de dolor en los ojos-. Sal de una vez o me tendré que poner serio –el kender se rió de sí mismo. Un kender serio, la gente pagaría por ver eso, como lo haría por ver un dragón-. Tendría que cortarme la pierna. Andrêa me necesita. Pero si me la corto no creo que vuelva a crecer, ¿o sí?
El kender siguió tirando del pico, intentando quitárselo de todos los medios posibles. Pero el pico no cedió.
-Veamos, esto es una pelea entre tú y yo, y alguien tiene que salir ganando y el otro perdiendo. Yo no pienso ceder ¿y tu? –Krôn se quedó cayado, como esperando una respuesta. ¿Cómo podía él saber que los picos de las minas antiguas no hablan? No había visto nunca ninguno-. ¿No dices nada? Bueno, quizá no puedas. Entonces…
Echó mano a su chapak y su rostro se volvió lívido. Su preciosa chapak, su arma preferida y el arma que le dio su padre cuando cumplió la mayoría de edad, se le había caído y no sabía dónde estaba. ¡Cómo podía haber sido tan descuidado!
-Maldito pico, todo por tu culpa.
Empezó a golpear el pico con tal rabia que el oxidado pico cedió y consiguió liberarse rompiendo la punta que le mantenía sujeto al suelo. Krôn miró con orgullo su obra y hasta llegó a proferir unas palabras de triunfo levantando el puño, “Toma”, antes de precipitarse cuesta abajo, rodando cómo una pelota.
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