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Una road movie a la navarra
Cuando Benito Lacunza (Alberto San Juan) -camarero holgazán aspirante a músico de jazz- tiene que volver por unos días a Estella, su pueblo natal, descubre con sorpresa que su hermano Lalo (Julián Villagrán), un santurrón aficionado a hacer esculturas con chatarra, se ha echado novia. Benito la conoce de sus juergas adolescentes: es Nines (Emma Suárez), una madre soltera castigada por la vida. Benito se propone impedir que Lalo caiga en semejante trampa, pero sus planes se derrumban cuando conoce a la hija de Nines, Ainara (Violeta Rodríguez), una niña introvertida, rebelde y fumadora precoz, con quien Benito entabla una insólita amistad. Cuando las cosas se tuercen para esta peculiar familia, Benito decidirá por primera vez en su vida tomar las riendas para ayudar, al menos a su estilo, a todas las personas a las que quiere.
Los personajes
Benito Lacunza (Alberto San Juán)
Benito es un crápula, desastroso, vago, incorrecto y dejado, malvive en Madrid hasta que se ve obligado a volver a su Navarra natal, a un mundo del que ha renegado durante muchos años. El reencuentro con una serie de personajes vapuleados por la vida hará que Benito, por primera vez, intente tomar las riendas para ayudar a quienes en el fondo forman parte de su peculiar familia.
Lalo (Julián Villagrán)
Hermano menor de Benito, es un joven inocente y bonachón, entregado en ayudar a los demás, enamorado de Nines, se dedica a crear esculturas a partir de la chatarra que nadie quiere.
Nines (Emma Suárez)
Novia de Lalo, madre soltera, prematuramente cascada por una juventud demasiado acelerada. Una mujer a quien Benito ya conocía de sobra de sus juergas adolescentes.
Ainara (Violeta Rodríguez)
Hija de Nines, una niña conflictiva, huraña, introvertida, que por primera vez se abrirá al exterior con Benito, el único que la trata sin paternalismo aunque a veces también sin el menor tacto. Entre ellos se establecerá una inaudita relación de amistad.
Notas del director
Cómo empezó todo
En 1999 tuve el enorme placer de presentar mi primer cortometraje “Dreamers” (“Soñadores”) en el festival de Berlín, donde obtuvo una Mención de Honor del Jurado. Gracias a John Hopewell, periodista de Variety, pude conocer allí a Fernando Trueba y Cristina Huete que se encontraban presentando “La niña de tus ojos”. John Hopewell comentó que le encantaban mis cortos e insistió a Fernando Trueba en que tenía que verlos. Fernando me pidió que se los enviara a su casa en Madrid. “Seguro que se lo dice a todo el mundo, para no quedar mal” – pensé yo.
Después del festival me volví a Madrid, y regresé a la rutina, como quien piensa que todo ha sido un bonito sueño. Por supuesto, nunca envié mis cortos a Trueba. Una tarde de primavera me fui con unos amigos al cine. A la salida, me fijé en un grupo donde había alguna cara conocida. Allí estaban Fernando y Cristina. Fernando me riñó por no haberle enviado los cortos a su casa y me dio su dirección para asegurarse de que esta vez no me escapaba. “Bueno, parece que el tío va en serio” – me dije a mí mismo. Así que esta vez se los envié, y al poco tiempo me llamó para que fuera a verle porque los cortos le habían gustado mucho (o al menos eso fue lo que me dijo).
Si cuento ahora esta historia de coincidencias, festivales, periodistas y encuentros a la salida de un cine, es porque a día de hoy Fernando Trueba y Cristina Huete son los productores de “Bajo las estrellas”, mi primer largometraje. No es que considere que esos encuentros fueran vitales para establecer la amistad que nos ha unido desde entonces; simplemente lo cuento porque los recuerdo con mucho cariño.
Tiempo después Fernando Trueba me llamó un día y me pasó la novela “El trompetista del Utopía” de Fernando Aramburu. Me dijo que en ella había un tono único, a veces lleno de humor, a veces desgarrador, pero siempre dotado de ternura y de una extraña poesía. Trueba vio que había muchos puntos en común entre esa historia y el mundo que había en mis cortos y mis guiones. Él pensó que podía ser una buena opera prima, y se ofreció a producirla. Por supuesto, nada más empezar a leer la novela caí enamorado de esos personajes tan geniales que giran en torno a nuestro Benito Lacunza, protagonista crápula, desastroso y políticamente incorrecto, que acabará mostrando su enorme corazón.
Fernando Aramburu, autor de la novela, fue siempre increíblemente respetuoso con mi trabajo de adaptación. Nos dio total libertad, no queriendo entrometerse lo más mínimo: “Félix, lo último que me gustaría en esta vida, es ser recordado como un pesado”, me dijo.
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