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Palabras que se alzan en el aire en una noche mágica, donde se decidirá el futuro de los zangsen y el porvenir de la ciudad.
El viento mecía su cabello mientras se movía con pasos lentos sobre una roca que hacía de tarima. La observábamos pálidos, admirándonos de la elegancia de sus movimientos. En el centro había un fuego que chisporroteaba continuamente lanzando pequeños destellos de calor en la noche. La sacerdotisa nos dedicó una mirada seria mientras mostraba una pluma de metal. La alzó durante unos segundos para que la pudiésemos ver bien.
Se oía el vago rumor de los abetos cercanos y nos llegaba un olor débil, de húmedo, de verde recién mojado. Se arrodilló dándonos la espalda y dejó la pluma próxima al fuego. Había miles de personas, quizá la ciudad entera. Habíamos estado cuatro años apartados del resto, viviendo en unas condiciones precarias; las mismas ropas, el mismo corte de pelo, la misma ración de comida, e incluso al final, hasta hacíamos los mismos gestos. Éramos los “Zangsen” -los educados, un grupo de niños que abandonaron sus casas para volver hechos unos hombres-, sólo nos distinguían los rasgos físicos y las heridas de los entrenamientos. Nuestros padres se habían quedado en un vago recuerdo, y nuestras casas, olvidadas. Y sin embargo, ahí estábamos. Notábamos la mirada de lo que un día fueron nuestras familias y el fulgor de sus ojos ahora que nos veían como adultos.
Los zangsen estábamos sentados cerca del fuego, sin atrevernos a mover un solo músculo, apenas siquiera a hacer una respiración un poco más sonora de lo habitual. Teníamos los ojos clavados en la sacerdotisa, y ésta, arrodillada, miraba la pluma. Estuvimos así un largo rato. Oíamos el mecerse de los árboles y algún gruñido lejano, pero aún así, los sonidos parecían distantes, como provenientes de otro mundo.
Mientras, en mi mente se dibujaban palabras. Apenas esbozos de lo que podría ser mi futuro. A veces veía con claridad “mercader”, “cónsul”,”guardián” y todas ellas me alegraban. Pero entonces aparecía “esclavo” y se me hacía un nudo en la garganta. Era un fantasma que me llevaba persiguiendo meses: “esclavo”, “esclavo”. No paraba de repetirse. Mi voz interior gritaba la palabra y por las noches me susurraba: “terminarás como tus padres, como tu familia”.
Era verdad, toda mi familia había sido esclava, desde mi padre hasta el último tatarabuelo que llegué a aprender. Todos y cada uno de ellos se habían dedicado a obedecer y servir, a luchar por el bien común y defender día y noche al pueblo. Lo llevaba en la sangre.
La mujer se levantó y se dio la vuelta. El viento creció e hizo ondear con fuerza su falda. Tenía los ojos en blanco y el pelo encrespado. Alzó los brazos y comenzó a girar de forma violenta el cuello de un lado a otro. Después se detuvo y se dedicó un rato a olisquear mirando hacia arriba.
Tras un pequeño descanso levantó levemente la cabeza y emitió un ruido gutural prolongado que dio comienzo a una canción. Su voz se quebraba pero parecía enérgica y vivaz, un hechizo lanzado a la luna. Mientras entonaba la canción, la mujer fue mirándonos de uno en uno, asintiendo de vez en cuando.
Yo estaba comenzando a dormirme; el calor del fuego, la brisa ligera que me acariciaba las orejas, la oscuridad… todo me sumergía profundamente en otro mundo, y no era el único que estaba pasando por lo mismo, cuando miré a los demás tenían los ojos como idos, entrecerrados, y algunos incluso con la boca abierta y babeando.
La sacerdotisa terminó su discurso musical y nos contempló de nuevo, observándonos con cariño, como si fuese nuestra propia madre y estuviese apunto de arroparnos. Cogió la pluma y la sostuvo del extremo para que se calentase la punta. Todos sabíamos lo que ahora tocaba; nos pusimos en fila india de forma silenciosa y esperamos nuestro turno.
Retiró la punta del fuego y se dirigió ceremoniosamente al primer zangsen de la fila, quien extendió su brazo y la miró con solemnidad. La sacerdotisa pasó la mano por el antebrazo del muchacho y le acercó la pluma al brazo. Se oyó un suave “zssssss” al hacer contacto con la piel.
En pocos segundos terminó el kanji y se agachó a soplar sobre el tatuaje. El primero había terminado. Acto seguido llegó el guardián de la ceremonia, un hombre mayor de escasa estatura, barba larga y ojos muy claros. Se paró a leer lo que había escrito la sacerdotisa y gritó: “Será entrenado en el arte del zapato”. El chico, por primera vez aquella tarde, sonrió y salió corriendo a ver a su familia.
Yo, mientras, seguía pensando en el futuro. Miraba la luna, contemplaba las pocas estrellas que había aquella noche y alguna vez desviaba los ojos hacia algún compañero. Tenía mucho miedo. Comencé a temblar de la forma más lamentable mientras se me venían a la cabeza nuevas palabras: “jornalero”, “tabernero”, “centinela”. Me daba igual lo que saliese, pero no quería estar un segundo más allí. Necesitaba volver a la montaña donde había pasado los últimos años y echarme sobre la hierba mojada.
Mientras, la mujer continuaba con sus trazos impecables. Rasgaba la piel como si estuviese escribiendo sobre papel. Hacía cortes e incisiones con la máxima precisión posible y todo ello sin perder naturalidad en el trazado. Ya había acabado dos más. El viento había amainado y los árboles habían dejado de mecerse.
Llegó el momento. La nariz de la sacerdotisa estaba a menos de cinco centímetros de la mía. Olía a jazmín y desprendía un calor humano, húmedo y reconfortante.
—Comprendo tu impaciencia por saber el futuro. Deja el brazo quieto y reza a la luna para que elija tu profesión.
No me llegué a concentrar. Ése fue el problema. Me temblaban las tripas y apenas podía respirar. Ni siquiera me dio tiempo a iniciar una oración de súplica a la luna. Nada. Me quedé quieto y vi, ante mi asombro, cómo la sacerdotisa sonreía mientras acercaba la pluma a mi piel. Sólo llegué a pensar “esclavo no”.
Una gota de tinta decidiría mi porvenir, se introduciría en mi epidermis y quedaría grabada para siempre. Sentí el calor del metal al acercarse y, para más desgracia, noté cómo titubeaba la mujer unas milésimas antes de hacer la primera incisión sobre la carne. Un palo largo y curvo de unos centímetros de longitud.
En menos de un segundo ya había terminado la tarea. Bajé la vista, apenas podía ver. Todo me daba vueltas; las horas de ayuno, las tres noches sin dormir, el ejercicio físico y los baños de agua fría me habían dejado exhausto. Entonces vi la imagen, el kanji completo.
Levanté la cabeza. No podía ser. La sacerdotisa me miraba con cara estupefacta sin comprender lo que acababa de escribir. Eran cuatro líneas bien dibujadas.
Pronto se acercaron todos a ver qué había pasado y según llegaban palidecían y me miraban sin poder articular palabra, hasta que llegó el guardián de la ceremonia que, si bien se sorprendió al ver mi brazo, no titubeó y se arrodilló ante mí.
—Hoy ha nacido un príncipe —gritó.
Y entonces, toda la gente allí congregada se arrodilló ante mí. Sólo me dio tiempo a pensar “otro esclavo”.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Thanks you |
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11-08-2007 12:38 |
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Si bien no me ha parecido de tus mejores redacciones (que no digo que sea mala, sino que no me ha gustado tanto como otras), la historia que cuenta incita a la reflexión y da, cuanto menos, que pensar. Y eso es bueno, siempre. Y es que en realidad todos, de una u otra manera, somos esclavos de algo. Pasé un buen rato leyéndote, gracias.
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Bonita historia |
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19-07-2007 20:53 |
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Me ha gustado y aunque el final si puede ser algo predecible, casi ni me ha dado cuenta porque has sabido sumergir bien al lector en el ambiente y los miedos del protagonista. Quizás sobre una frase muy reveladora cuando al mitad del realto se vé asi mismo como un esclavo. Por lo demás excelente.
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RE: Bonita historia |
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21-07-2007 00:50 |
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Me alegra que te haya gustado. Tendré que trabajar más el final de las historias, porque si hay algo que no me gusta, es que sea predecible. Muchas gracias y un saludo.
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Buen relato |
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16-07-2007 09:28 |
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Prosa fluida y bien llevado, aunque quizás el final se adivine un poco. En cualquier caso, muy interesante. Serviría como capítulo introductorio de una novela.
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RE: Buen relato |
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17-07-2007 23:02 |
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Muchas gracias. No se me había ocurrido que podría ser el primer capítulo de una novela. A lo mejor un día de estos me atrevo y me sorprendo a mi mismo empezando una.
Un saludo
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Muy bonito |
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12-07-2007 17:05 |
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Un cuento muy bonito y bien escrito
Aunque vaya un chico inconformista, le tenían que poner de peón caminero
Cada vez escribes mejor. Enhorabuena.
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RE: Muy bonito |
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12-07-2007 17:31 |
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Muchas gracias.
Antes he estado mirando el foro y he visto que tienes un post porque estás haciendo un libro y necesitas comentarios y una introducción para alguna historia. Si no llego tarde ¿puedo echarte una mano?
En caso afirmativo elige tú el relato.
Un saludo
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RE: Muy bonito |
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12-07-2007 18:47 |
Queen of tales dijo: Muchas gracias.
Antes he estado mirando el foro y he visto que tienes un post porque estás haciendo un libro y necesitas comentarios y una introducción para alguna historia. Si no llego tarde ¿puedo echarte una mano?
En caso afirmativo elige tú el relato.
Un saludo
Es un placer y una alegría poder contar contigo. No sabes la ilusión que me hace, porque eres una de las asiduas cuyos relatos más me gustan.
Te mandaré un correo. Sonrisisimas.
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