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Encerrado en el famoso laberinto del minotauro busco a María. Sólo espero ser el primero que la encuentre.
Arrastraba como podía la pierna, de la que salía un reguero de sangre que se perdía en la tierra. Paso a paso avanzaba lo más sigilosamente posible mientras temía que en cualquier momento llegase. Ya había escapado una vez, a la siguiente moriría. Sus gruñidos sonaban lejanos, perdidos en el laberinto. Mientras, buscaba desesperadamente a María.
Oí pasos, silenciosos como si fuesen de puntillas, que provenían del otro lado del muro. Susurré “María” varias veces hasta que oí que los pasos se detenían. Percibí un olor fuerte a podrido: no era María, era el minotauro que llevaba persiguiéndome durante los últimos días. Ahora le acababa de dar una pista definitiva.
Intenté correr lo máximo que pude, hasta donde me permitía la pierna malherida. Su mordisco me había desgarrado parte del muslo anterior derecho, lo suficiente para que renquease continuamente y no pudiese caminar. La sangre no paraba de brotar; necesitaba un lugar donde cobijarme y sanar, pero le acababa de decir exactamente mi posición. No tardaría en llegar.
Oí de nuevo sus gruñidos, esta vez en el lado opuesto del muro. Se había equivocado de entrada. No me quedaba mucho. Sentía que sus pasos se alejaban hacia el otro lado para probar un nuevo camino. “A la siguiente no fallará”, maldije para mí mismo. Entonces, de repente, me acordé de un lugar que quedaba a escasos metros, donde había un entrante en el muro y podría resguardarme durante horas hasta que desapareciese el minotauro.
Comencé a andar. Sentía a cada paso sus gruñidos que cada vez quedaban más cerca, sentía el latir de mi corazón acompañado con los quejidos de su barriga. Esta vez no fallaría. Tenía que llegar. Diez pasos, nueve, ocho… Notaba cómo llegaba. En cualquier momento doblaría la esquina y me vería medio cojo, a punto para comerme. Sentía el hervir de su cerebro, sus ansias de morder. Siete, seis, cinco, cuatro pasos y ya estaría. Veía el saliente, unos ladrillos que se hundían a un metro de altura y permitían una escalada fácil hasta llegar a una especie de nicho donde podría descansar. Tres, dos y uno. Ya estaba, pero no oía sus pasos.
Algo había cambiado. Giré lentamente el cuello. Nada. El pasillo vacío. ¿Se habría rendido? No me llegaba ningún sonido. Estaba parado, quizá olisqueando con intensidad el aire para localizarme. Había perdido el rastro. Hice un esfuerzo y subí la pierna buena. Miré de nuevo hacia el fondo del pasillo, algo me daba mala impresión. Oí uno pasos lejanos al otro lado del muro. Entonces hice un acopio de todas mis fuerzas y subí la pierna mala, me agarré con la mano derecha en el saliente del nicho y poco a poco subí, hasta llegar a la cadera. Después me arrastré y me situé en el nicho. Desde él no se veía nada de lo que pasaba abajo. Detuve mi respiración por unos segundos. Oí pasos cerca. Corría demasiado rápido pero yo ya estaba seguro. Silencio. Había desaparecido, se habría perdido en su propio laberinto.
Y entonces, cuando ya pensaba que estaba todo ganado, oí un grito, un grito inconfundible de terror y de angustia. Era de María.
Había sonado a escasos metros, olía su perfume de jazmín entremezclado con el olor agrio del minotauro. Estaban a menos de cinco metros. La mataría. Notaba cómo en cualquier momento el minotauro cerraría sus fauces sobre la carne blandita de María. Entonces la oí debajo, oí como se tropezaba y como paraban los pasos del minotauro. Estaban el uno frente al otro. Bella y bestia en una nueva versión que acabaría mal. Dudé una eternidad, más de lo que tendría que haber tardado, pero salté.
Salté encima del minotauro. Le agarré de las orejas y le desgarré parte del cuero cabelludo. Pero mi fuerza era insignificante en comparación con la suya. Se revolvió y me mandó contra la pared. Oí un terrible crujido en mis huesos y me desplomé en el suelo. Sólo me dio tiempo a ver la cara de María mientras se levantaba y, tímida, se iba alejando sin dejarme de mirar. “Vete”, le grité.
Fue lo último que le dije y después miré con las últimas fuerzas al minotauro. Percibí su aliento fétido, el hedor a sangre y sudor de los dos, todo mezclado, era una combinación olorosa letal. Abrió poco a poco sus fauces y oí de nuevo un grito desgarrador. Ahora lo entendí todo, su insaciable búsqueda, su fuerza inusual, su rapidez, no eran producto suyo, había dos minotauros y hoy los dos habían cazado.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Autor: |
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Pequeño comentario |
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25-10-2007 23:19 |
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Tu escrito está muy bien, sólo tengo un pequeño problema
"Notaba cómo en cualquier momento el minotauro cerraría sus fauces sobre la carne blandita de María."
Me molesta que se usen diminutivos (cuestiones personales) en los escritos que traten de mostrar seriedad.
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Me |
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11-08-2007 21:59 |
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Y aquí me hallo yo ahora; me ha pasado, Álvaro, lo mismo que a los compañeros que aquí firman, que me confundí algo, y me pareció, una lectura amena, pero también de poco interés cuando no comprendía demasiado por donde iban los tiros. Es algo extraño, aunque esta palabra sea bastante extraña -paradójicamente- para lo que quería yo decir. He leído cosas tuyas que me han gustado mucho más, es lo que quería decir.
Una sonrisa.
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Interesante |
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20-07-2007 13:03 |
¡Vaya! Que retorcida debo de ser porque pensé que el minotauro era el protagonista. jajaja.
Por lo demás es muy interesante, y por lo de breve... recuerda el dicho: lo bueno si breve, dos veces bueno
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RE: Interesante |
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21-07-2007 00:56 |
Jaja, pues no sería mala idea ponerse en la piel de un minotauro, que seguro que está triste por tanta soledad en un laberinto ahí encerrado. Muchas gracias por el comentario
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Me gustó |
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19-07-2007 11:16 |
Un relato entretenido, el final te queda más abierto de lo que tu probablemente pretendías, pero eso tampoco es necesariamente malo. Quizás para redondearlo dle todo hubiera estado bien regodearse un poco más en la angustia personal del protagonista, pero eso ya es cuestión de gusto personal
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RE: Me gustó |
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21-07-2007 00:54 |
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Gracias por la idea, podría desarrollar un poco la parte final mostrando al protagonista mientras que ve como el otro minotauro va a capturar a María y así también evitaría la confusión. Muchas gracias por leerme. Un saludo
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... |
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16-07-2007 15:32 |
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Pues a mí me ha pasado al contrario que al protagonista, que al final no lo he entendido. ¿María es el segundo minotauro?
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RE: ... |
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16-07-2007 17:30 |
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Uyy! No, hay dos minotauros en el laberinto y él se ha sacrificado para que no pillase a María y justo, cuando va a morir, descubre (cuando oye el grito de maría) que hay otro minotauro. Los dos mueren.
Me ha quedado bastante corto el relato.
Un saludo y gracias por leer!!
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Un poquito confuso |
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17-07-2007 08:35 |
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Bien escrito y manteniendo la intriga (aunque algo raro el pasaje del escondite), el final también me ha resultado confuso, porque previamente no habias dado ninguna pista al respecto (como que el minotauro parecía estar en todos los sitios, que cuando creías haberlo dejado atrás aparecía delante, etc...).
Esto hace el final abrupto y le rompe un poco la gracia. De hecho, yo pensaba que María era un minotauro también que actuaba a modo de cebo del otro...
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