Ciega traición o traición a ciegas |
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12-07-2007 17:34
Por: Queen of tales
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Oscuridad, eso es todo lo que veo: una mancha borrosa y negra mal extendida ante mis ojos. Me quedé ciego cuando tenía veintitrés años y ni siquiera recuerdo cómo sucedió.
La última sensación que tengo fue un pinchazo por dentro que se extendió por todos los nervios de mi sistema y me dejó paralizado unos segundos antes de perder el conocimiento. Después me levanté. Oscuridad. Una venda de seda tapaba mis ojos pero no los sentía. Era una sensación extraña que me remordió por dentro hasta que se confirmaron mis sospechas: había perdido toda la visibilidad.
No había remedio. Ya había ocurrido y, sin embargo, me sentía culpable por algo que ni siquiera sabía cómo había pasado y, de pronto, en la misma sala del hospital, mientras que oía el ajetreado vaivén que éste conllevaba con las bandejas de plata y los carritos de la comida, me vino a la cabeza un nombre, un vago recuerdo de lo que en otra vida había llamado felicidad: María. Me quedé unos segundos pensando en ese nombre. Me venían figuras abstractas, proyecciones mal hechas de mi mente que se esforzaba por reconstruir una imagen sólida en mi retina.
Ya me lo había dicho el médico, ahora mis ojos serían el recuerdo. Cuando lo oí por primera vez hasta me hizo gracia “ahora tus ojos serán el recuerdo”. Me parecía una frase musical y llena de sentido. Era escritor; o al menos, eso era lo que había pretendido ser antes del accidente. Contar historias, ver mundo y transmitir a la gente. Y ahora sentía una fuerte oleada en mi pecho, olía las primeras brisas perfumadas del jardín cercano y palpaba la rugosidad de las sábanas, pero no podía ver.
María, María, María. No pasaron más de tres días cuando se me figuró por completo su imagen, una belleza oscura, mi gran diosa negra. Recordé poco a poco, sentía cómo se estrujaban las neuronas de mi cerebro y se ponían de acuerdo en hacer memoria para recordar quién había sido aquella mujer. Mis padres murieron cuando tenía doce años, fue doloroso acordarse de ello, pero ya lo había superado una vez; no iba a ser difícil superarlo una segunda. Pero María, ¿quién había sido?
María era mi centro de atención las veinticuatro horas, sobre todo por la noche, cuando en el hospital soplaba una suave brisa y reinaba el silencio. Me sentía seguro cuando las luces se apagaban, era el momento en el que todos éramos iguales, ciegos. María bailaba, María reía, María cantaba, María me quería. Ésas eran las leyes que regían la noche entre las toses y los movimientos bruscos del señor que estaba en la camilla contigua.
Por las tardes, el doctor Merino pasaba a ser Alberto. No había día que no se quedase unas horas charlando conmigo y me leyese alguno de sus pasajes favoritos. Al parecer, casualidades de la vida, el también era escritor, aunque él no lo quisiese reconocer.
Fue el primero que me trajo un alfabeto en braille impreso para que pudiese ir reconociendo las letras, y el primero que se interesó en mí, no como el paciente ciego como me veían los demás, sino como la persona que antes tenía una vida y volvía a querer tenerla. Charlábamos, eso era lo que más le gustaba. Hablábamos de Dashiell Hammett y de Raymond Chandler hasta altas horas de la noche.
Fue una de esas noches cuando le conté mi obsesión por María. Ya por aquel entonces me acordaba a la perfección de ella, y no omitía ningún detalle cuando hablaba a Alberto. Me acuerdo que el último día saqué la fotografía de la gran diosa negra, pero no me atreví a enseñársela, algo dentro de mí me retuvo. Era lo único que me quedaba de ella y no estaba preparado para compartirlo con nadie.
A las dos semanas me trasladé a un internado especial para invidentes y ahí fue donde me di cuenta de que estaría ciego para el resto de mi vida. Sentía los ojos abiertos, percibía el frescor de la mañana en las pestañas, pero no sentía nada en los ojos.
Llovía copiosamente el día que me trasladé. La señorita que me atendió se llamaba Lourdes, y desde el primer momento noté algo dentro de su voz melosa que me inquietó, aunque no sabía muy bien el porqué. Su voz era un gorjeo mal hecho, una voz risueña y grave para una mujer. Estreché su mano: era regordita y la tenía sudada.
La habitación no era muy espaciosa, entraba escasamente una cama pegada a la pared, una estantería llena de libros (supongo que en braille aunque nunca lo llegué a comprobar) y una radio de mesilla. No sabría decir si era luminosa o no, pero tenía una gran ventana que daba al jardín.
“Empezarás las clases mañana, hoy descansa”, me había recomendado Lourdes mientras se despedía de mí.
Pasé el día solo, buceando en mi interior y amargándome una vez más mi propia existencia. “Jamás volveré a ver” era una sentencia que se me había grabado en la memoria, y que a pesar de las veces que la repitiese sonaba siempre igual a mi corazón: mal. Y cuando comenzaba a flaquear mi autoestima, todos mis sentidos se dispersaban, y mi pensamiento fluía libre, en un devenir intenso, proyectando diapositivas en mi mente. La mayoría ya habían perdido color pero seguían siendo nítidas, y todas ellas hacían referencia a María.
No sé qué hora sería, pero debía ser bastante tarde, ya comenzada la noche, cuando llamó alguien a la puerta. Una de las cosas que más me extrañaron de aquel lugar era el silencio, apenas interrumpido por pequeños ruidos. Parecía un lugar deshabitado pero del que de vez en cuando brotaba vida.
—¿Se puede? —era la voz de Lourdes.
Dije que sí y oí cómo entró con su forma característica de arrastrar los pies y avanzar despacio. Dejó la bandeja de metal con la cena en la mesilla y se sentó a mi lado. Tras de sí había cerrado la puerta. Olía su colonia, estaba a escasos centímetros de mí. Sentía su aliento en mi cara y, para mi asombro, comencé a sentir su mano regordeta en mis piernas. La subía lentamente. No dijo nada, simplemente respiraba como una cerdita mientras se aprovechaba con la otra mano. El terror se había apoderado de mi cuerpo. Era una sensación horrible, un escalofrío por todo el cuerpo mientras sentía cómo se excitaba.
Pronto estaba desnudo con una mano en su pecho y la otra agarrada en su pelo balanceándome en la cama. Oía sus gemidos roncos mientras me aplastaba contra la cama. Sin duda era muy gorda.
María, María, María. No lo pude evitar, me la imaginaba mientras arremetía una y otra vez la señora gorda. Me excitaba, la diosa negra estaba disfrutando mientras saltaba entre mis piernas y gemía. Su boca olía a fritanga y su cuerpo a sudor.
Y de repente, como levantado de un sueño, me di cuenta de lo que en verdad estaba pasando y empujé a la “gran señora”. Oí cómo chocaba su cuerpo contra el suelo, por el ruido podría haber sido mortal, pero no me detuve a comprobarlo y salí corriendo.
Era todo tan difuso; paseaba las manos por las rugosas paredes mientras notaba cómo se sucedían los pasillos. Sentía cada marco de la puerta, cada pomo que sobresalía y se clavaba en mi costado. Sólo quería alejarme lo máximo posible de mi habitación, no me importaba ir desnudo en un lugar donde lo único que se veía era a través de los sentidos.
Llegué a una puerta, la última del pasillo, y esperé unos segundos. Todavía sentía el aliento fétido de Lourdes mientras gemía en mi cara. El corredor estaba en silencio, deslicé con cuidado el pomo y empujé con suavidad la puerta.
Una ligera fragancia invadía ese cuarto, olía un poco a mandarina, pero diría que en la mayor parte el olor era de melocotón. Oía una respiración muy suave y el ruido del viento sobre la rendija de la ventana.
Me acerqué despacio a la cama. María, María, María. Era la colonia que utilizaba, no me cabía ninguna duda. Paseé lentamente la mano sobre las sábanas hasta llegar a la rodilla. Me detuve y me imaginé a María tendida en la cama con las piernas flexionadas en una postura extraña, de las que solo podía poner ella por ser tan flexible. Me acerqué un poco más a la cabecera de la cama. Sentía cada respiración como si fuese la mía, cada latido de su corazón que palpitaba con un ritmo lento y abotargado.
Acerqué la mano hasta tocar su cabello, rizado como el de María. Cada vez la joven era más perfecta, parecía que se hacía a sí misma según lo iba deseando. Acaricié su pelo durante un largo rato hasta que por un impulso, comencé a tirarle con fuerza de la cabellera.
Se despertó en seguida pero tuve la suficiente destreza como para taparle la boca antes de que emitiese sonido alguno. Fue una lucha desigual, en la que yo tenía la fuerza y el rencor y ella la inocencia. Forcejeaba inútilmente, y ahora María bailaba, María reía, María cantaba, María me quería.
No me costó ningún trabajo quitarle la ropa, no ofrecía resistencia alguna, a decir verdad parecía que le gustaba, a fin de cuentas debía ser muy aburrido vivir en un internado para ciegos. Ahora ponía yo las reglas, y ella se movía a mi antojo. Tenía la misma cadera ancha y el mismo trasero que María, y veía sus mismos gestos y la mirada centelleante de antaño en mi mente. La cogía de la espalda y me la acercaba más para oler su perfume; no me cansaba de aquella fragancia ni de su olor personal.
Era muy tímida, decía cosas sin sentido entre susurros tan bajitos que apenas llegaba el soplo de sus palabras a mi cara. Y entonces me empujó de la misma forma que había hecho yo con Lourdes, y al igual que ésta, caí al suelo.
—¿Sabes quien soy? —preguntó la chica.
Volví la cabeza hacia ella, no podía ser, su voz...
—Sí, soy María.
Noté cómo se acercaba más a mí y me agarraba por el pelo.
—¿Te acuerdas de lo que pasó o te lo tengo que recordar? —continuó mientras me zarandeaba.
No sabía qué hacer, no me acordaba de nada.
—¿Te suena algo esto? —dijo mientras me daba con la rodilla en la cabeza.
Estaba ya medio inconsciente, tumbado en el suelo.
—¡Eres un hijo de puta! —dijo mientras me pateaba.
Entonces volví en mí, estaba en la cama, agarrando a la chica por el cuello mientras que ella luchaba por respirar. Paré de inmediato.
—¿María? —dije.
Pero la joven no respondió y aprovechó para darme un golpe con algo frío y puntiagudo en la cabeza. María, María, María. Esa palabra me acompañó durante las siguientes semanas en el hospital. Todo volvía a estar como antes, las charlas con Alberto, los pensamientos nocturnos… Hasta que una noche oí la voz ronca de Alberto mientras estaba tumbado en la cama.
—María, ¿eh? —me dijo.
Volví la cabeza hacia él y sentí cómo me dejaba algo encima de la cama. En seguida supe lo que era por la textura, una fotografía. Sentí cómo se acercaba más, podía percibir su odio, cómo le temblaban los labios mientras me agarraba el brazo.
—María es mi mujer.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Yo sí he comprendido el final... |
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19-07-2007 08:34 |
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...Pero tampoco puedo decir que me haya gustado; de hecho, me ha hecho gracia, como si fuera una especie de chiste macabro. No descarto el desequilibrio mental, que conste.
Por lo demás, el relato no está mal. No alambicado innecesariamente, fluido bien desarrollado. En algunos puntos voy a entrar en detalle:
“mientras que oía el ajetreado vaivén que éste conllevaba con las bandejas de plata y los carritos de la comida”. La primera parte de esa frase es rebuscada y confusa (hasta “conllevaba”). La segunda es incoherente por dos razones: 1. En los hospitales, que yo sepa, las bandejas no son de plata (excepto en un hospital para los muy muy ricos). Lo normal es que ni siquiera sean de metal, sino de una especie de plástico duro. 2. Si el personaje está ciego, ¿cómo sabe de qué metal son las bandejas?
“el también era escritor, aunque él no lo quisiese reconocer.”. Lapus de la tilde en el primer pronombre personal.
“percibía el frescor de la mañana en las pestañas, pero no sentía nada en los ojos.”. La frase es poco clara. Si está percibiendo el frescor de la mañana en las pestañas, ya está notando “algo” en los ojos. Comprenderse se comprende, pero es mejor entrar al detalle.
“no me importaba ir desnudo en un lugar donde lo único que se veía era a través de los sentidos.”. Lo mismo de antes, pero con más gracia. Dado que la vista es uno de los sentidos, la frase no resulta clara y pide que se explicite más.
“Me acerqué un poco más a la cabecera de la cama.”. Sobra “de la cama”. Ya has mencionado la cama un par de líneas antes y con decir “cabecero” todos lo comprendemos.
Un relato entretenido, en definitiva, pero que podría haber dado mejor resultado.
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RE: Yo sí he comprendido el final... |
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21-07-2007 00:47 |
Muchísimas gracias por el comentario, y sobretodo por haber entrado en detalle, que ahí es donde verdaderamente me doy cuenta de los fallos que cometo e intento después no volver a repetirlos.
Un saludo
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Sencillamente impresionante |
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12-07-2007 17:36 |
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Compañera, te has superado. No sólo tocas un registro que no es el habitual en ti, sino que lo haces con maestría. Dentro de la oscuridad propia de un relato de este tipo, uno siente el desamparo del protagonista con su particular ceguera. El final, un broche perfecto. Buen trabajo.
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Bueno |
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12-07-2007 18:01 |
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Pero no me ha impresionado tanto como a Akhul. Lo siento. Aunque bien escrito, o no lo he acabado de pillar, o le veo fallos de coherencia en el argumento. Comportamientos extraños sin explicación. Incluso una cierta ambiguedad que no me acaba de cuadrar. Hay cosas que yo cambiaría. El final no me casa tampoco del todo. Aunque es una buena idea, me parece poco entroncado con el resto.
Puede que me falte imaginación.
Bien en el estilo, un poco torbellino en el final, rompiendo la cadencia del principio.
Pero en todo caso, siempre agradable de leer.
Sonrisas.
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Pues a ver.. |
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13-07-2007 12:36 |
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Me encanta como esta escrito y me mantiene la intriga, sin embargo me paso como a nachob, no lo acabo de entender... quiza que estoy espeso por lo de ser viernes... ¿que le hizo a Maria? (antes de quedarse ciego...)
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RE: Pues a ver.. |
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16-07-2007 17:26 |
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Me alegra que os haya gustado. He esperado un poco para ver si todo el mundo no lo entendía. Creo que akhul si lo ha entendido. A lo mejor os parece una tontería. Os cuento:
El relato gira alrededor del personaje principal que es ciego. Al principio parece una persona normal y simple, por decirlo de alguna forma, es una víctima. Pero según avanza el relato se manifiesta que tiene una obsesión: María. Se le viene todo el rato a la cabeza. Y entonces me he dedicado a dar alguna pista, como por ejemplo cuando Lourdes le viola él al principio piensa en María, y después también se imagina que es María otra chica. Y el final, que es lo más dudoso,es que se imagina que la chica de la habitación es maría -recuerda por así decirlo- y recuerda por qué se ha quedado ciego. Violó a María y después ella se vengó dándole una paliza (el marido es Alberto) y se quedó ciego.
Me gusta más insinuar que decir pero lo más seguro es que no lo he dejado muy claro.
Muchas gracias por leerme.
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RE: Pues a ver.. |
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14-07-2007 15:54 |
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Estoy totalmente de acuerdo contigo, es una historia muy lograda e interesante pero hay cosas que no logro entender.¿ Podrías explicarnos lo que pasó con María?
En cualquier caso es una historia deslumbrante.
Un saludo.
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