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La Granja


Relatos de Ciencia Ficción

10-07-2007 14:44
Por: vedovelli

Año 2110.

Al abrigo de la indiferencia del resto de la sociedad, la recién creada Dinastía da los primeros pasos en la creación de un ejército de seres con los que hacerse con el poder definitivo. Pero estos experimentos darán un fruto muy distinto del inicialmente planeado… Serán el origen de todos los deformes que pueblan las Regiones Productoras.

La Granja es un texto incluído en la próxima colección de relatos sobre los orígenes de TimeXplorers.


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Siempre había creído que el truco de ponerte droga en un vaso de coca-cola era una estupidez, una leyenda urbana, algo que sólo le pasaba a los cretinos. Pero conmigo funcionó.

Al principio era invisible. Nada había en él que me llamara la atención. Su ropa no estaba a la moda, no tenía el pelo adornado con ningún corte grotesco, con extensiones o coletas extravagantes. Su actitud no era estudiada, ni sus posturas habían sido sacadas del último catálogo de Andros. Su transparencia era perfecta.

Después supe que habíamos coincidido en otros sitios: en la estación del magneto, en la sala de comida rápida, bajo el toldo de una tienda cuando te sorprendía una sesión de lluvia programada.

Siempre coincidía con él, ahora lo sé, o al menos con alguna de las versiones de él que merodeaban por la ciudad en busca de vientres frescos.

Su tasa de éxito debía ser sorprendentemente alta. ¿Qué chica con la pituitaria sana podría resistirse a sus encantos químicos? Yo, desde luego, no lo hice.

Al principio me mostré indiferente, casi desdeñosa, tal y como exigía el programa genético que todas llevamos dentro. Yo no cedo mi único y precioso gameto al primer desarrapado que me dedique una sonrisa. Tendrá que esforzarse un poco más.

Sin embargo, con él (o con la mierda que había en el vaso) fue distinto. Me liberó de la extenuante tensión del rechazo. Sentí por primera vez el deseo de cazar antes que ser víctima. Vi mi cuerpo acorralándolo, volcada sobre él, asomada al vacío de un instinto casi masculino. Un arrobamiento desbocado que ansiaba mi sexo contra el suyo. Mareas de lujuria que exhalaba en cada gota de sudor y de saliva. Yací sobre él y lo poseí cientos de veces durante miles de noches que hice una. Insaciable, depredadora, como siempre creí que sólo podían serlo las zorras de la esquina. Y cuando el vértigo se hizo insoportable y deseaba desprenderlo a la fuerza de mi abrazo, derramó en mis entrañas sus licores, que engullí con anhelo animal, que atesoré en mi vientre como si se tratara del bien más preciado, como si su posesión fuera lo único en dar sentido a mi biología. Ése era el premio a sus esfuerzos.

Después caí en la ausencia. Inmóvil, vertical, casi cultivada; mientras el parásito crecía entre mis piernas. Seres de metal medían mis constantes, suministraban cócteles de vida bajo la aséptica luz del corredor.

Mis brazos se estiraban hacia arriba, dejando vulnerable el anverso a los pinchazos. Me adivinaba desnuda, sometida al control y vigilancia de ojos sin deseo, mera cápsula de cría de una nueva remesa de niños sin futuro.

Frente a mis ojos, un panel proyectaba imágenes de paisajes acompañadas de trinos, crujido de hojas secas y el golpeteo narcótico de un suave ritmo alfa. Campos dorados de trigo, olor a tierra húmeda, abetos nevados o montañas imposibles que reflejaban su imponencia en la superficie de algún lago.

A veces lograba acumular voluntad suficiente para despegar mi barbilla del pecho y mirar alrededor. Entonces descubría que no estaba sola. Había otras mujeres como yo, colgadas por los brazos y con la huella del lamento en la mirada. Las veía como espejos de mí misma. Eran mujeres con la edad marcada en el hueco de sus ojos, de sus dientes. Exprimidas hasta que su producción disminuía. Entonces desaparecían para rellenar su ausencia con alguien de piel nueva y ojos aún desafiantes.

Sus vientres retenían las patadas de su carga en una sucesión de sacudidas más violentas cuanto más crecía alimentándose de ellas. Nueve meses comprimidos en diez días. Entre imágenes y sonidos confusos, sentía sucederse las extracciones y los implantes, llegando a convertirse en mi única manera de medir el tiempo.

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Nunca llegué a sentir dolor. Una insistente modorra confundía mis sentidos, como si un embotamiento general impidiera reconocer mi estado, como si hubiera nacido entre aquellas paredes y cualquier otro recuerdo no fuera más que la interpretación arbitraria de algún sueño. Veía en ellos edificios de cristal que reflejaban la premura de la acera. Los quehaceres de mil vidas con tiempo sólo de mirar su propio ombligo. Prisa por llegar, por sentir, prisa por jamás llegar a ser, o por ser sin llegar o sin sentir.

El llanto coral me despertaba. Todos a un tiempo, extraían de nuestros vientres distendidos los productos de una cadena de montaje. Ya me habría acostumbrado a ello de no ser por el gañido animal que escupían aquellas criaturas. Se retorcían deformes entre los brazos mecánicos que las acogían. Mezcla indistinta de piel consumida, venas y placenta, extendían sus brazos entre espasmos inseguros en busca de un consuelo que jamás les llegaría. No lloraban como niños. No se agitaban como niños. No eran niños.

Algunos carecían de extremidades y donde debía haber un rostro, sólo se abrían fauces. Otros eran indistinguibles de un lagarto, con grandes ojos compuestos y rabos en constante movimiento. Híbridos genéticos, quimeras, abominaciones hechas carne.

Yo era testigo indiferente de aquellos prodigios. Los contemplaba frente a mí como se percibe el campo a través de la suciedad de una ventana. Sin embargo, fue la visión del último engendro que arrancaron de mis entrañas la que acabó por destruir mi debilitado entendimiento. No había en él ningún atisbo de humanidad, era una baba que se retorcía espasmódica al sentir el contacto con el aire. La noté fluir, arrastrarse desde mi útero hacia las pinzas de la máquina que la extraía. Se deslizaba entre los pliegues de mi sexo con una viscosidad gelatinosa, estirándose y expandiéndose infinita como sin querer abandonar la humedad acogedora de mi cuerpo, como si hubiera anclado unos tentáculos en las paredes de mis vísceras y se aferrara a ellas entre violentas sacudidas decidida a no ser extirpada. Yo sólo podía gritar, implorar la muerte, acabar de una vez con aquel tormento. Sin apartar mis ojos de él, sin dejar de sentir repugnancia, temor, y el deseo irracional de sostenerlo entre mis brazos y alejarnos de aquel sufrimiento que compartíamos más allá de todo rechazo. Él era todos los demás, su carne amorfa simbolizaba a todos aquellos que mi ser había dado vida. No era ya una criatura ajena, era parte de mí y me aferré a su existencia como si fuera el ser más hermoso, el más deseado. Fue entonces cuando a pesar de mis aullidos de pánico, otra de aquellas máquinas se acercó a él y lo cortó en dos, dejando caer al suelo una de sus mitades. Con horror vi cómo estallaba con un sonido de vómito en el mármol. La otra mitad se agitaba entre mis piernas herida y sangrante, pugnando por penetrar de nuevo en mí, por refugiarse y lamer sus heridas en el foso de mi cuerpo. Y yo deseaba protegerla, deseaba desatar mis manos y ayudarla empujando con los dedos para que volviera dentro. Y la máquina leyó mis pensamientos. Liberó mis muñecas y dejó que cayera retorcida, inútil, con los músculos fláccidos y los huesos reblandecidos por la falta de ejercicio. Pero estaba decidida a impedir que arrancaran de mí el fruto que sembraron.

Ahora sólo recuerdo el tacto húmedo del suelo. La rugosa superficie del asfalto, entre el olor ácido de naranja descompuesta y el amoniaco de la orina de un borracho.

Únicamente mis manos obedecen y con ellas logro arrastrarme hasta una esquina llena de trozos de papel, alguna colilla y ratas. Mis ojos me duelen y siento la piel de mi vientre como un lastre; rugosa y deforme tal que una vejiga perforada. Palpo entre mis piernas con la yema de los dedos y siento su forma aún presa de mi abrazo. Ya no se retuerce, no pugna por salir de su guarida. Tan sólo está aquí, asomado, sereno. Con el perplejo interrogante que la muerte y la ignorancia dibujan en los inocentes.

 



El mono bajo la lluvia
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Precio: 10,00 €
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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Muchas gracias ;-)
21-07-2007 02:48
Muchas gracias por vuestras opiniones sobre este relato. Sólo espero haber despertado en alguien el deseo de adentrarse en el mundo de TimeX. Ya sabéis que este proyecto está abierto a todos vosotros y desde aquí os animo a que escribáis vuestros propios relatos basados en él.

Para cualquier cosa ya sabéis dónde encontrarme ;-)
Un saludote
Jorge
www.timexplorers.com

   Muy bueno
18-07-2007 10:39
Un realto estremecedor. Realmente has reflejado muy bien la angustia de la mujer y lo axfixiante de la situación.
Es ciencia-ficción no hay duda, pero tampoco debe de haberla de que es una excelente historia de terror.

   Muy bueno
17-07-2007 08:54
Qué más se puede decir... Buen ritmo, una historia inquietante y que nos introduce perfectamente en el escenario. Ya me queda poco para empezar TimeXplorers...

   Ganicas de leer
10-07-2007 15:04
Que ganas tengo de leer y reseñar la continuación del primer volumen. Estos relatos me sirven de aperitivo.
Gracias por cierto por el email de felicitación de la reseña que le enviaste a Akhul. Además de un placer es un verdadero honor haberlo recibido.

   Muy bueno
10-07-2007 15:44
Un gran comienzo que te deja con ganas de más.

Espeluznante y a la vez terriblemente humano.

Buena estrategia para enganchar... ;-)



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