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El muerto I


Terror y Supense

19-07-2007 12:39
Por: Variwell

Una extraña venganza


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El sol se pone en Tíndar mezclado con tonos azules y rojizos en el inmenso cielo de la Isla de Argenta, y tumbado en la blanca arena me siento privilegiado espectador del ir y venir de las nubes al son del viento. Los pescadores preparan las redes entre risas y animadas conversaciones. Envidio la sencillez de sus vidas. Cuando era pequeño mi padre solía llevarme a los acantilados. Nos sentábamos al borde del abismo, dejando caer las piernas, y el estruendo de las olas chocando contra las rocas inundaba nuestros oídos. Era el sonido del tiempo, que todo lo desgasta. Ahora que he regresado me pregunto si tantos años de ausencia han merecido la pena.

Despierto cuando ya es de noche. No sé cuánto he dormido ni me importa, así que me levanto, me ciño la bufanda que me protege de este helado viento marino y me echo a andar hacia la calle principal del pueblo.

Casi no hay gente. A lo lejos, un perro vagabundo llora, como presintiendo un amargo destino. Entre casas de aspecto mísero, apenas iluminadas por focos amarillentos, que le dan a la calle una sensación de ensueño, puedo distinguir el almacén del viejo Ben. La pintura de la cortina metálica luce descolorida por la sal y el sol. Parece como si lo hubieran abandonado, desde los tiempos en que mi padre hacía allí una parada para comprarme golosinas. Al final de la cuadra se encuentra la vieja casona de dos pisos y murallas rojas que busco; la puerta de madera de la reja de entrada está abierta como siempre, esperando al visitante, invitando, al igual que el farol rojo al comienzo del largo pasillo, franqueado por una camioneta que parece tan antigua como la casa. Cierro la puerta tras de mí y apago la vela del farol, dejando el pasillo sumido en la noche cómplice.

Excepto las risas que se oyen en el piso de arriba, diría que no hay más gente en el lugar. En la sala principal, abrigada por el calor de una chimenea encendida, las llamas danzan y describen figuras caprichosas en el barniz de los silenciosos y robustos muebles de roble, así como en una virgen de Guadalupe que vigila silenciosa desde un rincón. Tanto la mesa del comedor como el mantel se ven aseados, aunque las flores que decoran un macetero en el centro parecen llevar días sin que nadie las riegue. Y por supuesto, el macetero sirve para apisonar algunas cuentas y recibos atrasados. En tanto subo la escalera, piso con cuidado los desgastados e irregulares peldaños de madera, llegando a mis narices el pegajoso aroma de la cera que no ha sido lustrada. Procuro no hacer el menor ruido.

No es raro que los clientes –la mayoría pescadores– escaseen en una noche como ésta, pienso, pues aún no es fin de mes y éstos andan mar adentro, ganándose el jornal. En días normales habría mucha más actividad; se mezclarían cómplices los sonidos producidos por los tacones de las “niñas alegres”, junto al tintinear de vasos, las risas y la música de alguna que otra ranchera.

Compruebo que el dato era de fiar. Los encuentro en una pequeña habitación, que vendría siendo algo así como la sala de espera para los clientes, y que conecta con el pasillo que da a los demás dormitorios. Bajo la tenue luz de un pequeño aplique en la pared, ambos descansan recostados en sillones. Hay colillas de cigarrillo, vasos sucios o a medio llenar en la mesa de centro; y los que ahora veo, Lizardo Roldán y madame Ivone –que es al mismo tiempo dueña, regenta y prostituta estrella de la casona, quien de día duerme en las habitaciones de abajo, y de noche se acuesta con el que sea en las de arriba– me miran. Él, con algo de extrañeza; ella, con inconfundible picardía.

—Hola, guapo —me dice la mujer con una sonrisa que revela una boca sugerente, mientras se acomoda y acicala, coqueta, el largo y rizado cabello negro, y levanta sensual una rodilla sobre la pierna en que la tiene cruzada, estudiado movimiento con el que procura que suene la sedosa y reluciente fibra de las medias de liga negras que tiene puestas. Y debo admitir que, a pesar de ser ya una mujer madura, madame Ivone es de esas escasas tipas a quienes el paso del tiempo parece favorecer en lugar de afectarlas. Luce divina enfundada en ese ceñido corsé negro, el cual apenas logra contener sus exuberantes senos de piel morena y mestiza, amén de una figura envidiable. No me extraña que hacía quince años ya hubiera hecho suspirar a los varones de entonces—. ¿Quieres pasar un rato entretenido? —me pregunta.

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—A eso vine, señora —le contesto de manera amable. Porque admitámoslo: con esa belleza es de esperar que me distraiga por un momento, aunque luego recuerdo el objetivo que me ha traído hasta acá—. Pero antes quiero darles un mensaje. A los dos.

Se quedan mirándome un rato. Noto que madame Ivone hace un esfuerzo por acordarse si me conoce de otra parte, pero se da por vencida. Se lleva el cigarrillo a la boca y sonríe, algo intrigada. Al final, el que habla es Roldán, el viejo de barba espesa y cana, gorro marinero y ojos vidriosos de licor, en tanto le da una impaciente calada a su pipa.

—Pues somos todo oídos, muchacho —me dice, serio.

Tomo asiento en uno de los sillones que se encuentran al otro lado de la salita, consciente de que ambos tienen los ojos clavados en mí. Por unos instantes me siento algo nervioso, pero intento que la voz no me tiemble al hablar.

—Hace ya casi quince años, en una noche como ésta, un tal Luis Grijalbo se hallaba regresando a la playa, después de un día muy duro en el mar. La pesca había estado mala, así que no quedaba más por hacer.

Roldán y madame Ivone se miran entre sí, como si de pronto recordaran fragmentos difusos de algo que ya habían sepultado hacía mucho, o que habían procurado olvidar. Supongo que ese nombre –Luis Grijalbo– de alguna manera les suena familiar, aunque no saben por qué; después de todo, ha pasado mucho tiempo. En tanto, el viejo de barba no deja su pipa, como si poco le importara que se fuera a caer el mismo techo, o quizá porque intuye que a estas alturas da lo mismo. Tal vez ya esté enterado de qué va la cuestión. Tal vez no. Sólo en la mujer advierto cierta inquietud.
—Disculpa, muchacho —me dice el viejo—, pero, ¿te conozco de antes? No recuerdo tu nombre.
—Eso no tiene importancia ahora —contesto haciendo un gesto con una mano—. Permítanme continuar.
—Pues continúa —me interrumpe éste, con una pose en la que advierto cierta agresividad.

Comprendo lo mosqueado que puede estar Roldán, quien tal vez ya tenía sus planes para esa noche, los que incluían beneficiarse a la voluptuosa mestiza dueña de casa, en alguna de las tantas habitaciones del piso, y que ahora tiene que mamarse a este extraño, salido quién sabe de dónde, y que más encima le viene con cuentos.

—Pues verán —continúo—, esa noche Luis Grijalbo habría llegado sin novedad a casa, excepto porque de pronto escuchó un ruido de motor fuera de borda, de gente que se aproximaba en una lancha desde la playa. Se quedó observando, con lo poco que podía ver a esa hora, hasta que en la penumbra divisó las siluetas de dos personas.

En este punto, mi mirada y la de madame Ivone se cruzan, desafiantes, durante un breve lapso, y después prosigo con mi relato.

—Muy interesante. ¿Cómo sabes todo eso, muchacho? —me inquiere Roldán, a medias sorprendido y con muestras de un enojo que va in crescendo, y que ya no se esfuerza en disimular.

—Sé mucho sobre ustedes dos —le digo, pero mi respuesta, lejos de convencerles, provoca el efecto contrario.

—Disculpa, cariño, pero ¿qué te propones exactamente? —pregunta entonces madame Ivone—. Porque, por si no lo sabes, ésta no es una cantina, donde apuesto que sobrarían tipos con tiempo como para perderlo escuchándote.

En el rostro de la mujer me parece percibir el atisbo de una sonrisa burlona y ufana. Aparte de hermosa, el tiempo y su profesión la han dotado de esa frialdad característica de aquellos cuyo único horizonte es el dinero fácil; el cual define si han de tratarlo a uno con cortesía, siempre que uno satisfaga sus expectativas; o simplemente desecharlo.

—Créanme que no ha sido mi intención venir a darles la lata —explico—. Lo que estoy diciendo es importante, y ambos lo saben. De hecho, apostaría a que jamás pensaron que un día cualquiera podría aparecer alguien, a todas luces un desconocido, pero que les traería a la memoria cierto asunto que en su momento dieron por olvidado.

—Pues como yo lo veo, muchacho —interviene Roldán—, sólo eres un tipo al que pudieron haberle contado ciertas cosas sobre nosotros. Este pueblo es pequeño, así que no me extraña. Pero quiero advertirte, amigo, que si esperas sacar algo de nosotros con todo esto, pues has venido al lugar equivocado, y te advierto que ya estoy empezando a perder la paciencia, así que termina luego y haz el favor de largarte porque estamos ocupados. ¿Me explico? Te lo estoy pidiendo por las buenas; no querrás conocerme cuando estoy enojado.

—Bueno, como iba diciendo —prosigo—, Luis Grijalbo estaba muy intrigado por la presencia de esos sujetos, y se quedó esperando en silencio, observando qué hacían. No tuvo que esperar mucho, pues al poco tiempo escuchó el típico sonido que se produce cuando alguien arroja un cuerpo al mar. En ese momento pensó que uno de ellos se había caído de la lancha, y claro, llevado por el impulso encendió una linterna y les alumbró a la cara, preguntándoles qué había pasado y si estaban bien. Una de estas personas era una mujer muy parecida a usted, señora. —Procuro acentuar esa parte de la frase, mirando otra vez a madame Ivone, cuyos pómulos, rojos de rimmel barato, de pronto parecieran endurecerse. Por toda respuesta, la mujer nada más se dedica a balancear con ritmo de péndulo una pierna sobre la otra, escuchándose el roce eléctrico de sus medias—. Como respuesta, el “nene” Grijalbo, como le decían en la caleta, obtuvo un balazo que provino desde la lancha, y, como ya podrán imaginar, se asustó mucho, así que encendió el motor y enfiló hacia la costa lo más rápido que podía, con los tipos de la lancha pisándole los talones.

“El “nene” Grijalbo no tuvo suerte, pues fue asesinado a poco de alcanzar la playa. Y como podrán imaginar, a sus asesinos no les costó demasiado internarse de nuevo mar adentro con su cadáver para deshacerse de él de la misma forma en que habían hecho con el primer cuerpo. Que era el de una anciana. Miss Flowers. ¿No les suena?

—¿Cómo puedes tú saber todo eso? —interviene madame Ivone, esta vez con voz dura, desprovista de toda la interesada amabilidad que le conocí cuando entré al piso. Es obvio que la sola mención de miss Flowers la ha alterado—. ¿Quién te ha contado estas cosas?

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—¿Se acuerdan del viejo Ben —les pregunto—, ése que tenía un almacén aquí, en esta misma cuadra? No queda muy lejos.

—Hacía mucho que el viejo Ben se fue de aquí —acota Roldán—. ¿Él te contó esta historia?

Asiento con la cabeza, y consciente de que tanto el viejo como madame Ivone hacen ademán de tratar de entender, me apresuro a aclararles:

—Esa noche los asesinos no contaban con que Ben se hallaba arriba, en el acantilado. Y como la luna iluminaba la costa, desde arriba pudo observar con toda claridad lo que allí pasaba; primero con el cadáver que la pareja de la lancha tiró al mar, y después con el asesinato de Luis Grijalbo. Pero el viejo Ben fue cobarde y no denunció el crimen a las autoridades. Bueno, casi.

“En lugar de eso, empacó sus cosas y se largó de este pueblo, dispuesto a olvidar también el asunto. Lo habría logrado; excepto porque no contaba con la sorpresa que la vida le había reservado. Sucede que yo, poco después de la muerte de mi padre, y quien era mi única familia, también decidí largarme de este pueblo. Estaba destrozado, y todos los años que pasaron después, nunca, ni un solo instante, logré darle un sentido a mi vida. Mi padre era lo único que tenía. Y entonces sucedió el milagro. Un día cualquiera, caminando solo por la cala de Palmerka, me encontré al viejo Ben, que pescaba con caña a la orilla del mar. Imaginen la cara que puso el abuelo al reconocerme. Y bueno, la verdad no quiero aburrirlos más con esta historia; la cosa es que yo y el viejo Ben nos reunimos durante algún tiempo, lo suficiente como para darme cuenta de que cada vez que hablábamos siempre me marchaba con la sensación de que el abuelo había estado a punto de contarme un gran secreto. Hasta que no aguantó más, y me lo dijo.

Madame Ivone me observa atónita y silenciosa. Roldán, en tanto, aunque igual muestra algo de sorpresa procura controlarse, y advierto cómo con disimulo desliza la mano derecha a uno de los bolsillos de su abrigo.

—¡Qué bien! —me celebra el viejo, mirándome escéptico entre el humo que despide su pipa. Al principio me habla en tono de burla, pero su voz se va endureciendo poco a poco, hasta tornarse amenazante—. O sea que tú —me dice—, que digamos debes tener unos veintitrés años como mucho, vienes aquí pretendiendo ser el hijo de Luis Grijalbo. Te diré una cosa, muchacho. Matías tenía dieciocho años cuando murió su padre, y eso hacía quince años; o sea, no sé quién te creas, pero no eres el tipo que dices ser. —En este punto se levanta del sillón y da un paso hacia mí, para dejarme en claro el mensaje. Y por la manera cómo empuña la mano bajo el bolsillo, estoy casi seguro de que aferra una mariposa o algo así—. No es posible, y como no es posible, te pido en este minuto que te largues de aquí, o me veré obligado a arrojarte por la ventana. Te vas a chingar, viejo. Y tú mismo te lo estás buscando.

Ha sido bastante claro, diría yo, mientras también me pongo de pie y lo encaro. Madame Ivone, por su parte, comienza a observarnos a los dos con creciente preocupación, y sutilmente se prepara como para salir corriendo, por si las cosas se ponen feas.

—Pues les diré —les expreso, sin mostrar miedo en absoluto ante la amenaza del viejo—: he venido hasta acá para hacerles pagar por su crimen. Y no me iré hasta haberlo conseguido.

—¿Ah, sí? —me inquiere Roldán, al tiempo que extrae la mariposa de su abrigo y se abalanza sobre mí, en un abrir y cerrar de ojos.

Mientras forcejeamos maldiciéndonos mutuamente, rodamos por el suelo de la salita derramando las copas y los ceniceros con escándalo. Madame Ivone, en tanto, retrocede aterrada, parándose en el dintel de la puerta, sin saber qué hacer. Sin duda, es de esas ambiciosas mujeres incapaces de cometer un crimen por sí mismas, pero sumamente hábiles a la hora de planearlos; por lo tanto, el probable rechazo que le produzca el espectáculo que estamos dando me parece, como menos, inconsecuente.

A pesar de su edad, Roldán es fiero –un viejo lobo de mar– y así lo entiendo al comprobar que no puedo vencerlo, aún cuando le he dado un par de golpes capaces de derribar a cualquier tipo normal. No lo sé, supongo que la desesperación que el viejo siente de algún modo lo anestesia. Es el deseo de sobrevivir a cómo dé lugar. Sin embargo, me extraña el hecho de que yo mismo no me sienta asustado, a pesar de que mi cara también hierve de adrenalina, a lo cual se suman un par de golpes que el viejo me ha encajado, incluso un denodado cabezazo. He sentido algún corte por ahí, pero sólo me ha rasgado la chaqueta. Y entonces, antes de que alcance a evitar la estocada, horrorizado siento cómo la fría hoja se me hunde en el estómago, hasta la empuñadura, ahogando mi gemido de sorpresa y dolor. ¡Dios, es un ardor insoportable; como si el filo, al abrirse paso en mis entrañas, las hiciera hervir! Boquiabierto, observo a Roldán, que a su vez me mira eufórico de victoria, en tanto me retuerce la hoja con un placer indescriptible.

—¡Te chingaste, maricón! —sentencia con voz jadeante, el rostro enrojecido y perlado en sudor, y luego me da otras puñaladas en el costado, que me arrancan desesperados gritos y me hacen retorcer en el suelo, como una serpiente azotándose a sí misma, mientras compruebo con espanto que el chasquido sordo que suena es el sonido del puñal entrando bajo mis costillas.

Tendido boca arriba, sólo veo el techo cuyo amarillento papel mural parece no haber sido cambiado en años. Incluso puedo distinguir los detalles de los pequeños dibujos. ¿Así se siente morir? No logro divisar a Roldán, que está fuera de mi campo visual, aunque puedo escuchar el resuello de su respiración. Supongo que trata de reponerse echado en un sillón. Entonces, oigo que le dice a madame Ivone.

—Mujer, vaya y encienda la camioneta. La mar está alta y nadie nos verá.

Como hace quince años.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Hola
28-08-2007 20:17
Bueno, ahora que han vuelto los comentarios, aprovecho de agradecerles a todos por sus comentarios y sugerencias, y no me queda más que corresponderles a la brevedad con otros relatos que espero sigan siendo de vuestro agrado y/o al menos os ayuden a conciliar tenebrosos sueños, je, je.

   Aquí
11-08-2007 22:06
Hola. Hoy parece que no estoy de suerte contigo; me lo he leído, al igual que el otro, y me encontré con algo distinto, a veces, de lo que me pensaba, y con algo más conocido (más Howard, más cimmerio), que me gustó, en realidad, mucho más. A veces sentía que el narrador estaba alejado de la historia, como si lo que contase lo hiciese de manera poco cariñosa; lo cual le dota al relato de algo de frialdad, pero a mí me dejó con una mala sensación por dentro. Me pareció excesivo para lo que contaba, sin ningún giro en la trama ni sorpresas que hagan abrir la boca al lector, hubiera bastado mucho menos para contar todo eso, aunque claro, ya sería algo más así como un microrelato, ciertamente. No me pareció malo, el relato, ojo, sólo digo que a mí no me terminó de llegar, ni de convencer. Y eso que algunos momentos me gustaron, y que soy acérrimo seguidor de los relatos de Conan desde este año que me hice con algún volumen de Robert.

Un saludo.

   RE: Aquí
11-08-2007 22:08
Joder, ese es el comentario para Solharis, en su relato de bárbaros. En fin, que hoy no es mi día... xD

Te comentaba que me ha gustado mucho tu historia, en general, pero que eso iré a decírtelo ahora también en la segunda parte, ya que me he leído las dos hoy, junto a otros relatos, impresos, en la paz tranquila de una casa, sentado en un sillón, relajado.

Me ha gustado, sobre todo, cómo mantenías la intriga y cómo el interés en el lector, gracias a esta, va creciendo a medida que avanza el relato. Se nota que te sientes cómodo y agusto con la novela, o incluso el relato largo; se nota en tu estilo y en el ritmo que le impregnas, que es genial para no aburrirse pero, sobre todo, para querer más.

   Muy bueno
19-07-2007 16:48
Se nota que te gustan las novelas y los diálogos. Muy bien escrito, con un ritmo pausado que pega muy bien con la historia, y sabiendo mantener el interés. Es lento y preciosista, muy cercano al realismo mágico.

A ver esa segunda parte. Porque me parece que alguna sorpresa te reservas. ;-)

   Muy bien escrito
20-07-2007 06:59
Muy bien escrito y sobre todo los diálogos.
Felicitaciones



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