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El encuentro de los brezos


Relatos de Fantasía

13-08-2007 12:16
Por: PedroEscudero

¿Sangre dices? Ven aquí joven y te contaré el poder encandilador de la sangre...


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“A mal tiempo, buena cara”, me repetía mentalmente aquella primera jornada. Pese a que mi propia elección me encaminaba a la aventura, no podía apartar mis pensamientos de las adversidades y peligros que habría de afrontar. Observé la enorme extensión cubierta por las tiendas de cuero y soga desde lo alto de una loma. Bullía con la frenética actividad propia de las primeras horas de aquella soleada mañana. Cada guerrero se afanaba en acabar de levantar el campamento y cargar el equipo que usaríamos durante la expedición. No era mucho, en su mayor parte pertrechos militares. Viajaríamos ligeros, tal y como correspondía a una razzia en las fértiles tierras del sur, pues la tradición y el sentido común dictaban que debíamos vivaquear en nuestro recorrido, no importaba cuan grande fuera el tamaño de nuestra tropa.

Las nieves se deshelaban con vertiginosa rapidez en las cumbres bajo el brillante sol primaveral, alimentando los arroyos y permitiéndonos atravesar los desfiladeros que en invierno permanecían cegados bajo el manto blanco. Así, cuando brotaban las primeras plantas de azafrán y el vuelo de la cigüeña indicaba el final del frío, nuestros guerreros descendían sobre las fértiles llanuras de los tres reinos del sur para cobrar nuestro tributo, bien fuera en grano, bien en sangre. No podía ser de otro modo pues no olvidábamos nuestro pasado de esclavitud, en el que fuimos sometidos por nuestras estúpidas rencillas y la astuta malicia de los barbilampiños sureños. Por fortuna, hacía generaciones que nos libramos de su yugo, pero no permitiríamos que alzaran de nuevo su rostro sobre nuestra gente. Los tres reinos habían comenzado a edificar fortalezas cercando nuestra patria, y no les permitiríamos asentar firmes sus pies para que luego nos acometieran en nuestros propios hogares. Así pues, aquella impresionante hueste asaltaría el primer castillo ya concluido y después arrasaría uno tras otro los restantes edificios inconclusos. Según el juicio del concilio de maestras, tan grande e importante resultaba aquella expedición que uno de nosotros había de reforzarla. Deseoso ampliar mis conocimientos solicité unirme a la expedición.

Me encaminé hacía la tienda central, donde Tubal-Jabel aguardaba mi llegada. Nueve años distaban de nuestro primer encuentro; entonces yo no era más que un muchacho asustadizo, más preocupado por superar la definitiva prueba de hechicería, la posesión de la visión del futuro, que por el bienestar de nuestro pueblo. Él, sin embargo, ya lideraba exitosas partidas guerreras y comenzaba a ser considerado uno de los más sabios y bravos jefes entre los nuestros.

Lo hallé frente a la tienda, impartiendo instrucciones a sus lugartenientes. Su figura resultaba imponente, no ya por su estatura y portentoso físico, pues somos un pueblo recio y alto, si no por la determinación y seguridad que transmitía su voz y por el brillo de admiración en la mirada de cuantos le rodeaban. Con ademanes enérgicos ordenaba a cada cual la tarea que de él esperaba, mesándose satisfecho su poblada barba pelirroja. No podía ser menor su dicha, pues no menos de tres mil soldados acudieron a su llamada.

A su vera, además de sus hombres de confianza, permanecían cuatro figuras, tres hombres y una mujer, a los que reconocí como brujos de batalla. Los tres varones se rebullían inquietos, señal inequívoca de su poca experiencia. Ése era uno de los destinos más temidos entre los jóvenes aprendices: no superar las pruebas de maestría y verse obligado a elegir entre languidecer como curandero en alguna aldea embarrada, o convertirse en brujo de batalla; acompañando a nuestros valientes en sus viajes y recibiendo tarde o temprano, a modo de recompensa, una flecha enemiga que silenciara sus conjuros. La mujer, en cambio, tenía una mirada desafiante y no perdía detalle de cuanto la rodeaba. No pudo parecerme más vulgar: de baja estatura, regordeta, con el pelo lacio y castaño recogido en una coleta que pendía como una culebra muerta y un rostro en el que destacaban dos ojeras negruzcas que le daban un aspecto cadavérico. El único rasgo atractivo era su curtida piel olivácea, labrada bajo el sol de nuestras montañas. La fortuna le había sonreído lo suficiente como para sobrevivir más de lo habitual.

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Al reconocer mi manto púrpura, símbolo de mi posición, se hizo el silencio y un pasillo se abrió hasta su jefe, que acudió presto a recibirme. Entrechocamos los antebrazos mientas agarrábamos con firmeza nuestros codos, recitando el saludo ceremonial:

-Salud, Efraín–Abiú, maestro de los cuatro elementos y portador de la visión. Que tus días sean largos y tus noches gozosas.

-Salud, Tubal-Jabel, general de la hueste, líder victorioso de guerreros y azote de nuestros enemigos. Que tus hazañas sean siempre recordadas.

Después, la tradición dictaba que debían presentarse los lugartenientes, caudillos y hechiceros, pero antes de que nada de esto sucediera, la bruja pasó a mi lado a grandes zancadas.

-¿Se puede saber a dónde vas? –acerté a preguntar absolutamente sorprendido por la falta de respeto de aquella maga menor frente a un maestro.

-A lavarme el coño al río.

Una carcajada generalizada se adueño del lugar, y resonando sobre ella escuché claramente la mezquina y cortante risa de aquella deslenguada que se alejaba contoneando las caderas. La rabia se adueñó de mí, prevaleciendo frente a mi raciocinio, y ya sentía el cosquilleo del poder en la yema de mis dedos cuando la voz de Tubal- Jabel atronó:

-¡Basta ya, necios! Es todo un honor que el maestro acuda con nosotros.

Recorrió con sus penetrantes ojos a los allí reunidos, que callaron conscientes de su torpeza. A continuación él personalmente realizó las presentaciones oportunas. Yo esperaba que en algún momento reprendiera públicamente a la bruja, de nombre Betsabé, pero finalmente no lo hizo. Dejé pasar el agravio por no enturbiar el comienzo de nuestra expedición.

El resto de la jornada transcurrió en una rápida marcha en dirección al sur, por las trochas recién abiertas, serpenteando entre los centenarios pinos y abetos de los sinuosos valles de montaña. El despliegue primaveral de la vida alcanza tarde a nuestras bienamadas cumbres, pero cuando lo hace es más espectacular que el pálido reflejo de la llanura. Mis sentidos se regodearon en cada detalle, plenamente consciente.

En un momento dado Betsabé avanzó a mi lado. “Sin duda alguna acude a disculparse”, pensé. Qué poco la conocía por aquel entonces.

-Deberías quitarte el manto púrpura, si no atraerás demasiado la atención -dijo, tras unos minutos de tenso silencio en que mantuvo parejo su paso al mío.

La fulminé con mi mirada ¿Acaso no sabía que mi manto simbolizaba mi rango? Antes me hubiera dejado arrancar la piel que renunciar a su peso sobre mis hombros. “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”, me dije. Tras unos momentos esperando mi respuesta, bufó y aceleró el paso para perderse entre la fila de guerreros. Sonreí satisfecho. Así aprendería.


Llegaron a nosotros como el torrente tras el deshielo. ¿Cómo podíamos imaginar que los taimados hombres de las llanuras hubieran tramado semejante ardid en nuestras propias tierras? Debían haber preparado la treta durante semanas, anticipando nuestros movimientos y nosotros, confiados en la seguridad de la cordillera, no dispusimos batidores que reconocieran el terreno. Aún hoy me sorprendo cuando recuerdo aquel episodio. Nos atacaron cuando avanzábamos junto a un arroyo que discurría por un empinado berrocal, embistiéndonos desde cuatro puntos, dos a cada lado de la senda que seguíamos y valiéndose en su provecho el desnivel del terreno. Al fondo un estrecho paso, y a nuestra espalda un sendero empinado, cerraban la trampa. Mil metros de muerte, brezos y piedras, narraron después los trovadores.

No menos de dos docenas de saetas volaron en mi dirección antes de que pudiera reaccionar, por fortuna la magia que envolvía mi manto púrpura las detuvo antes de que sus afiladas puntas lo rozaran. Una vez consciente del ataque, detuve la siguiente andanada en el aire y con un gesto cambié su trayectoria de vuelta a mis agresores, que se ocultaban tras los brezos. Una sinfonía de agónicos quejidos me indicó la muerte de los arqueros; si alguno sobrevivió no tuvo el valor necesario para enfrentarse de nuevo a mi poder.

Un fogonazo de luz a mi izquierda, acompañado de un intenso olor a carne chamuscada, me indicó que nuestros atacantes contaban con sus propios hechiceros. Mi deber era abatirles. Los localicé sin problemas, pues se situaban al otro lado del arroyo, sobre unos enormes peñascos, protegiendo el avance de sus infantes mientras masacraban a los nuestros. Sus túnicas blancas y azules se agitaban con violencia por las energías mágicas que desataban. Consciente de que si no lograba vencerles seríamos diezmados, arrojé la furia de mi poder sobre el que creí más peligroso, un anciano de aspecto frágil y cabellos blancos, que agitaba furibundo un báculo. Pero al igual que yo frente a las flechas, él poseía sus propias defensas, que disiparon mi ataque. Entonces los diez hechiceros de las llanuras centraron sobre mí sus iras.

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Detuve su fuego con granizo, herví su hielo con estallidos de pura energía y contraataqué quebrando las mismas rocas que sostenían sus pies. Mas la situación se mantenía en equilibrio, para mi asombro, pues reconocí en al menos tres de mis adversarios los medallones de plata que portan sus maestros. No desfallecí y dirigí cuanta energía poseía en un letal caudal de rayos, brasas, aguas y esquirlas de afilada roca. Ellos a su vez hicieron acopio de energías y detuvieron mi acometida. Un hipnótico lazo de devastación, que se agitaba a un lado y otro, nos unía. Desdichado de aquél que se interpusiera en su camino o que intentara penetrar en halo que nos envolvía, ya que era consumido hasta el tuétano.

Paulatinamente las fuerzas de mis oponentes se agotaron y uno tras otro sucumbieron. El último de ellos me miró con odio mientras su triple papada temblaba, sin lograr entender cómo había podido derrotarles pese a su combinación de talentos y esfuerzos. Como todo aquel versado en las artes ocultistas conoce, la magia es saber y estudio, pero además es extremadamente agotadora y extenuante. No lo supe hasta tiempo después, pero su método de aprendizaje consistía en extenuantes sesiones de estudio en habitaciones oscuras y mal ventiladas en las que repasaban una y otra vez ajados pergaminos y voluminosos tomos en un obsesivo intento por aumentar su poder. Nada más alejado del sano aire de montaña, las constantes caminatas e incluso el entrenamiento con espada, al que éramos sometidos durante nuestros días de aprendices. Incluso cuando recibíamos el manto de maestros no podíamos permitirnos caer en la indolencia, pues nuestra tierra es dura y justamente cruel. Por eso, por mi recia constitución, prevalecí donde sus agusanados cuerpos les fallaron.

Caí de rodillas, cubierto por el sudor y exhausto por el sobreesfuerzo, mientras mi vista se poblaba de puntitos blancos y mi resuello se negaba a regresar. Quiso un soldado aprovechar aquel momento de desfallecimiento para degollarme creyéndome indefenso, pues los hechiceros de las llanuras sólo portan unos pequeños cuchillos y tras unos pocos hechizos son vulnerables. Desenvainé mi espada de hoja ancha, oculta bajo el manto, y con un rápido tajo rajé su vientre, desparramando sus vísceras. Con los últimos versos arcanos en mis labios me alcé. No podía descansar, la batalla me aguardaba.

Dancé, usurpando la velocidad del viento, asumiendo la dureza de la roca y la flexibilidad del agua. Dancé sembrando de cuerpos el campo enemigo, ebrio por el poder que recorría mis venas y la sangre derramada por mis adversarios que empapaba mi brazo hasta el hombro. Dancé sin escuchar súplica, lamento o desafío. Dancé y, conmigo, danzó la Muerte.


Las hogueras crepitaron aquella noche con furia en el sinuoso valle, elevando las almas de nuestros héroes entre las volutas de humo hacia su definitiva residencia en las cumbres siempre nevadas. No era el momento para el duelo, sino para celebrar el triunfo, narrar las mejores anécdotas de los muertos y honrar su memoria. Por desgracia, había demasiadas memorias que recordar. Más de las dos terceras partes de los nuestros habían perecido en la emboscada, y ya no resultaba factible la incursión. Como magro consuelo, por cada uno de nuestros caídos yacían tres de nuestros rivales.

Los odres de cerveza negra pasaron de mano en mano. Al recibirlos cada cual daba un trago y contaba una hazaña ensalzando el nombre de uno de los caídos. Incluso yo, que por lo común rechazaba emborracharme porque el arte y el licor no son buenos compañeros, bebí hasta que mi vista y mi juicio se nublaron. Marcamos nuestras cicatrices con ceniza para que resaltara por siempre el fruto de nuestro valor; y aunque el humo negro y espeso inundaba nuestras gargantas, cantamos las canciones de gloria y victoria de nuestros ancestros, compitiendo con lobos y pumas, que devoraban los cadáveres insepultos de los sureños que habíamos abandonado tras el saqueo. Un merecido tributo a nuestra tierra.

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Quizás fue el bochornoso calor de las hogueras, quizás mi mente nublada de mal bebedor o puede que fuera una atracción lasciva y visceral. Aún no tengo muy claro cómo sucedió, o más bien lo tengo demasiado claro, pero no comprendo cómo pudo suceder. Sin poder remediarlo, me encontré besando apasionadamente a Betsabé.

El resto de la noche fue una confusa mezcla de gemidos placenteros, pasión desenfrenada y confesiones íntimas. Recuerdo sus pechos, grandes como calabazas maduras, agitándose frente a mi boca, pero aún recuerdo con más cariño sus lágrimas deslizándose por su mejilla hasta llegar a mi vientre. Podéis acaso reíros, pero aquella noche hablamos como ninguno de los dos lo había hecho anteriormente, vaciándonos de miedos y complejos. Nunca tuve una confidente como ella.

Al alba, desperté con un terrible dolor de cabeza y la vejiga llena. Aun así me resistí a abandonar el cálido lecho que compartía. Fue entonces, abrazado a ella, cuando tomé la decisión que cambió mi vida. Nada impedía que un maestro se uniera a las partidas guerreras. Nunca me había sentido tan vivo ni feliz en toda mi existencia. Betsabé se rebulló en mis brazos. La besé en el cuello.

–Te amo –susurré. Se levantó de forma brusca y, cubriéndose con su chaquetón de piel, se encaminó fuera de la tienda.

-¿Dónde...? –comencé a preguntar. Sin molestarse en dejarme terminar salió de la tienda mientras me interrumpía con la que sería una de sus frases constantes a lo largo de los años:

-Déjame en paz, que no tengo el coño para flores.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Buen relato
25-10-2007 22:58
Estoy de acuerdo con que falta meterial...

Me gustaría saber un poco más de las razones por las que entran en batalla y un poco de descripción en los pueblos inmiscuidos en el ataque.

Falta que le des al lector un poco de motivación para seguir en la lectura, el simple hecho de ir directo a la batalla sin argumento claro no es suficiente (aunque describas un poco esto).

Pero tus descripciones en general están muy bien, felicidades

   Hola. Falta material
08-10-2007 07:21
Un párrafo que explique quiénes son los que atacan y por qué.
Al principio del relato mencionas a tres reinos, que construyeron fortalezas, etcétera, pero no dices qué reinos eran, por lo que no hay elipsis suficiente cuando comienza la parte de la acción, un gesto cómplice en que el lector asume el ataque como de tal y cual y más o menos entiende. La única alusión reconocible era que le querían echar mano, que algunos eran muy pillos y que otros pretendían imponer impuestos o algo así, por lo demás, trillado hasta el cansancio.
Las descripciones son buenas, pero tras cuatro o cinco párrafos se nota demasiado que quieres avanzar y eso hace que te saltes cosas importantes.
La misma preciosidad con que describes aspectos menores de la aldea debieras aplicarla a los bandos en pugna; es decir, en dos o tres párrafos establecer una especie de historia que al mismo tiempo siente las diferencias entre uno y otro pueblo. Supongo que tú tienes el rollo claro en la cabeza, pero el lector no.
Saludos.

   RE: Hola. Falta material
08-10-2007 07:22

   Muy bueno
29-08-2007 14:06
Bueno, paciencia, al menos voy a poner un resumen de lo que comente y se borro , para posibles lectores.

Un gran relato, muy entretenido, con formas muy buenas y buen ritmo, a pesar de que no me suelen gustar los relatos de magos. El toque Aida, original aunque un poco estridente a mi gusto, pero como pretende sorprender y sacudir, pues lo consigue.

Enhorabuena y seguir ;-)

   RE: Muy bueno
02-09-2007 13:49
Muchas gracias Nachob por el re-comentario. La verdad es que yo no he tenido paciencia para ahcer lo mismo, as´´i que agradezco doblemente tu gesto.



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