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Tercera parte de la aventura de Espada y brujería "La dimensión de la gran fortaleza del demonio Altozdden"
Tras caminar durante un par de horas por la gran sala a la que habían llegado, la partida mercenaria llegó hasta uno de sus extremos. En él encontraron un pórtico de unos seis metros de altura cubierto por una cortina. Daba paso a un pasillo que, tras formar una amplia “u” levemente ascendente, desembocaba en un increíble jardín poblado de rosas azules. El cielo estaba cubierto de densos nubarrones negros y una ligera brisa mecía la hierba de las numerosas y suaves colinas que salpicaban el lugar. Algunos templetes y columnatas adornaban el paisaje, destacando níveas entre los macizos de rosas. El centro del lugar se elevaba hacia el cielo formando cinco colinas rematadas por columnas negras. Aquél fue el punto de encuentro elegido por Draco, el lugar dónde se encontrarían de nuevo con él las dos patrullas encargadas de estudiar el perímetro del jardín, pues éste estaba aprisionado por elevados muros que se perdían en el cielo de negros nubarrones que les cubría. En conjunto, aquel lugar parecía enclavado en el cráter de un volcán artificial.
Nekart destacó a Crai, Jala y Beilic por el muro izquierdo, el cual deberían seguir hasta encontrarse con una salida o con el otro grupo. El muro derecho lo cubriría él mismo, deseoso de alejarse de Draco, junto con Jarja y Akena. Una vez encontrada la salida se reunirían con el resto del grupo sobre las colinas.
Draco fue el primero en coronarlas, seguido del propio Joric Almack. Para su sorpresa se encontraron un hermoso lago de cristalinas aguas poblado de peces multicolores. Numerosas hamacas, cojines y sillas de tijera indicaban que aquel lugar fue en tiempos un punto de encuentro de cortesanos. El tamaño de las mismas les sorprendió, pues parecía contradecir las titánicas dimensiones de la sala precedente. ¿Qué era aquel lugar que parecía abandonado desde hacía tanto tiempo? El brujo pensaba tomarse su tiempo para averiguarlo. Ordenó a los mercenarios que pescasen la comida en el lago y que registrasen los alrededores en busca de alguna reliquia o alguna pista que pudiera darles más información sobre aquel lugar. Algo mágico flotaba en el ambiente. Algo que se concretó en el descubrimiento hecho por Keith, el ladronzuelo de Bêr.
Apenas una pequeña jaula de oro encerrando una hermosa caja de madera negra adornada con perlas y aguamarinas. Apenas un tesoro con el que justificar tan extraño viaje. Hasta que el ladrón se lo mostró al brujo y una realidad mucho más oscura quedó al descubierto. Aquella hermosa caja, que aparentemente sólo contenía unos dados de decorados con extraños símbolos, era la clave de un descubrimiento mucho mayor. La cara interna de los barrotes de la jaula reveló la llave para efectuarlo.
En la maleable superficie del noble metal habían grabado sutilmente las runas de invocación de una deidad menor del Caos, un descubrimiento por el que bien hubiera entregado el alma el hechicero. El semidios Tathkoden, el señor del juego. Febril, el brujo dio orden de montar el campamento a la orilla del lado y de no molestarle durante sus estudios. Así, durante varias horas, el sabio se enfrascó en sus cabalas y en sus investigaciones, y sólo la voluntad de Joric Almack consiguió que retrasase la invocación del semidios. No consiguió, no obstante, evitarla, pero sí al menos que el grupo se reuniese antes de ella. Poco después de que los exploradores hubieran vuelto, cuando Draco terminó sus anotaciones sobre aquel extraño jardín, el ritual dio comienzo.
Sólo cuatro de los miembros de la expedición permanecieron en la colina en la que se llevó a cabo. El resto se refugiaron en el interior de las tiendas y alrededor del fuego, y fingieron que las historias de Ahax les resultaban más interesantes que el Pandemonio que a su lado se desarrollaba. Algunos, como Nihiriana, no pudieron evitar las lágrimas y los temblores propios del miedo. Otros, como Jarja, no pretendieron siquiera que aquello no les espantara, y corrieron a enterrar la cabeza bajo la manta. Sin embargo, a pesar de los relámpagos que acompañaron a aquella llamada, y a pesar de los ecos de una risa demente que hasta el campamento llegaban, sin duda la mayor impresión la sufrieron los espectadores directos de aquel fenómeno.
Presidía Draco, endemoniado y exaltado en el fragor de la hechicería. A su diestra Joric, conde de Almack, seducido por la idea del sobrenatural encuentro y arrastrado por el entusiasmo demente del brujo. Tras él, en total silencio, Sith, fiel a su juramento de proteger al noble en cualquier circunstancia pero deseando que el trance terminase rápidamente. A la izquierda de Draco, Keith, intentando mantener su pose burlona pero temiendo que la avaricia y el orgullo de haber encontrado aquella pieza le hubieran arrastrado demasiado lejos. Sin duda el derecho obtenido con ello le había puesto en una situación difícil. De eso no cupo duda cuando Tathkoden se apareció ante ellos en una ominosa nube de humo, impresionante en su feminidad desnuda, en sus dos metros de estatura coronados por una testa de hiena. Sus manos como garras se abrieron para recibir los dados, brillantes ahora de poder, y sus fauces atronaron con un saludo propio de dioses.
“¿Quién me llama a este reino desolado para disfrutar de mi presencia?”
Ante aquella espantosa pregunta, Joric y Keith cayeron hechos un ovillo, aterrados por la mera presencia de aquel ser, más antiguo que la dimensión en la que se encontraban. Estallando en una horrible carcajada carente de todo humor, o al menos de un humor compresible por los hombres, Tathkoden continuó su discurso.
“Ninguna importancia tiene quién me trae hasta su puerta mientras acepte jugar al menos una mano con mis dados. Y veo que hoy tengo tres participantes.”
Sith sintió un escalofrío de alivio al comprobar que el dios demonio no contaba con ella para aquella celebración. Keith, por el contrario, aún temblando y babeando de auténtico pavor, no pudo resistirse al influjo de la criatura y, tomando los dados de sus garras, los agitó y los arrojó sobre el pavimento de mármol de la colina. Durante unos segundos repiquetearon hasta detenerse para mostrar una calavera diabólica y tres espadas entrecruzadas.
“No has tenido demasiada suerte, Keith” se burló el dios demonio, y tomando de nuevo los dados los arrojó con gracia, obteniendo un cráneo y dos serpientes entrelazadas mordiéndose entre sí. “Cuando las puertas deben permanecer cerradas, nada se puede hacer por abrirlas. Tendremos que pasar a otro jugador.”
Entonces Draco recogió los dados y los lanzó intentando mantener la compostura. Se sabía a la merced de aquella criatura, pero no pensaba mostrarlo. Un pentagrama y una estrella del caos fue el resultado de su tirada.
“Los dioses del Caos te obsequian con el don de la curación” declaró el demonio. “Veamos si reclaman algo en pago”.
Dos pentagramas aparecieron en las caras superiores de los dados cuando éstos se detuvieron. Las fauces de Tathkoden se abrieron complacidas.
“Parece que tendrás que despedirte del demonio pantera que robaste de Aikath Zork.” Dijo al tiempo que una nube amarillenta escapaba de la estatuilla del susodicho ente.
El brujo sonrío tenso. Al menos el precio no había resultado demasiado alto. Joric Almack tendió la mano hacia los dados. Era su turno y ni siquiera Sith se atrevió a amagar lo contrario. Una araña y las serpientes entrelazas. Sonriendo enigmático, el semidios tomó los dados y los arrojó a su vez. Una estrella del caos y de nuevo las serpientes. Con una mueca de fastidio se volvió hacia Keith.
“¿Querrá jugar de nuevo nuestro intrépido aventurero?”
Sin fuerzas para abrir siquiera la boca, el muchacho negó con la cabeza provocando una estentórea risa de su anfitrión.
“Sin embargo Draco sí que querría probar fortuna de nuevo, ¿no es cierto?”
Los dados rodaron por el suelo y mostraron una estrella del caos y las tres espadas entrelazadas. Los ojos del demonio se abrieron como platos.
“Sin duda un bienamado del Caos. Encontrarás la recompensa a tu intrepidez en el interior de tu tienda cuando regreses esta noche. Espero que sea de tu agrado. Ahora veamos que exige el Caos en contraprestación.”
Sendos tríos de espadas quedaron en la cara superior de los dados. Una nueva carcajada sacudió la atmósfera.
“Parece que sus exigencias las encontrarás al mismo tiempo y en el mismo lugar. ¿Quién sabe si serás capaz de distinguir el don de la exigencia?”
Joric tendió una mano trémula y tomó los dados bajo la sonrisa satisfecha de la criatura. Un nuevo octógono le otorgó una mayor pericia con el escudo. A cambio también él debería superar una prueba, como reclamó el Caos con dos nuevos tríos de espadas. Entonces se alzó Draco e hizo una reverencia al dios demonio.
“Sin duda tienes aptitudes, brujo” le dijo éste. “Bien sabes que por hoy ha terminado nuestra reunión. ¿Quién sabe si llegaremos a reunirnos en el futuro? El Destino es variable como el propio Caos. Guarda bien estos dados y estos saberes, y tal vez llegues a ser un sabio entre los tuyos.”
Terminado el discurso, Tathkoden desapareció en una nube de azufre, dejando sólo una leve inquietud en el aire como prueba de su paso por aquella dimensión. Los cuatro aventureros, exhaustos únicamente de aguantar aquella presencia, se dirigieron con pasos inciertos hacia el campamento. Ninguno tuvo fuerzas para decir una sola palabra.
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