Los perros de la guerra |
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21-08-2007 16:33
Por: Variwell
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Y ellos seguían inventando razas, cuando la única que funcionaba, y seguía funcionando, y que había mostrado el mismo valor y el desprecio por la vida, desde tiempos inmemoriales, seguía siendo la misma de siempre.
Éramos 13, mal número. Ocho hombres y cinco mujeres. Dos helicópteros. Un puñado de gente para desinfectar un barrio entero. En el mejor de los casos, lograríamos regresar menos de la mitad. En el peor, jamás enviarían a alguien por nosotros. No eran pensamientos muy auspiciosos; pero qué diablos, me dije y arrinconé a Paola contra la pared del hangar. La sargento Lorenzo nos había dado diez minutos, lo que tardaba ella en dar cuenta de Phillips. Antes de que vaciaran la ciudad, Paola había trabajado como bailarina en un club nocturno del cuadrante seis. Se hacía buen dinero, me confesó una vez. Su vagina parecía tener dientes. Aun así, me di maña para al menos alterar el ritmo de su respiración. Ella me miraba, desafiante, su aliento entrecortado por la violencia de cada embestida.
—¿Eso es lo mejor que puedes hacer, cara de niño? —me decía, los dientes apretados.
Era alta, morena, de pelo negro, muy largo; piernas largas, los muslos algo gordos. Sus ojos, mezquinos, parecían dos pozos sin fondo. Pero, cuando sonreía, sus largas pestañas hacían que se viera angelical, como una odalisca. Tenía un bikini con lentejuelas que me enseñó una vez. Le pedí que se lo pusiera. Esa noche me preguntó, con ese humor tan cáustico y de bailarina resentida, si no deseaba también que se pusiera a bailar arriba de la mesa. Le dije que mejor guardara el bikini. Estaba comenzando a perder la figura.
Volviendo a lo del hangar, mientras le limpiaba la entrepierna con mi propia camiseta, llevándome como recuerdo algunos de sus preciados vellos, estaba seguro de que varios de nosotros, dentro de poco, íbamos a perder más que eso.
Nos dirigimos en silencio ante el par de aparatos estacionados en la pista. Eran Hueys, viejos, pero aún servían. El Ejército estaba algo corto de presupuesto ese año. ¡Diablos, ni siquiera éramos el Ejército! Sólo un puñado de muchachos obligados a servir porque éramos más jóvenes y estúpidos que el resto. Nos reconocimos asintiendo con la cabeza: Michel, Sergio, Fernand, Tito, Alberto, Phillips. Nos agrupamos de manera instintiva y observamos a los otros. La sargento Lorenzo mantenía a Paola a su lado. Parecía darle instrucciones, por cómo ella asentía. Yo le hice un gesto a Lorenzo.
—Qué —me dijo, entre intrigada y molesta por la interrupción. Le señalé la pretina del pantalón. Se le veían las bragas. De satén, color crema. Ñam, ñam.
Todos querían tirarse a la sargento. Y puede que suene un poco machista, a estas alturas, cuando cada vez quedan menos hombres que puedan ostentar tal condición, pero, mientras que la sargento Lorenzo y mi estimada Paola eran morenas y de cabello negro, de ojos negros, había entre ellas esas sutiles pero significativas diferencias de rostro y figura, formas de ser, de hablar, de caminar, hasta de comer, que... En fin, para hacerla corta, diría que Lorenzo era el tipo de mujeres de las que uno se enamora, mientras que tipas como Paola eran para pasar el rato. Fernand me contó que Lorenzo le había saltado un diente de un puñetazo cuando quiso pasarse de listo. Michel sólo logró averiguar su nombre de pila: Madeleine, y una advertencia para el resto de los machotes: al siguiente que lo intentara, incluso ofrecerle un café se contaba entre las faltas, ella le cortaría las pelotas y se las comería salteadas en aceite. Así, por la cara. Debe ser fuerte que una mujer te hable así, aunque en estos tiempos va de moda. Michel nos entregó el mensaje. Al menos sirvió para que Lorenzo no nos humillara en público.
Nos volteamos hacia los del otro grupo. Tres mujeres y un hombre. Michel y Fernand sonrieron. Sus posibilidades de aparearse mejoraban.
—Ellos son Greta, Victoria, George y Levine —dijo la sargento, señalándolos uno por uno, en tanto los pilotos de los helicópteros ponían en marcha la secuencia de despegue, el típico sonido de los rotores comenzando a quejarse—. Todos conocen las reglas, así que pasaremos a tema —hizo una pausa para que nos saludáramos de mano con los recién llegados, tras la cual asentimos, y continuó—: Inteligencia dice que la ciudad está vacía, lo cual es falso, porque siempre hay alguien que se queda atrás, escondido, alguien que no quiere abandonarla; o simplemente alguien que no colocó bien el temporizador, o alguna patrulla no lo vio, etcétera. Como sea, tenemos que revisar. Si encontramos hostiles, limpiar. Como siempre, hay vándalos en el área, gente que llega desde el sur o el norte y se instala cuando vaciamos la ciudad. Algunos se dedican a saquear; otros, los más peligrosos, a la anarquía, y están armados. A la primera señal de violencia, considérenlos hostiles y procedan con la limpieza de rigor. Phillips, Fernand, Paola, Alberto, Tito, Greta, conmigo. Bayteman, Michel, Sergio, Victoria, George, Levine, al otro helicóptero. Levine está a cargo. ¡Muévanse!
Mierda, pensé. Me tocaba con los nuevos y con una jefa desconocida. Nos miramos con Michel y Sergio, pero no nos quedó otra que correr hacia nuestra nave. Además, Levine ya estaba acicateándonos.
—¿Qué les pasa? ¡Espabilen, que es para hoy!
Simpática chica, usaba una melena a lo leona, también negra, y guantes metidos hasta los codos, por debajo de la chaqueta del uniforme. Tenía don de mando y se notaba que no era la primera vez que bajaba a la ciudad. Una vez dentro del helicóptero, se puso el casco y estuvo lista antes que todos nosotros.
No llevábamos diez minutos sobre esa ciudad a medias iluminada que era Medrina, y George ya se hallaba vaciando hasta el desayuno por la borda, una lluvia de cereal plástico y leche de dudosa procedencia. Vi que Levine cargaba su M-16 con un chasquido seco, sin preocuparse del malestar del muchacho. En cambio, nos daba las instrucciones de rigor:
—Somos la punta de la lanza, así que los quiero atentos. Si alguien, como el señor George, desea hacer algo más para aliviarse, sus necesidades, por ejemplo, será mejor que abajo no me dé problemas, porque no me detendré por nada ni nadie, ¿ha quedado claro, caballeros?
Noté que Victoria me miraba, inquisitiva. Era la más joven del grupo y lo acentuaba al usar su pelo trigueño en dos coletas a los lados, como chapes de pendeja. Tenía las piernas gordas y los ojos grises.
—¿Seguro que no te haces pipí, soldado?
—No soy un soldado —aclaré. Touché.
Me sorprendía que, en lo que estábamos metidos, ellas siempre encontraran la manera de fastidiarnos. Para mí, la cosa era bien simple: nosotros las necesitábamos a ellas y ellas a nosotros, aunque claro, a veces ellas se arreglaban entre ellas y nosotros entre nosotros, y seguía estando bien. Lo que estaba mal era que había una raza de bicharracos invadiendo el planeta, nos estaban matando y, por otra parte, había un montón de humanos que, no sé si trabajaban para otra nación o algo así, porque, que yo sepa, este planeta lo colonizaron los ancestros de hombres y mujeres como los que veía ahora junto a mí, así que por derecho nos pertenecía. Eso nos daba derecho a darles guerra, como a los bichos. ¿No era ése el fin de todas las guerras, defender lo tuyo, tu pueblo, el barrio donde vivías, tu derecho a la autodeterminación? No sé qué pretendían los bichos, pero me daba igual. Incluso, de vez en cuando veía hombres y mujeres perro, entre nosotros, caminando erguidos y orgullosos, hablando lenguas de hombres, con una apariencia tan humana como la nuestra, con brazos y piernas humanas, salvo sus extrañas cabezas de animal, y que a algunos los cubría pelaje o caparazón en lugar de piel, y también hombres-gato, y hombres-lagarto, incluso hombres-rata, u hombres-insecto. Eran catorce razas las que había creado el hombre en su lucha por conquistar el Universo; pero, mientras lucharan de nuestro lado, eran tan hermanos míos como Michel, Sergio, la antipática Victoria, el pobre George, que seguía vomitando, e incluso Levine, que trataba de mantenernos con vida, a pesar de su dureza y maneras militares. Sabía que tendría demasiada suerte si lograba tener un hijo antes de los cuarenta, así que de momento nosotros éramos sus hijos, y supongo que por eso nos trataba como una madre fastidiada, que está a punto de perderlos.
En eso, se escuchó una transmisión procedente de la cabina, recargada de estática. Se oían tiros y explosiones lejanos.
—Lima Anubis Víctor, cero-tres-cuatro-cuatro-cinco. Hostiles en la zona, repito: hostiles en la zona. Solicitamos respaldo inmediato. Estamos rodeados.
Levine se llevó el intercomunicador a la boca.
—Habla Eco siete. Le recibimos, Lima. Cinco minutos para contacto. Resista. Preparamos extracción.
Nos dio una breve mirada. —Son hombres-perro.
Me quedé pensando en aquella voz. Sonaba tan femenina y disimulando su angustia como si la propia sargento Lorenzo hubiera hecho esa llamada. Le eché un ojo a mi fusil. Preparado. Me di un pequeño cabezazo contra el respaldo acolchado del Huey, para darme ánimos. Después, miré a Victoria. Ya no me miraba con odio. Fruto del nerviosismo, se le cayó el cargador que quiso meter en la recámara de su fusil. Este rodó por el piso, con la de vaivenes que hacía el helicóptero al sortear la turbulencia y los cables de los postes del tendido eléctrico. Empezábamos a volar a muy baja altura, a una velocidad demencial, casi rozando las azoteas de los edificios, la mayoría de entre cinco y siete pisos. Nos estremecimos de miedo. Sólo cuando lo sentimos, pasando con un zumbido y estallando en un edificio color ladrillo que dejamos atrás, comprendimos que los anarquistas habían intentado darnos con un lanzacohetes, por fortuna, sin éxito.
Michel recogió el cargador perdido de Victoria, pero ella ya había colocado otro en su arma. Michel lo guardó entre sus cosas. Un cargador extra nunca estaba de más.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Buen relato |
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06-10-2007 12:06 |
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Buen relato, me ha gustado mucho. Mantines la tensión de s ese inicio tan sexualmente explicito, hasta ese final que se me hace lapidatorio. Además me ha gustado como escribes las escenas de acción.
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RE: Buen relato |
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09-10-2007 23:49 |
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Gracias, en verdad las escenas de acción son lo más peludo de hacer, ya que debes tener como un dibujo mental de dónde está cada personaje y al mismo tiempo traspasar eso al papel para que se entienda. Una pesadilla, en verdad. Aun así, creo que le falta un montón para convertirse en una buena coreografía. Eso sí, me da ánimos que por lo menos te haya gustado.
Repito, muchas very Thanks
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psicología militar |
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09-10-2007 11:01 |
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Bueno, Creo que das un buen ejemplo de psicología militar en el relato y es lo más notable para mí. El protagonista es creíble y de hecho el relato hubiera perdido mucho en tercera persona. Su forma descarnada y desprovista de escrúpulos de pensar me ha parecido convincente. Casi parece más de terror que de ci-fi.
Está bastante bien.
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RE: psicología militar |
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09-10-2007 23:56 |
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Gracias. Hasta última hora no me decidía si hacerlo en primera o tercera persona. Por fortuna, parece, que elegí lo mejor. Y sí, no sé, cuando uno escribe en primera persona le da no sé, como un toque que hace sentir más de cerca lo que se lee. No estoy seguro de si será así, pero me da la impresión.
Un abrazop.
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RE: psicología militar |
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15-10-2007 14:26 |
Variwell dijo: Gracias. Hasta última hora no me decidía si hacerlo en primera o tercera persona. Por fortuna, parece, que elegí lo mejor. Y sí, no sé, cuando uno escribe en primera persona le da no sé, como un toque que hace sentir más de cerca lo que se lee. No estoy seguro de si será así, pero me da la impresión.
Un abrazop.
Elegir entre primera y tercera persona es siempre una elección importante y difícil porque cada alternativa tiene sus pros y contras. En este cao hubiera perdido bastante en tercera persona (en mi modesta opinión).
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Muy bueno |
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29-08-2007 13:38 |
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Por tercera vez y espero definitiva, vuelvo a colgar mi comentario, que se ha borrado de nuevo.
Lamentablemente lo voy a resumir, porque ya voy justo de tiempo.
Me parece un relato magnifico en forma, de dialogos poderosos y fondo duro. Temía un poco el final, pero es apropiado al tono del relato (aunque me suelen gustar con giro de tuerca).
Unicamente me ha parecido un poco largo en su segunda mitad, con la aparición de la cabo canina, demasiado descriptivo para la agilidad del resto del relato. Podría haberse resumido en aras del dinamismo y contundencia que tiene el resto. Es el único pero que puedo poner al relato, tal vez un poco de demasiada extensión.
Enhorabuena
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RE: Muy bueno |
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29-08-2007 18:28 |
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Hmm, sí, es algo inevitable que cada cierto tiempo ocurra algo con la base de comentarios y al respecto no se puede hacer nada, salvo esperar que los programadores lo arreglen. En todo caso, muchas gracias por colocar tu comentario por tercera vez, eso se llama ser perseverante, y una lástima que se hayan perdido los otros comentario, seguro que a la primera salen más inspirados y después resulta una verdadera lata escribir todo de nuevo. No es broma cuando digo que antiguamente hacía cada comentario en un word y después simplemente copiaba y pegaba, un poco por lo mismo, porque antes pasaba muy seguido que el comentario se perdía o el sitio no te lo reconocía. Gulps. Y como dije, te repito, muchas gracias y prometo que habrá más perros de la guerra. De hecho, ya tengo redactada una especie de precuela, que entra a explicar un poco la importancia de la cabo Becky en la historia y justifica su eliminación sin mayores explicaciones por parte de Bayteman.
Un abrazop.
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RE: Muy bueno |
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29-08-2007 19:43 |
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Pues será un placer leerlo. Quedas emplazado.
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