Una eternidad en la mirada |
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23-08-2007 14:00
Por: Darthz
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Relato en homenaje a Lovecraft y los buenos ratos, imágenes y delirios que me ha hecho pasar.
He subido tantos cielos que ni siquiera recuerdo haberlos tocado. Se me antojaba muy remota aquella ensoñadora sensación que como un hormigueo por el estómago me sacudía el alma mientras volaba; y, realmente, jamás pensé que pudiera haber estado en todos aquellos mundos, tan soñados antaño y que al fin se convirtieron en realidad. Pero lo real fue perdiendo sentido con el tiempo, al pasar los años, cuando toda aquella fantasía realizada se fue tornando en solamente una memoria, una memoria para ser recordada toda la vida; e incluso, me temo, después de muerto.
A veces acudían a mi pensamiento retazos de esas imágenes, las cuales contemplaba como imposibles, y me evadía durante unos instantes con la simple admiración de aquellos paisajes púrpuras, de muros y ciudades alzadas entre las nubes que, bañadas en ónice y plata, intimidaban la mirada de cualquier ser humano, tan infinitamente inferior a lo que sus ojos le mostraba. Continuamente concebía ideas locas que atravesaban mi mente como rayos furiosos, invitándome de nuevo a devolverme a la vida que en otros tiempos me llevaron por esos derroteros; pero estaba viejo y cansado, y apenas tenía fuerzas para moverme hacia cualquier lugar que estuviera a menos de una legua de mi morada. La ceniza que anidaba en mi cabeza, lo que en un pasado fue cabello dorado y brillante, tan fuerte que pareciera que jamás abandonaría mi cuerpo, me mostraba la verdadera cara de la vida que entonces tenía entre mis manos: un pasado lleno de recuerdos y también de lagunas, y un futuro donde el gris era el fin y el principio del camino, donde jamás acababa la calzada que, cada vez con más prisa, me conducía hacia la muerte.
Me hallaba frente a las puertas del antiguo templo donde hacía muchos años, cuando era joven y robusto, tan fuerte como un roble, salía y entraba como quien deja un recado, consciente de que mi juventud me otorgaba el bendito placer de poder atravesar aquel lugar que me conduciría hacia otros mundos, donde podría ser reconocido como un héroe o, por el contrario, apedreado por formar alguna pequeña trifulca con el consiguiente exilio en lugares tan remotos como inexplicables para nuestra civilización.
De las mismísimas entrañas de la tierra nacían picos grisáceos que acababan derivando en un oscuro panel profundo y lleno de oscuridad, de donde parecían que iban a surgir las criaturas más horribles que unos ojos puedan guardar en su fugaz memoria. Aquel templo, rodeado sólo de silencio y arena, mucha arena, perdido entre las inmensas colinas desérticas de las tierras de Tnapis, donde merodean los terribles Guñak de aspecto atroz y de rostros carcomidos por el tiempo, tan gigantes que su sola mención causa vértigo, se alzaba sobre el desierto como un monolito de piedra incandescente dispuesto a ser ceniza en cuanto el fuego que de la propia oscuridad podría haber nacido la abrasase.
Dado a mi enorme cansancio y fatiga, causados por el opresivo calor que incluso de noche se instalaba en aquellas tierras olvidadas, tuve que dejarme rendir sobre las arenas durante lo que me parecieron inagotables segundos; y mientras el tiempo discurría oía el paso de los titanes que se escondían tras las colinas, buscando la carne de los pequeños –siempre enemigos suyos– Gonns que compartían el mismo lugar y de los que tantas veces, con pocos conocimientos, se ha hablado. El monumento que se hallaba frente a mis ojos como una magnánima puerta mágica me parecía querer inducir de nuevo hacia su aterradora fantasía; y aunque hice todo lo posible, sabedor de que ya no estaba para tales trotes, por mantener los pies en la tierra, finalmente el monolito de piedra incandescente me tragó como el agujero que en el espacio te absorbe.
La noche, imaginé, continuó con su pasmosa serenidad, llena de –eso sí– una paz algo intranquila, pues yo ya me hallaba en la corriente vertiginosa del tiempo que arrastra a un hombre hasta lugares indecibles, dejándome llevar por los colores intermitentes y los agujeros negros que se abrían sobre mi cuerpo como imágenes que me abducían hacia ninguna parte en concreto. Después de largo caminar por aquel túnel abstracto e infigurable, mi cuerpo cayó sobre una hierba helada en la que tuve que permanecer durante unos relajantes y largos minutos puesto que en mi ancianidad jamás podría haber continuado sin pararme siquiera a dar un respiro. Jamás creí que volviera a vivir tales situaciones, pero entonces me encontré tan fuerte, arropado de súbito por la terrible conciencia del guerrero y la aventura, que, incluso a mis viejos años, decidí coger el primer barco que arribara por la mañana y dejarme caer de nuevo sobre el principio de aquellas inmensas y calurosas colinas que después me hicieron sufrir durante muchos ratos su tórridas presencias.
Lo primero que pude observar al alzar mis ojos fue un sol tan grande que apenas me permitió vislumbrar más allá de él, donde, fugazmente, entreví lo que me pareció que serían unos enormes jardines llenos de vida y fantasía. Primero eché a correr y luego me pareció una completa estupidez poner una marcha a mi cuerpo que éste ya no resistía; entonces, seduciéndome con la idea de que lo que tuviera que llegar llegaría más tarde o temprano, avancé con menos prisa y algo de cautela.
Mis pies se hundían en aquella hierba fresca que parecía haber amanecido en una humedad totalmente ilógica para aquellas dimensiones con las que el sol se mostraba; y mientras por la parte baja el frío recorría mis piernas, la cabeza era esclava del deseo incontrolado de aquella estrella gigante. Los árboles aparecían arrugados por el tiempo, enigmáticos y a la vez hermosamente anormales; tales que no se podría haber dicho que perteneciesen a ningún mundo. Con profundos deseos me abrí camino entre hojas y arbustos, zarzas y ramas que a veces querían permitirse el lujo de encallarse en mis harapos para nunca dejarlos, no al menos hasta que agujereasen la camisa o me hiciesen algún rasguño. Aquella mezcla de encantamiento y frialdad era realmente cautivadora, y supuse que jamás olvidaría el pasto que recorría por su simple presencia y, por encima de todo lo que pudiese pensarse, extrañeza. No tardé en toparme con la primera presencia viva en aquel planeta alucinante, de la cual supe inmediatamente que, desde luego, no pretendía mostrarse amistosa, ni siquiera humanamente agradable.
Tenía la pinta de ser una de aquellas cucarachas indeseables que merodeaban por las altas montañas de Tgreek, a las que se llegaba a través del largo río que todos conocían por el nombre de Feidós. Sin duda ésta era más horrible en su tamaño y forma, pero de características muy similares a las de aquellas que atemorizaban a todos los habitantes de Tgreek y sus alrededores. Tenía los ojos cenicientos y la boca resplandeciente, brillantez producida por las babas que irradiaban colores metálicos hacia todas partes, llena de colmillos que como estalagmitas y estalactitas se pegaban a las suelas de sus fauces. Una detestable capa peluda, como un caparazón lleno de pinchos, rodeaba toda su figura menos la cabeza, que se mostraba tan altiva como siniestra. Me doblaba en tamaño y dada a mi incapacidad de poder mover siquiera un brazo con el vigor de antaño, comencé a pensar que aquella aventura en la que me hallaba, conducido por mi terrible delirio de querer volver a vivir lo que en un pasado me marcó para siempre, sería el fin de mis días. Su fétido olor se empezó a acostumbrar en mi olfato que, aunque algo deteriorado por el tiempo, hubiera olido su nauseabunda presencia desde inimaginables leguas. La criatura se alzaba como un animal a punto de saltar sobre su presa, con los pelos erizados y la boca y los ojos muy abiertos; tan alterados por mi reciente llegada como los míos por la suya; aunque fuesen en el fondo miradas muy distintas.
De repente el sol pareció apagarse y en la oscuridad inmensa del cielo sólo algunas aves oscuras lo atravesaban en un baile tranquilo. La figura de aquella enorme criatura no desapareció, sino que se iluminó aún con más fuerza al destellar como mil haces los colores que de sus babas procedían, y la boca se abrió hacia cada lado mostrando la sonrisa más terrible que un hombre pueda concebir en vida y, como en unas pocas líneas comprenderán, también en la muerte. Mis piernas temblaban al igual que mis brazos y todas las partes del cuerpo, y también lo hubieran hecho si hubiese sido tan joven como antaño, cuando podía escalar solo una montaña con la única fuerza de mis poderosas manos.
Intenté, cuando mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, toparme de nuevo con el inmenso jardín que más allá del sol florecía como un edén imaginario, pero supe que todo ello era un imposible y cada vez el frío de la hierba helada se hizo más intenso, hasta tal punto que mis pies se congelaron y quedé quieto, paralizado, en el punto donde me hallaba. La criatura bailó con mi miedo y durante eternos instantes su mirada se hizo un eco también eterno en la mía, donde parecieron anidar silencios tan aterradores como las presencias de aquellos gigantes que merodeaban por las colinas de Tnapis, y se creó tal confusión en el momento en que sus ojos se hicieron dueños de los míos que sentí que la vida ya no me pertenecía; pues, lo supe entonces y lo sigo sabiendo ahora, alejado de aquella terrible realidad, en sus irrisorios iris encontré al hombre que yo había sido en un pasado, al que era entonces y al que en otras realidades había podido llegar a ser.
Aquel bicho no había secuestrado mi alma, sino que era yo mismo, una imagen del héroe que al recorrer tan extraños senderos acabó invadido por las inimaginables cóleras de magos y brujas que lo convirtieron en lo que era, y durante el largo rato que sus ojos se cruzaron con los míos, descubrí que había viajado tanto por el tiempo que mis dobles me habían asegurado una vida eterna, aunque no siempre con la misma suerte.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Onírico |
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09-10-2007 14:39 |
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Pues a mi me ha parecido un texto muy sugerente y onírico. No creo que se parezca demasiado a Lovecraft, salvo como inspración o matíz; pero me da igual porque se reflaja tu estilo de escribir con su influencia y despues de todo no vas ser ningún escritor que admires si no tú mismo.
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Lovecraft es un autor complicado |
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02-10-2007 07:54 |
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Y tan complicado que es para imitar su estilo. Pero no te desanimes, yo mismo no me veo capaz de imitar ese estilo tan oscuro. El relato tiene buenos momentos.
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Difícil |
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11-09-2007 20:22 |
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Es que yo creo que has intentado aunar tu yo lírico con una narración muy imaginativa. Me ha costado entender a dónde querías ir a parar. También lo he encontrado falto de puntos y seguido, lo que le dota una rapidez excesiva.
Tendré que leer algo de Lovecraft ( no me peguéis )
Nachob, cuando algo está inconexo se le llama deslavazado, con uve. Es que he visto que lo has puesto mal en más de una ocasión.
Saludos.
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Desigual |
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28-08-2007 09:01 |
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Siento tener que decir que me ha parecido un relato desigual. Si bien en su forma tiene momentos muy buenos, en general me ha parecido algo deslabazado y confuso, y no me ha quedado claro cual era el desarrollo o el rumbo de los acontecimientos.
Incluso la reflexión final que ha quedado un poco extraña, y no sé bien a que carta quedarme. En esta ocasión tu verbo poderoso no ha encontrado el lienzo oportuno.
Me quedo con algunas imagenes, desasosegantes desde luego.
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RE: Desigual |
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29-08-2007 17:22 |
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Como puse ahí, fue otro experimento. En realidad este año no hago más que experimentar, con un estilo y con otro. Y leer, leer mucho. Conociéndome.
Y, desde luego, todo esto nació de la inspiración que albergué después de leer a ese genio que es el hijo puta lovecraft.
Una sonrisa. Y gracias.
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RE: Desigual |
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12-10-2007 22:52 |
Darthz dijo: Como puse ahí, fue otro experimento. En realidad este año no hago más que experimentar, con un estilo y con otro. Y leer, leer mucho. Conociéndome.
Y, desde luego, todo esto nació de la inspiración que albergué después de leer a ese genio que es el hijo puta lovecraft.
Una sonrisa. Y gracias.
Ya, claro, je, je. Bueno, colega, si de experimentación se trata, sería bueno que de repente probaras con frases más cortas, o que matizaras el número de descripciones, pues las cargas sólo a lo que el prota siente, ve, le parece, le tincó que, supuso, etc, pero, aparte de alargar el suspense, corres el riesgo de que despisten al lector. Ya está claro que escribes bien, pero anda midiendo dónde y cómo sueltas los palos. En líneas generales, mucha flor linda y perfumada, porque está claro que tus frases están bastante de reflexionadas, basta con ver las primeras del comienzo, a mí por lo menos me encantaron, pero como decía, tanta cosa linda y bien armada te causa alergia en lugar de disgrutar de unas dos o tres flores soltadas cada tanto. Esop.
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