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La Corte Oscura III


Relatos

03-09-2007 15:53
Por: Galactico20

Continuación de la trama de la historia basada en el juego de rol Changeling.

En esta historia, un joven preso por la Banalidad sufre una extraña visita.


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La noche estaba vacía. Triste y gris, coloreada por los falsos humores del verano. El muchacho arqueó la espalda y se recostó contra el sofá, los ojos aparentemente fijos en los balcones abandonados del edificio de enfrente. Detrás del cristal sucio había un mundo que no despertaba ya ningún interés para él.

Centró de nuevo su atención en el portátil, un Toshiba gris y negro, 1,86 GHz de microprocesador y 1 GB de Memoria RAM. Pantalla de 15 pulgadas. Toda la ciencia y el ingenio de varias generaciones de informáticos para que un joven de veintitrés años perdiese una noche absorto en la Red, chateando o jugando a mecánicos y repetitivos juegos interactivos.

Encendió como un autómata el televisor; en una nueva cadena emitían una película española de escaso éxito. Sin apartar la vista, tanteó entre el desordenado caos del sofá, buscando una rápida salvación: el mando a distancia. Segundos más tarde comenzaría una rápida y azarosa búsqueda entre la clónica parrilla nocturna. La madrugada se concentraba en venta televisiva de productos de escasa imaginación y eficacia, pornografía repetitiva y escenas cargadas de acción y violencia. Fue quitando el sonido poco a poco y los títeres de aquel mundo fueron enmudeciendo hasta transformarse en mimos cuyas expresiones no parecían transmitir ninguna emoción.

Sin apagar la tele, prosiguió con su ruta cibernáutica. Los dedos correteaban sobre el teclado compitiendo con la música de los grillos por romper débilmente el silencio nocturno. A veces se pasaba la mano por su pelo desordenado, se colocaba correctamente las gafas y proseguía con su eterno viaje. En el suelo, una botella de Coca Cola medio vacía esperaba a cada tiento de nuestro joven, quien volvía a colocarla a escasos centímetros de su posición anterior. Sobre la mesa, los restos de la cena. Y la habitación cargada de cuadros, fotos, libros de medicina y una moderna minicadena que, aunque seguía enchufada, hacía años que no había despertado de su letargo.

Cada noche se deshacía lenta e inconscientemente, se deshojaba perdiendo fuerza en pálidos y vacíos despojos de una sustancia sin nombre. Cada noche era sólo otra noche.

El muchacho suspiró, aburrido. Tremendamente aburrido. Mortalmente aburrido.

Pero ahí afuera era todo peor, mucho peor para él. El mundo estaba falto de algo, ¿de sentido quizá? No. De algo más profundo y a la vez más etéreo. A veces, cuando nuestro joven se sentía poeta casi alcanzaba a averiguarlo. ¿Colores? ¿Sonidos? ¿Olores? Una mezcla de todo ello y ninguna de las tres en especial. Un pensamiento aleteó de forma breve por su cabeza, recordó que una vez estuvo a punto de resolver este enigma, cuando era aún un niño encerrado en el cuerpo de un hombre... pero hacía tanto de aquello... Luego todo fue gris. Frío y gris. Como su portátil y el mundo al que ingresaba como un preso con la condicional, noche tras noche.

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El ventilador se apagó súbitamente. El televisor fue perdiendo luminiscencia hasta quedarse oscuro. Las tímidas luces de las farolas relampaguearon, y un pico de tensión, generado en ninguna parte, las fue fundiendo una a una de forma gradual. Dos pisos más arriba, un bebé de tres meses se despertó y comenzó a chillar imbuido de una mezcolanza de excitación y sorpresa. Pero nuestro muchacho no le prestó ninguna atención. Había cerrado sus oídos y sus ojos a tales sucesos del mismo modo que había cerrado su ser a los sueños e inquietudes.

Finalmente algo le sobresaltó. Había sido demasiado evidente hasta para una mente tan embotada y enclaustrada como la suya. Una agitada respiración. Y algo más espeluznante: una sensación de... ¿calor?

Dio un respingo cuando la mano enguantada de aquel tipo le cogió por la garganta y lo lanzó ferozmente contra su portátil, haciendo que se golpease con la barbilla en el suelo y arrollase tras de sí la mesa y todo lo que en ella había. Un gemido se comenzó a formar en su pecho cuando su contrincante apoyó las rodillas de forma rápida y cruenta en su espalda pero ningún sonido consiguió salir de sus pulmones. Casi se desvaneció cuando le agarró el cuello con una mano y la otra se aferró dolorosamente a su cabello. Luego comenzaron los golpes contra el suelo, una y otra vez sin que nuestro joven pudiera defenderse. Finalmente, cuando las losetas del suelo quedaron tintadas con el rojo de su sangre, sucumbió y se desvaneció en un terrible sueño.

Al abrir de nuevo los ojos no había mejorado la situación. La cabeza le ardía y en su boca se repetía un sabor agrio y salado. Sentado sobre una silla, estaba preso por una cuerda fuertemente anudada mientras que una mordaza le impedía gritar y pedir auxilio. Tras una rápida inspección creyó que se encontraba solo. Pero, para su desgracia, no era así, pues segundos más tarde escuchó los pasos de aquel tipo rondando por su salón, luego su cocina y finalmente acercándose por el pasillo.

La puerta se fue abriendo y tras de ella apareció el hombre. De mediana edad y melena negra, larga y sucia, vestía como un mendigo, enfundado en grises pantalones y con una camiseta negra obscena, rajada a la altura de los hombros. Morbosamente su atención se fijó en el objeto que portaba, un enorme cuchillo de carnicero que acariciaba de forma sádica. En la otra mano, una botella de Jack Daniels abierta. El hombre le observó en silencio, divertido. Cuando comenzó a hablar, el muchacho hubiese preferido seguir inconsciente.

-Hola, Shagrat. Por fin nuestros caminos se cruzan, lamentable hijo de puta. Vas a pagar todo el daño que has hecho. Te va a doler. Pero ningún grito conseguirás emitir; antes te cortaré la lengua.

Sus palabras parecían salir de una garganta asfixiada, tal vez por el tabaco y el alcohol. Dio un trago largo y dijo.

-¿Sabes, Shagrat? Si no oigo cómo pides clemencia, esto deja de tener su gracia.
Abandonó la botella en la cama deshecha y con ayuda del cuchillo le quitó la tela que impedía hablar a nuestro joven. De inmediato, éste comenzó a lloriquear y pedir perdón.

-.... Sniff... Snifff..... yo no soy quien busca... señor.

El hombre fijó sus ojos en él y de forma lenta, muy visible, dejó caer su brazo derecho hacia atrás y luego hacia adelante, golpeando con tanta fuerza al joven que la silla se volcó hacia la izquierda, dejando una fea marca a consecuencia del pico de la mesilla de noche en la mejilla del caído. Luego lo levantó de forma violenta.

 

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