Los Orbes de los Dragones I |
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13-09-2007 16:38
Por: Raelana
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Relato ambientado en Dragonlance, donde imagino como debió ser la creación de los famosos Orbes de los Dragones. Espero que os guste.
Carenia subía lentamente las escaleras con pasos vacilantes, intentando no tropezar con el repulgo de su túnica roja. Era un ejercicio pesado que se obligaba a realizar todos los días, cualquiera que fuera la Torre de la Alta Hechicería en la que se encontrara; tenía miedo de que llegara un aciago día en el que no pudiera hacerlo. Ya no era joven, no, no era joven. En realidad ya podía decir que era vieja sin que la gente pensara que estaba bromeando. Sus cabellos oscuros comenzaban a tornarse blancos. Sus ojos aún brillaban vivos y curiosos detrás de sus lentes pero las arrugas se formaban en torno a ellos; sus movimientos eran más lentos, sus pequeñas manos se contraían de dolor a veces, al escribir; y siempre al manipular los artilugios que tanto le gustaba construir y por los que había alcanzado fama. Y lo peor de todo era, sin duda, el dolor que desde hacía unos años se había instalado en su rodilla, el hueso deforme que le pinchaba constantemente recriminándole haber vivido siempre cerca del mar. Su frágil rodilla protestaba cada vez que la doblaba y un dolor intenso le recorría la pierna derecha cada vez que apoyaba su peso en ella. Echaba de menos su bastón; tendría que conseguir uno nuevo aunque ya no habría mucho tiempo.
Los achaques de la vejez que comenzaban a afectarle despiadadamente le producían más miedo que cualquier otro peligro al que hubiera tenido que enfrentarse en su larga vida. Carenia sabía que llegaría un día en el que no podría moverse, las rodillas rehusarían sostenerla, la vista se haría cada vez más borrosa y sus lentes no podrían ayudarla; pero lo peor sería su cabeza, su mente lúcida y curiosa que había dedicado al estudio y a la inventiva se desvanecería lentamente sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Sentía un increíble terror al olvido, a que llegara un momento en que su cerebro olvidara las palabras tantas veces aprendidas y que sus recuerdos se convirtieran en sombras como si nunca hubieran sido reales. Recordó a su viejo maestro en sus últimos días y se estremeció. Carenia llevaba demasiados años dedicada en cuerpo y alma a la magia para pensar en abandonarla y ceder el testigo a las nuevas generaciones. Renunciar era igual a morir. La magia era toda su vida. El sentido de su existencia. Su pasión y su responsabilidad.
Hacía muchos años que había sido elegida para dirigir el Cónclave de Magos. Ahora era tan respetada que ni siquiera Fistandantilus a la vuelta de su extraño viaje quiso arrebatarle la jefatura del Cónclave. Había sido extraño verlo aparecer con la Túnica Negra, con esa mirada lejana de quien aún no ha asimilado los portentos que ha visto.
-Me sucederás –le había dicho ella pensando que no habría lucha, que al más mínimo interés por su parte le cedería el cargo y se retiraría a Wayreth a terminar sus días en paz.
-A su debido tiempo –había contestado él mientras acariciaba distraídamente un colgante que llevaba al cuello. En su rostro lucía una sonrisa complacida, como si tuviera encerrado en esa joya todo el tiempo del mundo.
Fistandantilus sabía que, a pesar de las dudas que la embargaban de vez en cuando, Carenia nunca se retiraría. Ella era parte de la magia del mundo y mientras la magia existiera los achaques de la vejez podrían mermar algo su poder pero no podrían con ella. ¿Deseaba realmente terminar sus días en paz? No, preferiría luchar como lo había hecho siempre. Fistandantilus la conocía demasiado bien para esperar otra cosa de ella.
Y de todas formas, no habría podido retirarse aunque lo hubiera deseado con toda su alma. Las ululantes huestes de la Reina Oscura llegarían a todas partes, también hasta allí, en Palanthas. Carenia hubiera deseado poder abstraerse e ignorar el mundo, ignorar aquella guerra que se desarrollaba a su alrededor en la que tanto había dudado si debía mantenerse al margen o participar activamente. No podía permitirse el lujo de mantenerse al margen, porque la magia formaba parte del mundo y formaba parte de ella. Y la magia estaba tan en peligro como aquellos hombres y mujeres a los que estaba intentando ayudar.
La que se conocería como Tercera Guerra de los Dragones estaba causando el terror en medio continente y pocos eran los que se atrevían a ofrecer una resistencia eficaz ante el avance de los ejércitos de la Reina Oscura. La colaboración de los magos con los Caballeros de Solamnia se hacía imprescindible a pesar de los recelos que ambas órdenes sentían por sus aliados en la contienda. Carenia llevaba más de un mes negociando e intentando poner de acuerdo a todos los implicados en la guerra, un trabajo de diplomacia que no le gustaba demasiado. Ya no tenía edad para ello, se decía, tenía edad para encerrarse tranquila en su laboratorio y dejar a los jóvenes que resolvieran todos los problemas. Eso era lo que quería hacer, pero no lo que debía hacer.
-Siempre termino haciendo lo que debo –rezongó en voz baja mientras tomaba aliento en un rellano y contemplaba los infinitos escalones que aún le quedaban por subir-, supongo que es por inercia. Estoy tan acostumbrada a tomar decisiones que las decisiones ya aparecen solas, sin que necesite pensar en ellas. Soy vieja... pero no sé si me gustaría volver a la época en la que era joven y no sabía nada, cuando me costaba tanto tomar decisiones y sólo quería encerrarme en mi laboratorio a experimentar. Ahora mi laboratorio lleva cerrado un mes y yo me dedico a saltar de torre en torre y subir escaleras trabajosamente para sentir que estoy viva y que todavía puedo presentar pelea.
Tomó aliento y comenzó a subir de nuevo, aún más despacio. Su espalda comenzaba a encorvarse y Carenia se esforzaba por mantenerla todo lo derecha que podía aunque la hiciera caminar más despacio.
-Unos simples dragones no podrán conmigo. No, no lo harán –murmuraba por lo bajo.
No estaba sola en la lucha, tenía el Cónclave detrás, respaldándole. La mayoría de los magos con los que había hablado ya se habían unido a su causa y estaban de acuerdo en que tenían que impedir que la Reina Oscura llegara a ganar esa guerra. Estaban dispuestos a seguirla, a sacrificarse. Algunos magos ya habían desaparecido en la lucha, otros la miraban esperanzados, confiando ciegamente en que ella sería capaz de tomar las decisiones correctas, jóvenes magos que no tenían dudas ni miedo, que no tenían que tomar decisiones.
-Somos los últimos –se dijo con pesar-. Yo, Dimus y Fistandantilus, llevamos con orgullo ser magos viejos y achacosos, lo hacemos porque somos los últimos de una generación que desaparece. Esos jóvenes alocados que secundan mis proyectos no alcanzarán nunca nuestro nivel. Nosotros somos los últimos magos de una era que termina. Pronto comenzará una nueva era y lo que se perderá con la nuestra nunca se recuperará.
Suspiró. Había llegado a lo alto de la escalera, frente a ella se encontraba el laboratorio de Fistandantilus. Él debía estar dentro, ocupado en sus experimentos. No confiaba en su lealtad en estos días oscuros pero tampoco podía olvidar la amistad que los había unido durante demasiado tiempo. Carenia miró la puerta cerrada pero no intentó entrar; continuó subiendo la escalera de caracol hasta que llegó a la azotea de la Torre y contempló Palanthas a sus pies.
La ciudad resplandecía con su etérea belleza, lejana y borrosa bajo la mirada de los miopes ojos de la hechicera. Carenia echó atrás la capucha que cubría su rostro y dejó que el viento revolviera sus cabellos, llenos de más hebras blancas de las que ella hubiera deseado lucir. Hacía un frío húmedo y desagradable pero le gustaba sentirlo en los huesos, como si el dolor le recordara que la vida aún estaba con ella. Tonterías. La rodilla se le hincharía por el esfuerzo y se negaría a moverse. Tal vez también sus manos, sus pequeñas manos, se negarían a sostener la pluma y se retorcerían poco a poco como los tallos sarmentosos de las vides; a veces le costaba recordar como fueron sus manos en la época en la que eran blancas y hubiera podido llenarlas de anillos pero no lo hacía porque terminaba rompiéndolos todos. Despegaba las piedras, frotaba el metal entre sus dedos hasta desgastarlo... era un tic nervioso que sólo se calmaba cuando sus dedos dejaban de estar prisioneros.
-Mis dedos son como mi alma: no soportan las cadenas.
Qué hermosa era Palanthas a la luz del atardecer, había vivido allí gran parte de su vida, su larga vida. No quería verla destruida, no quería ver cómo el fuego carbonizaba aquel hermoso lugar.
Una oscura figura se materializó de pronto junto a ella pero Carenia no se volvió ni entonó hechizos de protección. Había regresado más poderoso de lo que ella hubiera creído que conseguiría ser jamás y posiblemente si se enfrentara a ella la vencería, pero no tenía miedo. Temerle a él sería como temerse a sí misma.
-Me pareció oírte en la escalera –dijo él casi en un susurró.
-Como todos los días desde que llegué –contestó ella sin mirarle, fijos sus ojos en las últimas luces del ocaso.
-Te detienes en mi puerta pero nunca entras.
-No era el momento de hablar contigo.
-¿Cuándo lo será?
-No lo sé. Tal vez nunca.
Fistandantilus avanzó y la cogió del brazo, no era joven, no había vuelto joven; tal vez fuera inmortal pero nunca volvería a ser joven. Su mano marchita no se diferenciaba mucho de las de ella.
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