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A través del cristal


Otros Relatos

05-09-2007 14:36
Por: vespertina

Relato seleccionado del III Certamen de Relato Joven, categoría Diletante patrocinada por Plaza y Janés.


a través del cristal
Aunque aún no es demasiado tarde, los peatones corren hacia sus casas. Pese a todo el gesto general es cansado. No es que parezcan veloces por la urgencia de ver un programa en la televisión, pero sí porque los objetos urbanos se están bañando de escarcha, tanto como sus bufandas.

El frío hoy luce acuoso en los ojos de uno de aquellos hombres, que augura una buena helada, de ésas que a la mañana siguiente dejan a un porrón de coches sin batería. Tendrá una mañana movidita, aunque eso será mañana. Hoy sólo le queda el descanso, que a pulso cree haber ganado. Al menos se siente exhausto; y sólo calcula una buena cena sobre el plato, un poco de tele y una cama temprana.

A pie son trece minutos y medio del taller a casa; si los semáforos le son propicios, en coche puede que cuatro, de modo que no merece la pena, y aún hoy menos, que arrastra unas cuantas cervezas de Casa Tomás y algunas culpas de la suya. En el calor del portal, si no torpes, sus pasos son tardos cuando el tin tin de llaves anuncia sorpresas al que está dentro. Abre a la primera, por costumbre, acertando con delicadeza a dar un portazo, en este caso por hábito.

En momentos así el aire casi no alcanza. Tardando en tomar conciencia, no aparta los ojos de una lasciva escena: la esposa se halla gimiente, con una sonrisa por labios; sin pensar en su presencia, cabalga en un tipo de tez morena y entrepierna húmeda. Suena un golpe y es un puño contra el acompañante intruso, el cual sin acariciar su herida, no tarda en responder, desafiante, con una mueca.

—Puedes marcharte, cielo —invita la señora al tercero abriendo la puerta, y el moreno acepta; se marcha sin miedo ni duda, dejando a solas a la pareja, a la oficial, claro.

Ella busca en el cajón unas bragas que rojas se deslizan por entre sus piernas hasta sus nalgas; mientras, al grito de puta el hombre descarga rabias contenidas. Al poco se cansa de voces que no tienen repuesta y entonces, ya vestida, sin despedirse se larga; una última pregunta, sin adiós, le hace:

—¿Y mi coche? ¿Lo arreglaste? —incrédulo por su indiferencia responde un “sí”, desesperado—. ¿Tú o el gilipollas de tu socio? —pregunta de nuevo ésta con cierta sorna examinadora—. Porque la última vez...

— Yo.

El equilibrio no alcanza en el correr atolondrado de la huída. La caída, con su consiguiente golpe, le hace sentir el crujido de las escaleras en los huesos esparciendo, en cada peldaño, restos de sangre y pintalabios.

Entretanto y desde el umbral de la puerta, el marido no amaga ayudarla; cuando deje de escuchar sus pasos se encerrará en la casa. Ya dentro, junto a la nevera, un matiz níveo en su rostro se hace pajizo por la luz; después deshila ligera la culpa mezclando lágrimas en una copa. Hiriente queda un recuerdo que es de escarcha en las ventanas; están empañadas de noche, pero en soledad le guardan.



a través del cristal
La caída fue más grave de lo que pensaba, los analgésicos aún no hicieron efecto en el pecho de la señora del tanga rojo, por eso amaga ponerse el cinturón evitándolo después.
Arranca nerviosa y pronto ruge la primera velocidad que ágil se torna segunda y tercera; ávidas las marchas conducen a la ruta del olvido. El garaje desaparece en el retrovisor, pero no la luz de las farolas, que iluminan su recorrido como un tercer grado. El pie derecho aprieta por pasar en rojo y no demorar más en alcanzar una vía de soledad. Que en este caso es la autovía.

Recuerda que nunca fuma en el coche porque el marido lo odia, mientras —ya muy lejano— escucha un pitido histérico:

—Que se jodan —objeta más preocupada por encender el cigarro que por averiguar la gravedad del golpe que acaba de provocar. No hay tiempo.

Alcanzar la carretera le hace relajar el rostro, el asfalto se hace ancho bajo el poder de sus ruedas. Y le gusta. Pese al olor a industria se siente cómoda y fija la mirada en los astros: el cielo no cuenta con muchos, pero si acelera, a pocos, le parecerán fugaces. Empieza a encontrar un poder especial en la velocidad que va alcanzando y no hay más pensamiento que una desértica recta al frente y el acelerador bajo su pie.

El aire, que entra por la ventanilla desnuda de ceniza al cigarro, entra en el coche y se sale de nuevo con una dulce voz que viene de la radio: …Car en chantant cet air-là je ne peux penser qu'à toi…(1). Conoce la canción y sonríe brevemente antes de descubrir que al frente hay una larga fila de coches parados.

El freno no funciona; ya no puede disminuir la velocidad; es más, aumenta a cada metro:
..Sur le triste quai d'une gare si un jour la vie nous sépare ou que ton cœur change de route moi j'aurai le mien en déroute…

Ya no hay tiempo de pensar en el desastre que en una décima olvida. Con una pasión confusa recuerda una cara en su último instante; ésta no parece la de un maromo oportuno, es su compañero de todos los días. El tiempo se cierra en un grito que atraviesa la luna en el golpe, que confirma su último deseo, que está en el fin de la canción: …Et je sais que cet air-là te ramènera vers moi.



a través del cristal
Una presentadora que apenas sabe leer grita a su maquilladora; los invitados no habituales se frotan nerviosos las manos decidiendo si serán o no capaces de ponerse frente a las cámaras. Entretanto, los focos comienzan a iluminar en la dirección adecuada caldeando el ambiente en sentido literal. En el palco, parte del público se revela negándose a tomar asiento hasta tener entre sus manos el bocadillo y la Fanta; más abajo una treintena de personas provistas de auriculares —y otros artilugios aparentemente inútiles— corren tras de las cámaras cual hormigas desbandadas.

Faltan escasos segundos para que empiece el programa y al instante todo parece ser sonrisas y calma. Cuentan con una dulce victoria en audiencias: se han cubierto las espaldas de publicidad, el resto lo hará el morbo. Se hace el recuento y la chica, con la cara ya coloreada, se concentra en estas letras:

—Buenas noches. Les hemos convocado, amigos, a que nos acompañen a nuestro programa. No cabe duda de que vamos a tratar uno de los problemas más graves de la sociedad española: la violencia de género.

Como es costumbre, tendremos espacio para el debate, en el que participarán representantes de la clase periodística y política española, así como las mismas afectadas y sus familias. Todo es poco para ponerles al corriente, no lo olviden: éste es un problema que nos afecta a todos.

No obstante, antes de ello vamos a recordar un trágico caso acontecido hace unos meses en una localidad del sur de Madrid, del cual hoy hemos conocido la resolución judicial. La defensa del caso trató de atenuar la pena alegando una infidelidad marital, la cual no pudo demostrarse. Como saben, hemos de agradecer a las asociaciones de mujeres y al movimiento popular que esto no se tramitase. A continuación van a visualizar un video que reconstruye los hechos. Adelante.

El hombre que están viendo en la imagen parece una persona muy normal. Sin embargo, hoy podemos proclamarle asesino sin la muletilla de “presunto”. Esta persona llevó a la muerte a su esposa y algunos inocentes más con un plan un tanto rudimentario…

A partir de este momento se inicia una reconstrucción ficticia de los hechos. El video explica, aferrándose a sórdidos detalles y testimonios, cómo el detenido truncó los frenos del coche de su mujer sin dejar ninguna prueba; sin embargo, el hecho de que el vehículo estuviera en el taller mecánico de su propiedad ese mismo día resultó determinante.

A continuación profundiza en el desarrollo de los hechos y en la condena recientemente pública. La sentencia no sólo se refiere al asesinato de la mujer: también culpa al acusado de la muerte de tres personas más y de los numerosos heridos y daños en los vehículos contra los que se estrelló la misma, que estaban parados a consecuencia de un control de alcoholemia. Además fue condenado por malos tratos físicos, reiterados con una antigüedad de al menos un mes, que pese al estado de calcinación del cuerpo, pudo determinar el forense. Esta presunción fue confirmada por una atenta vecina que vio, a través de la mirilla, como esa misma noche, ebrio, empujó a su esposa por las escaleras tras insultarla gravemente. Entre llantos aseguraba no parar de escuchar gritos en aquella casa, “Pero ya sabe, una piensa que son cosas de dos”, afirmaba compungida en el video.

Para finalizar, el video hace un homenaje a las asociaciones de mujeres que lucharon para que el juez no admitiera como atenuante la posible infidelidad de la esposa.

“El siglo veintiuno ya no es tiempo de absurdos patriarcados. Atenuar una pena por una razón de estas características supondría educar a nuestros hijos en la aceptación del machismo y la violencia” —afirmaba colérica una de las feministas.


***
(1)De la canción Cet air-là de April March.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Buen relato
11-09-2007 22:21
Impecable en estilo, y resulta muy entretenido.

Ahora bien, profundizando un poco no me ha quedado muy convicente el argumento. La motivación de los protagonistas (que la mujer se quiera suicidar de ese modo, llevandose por delante a otros, o de un modo que no sabría si moriría, quedaría paraplejica, etc...; qué motiva al último personaje a hacer lo que hace; porqué el otro acepta sin más su destino y de repente se suicida...), alguna duda sobre lo que pasa (si manipula los frenos 'sin dejar ninguna prueba ', y además el coche ha quedado calcinado -como podría preveer algo así, además - ¿qué pruebas tienen para saber que que ha sido un homicidio, y no un simple fallo mecánico o un suicidio o un paro cardiaco, si además no hay amago de esquivar el control?), y otros detalles (porqué espera 6 años para decirselo, y que no le haya dado tiempo a él de pensar en quien pudo hacerlo, y la prueba concluyente de haber recibido una visita y unas fotos en ese sentido, podría reabrir el caso...) no me han acabado de dejar redondo del todo el relato. Pero vamos, esto poniéndonos algo pejigeros.

Unos detalles más que no tienen importancia, pero pueden serte curiosos. Los funcionarios de prisiones no son policías, sino funcionarios civiles. No se permite comunicar a nadie sin obtener previamente de él autorización por escrito de que quiere comunicar (no hay sorpresas de quien visita, previamente el interno tiene que autorizarle). Todas las visitas quedan registradas y, por supuesto, se la tendría que haber chupado a bastantes funcionarios para poder obtener la visita y pasar el paquete. Pero estos detalles son anecdóticos y no desmerecen un relato muy divertido.

Enhorabuena.



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