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Los Orbes de los Dragones II


Relatos

21-09-2007 16:06
Por: Raelana

Segunda parte de la historia sobre la creación de los Orbes de los Dragones.


los orbes de los dragones ii
Una semana después los acontecimientos se habían precipitado inexorablemente. Los ejércitos de la Reina Oscura avanzaban a pesar de los pequeños focos de oposición que aparecían ocasionalmente. El Cónclave de magos se reunió en la fecha prevista y fue el más corto de la historia: por una vez todos los magos estaban de acuerdo. No había tiempo que perder: la conjunción de las lunas que les otorgaría el poder necesario para el hechizo tendría lugar demasiado pronto y antes había que realizar los preparativos que requería el poderoso conjuro que iban a realizar. Habían elegido la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas porque era la más grande y la mejor equipada en aquel momento; estaba lo suficientemente cerca de los dragones para atraerlos y lo suficientemente lejos de ellos para que el peligro no fuera excesivo.

Los magos de las tres órdenes realizaron los preparativos inquietos y emocionados al mismo tiempo; inquietos por el peligro que representaban los poderes que iban a invocar esa noche, emocionados porque iban a participar en algo que difícilmente se volvería a realizar jamás, un conjuro colectivo en el que participarían miembros de las tres órdenes de magia: la blanca, la negra y la roja. El bien, el Mal y la Neutralidad se unirían para crear un objeto que contendría la esencia de los tres y que sería el más poderoso que nunca se hubiera realizado: El Orbe de los Dragones.

El laboratorio de Fistandantilus ya estaba preparado para realizar el hechizo. El mobiliario había desaparecido y los tubos de ensayo, los componentes de los hechizos y los libros que ocupaban las paredes, todo había sido trasladado a otras habitaciones, pues nada debía perturbar la magia que iba a desencadenarse allí aquella noche. Habían dispuesto en el centro de la estancia un círculo de polvo de diamante, y en su exterior se colocaron cinco pedestales de oro macizo, que debían contener los Orbes de los Dragones en el momento de su creación.

Fistandantilus contempló las cinco crías de dragón que habían capturado, cada una de ellas de un color distinto a las demás. Dormían un sueño mágico del que ya nunca despertarían mientras Dimus, jefe de los Túnica Blancas, llenaba el hueco de los pedestales con agua preparada por los miembros de su Orden; habían sido los Túnicas Negras los encargados de capturar las crías de dragón y Fistandantilus recibió muchas quejas cuando se enteraron de que los Túnicas Blancas sólo habían tenido que preparar el agua que cristalizaría durante el conjuro y adoptaría la forma de esferas transparentes para encerrar en su interior la esencia de los dragones. Era un conjuro bastante complicado pues a la más mínima imperfección aparecerían grietas en la superficie de las esferas y Fistandantilus se abstuvo de comentar las protestas de sus acólitos. Los Túnicas Rojas, bajo la dirección de Carenia, se habían encargado de fabricar y tratar el polvo de diamante que otorgaría la dureza necesaria a los Orbes y atraparía la magia en su interior.

El anciano Dimus terminó de repartir el agua entre los cinco pedestales y le sonrió.

-Nunca pensé que llegaría un día en que las tres órdenes estaríamos de acuerdo en algo.

los orbes de los dragones ii
Nunca se habían tratado mucho pero entre ellos existía la franca camaradería de quienes han vivido los mismos sucesos y han sufrido los mismos miedos. Como Carenia había dicho, eran los últimos representantes de una época a punto de terminar.

-Yo tampoco –murmuró el archimago. Todo estaba listo.

Después de echar un último vistazo salieron del laboratorio y se dirigieron a sus habitaciones para repasar una vez más el poderoso hechizo que iban a utilizar. Fistandantilus se preguntó si iba a participar en el conjuro por su ambición personal o por el simple placer de ser parte del hechizo más grandioso que nunca se había realizado hasta ahora. Decidió no darle vueltas al asunto. Probablemente las dos cosas estaban demasiado unidas.

Unas horas después todos estaban preparados, los magos permanecían de pie en el rellano y las escaleras que conducían al laboratorio de Fistandantilus esperando que la noche cayera sobre la ciudad. Cuando Solinari comenzó a subir por el horizonte, los Túnicas Blancas entraron en el laboratorio precedidos por Dimus. En la escalera el resto de los magos escucharon los conjuros que empleaban y que se repetían una y otra vez, como una perenne letanía. Eran los primeros hechizos, las fuerzas del bien.

Cuando Lunitari empezó su andadura en el cielo, fue el turno de los Túnicas Rojas, precedidos por Carenia. Fistandantilus la miró, sus miradas se cruzaron durante un segundo, hasta que la hechicera alzó la capucha de su túnica y su rostro se perdió en las sombras. Fistandantilus no supo si habían sido imaginaciones suyas pero le había parecido que sonreía.

Pocos después, cuando Nuitari manchó de negro la luz de las estrellas, los Túnicas Negras entraron en la habitación donde las fuerzas del bien y de la neutralidad estaban ya desatadas. Un tupido humo blanco cubría gran parte de la habitación, Fistandantilus apenas podía distinguir al resto de los hechiceros. Con paso firme se adentró en el círculo donde Dimus y Carenia ya se encontraban. Hizo una señal con la mano y cinco túnicas negras trajeron a las cinco crías de dragón y las sostuvieron sobre los pedestales que se disponían alrededor de ellos.

Fistandantilus dijo una palabra en lengua arcana y la sangre empezó a manar de una herida abierta en el costado de las crías, la sangre se mezcló con el agua formando un líquido pastoso que flotaba en los pedestales de oro.

Carenia se adelantó. Su rostro denotaba una gran concentración pero sus ojos estaban aún alertas, señal de que la magia aún no la dominaba por completo. Sin salir del círculo rozó con la punta de sus dedos el desagradable líquido mientras pronunciaba unas palabras arcanas. Sus manos estaban manchadas de polvo de diamante que empezó a emitir un intenso brillo. Era una llamada. Carenia repitió el verso cinco veces.

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Pronto se escuchó en el exterior el batir de grandes alas sobrevolando la torre pero los magos no rompieron su concentración y continuaron entonando sus cánticos. A una señal de sus superiores, los magos se tomaron de las manos. Cada uno de ellos apretaba las manos de dos compañeros de las otras dos órdenes. La magia se hizo visible y de repente miles de rayos de energía fluyeron de sus cuerpos y llenaron la habitación.

Fistandantilus respiró hondo, un segundo después una oleada de magia negra lo atravesó. Todo su esfuerzo se encaminó a dominar esa fuerza y encauzarla hacia Carenia que era la que tenía que utilizarla para llamar a los dragones y mezclar las esencias. Sus manos se entrelazaron con fuerza y él podía oír sus recomendaciones del día antes golpeando rítmicamente su cabeza.

-Pase lo que pase, no me sueltes.

No me sueltes. No podría hacerlo. Sus manos estaban tan pegadas como imanes de polos opuestos. Levantó la mirada y vio a Dimus; la magia blanca no parecía ser más agradable que la negra. Los esfuerzos del anciano eran extraordinarios pero no resistiría mucho.

-¿Qué estamos haciendo? –pensó Fistandantilus-. Tres ancianos decrépitos nos atrevemos a desafiar a la mismísima Reina Oscura. Tres ancianos pretenden controlar a los dragones... ¡Pero somos los ancianos más poderosos de Krynn! Podemos hacerlo. ¡Sí! Somos capaces de hacerlo. ¡Temblad, Oscura Majestad!

Carenia extendió los brazos. Fistandantilus notó como su mano se elevaba a la par que la suya. Tensó los músculos. Los dragones estaban a punto de aparecer.

El primero en llegar fue un enorme dragón rojo que aleteaba desesperadamente al encontrarse en aquella pequeña habitación. El dragón no comprendía que era su esencia lo que habían atraído los cánticos de los magos y no su cuerpo y se movía intentando destrozar las paredes con unas garras que no poseía. Sus alas se quedaban enganchadas en los hilos mágicos, el fuego que intentaba expulsar era absorbido por los rayos de energía arcana. Sorprendido por la situación en la que se encontraba y desconcentrado por la voz de Carenia que hablaba en su mente, el dragón no acertó a realizar un hechizo que impidiera que su esencia fuera absorbida por aquellas manos que se extendían hacia él.

La hechicera sintió un escalofrío cuando la esencia del dragón invadió su ser.

-Aguanta, Carenia –pensó Fistandantilus, lamentando no poder hacer nada más que prestarle parte de su fuerza.

Pronto la habitación se llenó de dragones de todos los colores y todos los tamaños. Algunos magos estuvieron a punto de perder la concentración pero todos aguantaron, la fuerza de los demás daba impulso a la propia y cuando uno caía al suelo inerte el resto unía sus manos de nuevo y continuaba invocando las fuerzas mágicas que pugnaban por escapar a su control.

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Fistandantilus sentía en su propia carne la intensidad de la fuerza que Carenia estaba absorbiendo. De repente, la mano de la archimaga se crispó. No podría aguantar mucho tiempo. Fistandantilus dio la orden y toda la magia cesó de pronto, los magos se separaron, los que aún quedaban en pie tras la tormenta de energía contemplaron atónitos el círculo de diamante, donde los tres archimagos aún seguían en pie. Carenia respiró hondo. La esencia de los dragones que aún quedaba en el aire se desvaneció al no tener magia a la que agarrarse. La sangre de las crías había dejado de manar. Las tres lunas estaban en el cielo.

Carenia cerró los ojos. Fistandantilus no se atrevía a hablar, ni a pensar siquiera. La hechicera había absorbido tanta esencia de dragón que no sabía si ella aún se encontraba en su cuerpo o si había pasado a pertenecerle a ellos. A sus labios afloró el conjuro que acabaría con ella si esto pasaba. Era un riesgo que tenían que correr y que habían discutido largamente, pero ella era la única que podía reunir las tres esencias, la del Bien, la del Mal y la de la Neutralidad, para crear el que sin duda serían los objetos más importante de todos los que había creado: Los orbes de los dragones.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   el orbe de los dragones
23-10-2007 20:38
Debo realmente felicitar a la autora de tan extraordinario relato, es fantastico, no desmerece en absoluto a margaret Weis.



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