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Fue un viaje de una media hora larga. El castillo estaba más lejos de lo que parecía a simple vista. En vez de dirigirse a la entrada principal, Juan tomó un desvío que rodeaba el castillo, y aparcó a unos veinte metros de la muralla trasera. Esa parte del muro estaba envuelto entre una espesa maleza. El hermano de Pedro les dijo que bajaran del coche, y sus acompañantes obedecieron. Entonces, echó a andar hacia la muralla con paso decidido.
-Espera –dijo Pedro corriendo tras él-. No tendremos que saltar ese muro tan alto, ¿verdad?
-Nada de eso –replicó Juan-. Es mucho más sencillo. Confiad en mí y no hagáis ruido.
Juan se internó entre la maleza y detrás fueron los demás. Tomás, Silvia, Luis y Pedro quedaron asombrados al ver una gran grieta en la superficie de la pared, lo suficientemente grande para permitir pasar a un ser humano. Una vez del otro lado, todo era más fácil. No parecía haber vigilancia de ningún tipo, y las puertas permanecían abiertas.
-Alguna vez entré en el castillo –comentó Juan-, pero nunca tuve el valor suficiente para investigar, o quizás es que no estaba lo suficientemente borracho.
Avanzaron sigilosamente hacia la abierta puerta trasera. El corazón de Tomás latía con rapidez, pero intentaba con todas sus fuerzas mantenerse sereno. El interior de aquella parte del castillo era oscuro y frío. No había luz eléctrica, pero Juan tenía una linterna de bastante potencia con la que alumbró el camino. El lugar parecía algo vacío, sin ningún adorno, y un poco más adelante había una sencilla puerta de madera. Juan se acercó a ella y apoyó una oreja en su superficie. Al no escuchar sonido alguno, giró el pomo, pero la puerta estaba cerrada a cal y canto. El hermano de Pedro sonrió para sus adentros y sacó un clip de uno de los bolsillos de la chupa de cuero que se había puesto antes de coger el coche. Lo desplegó e introdujo en la cerradura. Después de un rato dándole vueltas al clip, escuchó un chasquido y lo guardó de nuevo en el bolsillo. La puerta se abrió y pasaron a la nueva estancia. Tampoco parecía haber luz eléctrica, pero el lugar estaba iluminado con velas colocadas en preciosos candelabros. Era un amplio pasillo con numerosas puertas a ambos lados. Algunas de ellas permanecían abiertas y mostraban un interior sin interés alguno.
-Bueno –dijo Juan entre susurros-. ¿A dónde queréis ir ahora?
-No lo sé –respondió Tomás en voz baja-. Tenemos que encontrar algo que nos muestre a qué se dedica en realidad el Dr. Márquez. Supongo que tenemos que encontrar un laboratorio o algo parecido.
-No creo que sea ninguna de estas puertas –murmuró Juan-. Seguro que tiene una puerta diferente. Quizás esté más adelante.
Caminaron un gran trecho durante el cual permanecieron callados. Las paredes de ambos lados estaban llenos de cuadros y grabados de diferentes épocas, y todos parecían representar al mismo personaje: un anciano de ropas tan blancas como sus largos cabellos y barbas y de duros ojos azules. Casi sin darse cuenta, llegaron a la puerta delantera del castillo. Juan miró por la cristalera de la entrada y no vio ni rastro de la limusina del Hombre del ojo de cristal, y llegó al convencimiento de que no se hallaba en el castillo. Suspiró profundamente y miró a su hermano y sus amigos.
-De momento no hay peligro –dijo a media voz-. El Hombre del ojo de cristal no está en el castillo. Por ahora podemos buscar con tranquilidad. ¿Qué camino tomar ahora?
-Allí hay unas escaleras –respondió Luis mirando hacia atrás-. A lo mejor el laboratorio está allá abajo.
Juan asintió y se dirigió a las descendentes escaleras. Bajó con cuidado y esperó a sus acompañantes. En ese nivel ya había luz eléctrica, aunque de una forma un tanto rudimentaria. Ni lámparas ni bombillas alógenas, sino simples bombillas corrientes que colgaban del techo. Se trataba de otro pasillo con puertas a los lados, pero al final había una sala oculta tras un doble portón. Hasta ahí se acercaron los cinco con paso dubitativo. Juan empezó a empujar el portón y para su alegría se abrió hacia dentro.
Efectivamente, del otro lado había un amplio laboratorio, aunque bastante anticuado. Había estanterías con extraños frascos a lo largo de las cuatro paredes. En el centro había una camilla provista de correas y al fondo una mesa repleta de libros y papeles y algunas probetas que contenían extraños líquidos rojos y azules. A un lado de la mesa veíase una pizarra con extrañas fórmulas. Pedro se acercó a la mesa y tomó un libro bastante voluminoso y con pinta de ser muy viejo, aunque estaba bien conservado. El único título que encontró en el volumen fue “Foedus Alquimiae”. Lo hojeó un poco, pero el libro estaba escrito en latín. Silvia se acercó por detrás de él y miró la tapa del libro. Entonces abrió desmesuradamente los ojos.
-¡No es posible! –exclamó-. ¿No sabes lo que significa el título?
-No –respondió Pedro, dejando el libro sobre la mesa-. A mí es que el latín se me da mal, tú bien lo sabes.
-Ahí pone “Tratado de Alquimia” –ante la pasividad de su amigo, Silvia dijo-. La Alquimia era el mítico y antiguo arte de convertir el oro en plomo. Apostaría a que esas fórmulas de la pizarra tienen algo que ver con eso. Nunca había visto fórmulas como ésas.
Juan, Luis y Pedro parecían asombrados y pasaban de mirar el libro a mirar la pizarra, y viceversa. Pero Tomás estaba ensimismado en sus propios pensamientos. Se había acercado a una estantería donde había animales en frascos con formol, y se había quedado mirando la momificada cabeza de un tití. Era una cabecita menuda y arrugada. De repente, los ojos del mono se abrieron y se clavaron en los del muchacho. Tomás dio un paso hacia atrás, horrorizado, e intentó llamar a sus compañeros, pero ningún sonido brotó de su garganta. Tampoco importó mucho, porque la cabeza del tití se abrió y lanzó un terrible chillido que alarmó a los demás. Aterrados, los cinco amigos salieron corriendo del laboratorio y cerraron los portones, donde el tití seguía chillando.
-Así que era verdad –dijo Luis entre jadeos-. El Dr. Márquez hace experimentos para resucitar a los muertos, y lo consigue…
-Vámonos de aquí –replicó Juan-. Este lugar me empieza a parecer siniestro. Nunca más volveré al castillo.
Con paso apresurado, los cinco subieron las escaleras y se dirigieron al pasillo, pero el ruido de un motor los detuvo. Juan se acercó a la cristalera y vio que la limusina del Dr. Márquez acababa de aparcar frente a la entrada. La puerta del conductor se abrió y salió un hombre que vestía un raído y sucio uniforme rojo. Al estar de espaldas, sólo pudo ver de su cabeza una mata de pelo grisácea y larga. Pero, cuando el chofer se dio la vuelta para abrirle la puerta a su señor, descubrió horrorizado que su cabeza no era más que una calavera, todavía con algún trozo de carne podrida.
Juan apartó a sus compañeros con la mano y les hizo correr delante de él. Detrás de ellos, el Dr. Márquez abrió la puerta y vio a los fugitivos huir por el pasillo. Sonrió de forma poco agradable y cerró el ojo sano. Cuando los otros llegaron junto la puerta trasera, descubrieron que volvía a estar cerrada con llave. Como un loco, Juan cogió de nuevo el clip y lo introdujo de nuevo en la cerradura, pero estaba tan asustado que se le cayó al suelo y estuvo un buen rato palpándolo hasta que dio nuevamente con él.
Mientras tanto, el Hombre del ojo de cristal había avanzado un buen trecho del camino, con una calma espeluznante. Sus blancos mocasines apenas hacían ruido en el suelo de piedra. Juan había logrado introducir de nuevo el clip en la cerradura, y ahora pugnaba por desbloquearla. Cuando lo consiguió, abrió la puerta con violencia y salió corriendo. Volvió la cabeza hacia atrás, sólo para descubrir que el Dr. Márquez había impedido que sus cuatro compañeros lograsen huir. Los retenía con un brazo sorprendentemente fuerte.
-¡Huye! –gritó Pedro-. ¡Huye y llama a la policía! Este tío no se atreverá a hacernos nada.
El Dr. Márquez sonrió divertido y observó con calma la huida del hermano de aquel que había gritado. Juan llegó hasta su coche, subió a toda prisa y arrancó. Estaba tan nervioso que, nada más dar marcha atrás, se le caló. Esperó unos segundos y volvió a arrancar. Dio media vuelta y fue carretera abajo, un poco más aprisa de lo que debiera. Cuando se dio cuenta, intentó levantar el pie del acelerador, pero una fuerza misteriosa e invisible se lo impidió. De repente, perdió el control del coche y se dirigió directamente contra el tronco de un árbol, acelerando cada vez más. Se planteó soltar el volante y tirar del freno de mano, pero sus manos parecían como pegadas a él. Con horror, se percató de que no llevaba puesto el cinturón de seguridad. El choque fue tan fuerte, que Juan salió disparado fuera del coche, atravesando el parabrisas, y su cabeza se estrelló contra el tronco, abriéndole el cráneo. El capó se empapó con su sangre y con un líquido amarillento que brotaba de su cabeza. Los sesos se desparramaban sobre el capó y caían en la hierba.
El Hombre del ojo de cristal lanzó una ligera carcajada, mientras los chicos miraban horrorizados en dirección al bosque. Tomás se volvió hacia el Dr. Márquez y le miró directamente a los ojos.
-¿Qué pretendes hacer con nosotros? –siseó, conteniendo la ira.
-Nada –dijo con una voz clara y con acento extranjero-. Ya me deshice de vuestro amigo, así que no corro ningún peligro de que se descubra mi secreto.
-¿En serio? –dijo Tomás-. Si no hubiera tenido ese accidente… en fin, que todavía podemos hablar nosotros de tus experimentos para resucitar a los muertos.
El Hombre del ojo de cristal rió de nuevo y miró casi con aprecio al chico.
-¿De veras crees que fue un accidente? –dijo-. ¿Experimentos para resucitar a los muertos? No, amiguito, no preciso la ciencia para hacerlo, porque soy Naïm, el Nigromante. Mirad, por ahí viene vuestro amigo.
Los otros volvieron la cabeza hacia atrás y vieron que Juan caminaba hacia ellos, arrastrando los pies y con la mirada perdida. Se paró a unos escasos metros de la entrada, y todos pudieron ver la brecha de su cabeza, por la que se distinguía el cerebro. El Dr. Márquez miró a los chicos y siguió hablando.
-Tampoco nadie se va a extrañar de la muerte de vuestro amigo –dijo-. Todo el mundo sabe que bebía, y no es de extrañar que tuviera un accidente, borracho. Me ocuparé de que todo apunte a esa dirección. Ya lo hice cuando usé mi poder para que aquel enterrador confesara haber sido el culpable de todas las tumbas asaltadas. Claro que no fue él. Y vosotros tampoco podréis hablar, porque…
El Dr. Márquez se llevó la mano al ojo de cristal y se lo quitó, enseñando a los cuatro aterrorizados amigos el de verdad. En cuanto lo vieron, los chicos percibieron un destello cegador, y luego todo fue oscuridad.
*****
Tomás se despertó en su cama. Le dolía ligeramente la cabeza, pero tampoco demasiado. Se levantó y se dirigió a la cocina, pensando que era sábado. Cuando vio a sus padres, los encontró preocupados, y vio que en el calendario que era domingo. No recordaba nada del día anterior, era algo muy extraño. Entonces, sus padres se acercaron, abrazaron a su hijo y, suavemente, le dijeron que el hermano de Pedro había fallecido en un accidente de tráfico. Tomás se quedó de piedra. Le parecía imposible, no lo podía creer. Tampoco podía imaginar el dolor que debían sentir Pedro y su familia.
A la tarde, él, Silvia y Luis se reunieron con su amigo en el tanatorio. Pasaron las semanas y el dolor por la muerte de Juan se fue mitigando, pero nunca llegó a desaparecer por completo. Pero lo peor llegaba por la noche. Durante el resto de sus vidas, los cuatro amigos tuvieron horrendas pesadillas en las que un hechicero de ropas, cabellos y barbas blancos les decía:
-Vuestras almas son mías.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Autor: |
Fecha: |
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fernando_atodogas@hotmail.com |
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06-01-2008 14:34 |
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jps elena x fernando
mª del mar x fer
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Entretenido |
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18-09-2007 08:47 |
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A pesar de que la historia está bien y resulta entretenido, sobre todo su parte final, la verdad es que me ha resultado un poco largo para lo que cuenta, con escenas demasíado largas y con poca información para captar al lector.
Parece como si hicieras un trasvase directo de un guión de un corto a un relato, lo que a la hora de leer se hace un poco pesado, dado que hay muchas cosas que se presuponen y que se pueden contar en el lenguaje escrito de una manera mucho más breve.
Otro punto que a lo mejor podrías cuidar un poco más es la posibilidad de guardarte alguna sorpresa final o algún giro, para que no sea tan previsible.
Como elementos fuertes, manejas bien los dialogos y el sentido morboso de la historia.
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